jueves, 27 de febrero de 2014

Zapatones

Desde el primer momento aprendimos que en la vida las cosas que uno quiere hay que ganarlas con esfuerzo. Nunca pusimos la mano esperando recibir nada a cambio de nada porque simplemente, no lo había. Mis padres nos inculcaron la importancia del conseguir lo que se quiere con trabajo e intención. No quiere decir esto que cuando queríamos ir al cine con amigos no lo hiciéramos, ellos nos daban quinientas pesetas para la entrada y una Fanta antes de entrar. Pero si, en cambio, el tema era más serio, tocaba planificar cómo conseguirlo. Cuando aprobé (a la segunda) el carné de conducir, le dije a mis padres que quería un coche. Un Twingo. No sé qué le ví a esa especie de huevo con ruedas, pero me encantaba. Inmediatamente, se puso en marcha la maquinaria. Si quería el coche, lo tendría, pero nadie iba a regalármelo. Tendria que pagarlo con mi sueldo. ¿Con el sueldo de qué? Yo estaba por aquel entonces en Granada (había dejado mi bienamado Motril en la distancia) estudiando Magisterio de Educación Física y me planteé algunas opciones para poder conducir esa especie de óvalo motorizado. Encontré un cartel en la Facultad en el que anunciaban que necesitaban payasos ¡Era la mía! Obviamente, con cero ingresos no podría pagar el curso, por eso mis padres me lo financiaron. Cuando lo terminé, enseguida empezó a salir trabajo. De payaso en fiestas como Comuniones o Bautizos. Hasta que no te pones a ello, no sabes lo complicado que es hacer reír a una persona. Y menos a un niño. Aunque antes era mucho más sencillo, claro. Ahora con tanta tecnología seguro que cuesta más. Lo siento por los payasos recientes. Hacer reír es uno de los oficios más bonitos del mundo, pero a mí me costaba mucho. Dejando de lado los pasacalles en los que en algunas ocasiones los pequeños estaban más pendientes de atizarte en la cabeza con los mismos caramelos que lanzabas, me centraré en lo curioso de mis zapatones de plástico amarillo. Yo calzo un 35 por lo que cuando tenía que ponerme eso por encima no podía conservar el equilibrio. Y caía. Una vez, y otra y otra... lo peor de todo es que aquello no estaba en el guión ni en el número programad pero a ellos les hacía mucha gracia. Se reían a carcajadas. Y yo lo pasaban mal porque realmente quería ponerme en pie. Alguna vez que otra hicimos algo parecido a un flash move por la calle, sólo que entonces no se llamaba así y era más una actuación improvisada. Nos metíamos en carros de la compra y tomábamos las calles del centro de Granada. O nos disfrazábamos de repartidores de pizza y entrábamos en alguna Facultad de las que estaban por el centro a interrumpir las clases.
Otro punto aparte ya tiene el momento en que pretendieron enseñarnos a subir en zancos. Yo era el Capitán Garfio pero jamás ejercí como tal. Cada vez que intentaba andar, terminaba de morros en el suelo. Fue el final de mi prometedora carrera como payaso social. Poco tiempo más tarde empecé a trabajar como monitora de Natación en la piscina del Complejo Deportivo Núñez Blanca. Entonces ya tenía algún dinero ahorrado y compré un Twingo morado, que aunque era de segunda mano, para mí estaba recién estrenado, como salido del concesionario. Limpio, con un colgante de madera perfumado de fresa que mi hermano lanzó un día a la papelera porque decía que el olor le mareaba mucho. Financié mi Twingo en pequeñas mensualidades de 70 euros, y estuve pagándolo varios años. Los últimos ya sin tenerlos porque se quemó el motor a doscientos metros del concesionario cuando iba a darlo de entrada para sacar un Clio de color blanco. Pero eso es otra historia.
Yo quise un Twingo, y lo tuve. Con una enorme margarita pegada en el cristal trasero, que le daba un aspecto muy 'funny', como dirían en algunas modernas revistas de moda. Gracias a mis padres, conseguí mi sueño, mi coche. Pero ellos no pusieron un duro para que así fuera. Entendí las satisfacciones que da pagar lo que uno desea con el esfuerzo, el sudor y el hastío que supone el trabajo en determinadas ocasiones. Pero todo se me pasaba cuando miraba las llaves de mi coche en la mesita de noche. Y me asomaba por la ventana y estaba allí, en la calle, esperando el momento de emprender un nuevo viaje. ¿Dónde? No sé, hacia donde nos llevara la vida.

1 comentario:

  1. ....pues no sabía yo esa "etapa" tuya de payasa......jajaja.....me imagino las caídas y las carcajadas de los niños....jajaja...pero al final....¡¡valió la pena!!

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