viernes, 31 de enero de 2014

Luz de mi faro Mediterráneo

Rasgan las seis cuerdas de la guitarra los primeros acordes de 'La guerra cruel' de Mocedades. Mis hermanas y yo jugábamos en el cuarto con las manos metidas en la caja de color blanco de la Hermandad Farmacéutica repleta de muñecos y juegos de construcciones. Nos gustaba inventar historias con las figuras del Nacimiento, que guardábamos en una caja de gasas vacía. Cuando ella empezaba a cantar, era como si el tiempo se detuviera. Luego, pasaba a cantarle al mar de Torrenueva. "Eres, Torrenueva, una sonrisa al despertar". Mi madre es una compositora de emociones.
Dicen que cuando el mar se levanta y las olas son tan grandes que te tapan las estrellas, hay una figura impasible que aguanta estoica la ira de Neptuno. Los faros siempre aparecen en medio del agua para guiar, detener el impacto del golpe con la fuerza de su estructura y convertir cualquier envite en una suave caricia de espuma.
Una madre es eso. Cuando estás perdido, no sabes a quien acudir, qué hacer con os golpes que merman y a veces dueles, emerge del infinito y te mira con los ojos prendidos de Luz. No hay miedo, aquí estoy.
Probablemente por eso, porque ya cuando nación dos luceros ornamentaba su rostro, fue que Luche quiso ponerle Luz. Y poco a poco empezó a escribir en mi historia con letras doradas.
Mi madre siempre ha sido mi héroe, a veces esa persona que tenía que insistirme para que estudiara (cuando empecé a ir al instituto pasé por mi peor época James Dean 'rebelde sin causa' que ella supo templar), luego para que fuéramos felices. La infancia es la época de la vida en la que quedan para siempre impresos en la memoria los buenos momentos. Quiso que la nuestra fuera inolvidable y adoptó el paraíso terrenal, Torrenueva, para que pudiéramos expresar y sentir la libertad.
Por el Paseo Marítimo corrimos, montamos en bicicleta, leímos cuentos, hicimos castillos de arena, nos peleamos, nos perdimos, nos escondimos, comimos helado... y todo bajo su amparo.
Cuando has vivido al lado del mar sabes que ese olor a salitre se va a convertir en uno con tu alma y que no podrás nunca olvidarlo ni separarte de él. Lilí siempre ha sido muy marinera. De ella guardo ese amor por el azul inmenso.
Fue nuestra hada madrina, nuestro regalo del cielo. Construimos junto a ella un castillo de esperanzas. Ahora sigue igual. Nada ha cambiado. Si acaso, alguna arruguita de esas que cercan los ojos, dibujadas por el lápiz de tanta risa. 



miércoles, 29 de enero de 2014

El armario empotrado de la calle Sáez

Justo a la entrada de Motril está la calle Sáez. En realidad, ese no es su nombre. Se llama avenida Rodríguez Acosta pero el paso del tiempo y el boca a boca popular que al fin y al cabo es lo que escribe la historia en los pequeños municipios, ha hecho el resto. Yo vivía en un bloque de pisos en la calle Sáez. Para mí y mis hermanos, era el palacio más bonito del mundo porque tenía una terraza enorme con baldosas marrones que limitaba al norte con la Vega y al sur con el salón. Allí ideábamos historias. De repente, éramos hadas, otras veces nos quedábamos con el balón hasta las tantas, preguntándonos qué pasaría si el balón se cayese y tuviéramos que bajar a por él. Nunca perdimos una pelota. Pero el que sí se resbaló fue Simba, un cachorro de bóxer que tuvimos y que terminó en el suelo. Afortunadamente, era un primer piso y no le pasó nada. Un conocido médico de Motril estaba de cañas con sus amigos en el bar de abajo y le practicó los primeros auxilios a nuestra recién estrenada mascota. Era pequeño, le dimos un susto y su terror perruno acabó entre los barrotes del balcón.
Aparte de esa historia, en la terraza de la calle Sáez hicimos un club en el que no todos eran bienvenidos. Tuvimos la genial idea de inaugurarlo (con un programa de actos y todo escritos en rotulador verde) un día de acuciante lluvia. Mamá, la pobre, se llevó las manos a la cabeza. Pusimos una campana atada con una cuerda a la pata del sofá que en un primer instante tenía la sana intención de hacer de timbre. Si alguien quería entrar en el club, no tenía más que tirar de la campana y pasar, si obtenía nuestra aprobación, claro está. Ni que decir tiene que estaban autorizadas únicamente dos salidas para quien se quedara haciendo guardia: la primera, al baño y la segunda a por la merienda para el resto. Normalmente la guardia la hacía Paloma, que era la más pequeña de las tres y todas las propuestas no eran sino ideas para que ella pudiera entrar en el selecto club de las 'Hermanicas canicas' si las iba pasando. Papá se tropezó con la cuerda, se dio un buen golpe contra el suelo y cuando fuimos a abrir sonrientes y pidiendo la contraseña entendimos que la idea genial del timbre de campana atado a la pata del mueble se había terminado radicalmente.
Lo de las 'Hermanicas canicas' fue una de nuestras ideas más geniales. Se nos ocurrió después de leer un tebeo de Zipi y Zape (los preferidos de Julia, como ya dije antes yo era más de Mortadelo). Los gemelos jugaban con unas canicas en el patio del colegio cuando don Pantuflo resbaló con una de ellas. Nos gustó la historia y como ya nos autodenominábamos las 'Hermanicas' pensamos que quizás añadir lo de 'canicas' fuera chachi. Una vez constituidas como tales, quien quisiera entrar a formar parte de nuestro selecto clan tenía que cumplir dos cosas, la primera ser nuestra hermana y la segunda ir pasando una serie de pruebas. Paloma reunía el primer requisito. Del segundo ya nos íbamos encargando.
Ni que decir tiene que la disolución de las 'Hermanicas canicas' llegó cuando nació Curro. Era la hora de buscar algo más neutro.
En la casa de la calle Sáez había un armario empotrado en el pasillo donde mamá guardaba los abrigos, chaquetas y algunas bolsas de ropa de esas que las madres ocultan con el cambio de temporada. Papá tenía perfectamente archivados en los cajones los tebeos de Mafalda. Yo me pirraba por esas viñetas pero él decía que era humor para la gente más mayor, y que además la encuadernación era bastante débil y podría romperse si se trataban mal. "Cuando estés preparada para leerlos, yo te prometo que los saco y los verás todos". A la hora de abrir la Farmacia, cuando él se marchaba, yo aguardaba unos diez minutos en mi cuarto y caminaba con tiento y sigilo hacia el armario empotrado. Abría la puerta y encendía la bombilla. Me acomodaba sobre dos o tres bolsas de ropa y cerraba de nuevo atrancando con un papel. Abría el cajón y ahí estaba Mafalda en todo su esplendor. Podía quedarme toda la tarde, pero cuando empezaba a oír a mamá llamándome y pasos por el pasillo, salía rápidamente y hacía como si nada.
Hay mil historias entre las cuatro paredes de la que fue mi casa de la infancia, y como ahora tengo todo el tiempo del mundo y me sobran las ganas, podemos leerlas juntos. ¿No?

martes, 28 de enero de 2014

Motril

Acunado por el Mediterráneo y a la sombra de la Virgen de la Cabeza, duerme en la costa de Granada la localidad de Motril. O lo quieres o lo odias, pero nunca deja a nadie indiferente. Conozco sus calles como la palma de mis manos. Cada surco dibujado es una de sus esquinas, de sus escaparates. De la tienda que había al lado del colegio en la que comprábamos las palmeras de chocolate a la salida de las clases de voleibol, esas miradas que nos citaban en la Plaza de las Palmeras o las exposiciones que nadie quería perderse en la casa de la Condesa de Torreisabel. Motril a veces amanecía nublado, y era el mejor momento para ver correr el agua en la calle Nueva, o saltar por los charcos del parque.
Yo vivía en una de las calles principales de la ciudad. Muy noble y leal. Caminando por ella, salías a una zona de campo en la que había algunas cañas de azúcar y el polvo se levantaba al pasar. Por allí solíamos pasear con mi padre algunos sábados por la tarde. Nos asomábamos a la acequia que solía llevar agua a una altura mediana y mis hermanas y yo nos empujábamos hacia la zona donde estaban las ortigas. La Vega de Motril era uno de los mejores planes que a un niño se le podían plantear. Rodillas llenas de polvo, zapatillas arañadas, y flores en la cabeza que llevar de vuelta a casa para que mamá las pusiera en el jarrón de color blanco y azul que había sido regalo en su boda y que tantas veces tiramos al suelo sin darnos cuenta. Hasta que de una de ellas jamás se volvió a arreglar.
Cuando entraba el otoño y volvíamos de paseo, caían sobre nuestras cabezas las pavesas. Eran pequeños soplidos del viento en color negro, que olían a quemado, impregnando el aire de ese aroma que tanto me recuerda ahora a Motril. Huelo a pavesa y me huele a infancia, a camino, a la tarde que cae por detrás del monte de los Almendros. A no tener ganas de volver a casa. 
La Plaza de la Aurora, lo bancos del Tranvía, la subida a la iglesia de la Encarnación, con la mirada perenne del Cardenal Belluga en su pedestal, repleto de palomas que gorgean alrededor.
Motril es Puerto, mar, olor a pescado cuando atracan los barcos, el graznido de las gaviotas que desesperan en torno a la cubierta buscando comida. La piscina del Club Naútico, el muelle de Levante. Caminar por el paseo que termina en el mar, que lame despacio las faldas de la ciudad.
Algunos de los sitios por los que yo paseaba siendo pequeña, siempre de la mano de mis padres. El trayecto hacia el colegio, saber de memoria las baldosas que llevaban a la tienda de mi tío Josito, donde guardaba las piraguas. A menudo saltar entre las baldosas blancas, sorteando las grises. La Sierra que se ve a lo lejos, recortada en el perfil de los edificios que, para mí, siempre han estado allí aunque nunca igual. 
Las losetas que llevaban hasta la Farmacia, que era para mí el corazón que hacía latir la ciudad, donde me gustaba ir cada tarde al dejar de estudiar sólo para que me diera el aire en la cara o me cayera alguna pavesa. La Farmacia está en medio de una de las calles más transitadas, y aunque ha cambiad su apariencia, siempre guarda la misma esencia. La de ese emplazamiento de calma, de mi abuela sentada en el banco antes de ir a tomar café con churros junto a sus amigas. 
Motril sigue durmiendo en el mismo sitio, al pie de la Sierra, hablando con el mar. El verde Mediterráneo colorea la esencia de la ciudad de mi infancia, alumbrando, con esos matices de sol y sombra, los recuerdos que afloran de repente y en los que está presente, como un golpe de nostalgia, las calles gastadas, las gaviotas, los barcos, con la popa bailando suavemente la nana del salitre.

lunes, 27 de enero de 2014

Julio Antonio

Vas a permitirme que no coarte al temporal de viento y tormenta que en estos momentos atraviesa mis pupilas de lado a lado amenazando con huracán. Vas a permitirme que hable contigo como si estuvieras sentado en el sillón, con las gafas en claroscuro y 'Sweat' de Inner Cicle sonando en el aparato de música mientras acompañas con un chasquido cada 'A la la la la long'.
En esta atmósfera que me he creado para volver de nuevo a traerte conmigo te veo diciéndome: "Escribe, hazte periodista y demuéstrale al mundo lo que vales". ¿Te acuerdas? Yo viajaba en la Línea 8 de autobuses urbanos de Granada rumbo a la piscina donde me esperaban mis viejecillos para su clase semanal cuando me dijeron que había superado la prueba de acceso, que ya podía hacer realidad mi sueño. Un deseo que ahora, en medio del siglo XXI, del estrés y los teléfonos móviles inteligentes, me ha trasladado a la cola del paro. Saldré pronto. Te lo prometo. Pero vas a tener que ayudarme. Por mi parte, prometo no darte demasiado trabajo...
Espera. ¿Qué más recuerdo de ti? Muchas cosas. La infancia deja tatuado a fuego el recuerdo en el alma, y de ahí nadie ni nada puede borrarlo. ¿Te das cuenta? Nada absolutamente nada puede apartarte de nuestro lado. Ni siquiera la muerte. Esta vez perdió la batalla.
Cuando tu corazón se hizo demasiado grande, abarcó tanto amor que dejó de latir, dejándonos a todos en la cuneta esperándote y abriendo de par en par las puertas del Paraíso. Pero antes...
Me enseñaste a nadar, en la piscina de El Maraute "¡salta, salta, que ya te cojo!", a no tener miedo a las olas, a leer los libros que me regalabas cada dos domingos si había sido buena. A celebrar los festivos comiendo pizza en Happy, a gritar los goles del Motril CF desde mi primera fila de abonada en el Escribano Castilla, pero sobre todo, a pelear por mis sueños. A disfrutar de cada segundo de aire en el Puerto mientras echábamos carreras con nuestros coches teledirigidos Nikkon (sí, uno de los mejores regalos de Reyes Magos que tuve yo en mi infancia).
Ojalá pudieras volver y verme ahora. Escribiendo delante de la pantalla de un ordenador, queriendo y siendo querida, apreciando cada una de las pequeñas cosas que me regala la vida. Echándote de menos cuando las cosas me van mejor, porque a los ángeles es preferible pintarles una sonrisa que cargarles de preocupaciones. Sintiéndote cerca sin tener miedo.
La Casa de Abajo era uno de tus mejores escenarios. Los domingos de verano, cuando aparcabas la moto en la cochera de los abuelos, venías contento y ponías la paellera en el fuego. Habías aprendido perfectamente la receta y era el momento de probar el arroz de papá. Momento ansiado durante toda la semana. Luego, a la playa, a verte caminar pisando el fondo de arena. "¡Papá, que te pican las arañas, que al tío Josito ya le ha picado una!". "Yo tengo sangre motrileña, que es dulce como la caña de azúcar, y esos peces tan feos no pueden disfrutar de ella". Risa, risa, mucha risa.
Vas a permitirme que el temporal de viento huracanado empiece a brotar buscando consuelo en la memoria. "Dejadle dormir la siesta, pobrecito, que viene cansado de trabajar", nos decía la abuela Isabel. Pero nunca lo hacíamos. "Vamos a jugar a Arix en el MSX, ¿ponemos un ratito el partido del Madrid? ¿Nos llevas de paseo a Torrenueva?"
Tengo en la cabeza miles de momentos grabados, como el día de tu cumpleaños en el que nuestro secreto mejor guardado eran unos zapatos blancos para jugar al golf. Cuando yo me sentía la caddie más orgullosa del mundo tirando a duras penas de un carrito lleno de palos Dunlop. "Déjame que lo coja yo", decías. "Que no, que yo soy tu caddie". Cuando acababas los partidos, subiendo y bajando la tarjeta, metiendo siempre bajo par, querías que fuéramos juntos al campo de prácticas. No sé bien la cantidad de tees que rompí. Incluso creo que una de las maderas sufrió un pequeño desperfecto. Por eso, los Reyes Magos me sorprendieron un año con un juego de palos infantil.
Hay tantas cosas que contarte... si estás atento las irás descubriendo porque voy a contarlas todas. No cierres los ojos, que necesito que enciendas la luz. El camino se vuelve oscuro y no encuentro la salida. Pero siempre, siempre, estás al final diciéndome aquello de "Vamos, que puedes con eso y más". Y una media sonrisa, la mano en el pecho para regalarme el corazón más grande del mundo. ¿Contamos las estrellas de nuevo y me enseñas la que ocupas desde que te convertiste en viento?

domingo, 26 de enero de 2014

Luche

El cielo pintaba de gris la tarde con borregos que pululaban a sus anchas por Granada. En algunas ocasiones hacían un guiño a las circunstancias y comenzaban a llorar. Lágrimas de lluvia que mojaron el Paseo de los Tristes y consiguieron que los viandantes tropezaran para luego maldecir cariñosamente el clima invernal de la ciudad más bonita del mundo. Ella corría despacio. Hay mil maneras de correr. Mirando al cielo por si escampa, buscando refugio o intentando alumbrar el destino con la esencia de unos ojos verdes.
Santa María de la Alhambra acababa de resguardarse en su refugio dentro del Palacio Rojo y ella, ensimismada en sus pensamientos, aprovechaba para rezarle. "Quiero uno de tus puñales, Madre, que son muchos y te duelen en el corazón".
Seguramente sucediera en Gran Vía, pero el 'hombre más guapo' de toda Granada posó sus ojos en ella. No llevaba paraguas, él sí. La brisa empezaba a enfriarse al caer la tarde. ¿Me permite acompañarla? La historia detuvo todos los relojes y su alma comenzó la carrera más inesperada. ¿Su meta? Aquellos ojos verdes.
Un tiempo después Cupido hizo de las suyas, enlazando para siempre dos vidas paralelas y fue el comienzo de la historia de esta que les escribe. Antes ella se llamaba Luz, pero luego, cuando él empezó a tatuar su alma con el fuego del amor pasó a ser Luche. Luche, Luche, Luche... la abuela Luche.
La que nació en la Argentina pero a la que los azares del tiempo trasladaron a Granada, a Tetuán, a Madrid... no importaba si estaba a su lado. Los abuelos son aquellos seres que el destino coloca en tu camino para hacerte feliz.
A mi abuela le gustaba regalarme caramelos de violeta. "Sólamente los venden en Madrid", me decía, "eres una niña muy afortunada por tenerlos". Yo se lo decía a mis amigas y no me los comía. Abría la caja y los olía para trasladarme a Guzmán el Bueno 115, donde el otoño hacía filigranas de hojas caducas en la acera. Un día, una compañera de clase me dijo que sabía un sitio donde vendían mis estimadas flores de violeta. "¡Pues no, que dice mi abuela que sólo hay en Madrid". Unos días más tarde apareció ella con caramelos como los míos. "No son iguales ¿sabes?... ¿a que los tuyos no huelen a Guzmán el Bueno por las mañanas y al Parque del Retiro por la tarde?.
La abuela venía a casa siempre con medias transparentes y mocasines marrones. Lo sé porque lo primero que hacíamos era rebuscar en su maleta a ver si encontrábamos pequeños regalos en forma de chocolatinas o tebeos. Mi hermana se volvía loca con Zipi y Zape. Yo prefería a Mortadelo.
En el Jardín de la Casa de Abajo nos enseñó muchos juegos que trajo de su Argentina. Todos ellos originales y de mucha risa. La abuela podía pasar tardes enteras rodeada por sus nietos. Ella me narró los cuentos más emocionantes y de su mano (con manicura perfecta en color rosa claro) aprendí algunos de los valores con los que me muevo hoy en día. Luche nos contaba el truco para ser feliz con un palo, con cinco piedras blancas o un trozo de papel del que salían las figuras más fantásticas.
Ahora mira a la vida a través de unos ojos que a veces parecen cansados pero en los que siguen durmiendo cientos de historias. Aprende el funcionamiento de las nuevas tecnologías, rebusca con cuidado en los álbumes de fotos y echa de menos. La nostalgia viene a buscarla cuando piensa en aquellos que le faltan. No te preocupes, abuela, que son cometas de luz que cuidan de que no tengas miedo. Ella asiente y sigue pensando. Se levanta y suspira. Nunca pierde la sonrisa. Luche, Luche, Luche...
Santa María de la Alhambra sube rápido por la cuesta del Chapis. Parece que el cielo se pinta de negro. Empieza a llover con la candencia del latido de un corazón enamorado.

viernes, 24 de enero de 2014

Guillermo

Los ojos verdes de mi abuelo fueron el preludio al Mediterráneo y quizás la respuesta más certera a la pregunta de por qué el mar y yo a veces somos una sola cosa. Él y su enorme bigote se convirtieron en una de las razones de infancia, de vida. La Casa de Abajo era para mí un misterio repleto de incógnitas a las que dar respuesta. La primera de ellas: ¿Se peinaría el bigote, tendría que ir al peluquero de bigotes? Mi abuela nos advertía: "No enfadéis al abuelo porque se le sube el bigote para arriba".
Los abuelos vivían en Madrid. Venían de cuando en cuando a vernos a nuestra casa de Motril o nos juntábamos todos en la Casa de Abajo, donde siempre olía bien, para pasar la tarde. El abuelo Guillermo tenía un pijama de pinos y un jersey de cuadros. Y unos pulmones tremendos que le valían para hincharlos de aire de buena mañana (creo que se levantaba antes que Tana, la perra de los porteros) y llamarme por la ventana. "¡Bertita, vamos a por el periódico!". Con legañas en los ojos me despertaba el silbido inconfundible, pero saltaba como un gamo para vestirme rápidamente y poder salir con él. Mi madre me preparaba el Cola Cao y luego mi abuelo me compraba diez duros de churros que devorábamos entre los dos. Era mi héroe. A menudo los héroes no llevan capa. Les basta con un pijama blanco de pinos.
A su lado aprendí a dar pedales sin descansar. Un, dos, un  dos... a poner la sombrilla roja cerca de la orilla también muy temprano, porque así tendríamos las mejores vistas y podríamos llevarle directamente las caracolas que pescábamos hasta su silla. Mi abuelo se comía las caracolas crudas. Era uno de nuestros espectáculos preferidos. Teníamos unas gafas de bucear naranjas, enormes, y una barca llamada Berjupa. También dos primos, Guille y Juan, que solían ser bastante más rápidos que nosotros en la captura. Las caracolas estaban en el fondo, donde la arena fina. ("No vayáis a poner el pie en la arena que os lo pican las arañas") nos decía mi madre. Cargábamos el cubo y se las llevábamos. Él estaba con un sombrero blanco y los ojos entornados. Las cogía y se las comía. Nos daba un poquito de asco pero no podíamos dejar de mirarlo. "¿Están buenas?" le preguntábamos. Quería siempre que las probáramos. Nunca le hice caso y tampoco me insistió. Una vez sí se puso cabezón para que me comiera un caracol. Como no quería y le renegué un poco, me lo metió en la boca en un descuido. "La comida no se tira, es el Señor, así que ahora tienes que tragártelo". Concienciadas como estábamos en el cole de la importancia de las acciones solidarias y ese miedo que tienes a que de repente se haga un hoyo en el jardín de la Casa de Abajo y una mano demoníaca te arrastre al averno, deglutí el caracol. Jamás he comido otro.
Las salidas en bicicleta eran mi sueño de la mañana. También las que hacíamos de cuando en cuando al monte, a sitios que mi abuelo llamaba "donde mirar con vista de águila" que básicamente estaban en lo más alto, en la entrada al fin del mundo y donde llegábamos buscando aire a bocanadas mientras él seguía ascendiendo con una sorprendente frescura. Mi primo Guille, con increíble espíritu de cabra saltarina, era el único que le seguía el paso.
Me enseñó a subir en la bicicleta sin ruedecillas. "Te agarro, te agarro, tú pedalea" y cuando dejaba de oírle respirar al lado me volvía. Estaba lejos. "¡Lo estás haciendo!", gritaba. Y yo iba al suelo.
Cuando mi abuelo Guillermo murió, no quise ir al cementerio. Yo ya era una adolescente, o una niña que estaba engañando a la edad adulta jugando al escondite. Mi madre me preguntó si quería acompañarle. "No, mamá", le contesté, "prefiero quedarme en casa, no vaya a ser que me silbe y me pille fuera, que cuando el abuelo se enfada, el bigote se le sube para arriba".

jueves, 23 de enero de 2014

Sobre mí y mis circunstancias

Yo nací en Granada, una tarde de agosto. El reloj marcaba las cinco. “Una buena hora, la taurina”, como recordaba mi padre continuamente. Granada es la ciudad más bonita del mundo. Por lo menos de lo poco que conozco. El primer aire que respiré era caliente, como preludio del verano en Granada. Creo que fui periodista desde el primer momento. Si hubiera podido, inmediatamente hubiese retransmitido mi parto. 
Mi madre tuvo antojo de granizado de limón todo el rato. El único que recuerda. Por eso nací con los ojos rasgados. “Pareces chinita” me decían en el colegio. “Eso es porque mi madre bebía limón, y se te pone la cara así”. Y arrugaba la frente.
Algunas de las cosas que rodearon mi nacimiento fueron importantes para mi padre. Destacadas en su cuaderno de bitácora. En aquel momento era lo más parecido a un reportero que había en las inmediaciones del Hospital de Maternidad. El Barcelona había marcado al Sporting de Gijón cuatro goles y mi abuelo mojaba su imponente bigote en chocolate con churros. Paolo se estrenaba como tío con apenas diez años y yo llené mis pulmones de vida.
Las primeras reacciones no se hicieron  esperar. Era como el pequeño regalo que alguien había dejado en el árbol de Navidad, lo que pasa es que en agosto hace mucho más calor, y el árbol de Navidad se hubiese puesto pocho y las agujas de las ramas caerían al suelo despacio, dejando un paisaje desolador.  
Mi madre seguramente tendría miedo. Debe ser una enorme responsabilidad encontrarse de repente con una cosita minúscula, que es capaz de sonreír, de temblar, de agarrarse fuerte al mundo. Cogió algunos kilos y lo más probable es que se viera extraña. Aunque nunca dijo nada. Simplemente me quiso. Desde el primer momento. Ella adora a los niños. “Son lo más inocente que hay", suele decir.
Mi padre estaba orgulloso. Cuando contaba a sus conocidos cómo había sido mi parto, únicamente decía una cosa, “la enfermera me la trajo a mí sin preguntarme ni nada, tiene mi cara enterita”. Y así era, una fotocopia en miniatura de él, que era alto y fuerte. Y de Motril.
De ese momento no recuerdo más, aunque con el paso del tiempo fui recogiendo pareceres. No tenía hermanos y mucho menos la más remota idea de lo que significaba aquello. No sabía qué era jugar. Pero aprendí a reírme con las voces y las canciones que me cantaban mis abuelas. El imponente abuelo Guillermo veía en mí a su futura compañera de pedaladas, y mis tíos se asomaban con curiosidad a la cuna hablando de ese modo que sólo se habla con los bebés. Muchas veces he pensado que, si en algún momento un niño pequeño tuviera uso de razón, se quedaría boquiabierto pensando quién es ese que habla asomado a su micromundo poniendo voces tan extrañas.
Me bautizaron en Torrenueva a los pocos días de nacer. Lo hizo un cura que se llamaba Don José Baldomero y mis padrinos fueron mi abuelo Guillermo y la abuela Isabel. Precisamente de ella heredé el segundo nombre, que aunque apenas utilizo, ahí está para traerme a la memoria su recuerdo.

Luego, en casa, me rebautizaron como La Bella Easo. Era la novedad, recordemos. Nunca antes había habido en la Casa de Abajo un bebé con parentesco directo. Era el debut de mis padres, de mis abuelos y de mis tíos. Por eso, cuando abrían la puerta, cantaban eso de “Paso, paso a la Bella Easo”. Vamos, que estaba entrando o en mi carro o en brazos de alguno. Abriendo los ojos, lo que la herencia del granizado de limón me dejaba, para sorprenderme con esas luces que jugaban a bailar entre la cenefa de la cocina.

miércoles, 22 de enero de 2014

El jardín de la casa de abajo

Cuando tu madre se sienta a tu lado, te mira a los ojos y te dice: "Lo de las redes sociales está muy bien, pero ¿y si dejas de hablar de política y te pones a escribir?" Al principio quieres contestar eso de que la vida es dura, en la calle hace frío, es injusta la situación que están viviendo en el país los menos pudientes, pero luego te das cuenta de que tiene razón. Hay muchos modos de protesta y uno de ellos probablemente sea el de hacer que estés entretenido. 'El jardín de la casa de abajo' es mi modo de contarte una historia. O varias. Las que quieras.
Cuando empecé a interesarme por la lectura me enamoré locamente de D'artagnan y su séquito de mosqueteros. Bueno, primero de mosqueperros, porque antes de pasar al libro yo ya había permanecido inmóvil delante de la tele mientras Pontos, Dogos y Amis iban en busca de su amigo de orejas negras: el inefable Dartacan de Bearn. Uno de los mejores autoregalos que me he hecho en mi vida fue el libro de Alejandro Dumas. Ahí empezó la historia. Investigando (o mejor, leyendo el prólogo de los libros, que es algo que normalmente no hago) supe que la novela antes de ser tal había pasado por las páginas de un periódico a modo de entrega, de fascículos. Me pareció fascinante. ¿Por qué no jugármela e intentar hacer lo mismo? O no, mejor: algo similar. Dumas era muy bueno.
Me llamo Berta Fernández Quintanilla. Nací en Granada, la ciudad más bonita del mundo, y he crecido en Motril. Al lado de este último lugar, hay un pequeño pueblo llamado Torrenueva que para mí significaba el paraíso. Allí teníamos un piso, el primero, en un bloque blanco de la Urbanización El Maraute. Lo mejor estaba al asomarse al balcón. El jardín de la casa de abajo, donde mi abuelo dormía la siesta a diario en una hamaca de mimbre y mi abuela colocaba piedrecitas blancas en la tierra negra para que pudiéramos jugar por las noches. Siempre olía bien. Paolo nos esperaba en el sillón de la entrada para contarnos sus historias de la mili, Chabela se afanaba en la cocina limpiando sartenes mientras la rodeábamos y exclamábamos: ¡Oh, magia! cuando la espuma del lavavajillas tornaba el color blanco en marrón. ¡Soy maga!, decía. Claro que sí.
El jardín de la casa de abajo ha sido testigo de buena parte de mis momentos felices. Los míos y los de mis primos. Todos éramos uno. Y cuando la felicidad colorea de este modo tu infancia no se me ocurre mejor modo para comenzar esta pequeña aventura en la que quiero que me acompañéis.
¿Te atreves a soñar?