viernes, 28 de marzo de 2014

Misas y municiones

Ya en primero de EGB triunfaba con mis cuentos inventados que presentaba a modo de redacciones de tema libre. Entre ellos, estaba la historia de una niña que aprendió a tocar el arpa y la habitación se le llenaba mágicamente de flores según la nota que tocara. Lo del arpa no sé de dónde lo saqué y puede que, igualmente, el instrumento elegido hubiera sido un trombón. O un tambor de los de Semana Santa. Pero entonces no tendría tanto 'glamour'. 
Me hice en poco con un grupo de seguidores entre los que estaba la profesora y algunas monjas, que se apresuraron en proponerme para que escribiera los textos que luego alguna compañera leería al comienzo de la Misa en el colegio. Nunca me dejaban leer a mí porque decían que iba demasiado rápido y que había que ser más pausado y calmado. Me llamaban 'marirapidilla'. Me daba un poco de rabia, a qué negarlo, porque siempre andaba buscando el 'yo me lo guiso, yo me lo como' y en los primeros bancos (donde nos colocaban siempre a los que teníamos gafas para que no perdiéramos detalle de lo que pasaba) me enfadaba mucho al escuchar en boca de los otros lo que yo había escrito. "Es que aparte de que lees muy deprisa, si siempre sales tú el Señor y el cura podrían cansarse un poco, ¿no crees?" No me quedaba otra que poner cara de circunstancias y asentir pero, la verdad, leyendo ese breve texto a la entrada no daba margen alguno tampoco a que la gente se agotara auditivamente.
Las monjas llamaban 'Monición' a aquello que escribía. Y yo lo primero que entendía es que decían 'Munición' y me debatía internamente sobre el significado potencial de aquello. Entonces, en uno de esos pensamientos, acudía a mi madre que gramaticalmente todo lo sabía y me sentaba ante ella con paciencia infinita sabiendo que comenzaría con la etimología griega y terminaría, quizás, declinando en latín. "Mamá ¿por qué las monjas llaman 'Munición' a lo que escribo? ¿Eso no son las balas de las pistolas y los cañones?" Ella se reía un poco al principio y me preguntaba si había entendido bien la palabra. "Que sí, que sí, que es 'Munición', como lo de Lucky Luke". Finalmente y tras mucho darle vueltas a la cabeza, llegó a la conclusión de que la palabra no era tal, sino 'Monición'. "Pues puede ser, mamá, de todos modos tampoco sé lo que quiere decir".
Armada de valor y con un diccionario de la RAE en una mano y la enorme enciclopedia GALP en la otra, que nos acompañó durante nuestros años de colegio y sin la que yo ya no sabía trabajar, comenzó a explicarme la procedencia de la palabra y su significado. Ella siempre ha sido de buscar los orígenes de todo. Reconozco que me apasionaban esas clases de lingüística desde que era bien pequeña y ella, sabedora del tema, me regalaba libros constantemente.
El caso es que esos textos que escribía para el comienzo de las Misas en el colegio poco a poco fueron traspasando fronteras y llegaron a la iglesia de la Encarnación, que era el súmum de las iglesias motrileñas porque además era parroquial. El día que debuté con una de ellas fue muy importante. Era la Inmaculada Concepción, Patrona de los farmacéuticos, también llamada la Milagrosa. Una Virgen a la que le salían rayos de las manos y que me encantaba dibujar para que mi padre la colgara en la rebotica. Escribí una monición de entrada muy bonita, engalanada con algunos retales de la Cruz Verde de las farmacias y que encantó a mi profesora. Le pedí, con ojos de gato chantajista, que me dejara leerla e intenté la manipulación emocional diciéndole que a mi padre le haría mucha ilusión porque era farmacéutico y esa Virgen que además estaba en una hornacina en la iglesia, era su Patrona. 
Tras valorarlo y estar más de una semana ensayando en casa y en su despacho una lectura pausada, que me ponía muy nerviosa porque notaba que no era yo sino una pava a la que habían bajado el número de revoluciones. 
Finalmente leí. La iglesia llena con gente hasta en la puerta. Habían venido los alumnos del colegio de San Agustín... Me salté a la torera los ensayos, leí como yo solía hacerlo con mi madre, alto y rápido. No sé si quedó bien o mal, pero fueron mis tres minutos de gloria. Y nunca mejor dicho.

miércoles, 26 de marzo de 2014

Comodidad Deseada

Al mismo tiempo que íbamos creciendo como familia, el Seat Ritmo se nos quedaba pequeño. Aunque era nuestro pequeño palacio en el que los fines de semana acudíamos en tropa a la playa o al Puerto de Motril a ver los barcos, cuando ya éramos uno más y luego otro, y otro, era necesario un cambio.
Los asientos ya no daban para más aunque es cierto que sentíamos un poco de lástima por ese vehículo que nos había acompañado desde nuestros primeros momentos hacia donde fuéramos. Llegó el instante de la reunión y el momento del encuentro en el salón en el que nuestros padres decidieron que era el día adecuado para empezar a mirar coches. A mi padre le gustaba mucho el Nissan Patrol, que por aquella época era una novedad importantísima en las revistas de coches de referencia y en la sección de 'Motor' del Marca ya lo habían destacado en algunas ocasiones. Era un todoterreno que se mostraba en toda su magnificiencia en el escaparate del concesionario que estaba cerca de casa. Fuimos a verlo. Por centro olía mucho a nuevo y a mi madre no es que le convenciera demasiado porque ella quería un concepto más familiar, aunque las cosas han cambiado mucho y no era necesario llevar sillita ajustable en función del tamaño del niño. Allí nos echábamos todos en el asiento y nos íbamos turnando para ir o no con la espalda en el respaldo dejando hueco a los demás.
Después de mucho reflexionar, decidieron seguir desfilando por los distintos concesionarios de Motril. Mi madre, que siempre ha estado enamorada del Seat Ibiza, preguntó por ese modelo, pero a mi padre le conquistó el Audi 100, que dicho sea de paso, era muy bonito. Lo miramos, lo probamos y el vendedor nos aseguró que era una serie limitada que estaba rompiendo en los mercados internacionales porque en vez de casette se le podía poner un disco compacto. "¿Y eso qué es?", le pregunté a mi madre por la tarde buscando su eterna sabiduría. "Pues un nuevo invento para oír música, es como un vinilo pero pequeñito y que si lo miras por la parte de atrás parece un espejo". Esa misma tarde nos llevó a Simago para que pudiéramos ver los primeros entre los que estaba uno de un niño francés de cinco años llamado Jordy que estaba pegando con mucha fuerza en las listas de éxitos cantando en francés lo duro que es ser bebé acompañado por un coro de guardería.
Finalmente, nos llevamos ese coche y el primer estreno fue a un campo en el que jugamos al fútbol y echamos carreras. El Audi era plateado, papá lo dejó aparcado debajo de un árbol para que no le diera el sol pero, en cambio, le cagaron unos cuantos pájaros por lo que terminamos en el lavadero.
No llevábamos ningún cd, ni pensábamos comprarlo porque únicamente podríamos utilizarlos en el coche y no nos traía cuenta. Justo al lado del nombre estaba resplandeciente el número 100 del modelo y en el otro lado las dos detras. CD.
"Comodidad Deseada·, nos aseguró papá cuando le preguntamos. "¿Pero cómo va a ser eso si dices que el coche es de fuera? ¿Es que se dice así en todos los idiomas?", volvimos a insistir. "Pues no sé, pero en Motril lo que significa es Comodidad Deseada, que es que todos vamos a ir muy cómodos en este coche".
Parece lógico, ¿no?

lunes, 24 de marzo de 2014

Cirujanas de plumier

No había nada que me entusiasmara más cuando estaba en el colegio que los artículos de papelería. Tenía decenas de gomas de borrar diferentes guardadas en casa en un cajón a las que les tenía especial cariño y que no podía usar en clase porque era norma en el Santo Rosario que las que empleásemos fuesen Milan Nata de las pequeñitas y nos las daban las monjas. Las compraban a principio de curso con un dinero que empleaban precisamente en eso, en material escolar "para que todo fuese igual para todos y no existiesen diferencias".
Llevaba un estuche de tela, con dos compartimentos en el que había dibujada una muñeca vestida de antigua que portaba en la mano un ramo de flores. La cara no podíamos vérsela porque estaba tapada con los encajes del gorro. Dentro los bolígrafos, goma de borrar, lápices y un tímido portaminas, asomaban cuando empezaban las clases.
Dicen que de casta le viene al galgo y aunque no triunfaba demasiado con los números y las fórmulas de Química, decidí adentrarme a mi modo en el mundo sanitario. Me alié con Luisa, una de mis amigas que de cuando en cuando se dejaba invadir por mis pájaros en la cabeza y el tema era tan sencillo como absurdo.
Con el portaminas, metíamos un trozo de grafito dentro de la goma, que desde ese momento estaba herida de muerte y Houston corremos el riesgo de perderla si no actuamos pronto.
La mesa del pupitre se convertía en un quirófano improvisado en el que actuábamos con rapidez y mucha paciencia. Los capuchones de bolígrafo nos ayudaban en la extracción y sólo si la goma no se partía podía decir que había salvado la vida. Todo ello sin contar con el ojo avizor de la Sor de turno que cuando nos pillaba en medio de una operación a corazón abierto nos regañaba con aquello de cuidar el material y bla bla. Jamás entendió la importancia de salvar vidas gomiles que nos embargaba.
Cuando éramos descubiertas en la clandestinidad de nuestras operaciones, normalmente nos quedábamos sin recreo, lo que quería decir que te tocaba pasar media hora en la clase. En ese tiempo, dependiendo de quién te castigara, o tenías libertad para coger un libro del armario y leerlo en tu mesa tranquilamente o, en cambio, te soltaban un trapo húmedo y te ponían a limpiar la pizarra. Las primeras veces era desastroso y la monja de turno se enfadaba mucho porque en vez de limpiar, la tiza estaba tan restregada que el verde oscuro se tornaba en blanco. Pero con el tiempo, fuimos ganando práctica.
De operar gomas pasamos a intentar salvar la vida a bolígrafos a los que la malvada grapadora les había disparado unas grapas, su valiosa arma de destrucción masiva, para acabar con ellos.
O el caso del folio que quedaba atrapado pinchado por la punta del rotulador azul, lo que necesitaba una urgente intervención.
Han pasado los años y ninguna de las dos hemos sido médicos. Nos conformábamos con poco, la cirugía relajada de plumier y pupitre.

domingo, 23 de marzo de 2014

Derby de mi vida

Antes, cuando veía los partidos de fútbol uno detrás de otro para desesperación de mi madre que siempre prefería encontrarme estudiando Historia en mi cuarto, la semana previa al Real Madrid - Barcelona sentía dentro de mí un enorme gusano en el estómago. Recuerdo ahora y no consigo repetir esa sensación de nerviosismo acuciante que comenzaba un par de horas antes del partido, cuando mi padre empezaba a espabilarse de la siesta y a recomendarme que fuera vistiéndome porque llegaríamos tarde a casa de El Dentista.
El Dentista era un amigo suyo, "más madridista que Ramón Mendoza" como le definía mi progenitor, que tenía una casa en la zona alta de Motril. Fue de los primeros en instalarse el Canal Plus y organizaba encuentros de eruditos hinchas en su casa antes de los partidos importantes. Mi padre y yo (con mi gusanillo a cuestas) solíamos llegar a tiempo, sentarnos con ellos en el salón y comenzar a disertar sobre alineaciones y demás cosas referentes al encuentro con un bol de patatas fritas y un par de latas de Fanta.
Otra opción era ir al Club Naútico, que colocaba una pantalla gigante en el salón de celebración  de bodas. Allí, también unos cuantos, comenzaban a debatir sobre la conveniencia de que saliera al campo tal o cual jugador o lo impresentable del entrenador por dejar en el banquillo a quien fuera.
Uno de esos años, el míster del Real Madrid era Benito Floro. Un señor delgado y con gafas que habían fichado del Albacete. A mi padre lo de las gafas debía de hacerle mucha gracia, porque enseguida hizo la comparativa conmigo y me llamaba Donbe. Incluso delante de sus amigos, lo que a mí me desesperaba un poco. "Es que eres Donbe, de Don Benito, porque siempre quieres ver el fútbol". Él solía decir que le tenía tomada la medida al Barcelona y siempre le ganaba.
Como comenzaba diciendo, el lunes de antes del partido, llegaba él con el Marca debajo del brazo y me lo daba para que leyera las noticias de los futbolistas. Mi hermana era más dela Súper Pop y mi madre decía que a mí lo que debía de gustarme era Sergio Dalma, como a la mayoría de las niñas de mi edad, y que me dejara de tanto futbolista y tanto póster de Paco Buyo en la pared de mi cuarto. En un intento de conversión como Saulo de Tarso, me regaló un casette de La Unión, que estaban bastante de moda, y que le regalé a mi hermana a los pocos días a cambio de que ella me dejara la radio para poder oír desde la cama algunos partidos de la Copa de Europa que comenzaban bastante tarde.
El caso es que el día del encuentro yo ya le había dado al Marca del lunes más de cien vueltas. Porque mi padre sólo me llevaba el del lunes, habida cuenta de que yo debía de leer más a Juan Ramón Jiménez o Enyd Blyton, que siempre tenían más que aportarme, seguramente. Llegaba el día y desde por la mañana todo eran nervios. En el colegio mis compañeros se metían un poco conmigo, aunque todos eran del Madrid (en clase estaba muy mal visto ser del Barcelona y sólo un par de chicas confesaron que eran del club culé).
Pitaba el árbitro y yo dejaba de lado el bol de patatas y las mediasnoches de jamón york y mantequilla que preparábamos antes del momento cumbre del día y el gusano que me mordía por dentro se convertía en una víbora hambrienta que me tenía en vilo todo el partido a no ser que el Madrid se pusiera un par de goles por delante. Mi padre iba comentando las jugadas aunque de cuando en cuando se quedaba dormido. Yo me ponía nerviosa y le daba con el codo y le decía: "¡Pero cómo puedes dormirte en mitad de un derby!" A lo que él siempre respondía que no estaba durmiendo, que sólo tenía los ojos cerrados, parpadeando. Sus cosas.
Si marcaba el Madrid, saltábamos de alegría en el sillón. Si estaba cerca mi abuela Luche nos contaba que el abuelo daba una voltereta al más puro estilo de Hugo Sánchez. Mi padre era menos efusivo. Levantaba los brazos y sonreía. Me miraba con condescendencia si era un jugador que me gustara mucho como fue el caso de Emilio Butragueño e Iván Zamorano o me sonreía con la boca torcida cuando el que hacía diana era Guti, que no me caía nada bien.
Luego, el resultado era lo de menos, aunque si perdíamos me iba a la cama muy enfadada.
Aquellos derbys de mi vida nunca se repetirán. Me falta mi padre en el sillón de al lado, donde ha dejado un hueco enorme. Me falta el Marca del lunes de antes y mi madre diciéndome que vaya a estudiar Historia y me deje de gusanos en el estómago. Mi hermano, con apenas dos años preguntando si había que animar a los de blanco o a los de azul y rojo. Son momentos que no volverán pero que, cada noche que juegan Real Madrid y Barcelona, aparecen ante mis ojos como una eterna película de felicidad.

miércoles, 19 de marzo de 2014

Macarrones y pinzas

Antes, cuando el 19 de marzo, día de San José, era festivo, en el colegio nos insistían mucho para que los regalos estuvieran perfectos, para que en su elaboración nada interfiriera y llegado el día y tras aguantar una noche y toda la tarde envuelto en papel de regalo, pareciera nuevo, recién sacado de la tienda.
Trabajábamos mucho y duro. Especialmente los que éramos más torpes en la elaboración de manualidades, un estigma que me ha perseguido toda la vida. Siempre he sido un desastre. Cuando son macarrones o pinzas de la ropa lo que manejas no hay problema, pero ya si creces y empiezas con las seguetas y los paneles de madera, la cosa se complica de una manera considerable.
La seño nos colocaba en las sillas, en nuestras pequeñas mesas verdes y cuadradas y nos hacía exponer el muestrario de pasta y legumbres que habíamos traído de casa. Mi madre nos surtía bien de lentejas, garbanzos y macarrones con rayas. Siempre le preguntaba por qué nuestros macarrones eran rayados y los de los compañeros más lisos. Y la respuesta siempre nos dejaba sin palabras. ¿O acaso no nos habíamos dado cuenta de lo originales que éramos?
Poco a poco, los portafotos de mis compañeros empezaban a tomar forma. En el colegio debía de existir una especie de pacto del Día del Padre con la empresa que fabricaba unas estampas relucientes en las que aparecía San José dándole al Niño la vara con florecillas blancas para que jugara.
Todos los años había que enmarcarla con macarrones, lentejas o cualquier idea que se nos ocurriera. No sé cuántas estampas de San José juntó mi padre. Lo que sí sé es que fuera la que fuera o el año que sea las recibía contento. Una vez, cuando mi hermano aún iba a la guardería, le entregó unos zapatos blancos de golf y un guante de esos que se ponen en la mano para darle a la pelota.
Como ya he comentado antes, el día 19 de marzo era festivo y un par de días antes ya teníamos los regalos a punto. Los escondíamos bien y esperábamos nerviosos el momento de la entrega. Normalmente, entre nosotras hablábamos de lo que habíamos hecho. Tampoco era tan complicado. En caso de duda, había que pensar en la estampa de San José con algunos atrezzos que la convirtieran en algo original.
Si nos portábamos mal unos con otros, el agraviado corría a mi padre y le decía lo que el molestón le había hecho, fastidiándole la sorpresa. Aquello era curioso, porque aunque mi hermano no contaba para estos juegos extraños, le encantaba sentarse con mi padre la noche de antes o la anterior y sacarle la conversación. Al final, estábamos convencidos de que lo sabía pero siempre se hacía el loco.
Aquellos Días del Padre no los había inventado el Corte Inglés, ni Carrefour, ni nadie más que nosotros. Éramos la esperanza de un día de sonrisas y buenos ratos. Sólo nosotros. La sorpresa como una fruta mojada en chocolate caliente...

lunes, 17 de marzo de 2014

Bolicheetos 2, la eterna suplente en las clases de gimnasia

Ya por aquella época sabía de memoria que había dos tipos de caras. La de todo va bien, voy a comerme el mundo y esa soy yo, la que escribe las 'moniciones' de entrada a la Misa y la otra era la que ponía cuando en clase de Educación Física (que en el cole era gimnasia) alguien escogía a sus compañeros de equipo para jugar a cualquier cosa.
Era Bolicheetos porque de cuando en cuando alguien se encargaba de recordármelo, máxime cuando sacaba de la mochila el sandwich de queso con membrillo que me había preparado mi madre (sí... ¿cuántos niños habéis visto en el cole con bocadillos que queso con membrillo?) y entonces me miraban y decían lo de "Bolicheetos tiene hambreeee". El publicista de las bolsas de patatas que me dieron buenos quebraderos de cabeza en mi más tierna y redondeada infancia.
Antes, claro está, hay que presentar al profesor de gimnasia, la asignatura más odiada por Bolicheetos, que en un  futuro se diplomaría como maestra de Educación Física en la Universidad de Granada. De cuando en cuando, a don Salvador, un señor que siempre acudía impecablemente vestido y peinado su cabello cano, le gustaba ponernos a jugar a cosas. Fútbol para los chicos, baloncesto y voleibol para nosotras. Aunque, para no complicarnos mucho, cuando quedaba poco tiempo, nos colocaba en dos equipos para jugar al 'Quema', un juego de lanzamiento de pelota en el que si te daban ibas al 'Campo de los muertos' desde donde podías atacar también. Yo era de las primeras caídas en combate. A veces por torpe y otras porque alguno de mis amables compañeros de equipo querían quitarme de en medio y sin darse cuenta me daban empujones hacia la línea caliente.
Cuando don Salvador hacía los equipos, siempre seleccionaba a dos alumnos, que normalmente eran los más avezados. Y ellos eran los encargados de escoger a sus compañeros.
Ahí entraba mi cara de gato herido. Primero todo era normal. Yo miraba con mis ojos de buena persona, sin cambiar el rictus pero cuando veía que me estaba quedando para las últimas, incluso por detrás de gente que jamás esperaría empezaba a poner en práctica mi media sonrisa de atleta desgraciada o los ojillos de gatito con el rabo entre las piernas.
Ni caso. Nuevo ataque. Mirada de "si me llevas a tu equipo ganamos seguro" que eran respondidas con un "sí, claro que ganamos, a Bolicheetos en el Campo de los Muertos en la primera jugada". Poco a poco iba viendo como el resto pasaban a un bando y otro y, recuerdo bien, que había momentos en los que los mismos capitanes me ofrecían gratis unos a otros. "Pero quedatela tú para tu equipo, que a mí me da igual". "No, no, mejor con vosotros, que uno más no pasa nada, en serio". Me quedaba la última. Al principio no me afectaba demasiado, luego ya me daba un poco más de rabia. Tampoco era tan mala, o al menos eso creía. Lo peor era que cuando elegía una de mis amigas y daba por hecho que iría de las primeras, pasaba a ser la cuarta o quinta, o la sexta, pero no la segunda.
Poco a poco, con el paso del tiempo y mi afición al fútbol (con la que me gané el respeto de los chicos de mi clase que además eran también del Real Madrid), dejaron de llamarme Bolicheetos. Los ratones seguían apareciendo en la televisión con su cansina cancioncilla, pero ya estaba en otras cosas.

jueves, 13 de marzo de 2014

Bolicheetos I

La infancia suele ser esa época en la que todo son ocupaciones lúdicas, siempre buscando el mejor momento para disfrutar de una tarde de playa o unas carreritas por el monte. Normalmente, todo es amor, quieres a todo el mundo y el sentimiento de odio aún no hace mella en ti. Eres feliz por el mero hecho de ser pequeño y ya está. No recuerdo haberle deseado nada malo a nadie en serio. Puede que maldijera a alguno pero luego se me pasaba. Hasta que llegaron ellos.
Los Cheetos eran una especie de gusanitos de queso que triunfaban como snack entre los niños y mayores (mi padre se los comía con disimulo, la bolsa escondida entre el pantalón y el brazo del sillón, mientras veía los partidos del Madrid) y a cuyo responsable de publicidad se le ocurrió la genial idea de comparar el producto con los tres mosqueteros de Dumas.
Hasta ahí, todo bien. Incluso debo admitir que me hacía gracia. Había uno largo con los pelos rizados que era el de los gusanitos de color naranja (nunca supe a qué se debía ese color), el otro era más azul y estirado y el más pequeño, una bolita verde con una espada, torpe porque era paticorto, que representaba a los círculos de maíz y queso. Se llamaba Bolicheetos.
Yo por aquella época era bastante redondita. No quiero decir que fuera un globo aerostático a punto de despegar. Ni tampoco que era fuertecita. No estaba fuerte, estaba gordita. Lo admito. Aparte, era bastante enemiga de los pelos largos. Veía como mi hermana Paloma sufría cuando se peinaba porque tenía enredos y decidí que yo más cómoda con el pelo corto ¡dónde íbamos a parar! El problema fue cuando mi destino y el de los ratones del queso se cruzaron.
Estaba terminando los últimos cursos de EGB, lo que ahora se llama Educación Primaria. Mis amigas estaban más pendientes de Alejandro Sanz y sus miradas elegantes y estudiadas que de los juegos que nos habían unido antaño. He de reconocer que llevaba cinco o seis canicas en la mochila, con la vana esperanza de que algún día me dijeran que les apetecía jugar. Pero ellas de decantaban más por esperar sentadas en un banco en el patio a que se cruzara el chico guapo de la otra clase que le daba un aire lejano a Tom Cruise. 
Iban ideales de la muerte, repeinadas y empezaban a aprender las miradas de soslayo. Nunca me llamó la atención ser como una de ellas, pero mi comportamiento debía de sorprenderles. Una mañana, durante un recreo, un grupo de chicas de la otra clase jugaban al quema contra los chicos. Les faltaba una. Me preguntaron. ¡Claro que quiero jugar! Duré cinco minutos sin 'matar'. Enseguida me dieron con el balón. Falta de agilidad y de costumbre. (Y un lío que me hice con las piernas, que mi coordinación estaba en números negativos). 
Mientras cruzaba al otro campo, uno de los niños gritó:
- ¡Mirad, es como el ratón gordo de los Cheetos!
También suele decirse que durante la infancia, lo que predomina es la crueldad. Entre los mismos compañeros. A mí aquello me dio rabia, pero no dije nada. Desde ese momento, empezaron a llamarme Bolicheetos. No sabía quien era, pero le pregunté a una de mis amigas. 
- Pues el que sale en el anuncio, ¿no lo has visto? Son tres, dos delgados y uno más gordo. Pues ese.
Investigué y dí con un ratón que siempre estaba con el culo en el suelo, intentando comerse una bola de queso que tenía trinchada en la punta de la espada. Venga ya, yo no estaba tan redonda... no era posible. Aquella noche decidí que todo iba a cambiar cuando en la ducha miré abajo y no me veía los pies. 
- Es normal - me dijo mi madre cuando me vio salir afligida - es que tienes los pies muy pequeños.

martes, 11 de marzo de 2014

Móviles apagados

Hoy hace diez años del día en que despertamos todos a la cruda realidad. A nadie le gusta despertarse con la noticia en la televisión y las radios de que un atentado terrorista había sesgado vidas humanas. Todos conocíamos alguien en Madrid, familiar, amigo, amigo de un amigo, primo del tío de un amigo. Alguien. Historias que eran de cada uno y que sin saber por qué podían verse sesgadas. Fueron miles las personas que llamaron esperando encontrar al otro lado la voz del ser amado, que sólo obtuvieron por respuesta el metálico mensaje del robot: "El teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura..."
No pasa nada, es temprano. Seguro que más tarde lo coge.
Recuerdo que yo caminaba a la Facultad de Periodismo donde me tocaba la primera clase de Fotografía. Algo había escuchado ya en la radio mientras hacía de buena mañana los kilómetros a clase. Como casi siempre, había quedado con mi amiga Sandra para desayunar un café bien cargado y medio mollete de tomate en la Cafetería Belle Epoque. Comentando la gravedad del asunto, apenas nos dimos cuenta de que la hora de entrada se nos pasaba, y llegamos corriendo al aula. La profesora, Fina, estaba apoyada en el pico de la mesa, con la mirada perdida entre los alumnos mientras narraba lo que escuchaba al otro lado del auricular. Llevaba la radio del teléfono móvil puesta y nada nos importaba más que lo que estaba pasando en Madrid.
Aquella mañana las clases quedaron reducidas a la información pura y dura. Las televisiones de la Escuela ofrecían constantemente imágenes de lo que estaba pasando en la capital que por un día era también el epicentro del dolor. Los periódicos intentaban realizar una edición impresa especial y yo miraba a los reporteros que se esforzaban por contener las lágrimas mientras indicaban al cámara el lugar donde grabar.
Las horas pasaban deprisa, y cuanto más corría el reloj más impotencia sentíamos. Hacía poco que había localizado por medio del teléfono a todos mis familiares de Madrid. Estaban bien.
Mis compañeros también habían hecho lo propio con los suyos y volvimos a tomar café a media mañana con mal sabor de boca. Ya empezaban a hacerse públicos los datos y arrancaban las más inverosímiles explicaciones. En un principio, era ETA, luego se abrió una nueva línea de investigación que les alejaba, acercando más la desgracia al terrorismo islamista.
A los tres días se celebraban las elecciones generales y desde hacía un tiempo, mis compañeros y yo habíamos organizado un viaje con algunos profesores para poder ver cómo Urdaci daba los resultados en TVE. A mi madre no le hizo demasiada gracia que fuera, pero yo me moría de ganas por ver el ambiente que se respiraba en Madrid. Cuando pasas por una zona cero, las sensaciones son indescriptibles. Las vallas metálicas que rodeaban Atocha estaban repletas de textos, poesías, algunas flores y peluches. Aunque todos hablaban, había un negro silencio.
Fui testigo de cómo en el programa Estudio Estadio, el capellán del Atlético de Madrid rezaba en directo un Padrenuestro y las lágrimas no le dejaron terminar. Alfredo Urdaci dio los resultados electorales mirando a la cámara con ese cansancio de quien lleva días pegado al teléfono, trabajando las 24 horas. Sufriendo, también, por dentro.
Madrid era un desierto poblado de gente. Sobre el cielo, algunas nubes indicaban que la tarde estaba empezando a caer. No sé si cayeron algunas gotas, pero pudiera ser. Son muchos ángeles llorando al mismo tiempo.

lunes, 10 de marzo de 2014

Dice la luna al despertar

Dice la luna al despertar
vete corriendo a descansar
y el Sol muy contento se marcha a dormir
salen las estrellas y se ponen a reír. 

Si lo has leído con música y una media sonrisa en la cara es porque estabas sentado a mi lado en la clase de quinto del colegio Santo Rosario de Motril. Quizá fue la clase que mejor recuerdo de aquel maravilloso año. Marilú nos tenía a todos encandilados con sus ideas, aunque también nos horrorizaba pensar en la cara que pondría si algún día dejábamos los deberes sin hacer o nos escapábamos al patio de recreo el día que nos dejaba castigados sin salir.
Era una clase de música de esas que ahora se quieren eliminar del programa de estudios para los más pequeños de un modo incomprensible. Pero bueno, le hice promesa a mi santa madre de que no iba a hablar de política en mi blog y voy a cumplirlo.
No recuerdo cuántos éramos en el aula. Sí que antes estábamos más niños por clase y que mi promoción era la primera de las Dominicas que admitía varones también. Eran pocos y a menudo les dábamos algo de miedo. Estábamos colocados según la estrategia de Marilú. Ella tenía unas normas muy especiales para distribuir a los alumnos. Los que usábamos gafas, en las primeras filas, daba igual si veías mejor de cerca o de lejos. Siempre al principio. Los más revoltosos al lado de uno más aplicado al que, generalmente, luego le explicaban educadamente que dejara de ser un poquito menos repelente si no quería ver menguar su bolsa de canicas, que era nuestro tesoro más preciado.
A Marilú le gustaban mucho los juegos de voces. Por eso, un día se decidió a experimentar con nosotros y nos explicó que había un modo de cantar en el que si empezaba un grupo y luego otro le seguía, tras muchas repeticiones, las voces se encontraban. Aquello que nos parecía magia, digna de la película del Caldero Mágico, comenzó a volverse real. Nos daba la señal y empezábamos. Los de la primera fila siempre con un poco de miedo de quedarnos solos con esa voz horrenda de preadolescente que daba algo de miedo.
'Dice la luna al despertaaaaar'. Aquí comenzaban los de la segunda mitad de la clase, separados unos de otros por una barrera de mochilas multicolores. Al final, aquello parecía una jauría desbocada de gatos en celo, pero a ella le gustaba el resultado.
No supe exactamente si en algún momento coincidimos los que empezamos la estrofa con los que la terminaron, pero eran unas clases divertidísimas.
También había un radiocasete surgido de la nada más absoluta, con una maquinaria simple y algo anticuada, en el que sonaba una cinta de música con la voz de la monja que mejor cantaba del colegio entonando las canciones que llevaríamos a la Misa de la semana. Acompañando su voz el inconfundible sonido de un diapasón y el gorjear de unos pájaros. Dedujimos, al poco tiempo, que estaría grabada al lado de la jaula enorme que daba vida y color al patio de recreo.
Ahora miro al cielo y la luna despierta pasadas las siete y media de la tarde. Puntual como ella sola, enviando al sol a casita, a dormir. Me siento tentada de empezar la canción, pero miro a mi alrededor y no veo mis primeros asientos repletos de niños con gafas, los problemas de aquellos a los que les costaba más avanzar y el sonido de los pájaros y el diapasón acompañando al 'Perdona a tu pueblo, Señor'. Aunque, también pienso, ha sido una suerte vivirlo tan intensamente.

domingo, 9 de marzo de 2014

Doce meses de playa

Mi madre tiene la teoría de que el aire libre es la mejor medicina para los niños. Por eso, desde que tengo uso de razón me recuerdo con las rodillas en la arena, excavando buscando agua marrón que celebraba como si hubiera encontrado petróleo. Cuando llegaban los fines de semana, ella nos cogía de la mano, nos subía en el Seat Ritmo color salmón requemado y nos íbamos a jugar a la playa de Torrenueva o al Puerto de Motril, que por aquel entonces era de entrada libre y de un salto podías estar en el Muelle de Levante sin temor a que el agente de turno de la Policía te dijera que de eso nada, nanai, fuera de allí.
Después de una semana de arduo trabajo escolar, nos sentaba tras la comida del sábado y nos preguntaba si habíamos hecho los deberes. Sabíamos de sobra lo que acarreaba decir sí o no. Si era afirmativa la respuesta, esperaban horas y horas de sol y sal, de arena y cubos de agua. En caso de ser que no, tocaría quedarse en casa al cuidado de la abuela o de mi padre mientras el resto marchaba al Paraíso. Normalmente nos aplicábamos el sábado por la mañana para tenerlo todo listo y presentábamos orgullosas los análisis sintácticos y las cuentas (cada una de ellas a un progenitor) con cierto recelo.
Cuando mi madre nos encontraba un fallo en la redacción o en la sintaxis disfrutaba mucho explicándonos donde estaba la raíz del error. Y cuando hablo de raíz me refiero a que ella arrancaba sus clases magistrales en el origen de los tiempos, en el latín y el griego. Era fascinante.
Al comprobar que todo estaba correcto y que incluso mi hermano Curro había completado con éxito la tarea de colorear sin salirse demasiado de la raya (algo que yo nunca conseguí) nos marchábamos con rumbo definido. Mi madre llevaba siempre el libro que estaba leyendo, que previamente había forrado con papel de regalo o las hojas de un periódico pasado. "No quiero que se me estropee con el salitre del mar", nos decía. Después el resto hemos tomado esa costumbre. Por lo menos, los que nos apasiona leer.
Llegábamos a la playa y empezaba el momento de gloria. Cada uno hacía lo que más le apetecía. Y si no querías hacer nada, te tumbabas en la arena a buscarle forma a las nubes. Julia era capaz de encontrar los animales más inverosímiles entre el azul del cielo. Yo, que por aquel entonces era muy madridista y tremendamente feliz con un escudo que me regaló mi padre y que llevaba en la sudadera sin quitármelo nada más que para dormir por eso de que pinchaba, construía un palacio de arena en el que decía que se alojaban los futbolistas para pasar las horas previas a los partidos. Tenía foso y con algunas plumas de gaviota elaboraba palmeras que se movían si soplaba el viento de Poniente. Hasta que llegaba mi hermano, que era pequeño y muy curioso, y mostraba un especial cariño por el fútbol porque siempre se me sentaba al lado a ver jugar a los blancos, y echaba por tierra (nunca mejor dicho) mi palacio de arena.
Paloma era más de leer a Mortadelo. Cuando lo dejaba, iba a la orilla a mojarse los pies. Nos encantaba sentir cómo el agua fría (especialmente la de los meses de enero) nos calaba hasta los huesos. En este aspecto, mi madre no estaba tan de acuerdo porque tenía pánico a que Curro se resfriara y empezara con los 'pitos y flautas' como decía mi padre cuando le daba asma.
Mi infancia son recuerdos de la playa, del mar, del azul del cielo que se nublaba los días de lluvia dotando al agua de un misterioso color verde. Por eso me gusta decir siempre que la libertad que yo respiré en mis años de infancia, impulsada por el amor incondicional de mi madre a Torrenueva y a todo lo que huela a sal, hizo de nosotros unos niños felices. Cada momento era especial, llenando el calendario de doce meses de playa.
Fotografía: Mi madre con Paloma en la playa de Torrenueva

viernes, 7 de marzo de 2014

La rebotica

Si había un sitio en el mundo en el que yo me sintiera a salvo de las visicitudes del tiempo era en el despacho que mi padre tenía en la parte de dentro de la Farmacia. Estaba subiendo por unas escaleras de madera en las que había unos cuadros entre los que se encontraba la orla de ni padre y un anuncio de pastillas para la tos que me hacía mucha gracia. Era lo que hoy se conoce como vintage. En la parte de arriba de las escaleras había un balconcito por el que se veía la parte de abajo, esto es, a mi padre trasteando en la zona donde preparaba las fórmulas magistrales o mientras sacaba algunas cajas de pañales hacia fuera. A veces, cuando era por la tarde y jugaba la Selección Española, ponía una televisión que estaba encima de la mesa y yo podía oírlo desde arriba.
Me gustaba mucho ir a estudiar al despacho de mi padre. Normalmente, en su jornada laboral él no solía subir demasiado, estaba más bien abajo, despachando clientes o recepcionando pedido. Cuando se dio cuenta de que podía echarle una mano colocando las medicinas por orden alfabético me llamaba y me cambiaba una hora de mi tiempo por un colacao con pastel de calabaza en el bar del dueño de Keny. Keny era un perro cazador que siempre tenía cara de cansado y que vivía debajo de uno de los taburetes. Su dueño era amigo de mi padre, de los fanáticos del Real Madrid, y sabía lo que me gustaba el pastel de calabaza.
A la Farmacia me llevaba los libros y el estuche. Allí intentaba concentrarme. Oía de fondo el sonido de la máquina registradora y los pasos acelerados de mi padre y sus auxiliares cuando trasteaban en las estanterías. Yo abría mis libros y empezaba a estudiar. Normalmente me quedaba hasta la hora de cierre, y entonces me volvía con mi padre en la Vespa. Él siempre cargaba con los dos cascos por si acaso me daba por aparecer en la rebotica esa tarde.
Allí preparé algunos exámenes del instituto y sobre todo, los de Selectividad. Me animaron a prepararlos en la Biblioteca e intenté hacerlo una vez porque mis compañeros me decían que estudiar en una Farmacia no era demasiado normal. La única ocasión en la que fui, me dí cuenta de que mis amigos que tanto me habían animado salían de cuando en cuando a fumarse un cigarrillo o sacaban de la máquina una Coca Cola y disfrutaban de ella en sus cinco minutos de descanso que a menudo se convertían en más de una hora. Yo ni fumaba ni me gustaba la Coca Cola, con lo que simplemente salía a hacerles compañía. Y me daba cuenta que así no iba a ninguna parte. Regresé al despacho de mi padre al día siguiente.
Algunas tardes, mi madre pasaba por la Farmacia a echar un ojo a mi padre, por si necesitaba algo, y a mí, que estaba arriba, estudiando. Me hacía mucha gracia.
La rebotica sigue estando en el mismo sitio, y aunque subo de cuando en cuando, siento que ya no es lo mismo. Es el caso típico de que la edad cambia el entorno, trastocando la magia. Me trae muchos recuerdos, muchísimos. La Farmacia en el corazón de Motril, el corazón y centro neurálgico de buena parte de nuestra infancia.

martes, 4 de marzo de 2014

Velas mágicas

Un hermano es como un bizcocho con cobertura de chocolate. Te da miedo acercarte para no romperlo, temes darle el primer mordisco por si acaso se acaba la felicidad pero luego descubres que es una experiencia mágica. A mí, la vida me ha regalado tres. Fueron llegando poco a poco, pero en el momento indicado. Y en marzo cumplen años. Nunca tuve el síndrome de ser la primera o la única. La cercanía en el tiempo de mi hermana Julia apenas me dejó ejercer de hermana mayor. Éramos de edades paralelas y similares inquietudes. Igual ella un poco más inquieta que yo, que prefería quedarme en casa los sábados por la noche inmersa en los libros de Michael Ende o Los Cinco, antes que salir por ahí con la gente a beber Coca Cola en los bares (que aparte de todo, no me gusta nada). Ella me enseñó muchas cosas. Aprendí de ella a lanzarme sin miedo con la bicicleta por las cuestas del monte de La Joya en Torrenueva, aunque más de una vez termináramos con las rodilaas en carne viva y mi madre esperando en casa con el bote de agua oxigenada. Me enseñó a estudiar aunque nunca tanto y tan bien como ella. "Abre el libro y su cabeza es como si hiciera una fotografía y se quedara con las cosas", escribí una noche en mi Diario. Aquel día, yo estaba muy enfadada porque había suspendido cuatro asignaturas y ella regresaba con una sonrisa de oreja a oreja, todo sobresaliente y una bolsa de nubes. Intenté copiar sus buenos hábitos de estudio y aunque me sirvió mucho, tengo que confesar que jamás logré superarla.
Paloma llegó más tarde para completar el trío de hermanas. Con ella era todo más divertido. Al principio, tan pequeña que nos daba miedo tocarla. Pero mi madre nos animaba a que le hiciéramos caricias en el carrito, a que jugáramos con ella... luego fue creciendo y empezamos a compartir. Juntas sellamos nuestro amor por las Cabbage Patch, unas muñecas con pinta de coliflor que nos trajeron los Reyes Magos un año. Cuidamos con ella de su 'recién', al que incluso bautizamos en una ceremonia en el cuarto de juegos en la que yo ejercía de cura con una bata blanca de mi padre, de las de la Farmacia. Paloma estaba tan delgada que la llamábamos 'el Alambrico'. Corría más que ninguna y le gustaba mucho la música. Fue el punto que le faltaba a nuestras íes para estar completas. Pero, claro, no podía quedarse allí. Unos años más tarde, sonó el timbre de casa y apareció él. Enorme, inmensamente grande, envuelto en una manta de lana azul. Los pijamas que mi madre le había comprado, a Curro le quedaban pequeños. Llegaba para cerrar la casa, el único niño. Paloma exclamó "¡Desde ahora, Currito es nuestro rey!" Y poco más o menos. El hecho de ser el único varón y de que nosotras ya fuéramos más mayores le convirtió en un personaje de postín en casa. Los hermanos son el mejor regalo del mundo. Y, en los sucesivos post, iré hablando de cada uno de ellos con detenimiento. Ahora, mejor dejadme que recuerde un rato aquellas tardes de cumpleaños en las que apagábamos miles de veces las velitas mágicas de la tarta.