Siempre quise tener un coche de carreras. Cuando estaba en el colegio, soñaba con el día en que los Reyes Magos trajeran de Oriente ese bólido teledirigido con el que hacer carreras, derrape, o simplemente ponerlo a correr por la carretera del Puerto de Motril los fines de semana después de haber terminado los deberes. Finalmente, tras muchas cartas y explicaciones a mis compañeras del colegio, algunas me veían como una 'marimacho' por pedir mi coche de carreras y no maquillajes o libros de señoritas, Sus Majestades dejaron al lado de mis zapatos una enorme caja con un Nikkon amarillo en su interior. A mi hermana le trajeron otro igual pero en color verde y mi padre también tuvo el suyo. Era un todoterreno que funcionaba con gasolina. Aquello, para mí, fue un privilegio que, entendí, sólo tenía él por ser el mayor y porque seguramente había sido más bueno que todos nosotros juntos. A mi Nikkon amarillo le llamé Prosi, porque aquel era el año en el que había llegado al Real Madrid un croata que se las prometía muy felices y del que mi padre era un fan y a mí, aunque me resultaba bastante indiferente, me dio la idea de bautizar con su nombre a mi reciente adquisición. Para ese momento, previa consulta con mi padre, lo dispusimos todo en el salón. Convenimos en que tenía que ser una ceremonia como la de los barcos, en la que se echara un poco de cava por el paragolpes delantero mientras se repetía una fórmula ancestral de ponerle nombre a las cosas. No teníamos ni cava ni champán así que tuvimos que conformarnos con media botella de cerveza que repartimos entre los tres coches. Con el de mi hermana y el mío, además, venía un cargador de pilas. "Los Reyes Magos quieren que aprendáis la importancia de no malgastar la energía. ¿Para qué vamos a estar tirando y comprando pilas si podemos darle muchas vidas a las mismas?" Lo vimos bastante lógico y todas las noches dejaba a Prosi cargando, esperando la llegada del fin de semana para empezar nuestras aventuras.
Estuvo en muchos sitios conmigo. En Torrenueva, recorriendo el Paseo Marítimo y las calles de El Maraute (despeñándose por las escaleras de la piscina de cuando en cuando), derrapando en la zona de arena más dura hasta que mi padre me dijo que podía romperlo, y por Motril principalmente en el Puerto.
Me gustaban los domingos porque era el día en que nos subíamos todos en el coche y nos marchábamos a jugar o a pasar el día por ahí. Normalmente al Puerto, cerca de los barcos. Mis padres con mil ojos y nosotros con un espacio abierto increíble en el que ser felices. Jugamos como locos allí con los coches. El de mi padre era el que más corría. La gasolina es lo que tiene, pero el mío y el de Julia eran más pequeñitos y podían meterse en sitios donde jamás entraría el suyo. Me encantaba pasearlo entre las patas de las grúas que descargaban barcos. Lo metía entre los hierros al límite y lo sacaba sin rozarlo. Hasta que un día se quedó allí clavado. Entró con tanta velocidad y no calculé bien la altura, que no había modo de moverlo. Estuvimos tirando un buen rato para desencajarlo, y finalmente lo conseguimos, pero rayamos toda la parte de arriba. No me importó demasiado, de hecho, regresé orgullosa porque era una herida de guerra. Señal de lo bien que lo habíamos pasado.
Un domingo que había llovido bastante aunque ya estaba escampado, mi padre me llevó al Club Naútico a ver por la televisión un partido del Madrid. Era aquel un sitio donde había Canal +, de los pocos de Motril donde lo tenían, y a él le encantaba llevarme y presumir delante de sus amigos de lo que su niña sabía de fútbol. Yo me llevé mi Nikkon amarillo por si podíamos jugar antes un rato. En el descanso (era temprano) me bajé a la zona por donde salen los optimist a dar clase de vela, mientras él se quedaba arriba esperando que empezara la segunda parte y hablando con Pepe 'El Maúro' que era un señor muy mayor y muy madridista que coleccionaba canarios. Jugué a poner el coche en la rampa por la que suben y bajan los barcos. Mi fantástico bólido amarillo terminó en el agua. Un derrape mal hecho y la cuesta mojada. Aunque lo saqué rápidamente, antes de que se hundiera, y mi padre me tranquilizó diciendo que cuando llegáramos a casa le enchufaríamos el secador del pelo, Prosi nunca se recuperó. Quedó apagado para siempre, en la estantería del dormitorio de la que un día, sin saber por qué, desapareció. Tuve suerte porque mi hermana, cuando vio lo afectada que me había quedado, me dio su coche verde diciéndome que me lo prestaba todo el tiempo que yo quisiera, que a ella no le hacía tanta ilusión como a mí.
Mi padre y yo seguimos jugando durante mucho tiempo con nuestros coches. El de Julia estaba nuevo, no tenía arañazos ni barro en el paragolpes. Era como si acabara de salir de la tienda. Obviamente, lo traté con mucho cuidado, y siempre regresaba a casa en perfectas condiciones. ¿No le pones nombre?, le pregunté. "Se llama coche", me contestó ella, "coche verde".
La vida seguía pasando, a veces lenta y otras más rápida, metiéndose en los recovecos del alma para luego, con un requiebro, salir hacia otro lado repleta de fuerza. Igual que ni Nikkon amarillo entre las grúas del Puerto.
.....k hermanas tan distintas....tú tan romántica....poniéndole nombre al coche.....llevándolo a todas partes....disfrutando a tope de él y Julia....¡¡lo llama coche verde!! jajajaa...me parrrrrrto!!
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