viernes, 21 de febrero de 2014

Al niño de mil colores le gustan las natillas

Puedo sentir sobre la mía la mano helada de mi abuela Isabel cuando venía todas las noches al piso de la calle Sáez a dormirme. Para mí, era mucho más que una costumbre. Era un rito sagrado que se repetía día tras día. Después de cenar, llamaba desde el teléfono fijo a la puerta de al lado, que era donde ella vivía. "Abuela, que me voy a la cama", le decía. Y ella venía en silencio, pero cuando caminaba por el pasillo, yo sabía que estaba allí gracias al toc toc toc de su bastón de cabeza plateada. Sentada en el filo de mi cama, justo a la distancia a la que llegaba mi brazo de niña, me cantaba canciones de siempre... "Entre las matas y entre las flores / habita un niño de mil colores / era muy chico, chiquititillo / y había otro grandote". El sueño empezaba a llegar mientras me sorprendía la presencia de ese extraño ser de arco iris que buscaba a un amigo que probablemente le sacaba tres cabezas y media. Un ogro del océano que estaba a punto de emerger. Y aunque parezca mentira, jamás me quitaba el sueño.
Mi abuela tenía un don mágico para la cocina. Sus natillas era el premio gordo por cumplir años, por las buenas notas, porque estaban de nuevo los primos en Motril o simplemente porque a ella le apetecía hacerlas. Las recuerdo perfectamente, en una fuente blanca orlada con dibujos recargados en tonos azules. En el centro del dulce amarillo, había una pelota enorme de merengue rodeada por bizcocho, que en mi ciudad llamábamos 'biscotelas' y que ella compraba en la Costa del Sol cuando pensaba hacer postre. Isabelita, como la llamaban sus amigas con las que se reunía de cuando en cuando para tomar un café que duraba toda la tarde y buena parte del comienzo de la noche, era una maestra de las albóndigas en caldo, de la calabaza con chorizo y demás delicias aprendidas años ha.
A menudo la acompañábamos a la misa, en la iglesia de Los Frailes, y luego nos llevaba a comer chocolate con churros al café de enfrente. Siempre nos decía que los niños teníamos que ser gentiles y buscar sillas a las personas mayores que se quedaban de pie en el fondo del templo. Luego ellos la felicitaban y ella sonreía con su cara brillante por la crema hidratante a la que dulcemente siempre olía, cuando nos comía a besos. Nos contaba historias del Niño Jesús para volver a casa, y recolocaba una y mil veces las fotos que tenía de sus nietos para que cada cual nos sintiéramos importantes en todo momento.
En su casa había un salón al que llamábamos 'El salón prohibido' que estaba siempre cerrado (aunque nunca con llave) y en el que los muebles estaban siempre tapados con sábanas blancas. Presidiendo, un  cuadro enorme pintado por mi tío Carlos Moreu del que había borrado a mi abuelo Curro que, como buen torero, era un enorme supersticioso. Cuando terminábamos de comer, mientras los mayores hacían la sobremesa, nos íbamos al 'Salón prohibido' atraídos por el olor a cerrado del mismo. Allí, había una estantería de cristal en la que guardaba las figuras del Nacimiento junto a una colección de animalitos de cristal de Murano. Había cientos de animalitos. Nos encantaban y como eran pequeños, a veces nos llevábamos alguno a casa para jugar. Recuerdo que me enamoré de un pingüino que estaba con sus crías. Una de las noches en las que ella vino a dormirme, encontró el pingüino en el cabecero de mi cama. "Yo tengo uno igual de esos en la estantería del salón, ¿lo has visto?" Desde el primer momento supe que ella sabía perfectamente que aquel era su pingüino y, muerta de vergüenza miré al suelo y le dije "no, no lo he visto". "Hace tiempo que lo echo en falta, pero me dejó una nota escrita diciéndome que iba a un sitio mucho más bonito", me contestó. Supe de inmediato que estaba perdonado y olvidado. Y le dí la mano, como cada noche, mientras la luna brillaba en lo más alto del Cerro de Motril y empezaba a oír, a lo lejos, la historia del niño de mil colores.

1 comentario:

  1. ....k bonito , Berti............no sabes la de veces k me acuerdo de ella.....¡¡yo misma me sorprendo!!....de lo cariñosa k era y de lo buena cocinera.....siempre k iba a verla me tenía guardadas croquetas ,las hacía y las congelaba para mí ,mi madre no las hacía nunca y ella se acordaba de un día k le dije lo mucho k me gustaban.......creo k desde k ella no está no he vuelto a comerlas....las caseras....las de verdad
    ....me encanta k tengas tantos recuerdos y tan bonitos de tu niñez......eso significa lo buena k ha sido para tí

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