lunes, 26 de mayo de 2014

Nubes y bicicletas

"Cuando están muy malitas, a las buenas personas le pueden pasar dos cosas: o se ponen buenas de repente, o se convierten en ángeles". Mi padre nos reunió a todos en la cama azul del cuarto de mi hermano donde jugábamos a tirarnos al suelo unos a otros. Mamá estaba en Madrid, llevaba allí algunos días, en el Hospital, con sus hermanos, acompañando a mi abuelo, que estaba enfermo. Ella no había llegado, y el cielo de mayo en Motril se preparaba para llorar un poco, tintado de un color gris que no hacía presagiar nada bueno.
Pero fue el tono de voz de mi padre y el modo en que nos estaba abrazando a los cuatro, sentados en la alfombra, lo que me confirmó que a mi abuelo Guillermo de repente le habían salido en la espalda dos enormes alas celestes y había levantado el vuelo hacia el Sol.
Nos quedamos parados. En ese momento no sabíamos cómo reaccionar. Hacía unos meses, yo había ido con mi hermana a Madrid a verle. "No pongáis caras raras, porque el abuelo no está igual que cuando dormía en el jardín de la casa de abajo, está un poco más delgado". Le habíamos comprado en un bar de carretera, de los infinitos que hay yendo a la capital, un paquete lleno de monedas de chocolate Nestlé. Él siempre fue un loco del chocolate. "Tenemos que comprarlas más adelante", nos decía mi madre. No quería que llegaran convertidas en chocolate a la taza.
Bajando del ascensor, en el pasillo que llevaba a la habitación 315 con la que tantas veces habíamos contactado vía telefónica desde Motril, mi madre volvió a repetirnos lo mismo. "Nada de caras extrañas, que a él no le va a gustar", y entramos con una sonrisa de oreja a oreja en la habitación. Mi abuelo nos miró con la alegría plasmada en sus ojos de color gris que por unos momentos brillaron más que nunca, y sacamos del bolso el paquete de monedas de chocolate. Nos dijo que se las comería después de comer, porque la enfermera iba a entrar en poco tiempo y seguramente no le gustaría ver que se saltaba el 'régimen de hospital' para ponerse a comer monedas del tesoro rellenas de Nestlé.
Quiso que aprendiéramos a curarle una pequeña herida que tenía en la cara. Seguro que no lo hicimos muy bien y que algo de daño tuvo que sentir, pero no perdió la sonrisa que dejaba entrever sus dientes perfectos. Ya estaba malito entonces, aunque a mí me pareció que en cualquier momento levantaría las sábanas, aparecería con su pijama de pinos y nos iríamos los dos a comprar churros al lado de la iglesia de Torrenueva. "¿Vas a poder subir en la bicicleta?", le pregunté para que me aclarara una de mis mayores preocupaciones. "Claro que sí", contestó él.
Cuando nos marchamos, prometimos que volveríamos a verle pronto. Él estaba agusto con las visitas y a mí me hacía ilusión ver cómo, pasara lo que pasara, nunca perdía la sonrisa bajo el mostacho.
Hablamos con él por teléfono varias veces, y siempre nos decía que le cuidáramos el sillón y especialmente la mantita celeste que se ponía en las rodillas y que llevaba un oso horrible pintado. No sé qué le veía, pero en casa era intocable. No podíamos permitir que la pidiera y no supiéramos dónde estaba.
Mi abuelo era el más fuerte, el más grande, el invencible. Por eso, la tarde en que jugábamos en la cama de mi hermano a lanzarnos al suelo y papá nos dijo que se había marchado para siempre con enormes alas de ángel no quisimos creerlo del todo. ¿Habría bicicletas en el cielo? Aunque, con las alas puestas, ¿para qué quería dar pedales en su bici verde? Ya de noche, tras la cena, me dí cuenta de la realidad. Después de hablar con mi madre y la abuela por teléfono fui consciente de que los paseos a la churrería se habían terminado para siempre. Por lo menos junto a él. Desde ese momento entendí que el dolor por perder a alguien a quien has querido lucha contra la admiración que durante toda la vida te ha acompañado. Él, que había vestido de uniforme, que posaba firme frente a los helicópteros en Aviación, ya estaba más allá de las nubes. Nos costó entenderlo pero lo hicimos. Tampoco nos quedaba otra opción.
Y con el paso de los años, queda indemne el recuerdo.
Era 26 de mayo.

jueves, 22 de mayo de 2014

Subiendo por la Calle Real

No sé si conocéis a Manuel Cuesta. Es un cantautor sevillano que compone con el corazón y el alma en cada una de las cuerdas. Cuando le descubrí, demasiado tarde, lo confieso (aunque ahora ando recuperando el tiempo perdido), me encontré a eso de la medianoche nada más salir de trabajar, cuando era periodista, feliz laboralmente y esas cosas, una canción llamada 1985. Forma parte del disco 'La vida secreta de Peter Parker'. Me llamó la atención porque enseguida comenzaron a sonarme los nombres de las calles. Está dedicada a Ceuta. Conseguí ponerme en contacto con él, y me explicó que conocía perfectamente la Ciudad Autónoma porque había vivido allí un tiempo. De inmediato, en los quince minutos que cubrían el trayecto entre el periódico y mi casa, hice un viaje al pasado.
Cuando llegamos a mi nuevo destino periodístico, el primero de lo que se convirtió en mi vocación ahora rota por la crisis, localizamos sin problema el Hostal. Estaba semiescondido en una de las plazas principales, recuerdo, una calle empinada. Pasamos con el coche por un café llamado Alhambra, que con el paso de los meses se convirtió en uno de mis enclaves preferidos porque servían, junto al té, los 'cuernos de gacela' mi dulce árabe preferido. Siempre había movimiento. Al lado, 'los tres caballos', una marroquinería excelente donde olía a cuero desde el primer momento que pisabas la entrada.
Nos instalamos en el Hostal del Teniente Ruiz y tras darnos una ducha y comprobar que habíamos reservado una habitación sin apenas ventanas "¿Qué más te da, si es sólo para dormir?", me dijo mi madre, salimos a merendar antes de entrar en el periódico. Yo estaba nerviosa. Ella me revisó hasta el último pelo. "Tienes que tener volumen, nunca te peinas con volumen y te queda mucho mejor". Fue lo último que oí antes de contemplar en el espejo a alguien que tenía mi misma cara y unos pelos recolocados que subían hasta el infinito. "Mamá, parezco una abuela". "No digas tonterías". Sin que se diera cuenta intenté poner algo de orden y me maquillé ligeramente. Mis hermanas llevaban un tiempo adiestrándome en el noble arte de la máscara de pestañas y el colorete bien dado "nada de colores de Heidi con su abuelito en la montaña", me decían. Era lo que peor llevaba.
Abandonamos el Hostal. "No podemos perdernos", aseguró mi madre seriamente. En ese momento supe que de alguna manera u otra terminaríamos sin saber hacia dónde ir en medio de la calle. Es ley de vida. Al bajar la calle encontramos una cafetería que estaba decorada con estatuas gigantes de Venus saliendo de sus conchas y algún que otro dios griego que las contemplaba con los ojos libidinosos de piedra tallada. Me pedí un batido de chocolate. Ella un café. Y nos partimos media tostada de mantequilla y mermelada. Habíamos comido muy temprano. "¿Sabes que ahora no sabría llegar al Hostal?", me comentó mientras terminábamos el último bocado. Lo suponía. Yo hacía tiempo que había estado dejándome llevar, siguiendo el paso de mis zapatos, como en aquel capítulo de Espinete. Mira al suelo, detrás de las zapatillas, que ellas te marcarán el rumbo... cantaba el siempre sonriente Don Pimpón cuando se perdió por el bosque, poco antes de que Caponata y sus secuaces le rescataran. Éramos como dos Pimpones abandonadas en medio de un sitio al que yo trataba de encontrar el encanto. Me parecía imposible que fuera a dominar casi a la perfección las calles, las direcciones, y sobre todo, no quedarme estancada en medio de tanto uniforme militar que paseaba delante de mis narices. "A tu abuela le encantaría venir a Ceuta a verte", mi madre estaba terminando de pagar. Nos levantamos y comenzaba la ardua tarea de encontrar el periódico. Sólo sabíamos que se llamaba 'El Faro de Ceuta' y que me habían llamado para ocuparme de la sección de sindicatos y de Patrimonio.
La calle Sargento Mena número 8 en la que se ubicaba la redacción no estaba demasiado lejos, según nos indicó el amable camarero. Teníamos que subir la calle Real entera y luego girar. No complicado. Nos levantamos, miré el móvil. Nadie me había llamado para decirme que no hacía falta que regresara. Una llamada perdida, eso sí, de mis hermanos. Seguramente querían saber cómo habíamos llegado. "Luego les llamamos", me dijo ella. Y suspiré. Ceuta era mi casa. Una casa enorme, llena de ventanas y posibilidades. Y, lo más importante, con olor a mar.

lunes, 19 de mayo de 2014

La ciudad de Al Idrisi

Llegar no fue complicado. Embarcamos en Algeciras, al final decidimos que el Skoda nos acompañaría. Su primer viaje transoceánico. Mi madre se levantó nada más sentarnos en el barco. Quería ir al baño o a por un café. No recuerdo bien. Por unos momentos quise que alguien llamara al móvil y me dijera que no, que ya habían encontrado a otra persona que había dicho que sí, que se quedaba con el puesto, y que sonaba el teléfono y me pedían que no fuera. Yo volvía a la piscina y a mis niños, y Ceuta se quedaba a lo lejos, como esa gran desconocida.
Pienso que era miedo al cambio, a perder aquellos momentos constantes en casa que tanta falta me hacían. Habíamos intentando encontrar un piso para quedarme, o una residencia. Pero ni lo uno, ni lo otro. Cuando la hélice comenzaba a romper el agua, y el hidropedal comenzó a moverse, supe que no había marcha atrás. Que era una decisión que había tomado yo, y como tal ahora tocaba asumir las consecuencias.
Mi madre estaba tremendamente ilusionada. Lo exteriorizaba mucho. Hacía aspavientos en la ventana, señalando el mar que parecía revuelto por algunas zonas, las gaviotas que iban ganando peso conforme la costa estaba más cerca. El viaje no se me hizo largo, tal vez un poco más la espera para desembarcar. Nos metimos en el Skoda mientras el barco atracaba en el Puerto de Ceuta. Ya estaba todo hecho. Tardamos en abandonar la cubierta. Se formaba unas colas muy grandes. El Puerto no me llamó la atención especialmente. Comenzamos a andar por la carretera. No sabíamos bien hacia dónde. Algo habría al final del camino. Lo primero, muchas culturas entremezcladas. Musulmanes, judíos, hindúes y cristianos en perfecta armonía, remarcando a su manera que es posible un mundo en el que todos seamos iguales, y la convivencia posible. Vimos túnicas de hombre, de mujer, hiyab de colores brillantes... un abanico de colores.
Habíamos reservado antes de salir por Internet una habitación doble en el Hostal del Teniente Ruiz. ¿Dónde estaba? Ni idea. Era lo primero a encontrar. Para ello, decidimos que ya estaba bien de dar vueltas sin saber hacia dónde y nos paramos al lado de una acera. Bendijo ojo. Era un cuartel. El de Transmisiones. Por encima de nuestras cabezas, dos garitas que flotaban con dos soldados que miraban a lontananza. Uniformes que salían y entraban con una prisa metódica. "¿Le preguntamos a uno?", le dije a mi madre. Pues es lo que había que hacer. Uno de ellos nos indicó amablemente el camino a seguir, pero como son muy de estar juntos, pues se acercaron un par más y se colocaron en las ventanillas del coche a cotillear quiénes eran esas dos mujeres que habían decidido estacionar momentáneamente su coche en la puerta de entrada de su edificio. Cuando creíamos que todo estaba listo, arrancamos para irnos, y en ese momento, la calle era una serpiente de uniformes. ¡Qué curioso!
"Ceuta siempre ha sido un sitio donde hay mucha tradición militar", me dijo mi madre. "El abuelo estuvo en Tetuán, que no es Ceuta, pero queda cerca".
Una vez localizado el Hostal y aparcado el coche en una zona cercana "anota lo que veas más potable que no lo perdamos mañana", me dijo mi madre. Y no sólo no lo perdimos, sino que encontramos nuestro edificio a la primera. Dejamos las bolsas y decidimos darnos una ducha antes de salir a merendar. "Sois de fuera?", nos preguntó amable el recepcionista. "De Granada", contesté yo henchida de orgullo nazarí. "Bienvenidas a la ciudad de Al Idrisi". Y nos estrechó la mano.

domingo, 11 de mayo de 2014

Ceuta: La llamada

Cuando terminé de estudiar Periodismo en Granada, era monitora de natación en la piscina de Arabial a tiempo completo. Por las mañanas los adultos y ya por la tarde, grupos de niños hiperactivos persiguiendo a su seño con tablas azules que lanzar siempre certeramente o reclamando un poco de atención ante el desalmado que le había hecho alguna ahogadilla. A mí eso me gustaba, pero no me llenaba. Durante mis años de carrera había aprendido muchas cosas, todo de manual porque apenas si había tenido tiempo para disfrutar de las prácticas que realicé en Canal 21 y en Onda Sur Motril. Disfrutaba imaginándome escribiendo sobre las cosas más dispares. Estudiaba por las mañanas y trabajaba por las tardes para pagar, mensual y religiosamente, la letra de 72 euros de mi flamante Twingo morado.
Una noche, me senté delante del ordenador, ultimé los detalles del currículum vitae y envié el documento a todas las direcciones que encontré (incluida la Casa Real, que fue de las pocas que me contestó agradeciéndome mi interés por servir a España y al Rey. En serio). Continuaba mis jornadas con los niños, cada vez más complicado porque con la proximidad del verano se incrementa de modo considerable el número de padres que demandan al monitor-milagro que sus criaturas aprendan a nadar para poder ellos disfrutar de unas horitas de arena en paz.
Una tarde, en la que esperaba la llamada de mi hermana para decirme que Nora, la cocker spaniel que vivía en casa y que se volvió un poco 'crazy' con el paso del tiempo, había salido exitosamente de la operación para sacarle una espiga de trigo de la oreja, sonó el móvil. Como el socorrista ya estaba avisado y yo le daba clase a mayores, les dejé unos segundos para atenderla. No era ella ni le habían terminado de sacar la espiga a la perra. Era la subdirectora de El Faro de Ceuta. Me quedé sorprendida. Una de sus redactoras se marchaba en unos días y necesitaban cubrir su plaza urgentemente. Me hizo mucha ilusión, le dije que de primeras sí, pero que por la noche le daría la contestación. ¿Ceuta? ¿Qué sabía yo de Ceuta? Estaba en el norte de África. Poco más.
Llegué a casa nerviosa, le conté a mi madre lo que me había pasado aquella tarde y, como era de esperar, porque ella siempre quiere que las cosas que vayamos consiguiendo sean por nosotros mismos, me dijo que aquello era una especie de señal, el momento de dejar la piscina y comenzar una nueva etapa de mi vida. Mis hermanos se quedaron sorprendidos. No dejaban de gastarme bromas al respecto. Llamé a el periódico y dije aquello de 'Sí quiero' que pensaba que jamás diría en el altar.
La incorporación era rápida, dijeron. No tengo experiencia, contesté. De eso nos encargamos nosotros. Hablé con mis jefes de la piscina, les dejé quince días para que me encontraran sustituto. Pensé que las cosas había que hacerlas bien. Investigué en internet. Mi madre estaba más nerviosa que yo, preparándolo todo. Teníamos el Skoda que se acababa de comprar. Qué mejor momento para estrenarlo. Compramos los billetes por Internet. Estaba un poco descolocada. Pregunté si sería complicado encontrar alojamiento. Me dijeron que no, que había que mirar un poco. Reservamos plaza en un hostal llamado Teniente Ruiz que no conocíamos, ni siquiera sabíamos cómo llegar. Una aventura, vamos.
Nos marchamos a Algeciras por la mañana. Mi madre quiso embarcar el coche. Dijo que era más sencillo luego de ese modo ir cargando con las maletas. Me dio un poco de pena, porque además, sentía algo de miedo por lo desconocido. Iba a cumplir un sueño, sí, pero a ver de qué modo.
Mi abuela me dijo que ella tenía allí una familiar de un familiar que se llamaba Oliva. ¿Pero Oliva qué más? No supo qué decirme, sólo me dio un número de teléfono.
La aventura estaba a punto de comenzar. Mi primera vez, el debut como periodista. Mis comienzos más duros.

martes, 6 de mayo de 2014

Aquellos años en los que soñé ser periodista

Recuerdo con nitidez aquellos años en los que dormía. Estaba en un sueño. Algo que perseguí con todo mi énfasis desde los últimos años de instituto. Quise ser periodista, contar historias, que la gente abriese el periódico en los bares y encontrarles con las pupilas posadas en mis páginas. El imposible nexo de unión con alguien que no conozco a través de la magia de las palabras. Fueron años en los que lo más importante para mí era seguir durmiendo constantemente, no despertarme nunca, que jamás dejara de sonar en mi cabeza el tecleo furioso, el golpear las letras con delicada constancia cada mañana, cada tarde. 
Los primeros viajes, mi llegada a Ceuta ese día 16 de julio, festividad de la Virgen del Carmen. No conocía a nadie, también salían a la mar algunos hindúes adorando a sus dioses. El mar era diferente a mi Mediterráneo, la silueta de Benzú recortada como un trazo de pluma. Conocer mi primera redacción, a mis primeros compañeros. Dani, Cristina, Gonzalo... gente que consta en mis libros de historia personal. Entonces, yo seguía durmiendo.
Aprendí muchísimo de ellos, y dela Ciudad Autónoma. Ceuta es un compendio de colores y secretos que ir descubriendo. Mis primeras crónicas castrenses y reportajes con los vecinos que se quejaban de las faltas del Ayuntamiento. Lo haces bien, me decían mis jefes. Y yo, con los ojos cerrados y la sonrisa en las nubes, no pensaba despertar.
Echaba de menos a mis hermanos. Enormemente. Tenía en el corazón un vacío inexplicable. Quería estar con ellos, pero siempre sintiéndome feliz, completa. Poniendo junto a mi nombre mi nuevo apellido, 'Periodista'. El Estrecho era el obstáculo que me quedaba por vencer para estar con ellos. Pero amaba Ceuta. Había aprendido a quererla con toda mi alma. Me hicieron una oferta (cuando las empresas aún querían contratar trabajadores) y crucé en un barco las millas que me separaban de mi casa. Llegué a Almería. La Voz de Almería, Diario de Almería... experiencias que me resultaron inolvidables, en las que aprendí, sonreí por mis aciertos y lloré por mis errores. Pero sin abrir los ojos. Era feliz. La felicidad de quien coge con las dos manos el objetivo que ha perseguido desde el pupitre, en las aulas del instituto. 
De repente, cayó sobre mi cabeza todo el peso de la realidad, me ví despierta en un mundo de locos. Cerraba los ojos, intentaba quedarme dormida de nuevo, pero la nana que se repetía una y otra vez llevaba las palabras 'crisis, paro, desempleo'. Y tenía forma de carta de despido. No la quería coger, quemaba en las manos y hería mi alma. Nunca un amanecer fue tan doloroso. Costalazo con la realidad, lágrimas que se agolpaban en mis ojos, pero que no querían salir. Un absurdo sentimiento de orgullo que se disfrazó de importencia más tarde.
No he vuelto a dormir. No he cerrado los ojos. De frente ves venir los golpes de la vida. De frente reconoces a tus amigos. Los que van por la espalda no merecen más que una simple indiferencia. Me siento querida, apoyada. Pero sigo alimentando la nostalgia de esos días, de los sueños. De aquello que quise y que ahora ha quedado como la neblina que me impedía ver la Península desde la Ciudad Autónoma, que parecía tan lejana.
Recitar como quien reza, sin pensar en las palabras...
Querer cerrar los ojos y despertar de nuevo frente a un ordenador, con el teléfono ardiendo...
Y Calderón. Y los sueños, sueños son.
Son sueños... son sueños... sueños son....

lunes, 5 de mayo de 2014

Flor para el día de hoy...

La rutina del mes de mayo se hacía esperar durante todo el año, pero cuando llegaba, lo hacía con toda la fuerza que le permitía el complejo horario escolar. Éramos alumnas del colegio Santísimo Rosario de Motril, y por eso, la obligación de dedicar un mes entero a la Virgen era casi impuesta y qué mejor que éste, el de las flores, ese en el que las calles se llenan de maceteros y gente bailando sevillanas.
Nuestro mes de mayo comenzaba a primera hora, nada más entrar en el patio las monjas nos colocaban uno detrás de otro, a la distancia que el brazo daba (¡a medirse!) y cuando las filas estaban perfectas comenzaba a sonar por los altavoces la cinta de canciones religiosas. Algunas veces, los padres que querían quedarse a mirar lo hacían semiocultos tras las columnas para que no nos distrajéramos. Por las ventanas que había sobre el gimnasio podían verse a los vecinos, dos o tres por vidriera, que estaban preparados para acompañarnos en nuestro rezo matinal. Estábamos orgullosos de que fuéramos tan importantes.
Al callar la música, un par de golpecitos dados por la directora al micrófono nos hacían saber que estaba todo listo, y precisamente ella era la encargada de inaugurar la jornada pronunciando unas palabras que previamente le habíamos preparado algunos de los alumnos. Me quedé con las ganas de leer uno de los textos que escribí, pero siempre me decían que se me daba muy bien plasmar en papel lo que todos queríamos decir (u oír) pero que luego leyendo era una marirapidilla que quiere decir que apenas si cogía aire para demostrar lo deprisa que era capaz de leer.
Es por eso que muchos de mis compañeros leyeron algunas de las poesías que yo escribí, de los textos que hice. Incluso mi hermana Paloma fue seleccionada para recitar un poema que le había preparado la noche de antes, que resultó el elegido entre todos los de su clase. A mí eso me daba un poco igual, porque no me gustaba mucho el protagonismo que daba una sala, la de dirección, donde normalmente nadie quería entrar porque significaba que algo habías hecho mal, y desde la que hablabas al micrófono pero nadie te veía la cara. Nadie sabía que eras tú. Invisible para el resto.
Después, rezábamos algunos Ave María y nos decían, despacio y llenos de emoción la flor que dedicar a la Virgen con un "Flor para el día de hooooy"... a continuación el nombre. Podía ser la rosa, la margarita, orquídea o nomeolvides. El caso es que durante todos los meses de año en el colegio aprendí el nombre de más flores que en las clases de Biología posteriores. Cada una de ellas tenía una intención. A mí la que más me gustaba era la de "No me voy a pelear con mis hermanos durante todo el día de hoy" porque era la más complicada de cumplir, especialmente porque no sabías cuándo terminaba el día para dar comienzo la noche, en qué momento quedaba levantado el veto y la flor que llevaba todo el día espiándote desde donde quiera que sea, se quedaba dormida y tocaba el turno de sentarte delante de tu hermano y decirle: Mira, hoy me has cabreado mucho por esto que me has hecho pero, claro, el tema de la flor estaba en el aire.
También hacíamos una procesión en la que 'los mayores' es decir, la gente de octavo curso, cargaba con un pequeñísimo trono en el que subían las monjas, primorosamente arreglada, la imagen de la Virgen Niña que estaba en la entrada. Era emocionante porque todos queríamos ser mayores para dar la vuelta al patio. Cada dos esquinas había relevo, y como sólo cabían cuatro costaleros, pues la procesión duraba bastante. El camino lo recorrían entre aplausos y vítores y recuerdo sólo dos veces en la que la imagen ladeó peligrosamente a ambos lados porque era complejo acertar con la compensación de alturas a la hora de portarla.
Al final del mes de mayo, siempre notábamos que nos faltaba algo. El cuerpo va acostumbrándose a las rutinas del día a día y entrábamos a la fila conscientes de que no escucharíamos los tres golpecitos al micrófono para indicarnos que la mañana iba a empezar. Es uno de los recuerdos más bonitos que me quedan de lo que fueron mis años en la escuela, que me da para cientos de blogs  como éste.