Había una que me llamaba mucho la atención, más que nada porque, de primeras, no sabía que pintaba allí, entre tanto primo junto, de mil posturas distintas: la de la orla del colegio, envueltos en nuestros faldones de Bautismo o con cara de no haber roto jamás un plato mirando de reojo a los gatos de madera que pescaban en los laterales del mueble, cargado de libros y recuerdos. La fotografía a la que me refiero era la de un chico mayor que nosotros, vestido con uniforme, que sonreía a la cámara mirando de lado. Obviamente sabíamos quién era. No había duda alguna. Se trataba del Príncipe Felipe, el hijo del Rey. Lo que no entendíamos es cómo estaba ahí, mezclado entre los nietos, como si por sus venas corriera la misma sangre Quintanilla. Luego lo entendimos. No era esa la sangre que corría por su cuerpo (creíamos, desde que conocimos la historia de la princesa y el guisante, que para los miembros de la realeza era azul como la tinta del bolígrafo del colegio). Lo que sí es cierto es que mi abuela se sentía parte de él hasta el alma. Le profesaba una particular adoración que le había llevado al lugar privilegiado que sólo ocupábamos los nietos. Ahí estaba, a nuestro lado, con una sonrisa blanca, blanquísima, mirándonos como quien no quiere la cosa.
Me llamaba tanto la atención que lo conté en el colegio. Marilú no podía dejar de reír. Y yo empecé a elucubrar en mi cabeza infantil que tal vez la presencia del Príncipe en la casa tuviera un especial significado.
Una tarde, sentadas en la mesa con ella, tapadas hasta casi la nariz porque hacía frío y andábamos buscando el calor del brasero, me fijé de pasada en la fotografía que ya era como una parte más de aquella. casa.
- Abuela, ¿por qué le has pegado encima una cucharilla de helado?
- Pues porque él se comió una tarrina con ella... y aquí está.
Aquello era su trofeo, su pertenencia. Siempre ha soñado con el día en que su protegido se convirtiera en Rey, y deseaba con todas sus fuerzas poder verlo. Como buena abuela, le puso muchas trabas a las chicas con las que se le iba relacionando. Una no le gustaba por una cosa, y la siguiente por otra completamente nueva. Pero a ésta última le dio el visto bueno porque veía que se querían. Para asegurarse, compró todas las revistas del corazón del día de la pedida y observó detalladamente las miradas que se cruzaban. Las abuelas tienen un secreto de adivinación para esto de las miradas de los enamorados. Doy fe.
Cuando se casaron no quiso perderse la ceremonia en la televisión, con sus comentarios posteriores. No sé cómo aún no la han llevado de comentarista o simplemente de consejera, al lado de los que ofrecen los programas de televisión. Lo que repetía mucho era que no le gustaría marcharse de este mundo sin verle convertido en Rey.
Fue este uno de los motivos por los que la abdicación me dio especial alegría. Ella iba a ver cumplido su sueño. Como una ciudadana más, sintió mucho la lejanía de su casa en la calle Guzmán el Bueno, cuando residían en Madrid, pero sentada en el sofá estaba mimetizada con lo que acontecía en los aledaños del lugar de la celebración. No ha querido perderse ni un sólo momento. Ha aplaudido con devoción cada una de las palabras del nuevo Felipe VI y ahora que las tecnologías están de moda y la distancia de pocos kilómetros no me ha dejado estar a su lado, he sabido localizar el brillo de ilusión en sus ojos gracias a una imagen enviada por Whatsapp.
Simplemente por eso no voy a hablar hoy más que las emociones. El resto, quien me conoce ya lo sabe. El caso es que el chico que nos miraba vestido de uniforme desde la repisa en la casa de mi abuela ya es el nuevo rey de España. Y mi abuela, por unos momentos, creo que ha sentido orgullo de eso, de abuela. Siempre lo colocó entre todos sus nietos.