jueves, 19 de junio de 2014

La fotografía sobre la repisa

Cuando íbamos a casa de mi abuela, a la de Granada, nos empezó a llamar potencialmente la atención la devoción que ella sentía por sus nietos. Ordenaba una foto de cada uno, que había que actualizarle convenientemente con el paso de los años, bien por voluntad propia o bien para que no la pidiera quinientas mil veces (como las buenas abuelas) hasta que se hiciera realidad. Las colocaba con mucho esmero en lo alto de una repisa de madera que tenía en el salón, al lado de la tele. Cuando la familia comenzó a crecer, irremediablemente, el espacio fue faltando. Y ella que siempre ha sido de rompecabezas y puzzles, siempre se las ingeniaba para no dejar a nadie sin espacio. Bien poniendo marcos más pequeños o escondiendo algunas detrás con soberano cuidado. 

Había una que me llamaba mucho la atención, más que nada porque, de primeras, no sabía que pintaba allí, entre tanto primo junto, de mil posturas distintas: la de la orla del colegio, envueltos en nuestros faldones de Bautismo o con cara de no haber roto jamás un plato mirando de reojo a los gatos de madera que pescaban en los laterales del mueble, cargado de libros y recuerdos. La fotografía a la que me refiero era la de un chico mayor que nosotros, vestido con uniforme, que sonreía a la cámara mirando de lado. Obviamente sabíamos quién era. No había duda alguna. Se trataba del Príncipe Felipe, el hijo del Rey. Lo que no entendíamos es cómo estaba ahí, mezclado entre los nietos, como si por sus venas corriera la misma sangre Quintanilla. Luego lo entendimos. No era esa la sangre que corría por su cuerpo (creíamos, desde que conocimos la historia de la princesa y el guisante, que para los miembros de la realeza era azul como la tinta del bolígrafo del colegio). Lo que sí es cierto es que mi abuela se sentía parte de él hasta el alma. Le profesaba una particular adoración que le había llevado al lugar privilegiado que sólo ocupábamos los nietos. Ahí estaba, a nuestro lado, con una sonrisa blanca, blanquísima, mirándonos como quien no quiere la cosa.

Me llamaba tanto la atención que lo conté en el colegio. Marilú no podía dejar de reír. Y yo empecé a elucubrar en mi cabeza infantil que tal vez la presencia del Príncipe en la casa tuviera un especial significado.

Una tarde, sentadas en la mesa con ella, tapadas hasta casi la nariz porque hacía frío y andábamos buscando el calor del brasero, me fijé de pasada en la fotografía que ya era como una parte más de aquella. casa.
- Abuela, ¿por qué le has pegado encima una cucharilla de helado?
- Pues porque él se comió una tarrina con ella... y aquí está.

Aquello era su trofeo, su pertenencia. Siempre ha soñado con el día en que su protegido se convirtiera en Rey, y deseaba con todas sus fuerzas poder verlo. Como buena abuela, le puso muchas trabas a las chicas con las que se le iba relacionando. Una no le gustaba por una cosa, y la siguiente por otra completamente nueva. Pero a ésta última le dio el visto bueno porque veía que se querían. Para asegurarse, compró todas las revistas del corazón del día de la pedida y observó detalladamente las miradas que se cruzaban. Las abuelas tienen un secreto de adivinación para esto de las miradas de los enamorados. Doy fe. 

Cuando se casaron no quiso perderse la ceremonia en la televisión, con sus comentarios posteriores. No sé cómo aún no la han llevado de comentarista o simplemente de consejera, al lado de los que ofrecen los programas de televisión. Lo que repetía mucho era que no le gustaría marcharse de este mundo sin verle convertido en Rey.

Fue este uno de los motivos por los que la abdicación me dio especial alegría. Ella iba a ver cumplido su sueño. Como una ciudadana más, sintió mucho la lejanía de su casa en la calle Guzmán el Bueno, cuando residían en Madrid, pero sentada en el sofá estaba mimetizada con lo que acontecía en los aledaños del lugar de la celebración. No ha querido perderse ni un sólo momento. Ha aplaudido con devoción cada una de las palabras del nuevo Felipe VI y ahora que las tecnologías están de moda y la distancia de pocos kilómetros no me ha dejado estar a su lado, he sabido localizar el brillo de ilusión en sus ojos gracias a una imagen enviada por Whatsapp. 

Simplemente por eso no voy a hablar hoy más que las emociones. El resto, quien me conoce ya lo sabe. El caso es que el chico que nos miraba vestido de uniforme desde la repisa en la casa de mi abuela ya es el nuevo rey de España. Y mi abuela, por unos momentos, creo que ha sentido orgullo de eso, de abuela. Siempre lo colocó entre todos sus nietos.

lunes, 16 de junio de 2014

Capitán del Ceitil

Regresando a aquellas memorias mías que me llevan al otro lado del Estrecho, me encuentro con mi primer día en El Faro de Ceuta. Era éste un edificio que nos costó algo encontrar, pero que todo el mundo conocía. La puerta se abrió para mí. Dos cristaleras enormes que detrás guardaban el mayor de los secretos, el inicio de una carrera que había conseguido poco a poco, convertirse en una vocación, en algo más que eso, en una aspiración que había sido coartada durante algunos de mis años de instituto. Nací para escribir, es cierto. Pero también me apasioné por el deporte. Ahora faltaba aunar las dos cosas. Porque tiempo para las cosas que se quiere hay siempre.
Entré en la recepción. Una chica me saludó amablemente, le dí mi nombre. Mi madre se quedó allí y yo pasé a una salita que me indicaron, donde había cuatro sillas y un split de aire acondicionado que funcionaba a tope. Por un momento dudé si aquel temblor que me recorría de arriba a abajo era del frío o de los nervios. En aquellos momentos siempre es mejor achacarlo a la temperatura, porque si alimentas a los nervios se convierten en el enorme dragón del pesimismo, que termina por arrasarte y destrozar tu mentalidad positiva.
Estuve en torno a diez minutos. Se abrió la puerta y entró un chico rubio con la camiseta de la selección mejicana de fútbol que se sentó en la butaca de al lado. Le saludé con timidez. No me dijo nada, me hizo un gesto con la cabeza y terminó de mandar un  mensaje de texto en el que estaba concentrado.
- ¿Estás aquí porque te han llamado para trabajar también? - le dije.
Él empezó a reírse y me cayó bien.
- No. Me llamo Gonzalo Testa y soy el redactor jefe del periódico.
Acabas de liarla, me comenté a mí misma. Pero claro, era tan joven que bien podría haber pasado por otro compañero de los que entran en prácticas, o un novato como yo. Entonces ni frío ni nada. Eran los nervios, pero sudores de los que te empapan hasta el alma. Mi primera entrevista de trabajo y estaba sentada con un chico de menos edad que yo que me hacía sentir como si estuviera de cafés con mis amigos y que, en cambio, era mi futuro redactor jefe.
Me preguntó mil cosas. Pero curiosamente, ninguna relacionada directamente con el periodismo hasta casi al final de la charla. Sabía que había estado dando clases de natación en Granada. Quiso saber de mi familia, de la Alhambra, de las cosas que me gustaba hacer en mis ratos libres. Y por fin, me preguntó que por qué me había decidido por Ceuta. Fui sincera. En aquellos momentos tenía otra oferta de La Tribuna de Cuenca pero era menos dinero. Y así se lo expliqué. No iba a mentirle. De esa ciudad no conocía nada de nada. Mi abuela me había hablado de una prima suya de la que tuvo noticias por última vez cuando tenía unos 70 años o así. Y dijo que fue hace tiempo. Creo que en esos momentos la descarté.
El caso es que le hizo gracia tanta sinceridad y me acompañó a la redacción. Pasé a una habitación con cristaleras que daban a la recepción y con cara de no saber qué estaba pasando me encontré a mi madre que tranquilamente hablaba con un señor mayor y bajito al otro lado. Ni me vio.
Gonzalo salió de una especie de pecera, con paredes de cristal, donde había una chica, también bastante joven, que parecía estar peleándose con alguien al teléfono.
"Muy periodístico", pensé. Era la directora. Me encantó el equipo que acababa de conocer. Mis futuros compañeros no levantaban la cabeza del teclado. Anonadada por esa visión, pasé a la enorme habitación acristalada. Ella me dio la bienvenida de manera oficial al periódico. Parecía que el sueño estaba al alcance de la mano. Me dijo que tenía prisa para que me incorporara y el chico joven se ofreció a ayudarme para encontrar casa. Aunque tengo que reconocer que me dio un poco de miedo, supe enseguida que eso era lo que tenía que hacer y punto. Que para algo había estado estudiando tanto tiempo. No iba a dejarme vencer ahora por los fantasmas.
En dos días tendría que volver. Aquello seguramente no sería lo que yo había preparado en la Universidad, pero me hacía mucha ilusión.
Salí a por mi madre, para contarle lo que me habían dicho. En la puerta me la encontré charlando amigablemente con el mismo señor de antes.
- Te presento a un hombre muy amable que se ha ofrecido para ayudarnos a encontrar casa.
- Gracias. - le contesté sin saber bien qué decir, deduje que mi madre tampoco sabía cómo se llamaba.
- De nada. Yo siempre ayudo a las mujeres guapas. Y más si son de Granada. Amo Granada, amo a Lorca... soy Emilio Cózar.
Llevaba en la solapa una moneda antigua a modo de pin. La que comenzó a acuñarse en Ceuta.
Un Ceitil.

lunes, 9 de junio de 2014

El bitxo Karolina

No sé bien por qué le bautizamos así. Ni siquiera el motivo de pronunciar de ese modo su sombre, así rollo pintxo, como si hubiésemos venido del mismo Bilbao en lugar de Motril (muy noble y leal ciudad de). El caso es que un verano apareció por las paredes del dormitorio una pequeña lagartija que corría como alma que lleva el diablo, recorriendo el gotelé para arriba y para abajo, ante la atónita mirada de las tres moradoras del dormitorio. Las tres compartíamos espacio. Mi madre había colocado fuera a mi hermano porque necesitaba su territorio, enseguida equipado con un enorme póster del Real Madrid y el 'futbolín grande con patas' que tantas veces había pedido a los Reyes Magos y que, verano a verano, viajaba con él a pasar unos meses a Torrenueva.
Aquella noche hacía calor. Imagino que el bitxo Karolina entraría por alguna de las ventanas abiertas. Nuestro piso, aparte de dar al jardín de la casa de abajo, también lo hacía a una zona en la que había muchos árboles, uno de los cuales metía una rama enorme en el balcón que a mi padre le servía de sombrilla natural para sus momentos de periódico, Coca Cola y desconexión, y a nosotras para plagarla de muñecos recortables que diseñábamos con ayuda de la tía Chabela. La rama parecía, durante el estío, un colorido árbol antesala del de Navidad.
La primera vez que vimos al bitxo Karolina, acabábamos de apagar la luz. Apenas si entraba la de la farola que alumbraba el pasillo de entrada a la Urbanización, para que nadie se cayera durante la noche por el camino de empedrado torreño (con algunos retales de lo que fue el romano, que quieras o no, siempre es una inspiración). Estaba apoyado en la pared. Lo vimos fugazmente, pero ante la amenaza de que fuera una cucaracha de las rojas voladoras, sonó un grito a tres voces.
- ¡La luz, enciende la luz, hay un bicho!
Ahí estaba. Tan tranquila. Porque decidimos en el acto, que era hembra. Tenía mucho más glamour y sentido que nos visitara una lagartija fémina. Podríamos terminar hablando de nuestras cosas y compartiendo el bote de colonia Chispas. No se movía. Estaba ahí. Simplemente. Posada en la pared, bien agarrada al gotelé, viendo la vida pasar. Nos acercamos. Bueno, me acerqué yo porque la pared en la que estaba pertenecía a mis dominios y mis hermanas relegaron en mí por consiguiente tan ardua tarea de investigación. Ellas dos contemplaban lo que sucedía sentadas en la cama de la otra punta, por si acaso era una lagartija con alas de duende y nos sobrevolaba a todos.
- Es una lagartija, parece. - confirmé.
- Tócala a ver si se mueve.
Esas ya eran palabras mayores, que una sólo interaccionaba continuamente con el campo, los bichos bola y alguna que otra hormiga, durante los meses de verano.
- Yo no la toco. - contesté segura.
- Pues tú verás, porque está en tu lado de la cama y te va a tocar dormir a tí con ella al lado. Mejor saber si está muerta o viva, ¿no?
Razonamiento lógico, por otro lado. Me acerqué con mucho sigilo y un folio doblado y le toqué la cola. Salió corriendo como una pobre lagartija asustada y se metió encima del armario.
- ¡Ya la has liado! Ahora tendremos que dormir sin saber dónde está.
- ¿Pero no queríais que la tocara para ver si estaba viva? ¡Ya veis que sí lo está!
Ante ese razonamiento pesado nos quedamos dormidas. Decidimos llamarla Karolina pero le pusimos delante lo de bitxo para darle más categoría. No sabíamos enmarcar a las lagartijas en su hábitat natural cuando éstas entran sin avisar en los dormitorios.
A la mañana siguiente nos asomamos al armario para ver si la veíamos. No estaba. Seguramente se habría ido por la ventana a medianoche. A la hora de comer, contamos con todo lujo de detalle lo que había pasado. Llenas de orgullo, presumíamos de haberla mandado de vuelta a su medio natural, aunque no contamos que estaba en el armario, vete a saber dónde. Mi hermano no le prestó demasiada importancia. Estaba demasiado ocupado ordenando su calendario de citas: con mi primo para coger semillas, y luego para echar una partida de futbolín. Por la tarde piscina, playa o lo que se tercie. Siempre ha sabido aprovechar muy bien las vacaciones.
Aquella noche, el bitxo Karolina regresó a las paredes del dormitorio. Y de nuevo hubo que echarlo. No sé bien dónde terminó, porque en esta ocasión lo largué con las luces apagadas.
- Si aparece de nuevo lo atrapamos con el bote de Nescafé y lo soltamos en el jardín de la casa de abajo por la mañana.
Nos pareció buena idea y le dimos la enhorabuena a mi hermana Julia, que había demostrado ya en pasadas ocasiones ser una enamorada de los animales y el bitxo Karolina, por más lagartija que fuera, tenía derecho a respirar en libertad y comer moscas o lo que sea que comen ellas.
No volvió más. Imagino que encontraría otro paraíso idílico que en lugar de gotelé tuviera hojas verdes y algunas hormigas que llevarse a la boca. Una tarde, mi padre nos llamó porque en la rama bajo la que solía ponerse a leer había aparecido una lagartija pequeñita.
- ¡Karolina! - gritamos mientras salíamos a contemplarla.
Nos miró con los ojos un poco entornados. Se encogió de hombros y dijo:
- Yo siempre las he llamado lagartijas... o salamandras... ¿Karolina?

domingo, 1 de junio de 2014

Sorpresas y jardines

Regresando a mi primer trabajo de periodista, en Ceuta (me ha entrado la nostalgia tras releer en Facebook los post que me publicaron mis amigos cuando fui despedida de Diario de Almería junto a varios compañeros) tengo que decir que los primeros días fueron excepcionales y emocionantes.
No sólo ya por el crisol de culturas y el abanico de colores que encontraba en la calle, sino por el misterio del alojamiento. Mi madre y yo habíamos llegado a Ceuta sin más casa que la habitación del Teniente Ruiz y con el Skoda como vehículo que nos llevaba a todos lados. Aunque nuestra idea era no buscar un apartamento individual demasiado lejos del centro. Comenzamos a patearnos las calles, con la reunión ya fechada con el redactor jefe del periódico (un misterioso chico con acento del norte que nos había atendido por teléfono) y empezamos a anotar los escasos números de teléfonos de viviendas en alquiler. Una de las señoras a las que llamamos, después de pedirnos en torno a quinientos euros por un piso pequeñísimo, nos explicó que a esas alturas del año era complicado encontrar nada libre, porque era mucha la demanda por parte de los militares.
Llamamos a un tipo que nos comentó que disponía de un buen espacio con jardín en la casa donde él vivía, totalmente aislado (vamos, que no iba a molestarnos). Cuando nos dirigíamos hacia allá, una carretera larga y desangelada, llegamos al supuesto edificio. Esto era una casa con pinta de tener ya varios años en medio de un jardín en el que también hacía tiempo que no había entrado jardinero alguno. Nos abrió la puerta un chico que nos dijo que él vivía en la casa principal, pero que disponía de una zona en la que colocar una cama e incluso que tenía cocina en la parte de abajo. Aquello era indescriptible. El tipo pedía cuatrocientos euros por una habitación en la que más que cama había un jergón sobre un gastado somier, con unas baldas de escayola para colocar las mantas y una cocina con el conocido camping-gas en medio de un desorden caótico. Y, por si fuera poco, un par de cucarachas campando a sus anchas.
- ¿Ellas pagan también el alquiler? - le pregunté.
- No, van incluidas en el precio.
Imagino que se daría cuenta de inmediato, por la cara que pusimos, que jamás pondría un pie en aquella especie de jaula desarbolada en medio del jardín encantado de la Cenicienta. Mi madre, que es más de dejar las cosas educadamente "porque hay que tener amigos siempre en todos lados y quedar como lo que somos, dos señoras" le dijo que ya la llamaríamos.
Obviamente, rompí en cachitos el papel en el que estaba anotado su teléfono.
La verdad es que el tema de la estancia empezaba a ser desesperante. Al día siguiente por la mañana era el momento en el que debería verme con mis nuevos jefes que, eso sí, me llamaron esa misma tarde para preguntar por la búsqueda de piso. Lo hizo una chica que se llamaba Paloma, que estaba en esos momentos en la recepción.
- Pues mal. Ahí vamos buscando - le contesté - pero muchas gracias.
Se ofreció a preguntarle a un par de amigas que seguramente conocieran a alguien que alquilara algo.
Mi madre decidió que era el momento de despejarnos un poco y aparcamos al lado del Paseo Marítimo. Nos sorprendió la mojama al aire, los pescadores que iban y venían en un trajín incesante y un sonido de tambores. Era el día de la Virgen del Carmen.
- ¿Nos quedamos a la Misa?
- Vale.
Al mismo tiempo en que bañaban la imagen en el mar, al otro lado, un grupo de hindúes celebraban una festividad especial. Llamaba la atención cómo iban vestidos, llevaban en una barca un pequeño dios de dolor dorado que arrojaron a las profundidades. Nos quedamos impactadas, era buena muestra de la variedad cultural que se respira en Ceuta. Es increíble para quien no lo conoce y apasionante para los que la visitan por primera vez.