Cuando eres pequeño y ves el suelo a metro y medio de tus ojos, el mundo es como una bola que gira y gira dejándote el papel protagonista. Tuve la suerte de contar con mis padres y hermanos como actores principales y una manía especial de convertir en aventura la rutina. Por las mañanas, el piso de la calle Sáez se llenaba de vida bien temprano. Cuando mi padre iba al baño o simplemente paseaba por el pasillo, podíamos detectarlo gracias al sonido de sus mil y una llaves colgadas del pantalón por medio de un arnés. Aprendimos a saber cuando andaba cerca gracias a ese soniquete que nos retumbaba en la cabeza. Por eso al venir a despertarnos, ya estábamos atentas.
Si no estábamos perezosas y desayunábamos rápido el Cola Cao con 'soldaditos' podíamos irnos con él al colegio. Los 'soldaditos' eran un invento de mi abuela Luche. En Torrenueva, cuando nos levantábamos y venían mis primos Guille y Juan (siempre estábamos juntos en el jardín de la Casa de Abajo) ella preparaba chocolate y metía en el tostador algunas rebanadas de pan de molde. Cuando estaban hechas les untaba mantequilla y las cortaba en tiras, colocándolas en un plato una al lado de otra. "¡El ejército en formación!", decía. Y las tiras de pan de molde estaban simulando el desfile del Día de las Fuerzas Armadas. Si estaba de buen día nos dibujaba con mermelada de fresa una bandera de España al lado para dar más realismo al acto.
Nos encantaba desayunar en vacaciones. Era un bendito ritual que se repetía a diario.
En Motril no había desfiles militares. Mi madre tenía que poner a punto a tres niñas antes de que mi hermano hiciera su pletórica aparición en casa y no contaba con tiempo suficiente para organizar el tercer escuadrón de la mantequilla. Luego salíamos al colegio. Siempre andando por más que de cuando en cuando le diéramos a mi madre un poco la lata para que nos llevase en el Seat Ritmo. "Hay que poner las piernas fuertes", decía sonriendo. Y se acabó la discusión.
Para llegar a la escuela había que caminar por una acera larga. Un día mi hermana Julia y yo apostamos a que no seríamos capaces de ir contando las baldosas que había en el camino. Obviamente lo hicimos y podíamos reconocer una a una cada loseta. Las que estaban partidas valían dos puntos si las pisabas, y contaba diez si la noche de antes había llovido y en la pisada salía agua (normalmente negra) que caía en nuestros zapatos.
Además de las baldosas partidas que ya dominábamos como si fuera el camino de Oz, en el trayecto había unas cuantas tiendas. El dueño de una charcutería era amigo de mi padre y cuando íbamos con él tenía la manía de revolvernos el pelo mientras nos daba los buenos días. A mí me daba un poco de rabia porque aparte de que me despeinaba, luego olía por todos sitios a jamón serrano.
Amanecía en Motril, mirábamos por nuestra ventana. A Paloma le costaba más despertarse... a lo lejos, el sol recortaba la silueta de el Cerro que majestuoso demostraba por qué es emblema vivo de la ciudad. Cola Cao, soldaditos y un beso con su correspondiente "pórtate bien y copia todas las tareas". Salir a la calle. Una, dos, una, dos, tres ¡partida! diez puntos...
....me encanta , Berti,...lo de los soldaditos en formación no lo sabía...aunque es muy típico de tu abuela Luche
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