Puede que sea porque al ver las terribles imágenes de la voraz lengua de fuego tragándose a su paso el verde de uno de los lugares más bonitos de Motril se haya revuelto en mí una oleada de sentimientos con los que quiero impregnar de cenizas al aire este blog. También porque el Parque de los Pueblos de América ha sido una parte importante de mi vida, el rincón para huir a leer, a estar con los amigos, a compartir momentos especiales. Duele ver cómo la sinrazón y la insensatez humana convierten en rescoldos cualquier huella de libertad. Que a lo lejos huele a humo y la columna empieza a extenderse firme al cielo. La gente tiene miedo y sale a la calle, preguntándose qué ocurre, por qué no pueden dormir y el horizonte se pinta de rojo. El Parque de los Pueblos de América fue inaugurado en el año 1992 Por aquellos entonces, yo ya estaba estudiando Educación Física en Granada y en mi carné de identidad sumaban 22 primaveras. Mis amigos seguían siendo los mismos, mis padres vivían en Motril y ese pulmón verde acababa de aparecer para ayudarme a programar mis fines de semana o mis vacaciones. Con las zapatillas puestas, salir a correr entre las palmeras se convertía en uno de mis entretenimientos preferidos. Lo mismo que estar en el césped, por el simple hecho de estar, contemplando el cielo cuando empezaba a caer la tarde y se recortaba el sol en la silueta de la Azucarera o en los pequeños edificios del Puerto. Allí iba con mis amigos, que afortunadamente son los mismos que ahora tengo, cartucho de pipas en mano, haciendo turnos para salir a comprar un papel de patatas fritas al quiosco de las Explanadas. En la pirámide para trepar de la zona infantil hemos celebrado concursos de escalada y fue allí donde mi primo terminó en el suelo mientras echaba una carrera con mi hermano.
Precisamente por eso duele ver cómo por obra y gracia de la mente absurda y enferma de uno, dos, tres... qué más da, personajes queda vacío el camino de los sueños. Cómo a lo lejos sólo se ven palmeras y cenizas en lo que antes era un camino verde coronado por el Cerro y flanqueado por un lago en el que de cuando en cuando se escondían los patos. Duele, porque duele mucho, recordar que hace unos meses, el escenario del Parque era el elegido para hacer mis fotografías de boda. El espacio en el que todo eran miradas y sonrisas, hace unos días estaba coronado por el fuego y ahora sólo queda gris, retales de aquello que fue.
Aquellos que calculan el tiempo de regeneración, hablando de números y plazos inmateriales, no saben del olor a verde y rama caída que se respiraba en el camino que ahora es negro. Quien establece suposiciones acerca del autor o autores no debe olvidar a aquellos que se tumbaban en la hierba simplemente a ver caer la tarde. O las sonrisas de los niños en los columpios. O, tal vez, el click de las cámaras de los fotógrafos que, como mi amiga Ana, encontraban allí un foco de inspiración.
Podrán pasar todos los años que haga falta, pero nada volverá a ser lo mismo allí, en una zona donde late el corazón de Motril, en el centro neurálgico de la vida. Pasará gente, la vida y la muerte. Queda en el recuerdo el cielo azul mientras jugábamos con las briznas en los dedos. Jamás lo enturbiará la lengua de fuego que hiere, daña y mata. A la que alguien dio vida, para matar un Parque.
Fotografía: Ana Castillo Fotógrafa

....una verdadera pena......para una cosa bonita k tiene Motril.....van y la keman!!.......no entiendo y nunca entenderé a esa gentuza....xk eso es lo k son....la palabra "gente" les keda grande!!
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