Un hermano es como un bizcocho con cobertura de chocolate. Te da miedo acercarte para no romperlo, temes darle el primer mordisco por si acaso se acaba la felicidad pero luego descubres que es una experiencia mágica. A mí, la vida me ha regalado tres. Fueron llegando poco a poco, pero en el momento indicado. Y en marzo cumplen años. Nunca tuve el síndrome de ser la primera o la única. La cercanía en el tiempo de mi hermana Julia apenas me dejó ejercer de hermana mayor. Éramos de edades paralelas y similares inquietudes. Igual ella un poco más inquieta que yo, que prefería quedarme en casa los sábados por la noche inmersa en los libros de Michael Ende o Los Cinco, antes que salir por ahí con la gente a beber Coca Cola en los bares (que aparte de todo, no me gusta nada). Ella me enseñó muchas cosas. Aprendí de ella a lanzarme sin miedo con la bicicleta por las cuestas del monte de La Joya en Torrenueva, aunque más de una vez termináramos con las rodilaas en carne viva y mi madre esperando en casa con el bote de agua oxigenada. Me enseñó a estudiar aunque nunca tanto y tan bien como ella. "Abre el libro y su cabeza es como si hiciera una fotografía y se quedara con las cosas", escribí una noche en mi Diario. Aquel día, yo estaba muy enfadada porque había suspendido cuatro asignaturas y ella regresaba con una sonrisa de oreja a oreja, todo sobresaliente y una bolsa de nubes. Intenté copiar sus buenos hábitos de estudio y aunque me sirvió mucho, tengo que confesar que jamás logré superarla.
Paloma llegó más tarde para completar el trío de hermanas. Con ella era todo más divertido. Al principio, tan pequeña que nos daba miedo tocarla. Pero mi madre nos animaba a que le hiciéramos caricias en el carrito, a que jugáramos con ella... luego fue creciendo y empezamos a compartir. Juntas sellamos nuestro amor por las Cabbage Patch, unas muñecas con pinta de coliflor que nos trajeron los Reyes Magos un año. Cuidamos con ella de su 'recién', al que incluso bautizamos en una ceremonia en el cuarto de juegos en la que yo ejercía de cura con una bata blanca de mi padre, de las de la Farmacia. Paloma estaba tan delgada que la llamábamos 'el Alambrico'. Corría más que ninguna y le gustaba mucho la música. Fue el punto que le faltaba a nuestras íes para estar completas. Pero, claro, no podía quedarse allí. Unos años más tarde, sonó el timbre de casa y apareció él. Enorme, inmensamente grande, envuelto en una manta de lana azul. Los pijamas que mi madre le había comprado, a Curro le quedaban pequeños. Llegaba para cerrar la casa, el único niño. Paloma exclamó "¡Desde ahora, Currito es nuestro rey!" Y poco más o menos. El hecho de ser el único varón y de que nosotras ya fuéramos más mayores le convirtió en un personaje de postín en casa. Los hermanos son el mejor regalo del mundo. Y, en los sucesivos post, iré hablando de cada uno de ellos con detenimiento. Ahora, mejor dejadme que recuerde un rato aquellas tardes de cumpleaños en las que apagábamos miles de veces las velitas mágicas de la tarta.
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