lunes, 10 de febrero de 2014

Tardes de gofio

No sé si ustedes han tenido la suerte de probar el gofio casero. El de toda la vida, vamos. El que hacen las abuelas tras una receta milenaria que ha corrido como la pólvora (sin mojar) de padres a hijos. A mí el gofio me fascinaba. Era sinónimo de verano, de Navidad, fiestas de guardar o fines de semana con suerte. Vacaciones y esa especie de harina dulce tostada con sabor a galleta María significaban lo mismo. Mi abuela era la señora del gofio, la que todo lo sabe, el árbol milenario de los cuentos de hadas.
Cuando venía y estaba lloviendo, cuando no teníamos entretenimiento porque, ya se sabe, los niños se aburren con cualquier cosa y enseguida quieren cambiar de juego y luego otro nuevo, y otro, hasta que a los papis se les agota la imaginación, aparecía ella con sus palabras mágicas: "¿Hacemos gofio?". Nos gustaba verla en la cocina trasteando con la harina, pasándola por la sartén, endulzándola para dar darle el punto justo y mientras nos contaba los juegos que hacía con sus hermanos y su madre cuando ésta, siguiendo el bucle impaciente de las tradiciones, desempolvaba el manual de las recetas de siempre.
Una vez que el gofio estaba listo, ella señalaba a uno de nosotros (normalmente el evento era tan destacado que nos reunía a los nietos que estábamos más cerca en la cocina) y ese era el elegido para humedecerse el dedo y probar aquel maravilloso polvo dulce.
Luego, con la parsimonia que precede los grandes momentos, cogía el cazo con las dos manos y lo ponía en el centro de la mesa. Caras de fascinación ante el inmenso mundo de aventuras que empezaba a abrise ante nuestros ojo.
Nos repartía una cucharilla de postre a cada uno y empezaba lo mejor de la tarde. Jamás nos hemos preocupado por la ropa limpia o sucia. Mi madre tenía esa teoría (y afortunadamente para sus futuribles nietos la sigue conservando) de que la lavadora hace su trabajo igual que cualquiera y que no hay juego divertido que no conlleve alguna mancha en el jersey.
Mi abuela se ponía en la silla presidencial, con una cuchara sopera y nos miraba con la sonrisa dibujada en la cara. Los nietos, expectantes, con la nuestra en alza, disfrutando del olor dulzón de la mezcla de harina en el centro. "¿Empezamos? Vamos a intentar decir nombres de animales". Entonces, por turnos, nos llevábamos un poco de gofio a la boca e inmediatamente pronunciábamos el nombre del animal que queríamos, cuantas más sílabas tenía, más puntos ganábamos. "¡Elefante!" Y el gofio salía disparado mientras hablábamos. Al fin y al cabo, no era más que harina.
Llenaba la mesa, la ropa y al que tenías al lado. Nos hacía mucha gracia. Ese instante de felicidad en la cocina, en el que el gofio era el rey y el destino de toda nuestra atención siempre se repite en mi memoria.
La felicidad hecha polvo dulce en un tazón ¿gustáis?

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