Es mi obligación dedicarle un post a ella. Cuando la conocí, yo venía de la sala del triángulo, en primer curso de EGB. En aquella clase jugábamos casi todo el rato, sentados en el suelo en unos cojines que cada cual tenía que llevar de su casa. En uno de los laterales, había colgado un triángulo que nos llamaba mucho la atención. Sor Ana, probablemente la monja más joven que yo haya conocido, gustaba de organizar orquestas al final de la jornada, y el que mejor se hubiera portado de la clase tenía el honor especial de tocar el triángulo. Los demás nos las ingeniábamos con las libretas, o los lápices que golpeados contra el suelo provocaban un sonido rítmico que podía ser hasta bailable.
Ya éramos mayores, pasábamos a segundo de EGB y teníamos dos opciones. O nos tocaba Marilú o no nos tocaba. Afortunadamente caí en su clase junto a varias de mis mejores amigas y unos pocos niños. Éramos más niñas en las monjas y a la hora de la salida, las mayores siempre nos decían que los chicos de los frailes venían a dorarnos la píldora. A mí me daba bastante igual, pero veíamos como las de octavo se colocaban los calcetines e incluso, las más atrevidas, se daban brillo de labios cuando pasaban la línea de salida del colegio.
Marilú tenía el pelo corto, era morena y entrañable. Aunque es cierto que en algunos casos el cariño lo vas tomando a base de roce. Ella nos parecía seria y un poco mandona. También es verdad que veníamos de dejar nuestra etapa de cojines-en-suelo que ya los veíamos para los más pequeños. "Cosas de críos", decíamos en nuestra recién alcanzada madurez de segundo de EGB.
Marilú me enseñó muchas cosas de las que yo sé ahora. La quiero mucho y jamás me cansaré de decirlo. Fue la que más me regañó en mi educación primaria, pero ahora le debo muchas cosas.
Ella me dijo que escribía demasiado bien para mi edad cuando le entregaba las redacciones sobre vírgenes que se aparecían a pastores mientras se lavaban el pelo en el río. La que más le gustó fue una que le regalé porque sí de una chica que tocaba el arpa. Cada vez que pulsaba las cuerdas se iluminaba una estrella. "Ese es el origen del cielo", terminaba el texto.
Con Marilú jugábamos al 'La cortina'. Ahora, con la tecnología LED, las pantallas y las tablets todo parece de chiste, pero era fascinante. Normalmente ella extraía los textos de 'Platero y tú', un libro que debía encandilarla porque creo que en un curso nos lo leyó casi entero. Lloré cuando enterraron a Platero. Pero eso es otra historia. El caso es que cogía el libro, escribía dos frases en la pizarra con esa tiza blanca y gorda, cuadrada que soltaba polvo por todas partes, y luego las tapaba con una cortina de dibujos durante dos minutos. Teníamos que escribirlas en el cuaderno. Fallé pocas veces.
Con el paso del tiempo le perdí la pista. Sé que siguió dando clase en el colegio, que la vida no le había borrado la sonrisa de la cara y que sigue siendo la misma que con optimismo afronta cada una de las sorpresas cotidianas.
Yo la recuerdo como antaño, cuando me miraba con la mano levantada y me decía "¿Otra vez tu? Es imposible que hayas terminado ya".
....k bonito recuerdo......a ver si hay suerte y alguien k la conozca le lea esto......¡¡¡k orgullosa se pondrá!!!
ResponderEliminarAl leerte, Berta, se me han venido a la cabeza, una a una, las páginas de la libreta a rayas que Mariluz nos obligaba a enumerar. De principio a fin. Aquello que sentía como un drama, un sinsentido e interpretaba como simples ganas de ser estricta porque sí ha cobrado, de repente, sentido. Sin duda, era más sencillo, natural y sano arrancar la hoja en caso de demasiado tachón. A tachón por equivocación. No obstante, en la vida, los errores no pueden arrancarse así como así, no se nos permite volver de nuevo al principio de la página como si nada hubiera pasado. Hoy me he dado cuenta de que Mariluz nos forzaba a esforzarnos, a esmerarnos en cada uno de los trazos para intentar no equivocarnos nunca. Y en caso de errar, entonces ser conscientes de la falta con el fin de hacerlo mejor. Hoy me he dado cuenta de todo eso gracias a Berta. Gracias Mariluz
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