jueves, 6 de febrero de 2014

Con vistas al mar

Siempre me ha gustado el sonido del vaivén de las olas cuando dejan en la orilla su recuerdo indeleble pero fugaz de espuma. Sentarme y dejar que la marea me acaricie los pies mientras en el cielo las nubes hacen música. El Mediterráneo se ha convertido en mi ida y mi vuelta, mi punto de encuentro, mi nexo de unión con el mundo. El pulmón vital.
Desde que nací siento que me llama, me necesita. Yo también le necesito para continuar. Me duele cuando sufre, le hacen daño, le hieren con la indiferencia y el descuido. Lo adoro. Mi fuente de inspiración, mis momentos de tristeza, de alegría, la diana de mis miedos.
Yo nací algunos kilómetros lejos del mar. Pero crecí a su lado. Cada uno de los momentos que he tenido han sido la inspiración para lo que soy ahora. La infancia es la patria de todos, el lugar al que siempre se quiere volver, la suma de pequeños momentos que se han convertido en aquello que soy ahora. No puedo concebirme sin que el pelo me huela a sal, y mi alma reme en el horizonte buscando un punto perdido que badea de norte a sur.
He convertido el mar en mi esencia, el Mediterráneo en el cuaderno de bitácora. Precisamente por eso siempre he querido una casa preciosa, en la que se pueden abrir las ventanas y ver el mar, sin dejar de respirar, abriendo los ojos hasta que queden grabados en cada corriente.
Conocí muchos mares a lo largo de mi vida. Todos son distintos. La corriente es personal e intransferible. Mi Mediterráneo es cálido, lleno de vida en sus aguas, con enormes goles de furia cuando se rebela. Es mi meta, el centro, el fin y el principio. Atlántico es más frío, juega a romperse contra la costa quebrada del Norte, pero jamás pierde su encanto. Cantábrico es un poco más rebelde. De cuando en cuando le da por rozar las nubes con la cúspide marinera de sus olas, con la fuerza de ese momento. Menor, Pacífico, Negro o Rojo. Muchos nombres para una sola realidad; la que fue mi cuna de infancia. Mi madre cuenta que no podía dormir, que estaba casi toda la noche en vela. Me costaba conciliar el sueño. Ellos me cantaban, me cogían en brazos, movían la cuna buscando el bálsamo. Y, a lo lejos, donde el cielo y el mar se hacen uno, Mediterráneo esbozaba una pequeña nana golpeando con suavidad con sus olas la orilla.

1 comentario:

  1. ....k bonito es dormir arrullada x el mar......yo tb llevo al mar en mis venas!! cuanto lo echo de menos!!

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