lunes, 24 de noviembre de 2014

Carmen y Marta

La llegada del verano era para nosotros un auténtico acontecimiento. No manejábamos calendarios, por lo que no podíamos retintar con Carioca rojo el día en que nos daban las vacaciones y comenzábamos con las maletas. Y es que nos marchábamos a Torrenueva, un pequeño pueblo cercano a Motril pero con toda la magia del mundo para nuestros infantiles ojos. Allí estaba la playa, la abuela, la arena, poder esperar a que papá regresara de la Farmacia sentados en la orilla. La plazoleta, La Fuentecilla, el Maraute, las bicicletas y las escapadas al monte con el abuelo para ver desde lo más alto lo pequeñito que era Motril.

Pero también era el momento de volver a verlas a ellas. Carmen y Marta son dos hermanas cordobesas. Muy rubia una, muy morena la otra, de nuestra edad. Ellas vivían en el tercero con sus hermanos, sus padres y una perrita minúscula llamada Tara a la que, valga la redundancia, le hacíamos auténticas perrerías y que estábamos convencidas que duraría eternamente. Tara, la perra inmortal. No sabíamos casi nada de ellas (tal vez una tarjeta por Navidad, repleta de Santa Claus y copitos de nieve) hasta que el mes de julio asomaba. Puede que en Semana Santa se escaparan a su apartamento, pero era complicado. Córdoba y Torrenueva estaban bastante alejados.

Empezamos nuestra relación de manera casual. Tan casual que no recuerdo cómo, pero poco a poco se convirtieron en parte indispensable de nuestras vidas. Empezamos a echarlas en falta a cada momento, y a las horas más intempestivas subíamos a recogerlas al tercero. No nos importaba para nada que hubiera gente que hiciera la siesta. Nosotras no, y eso era suficiente. Normalmente íbamos a mi casa. Mi padre era la persona con el sueño más profundo que jamás hubiera conocido. Ya podían venir a buscarle los siete jinetes del Apocalipsis que permanecía impasible, ronquido a ronquido, sin inmutarse. Por eso decidimos que los encuentros a la hora de la siesta (porque sólo nos separábamos de ella lo necesario para comer o ducharnos) serían en mi casa. Cuando mi padre despertaba siempre nos decía: "Bienvenidos a la casa de la Misericordia". Nuestro techo estaba siempre dispuesto a albergar a cuantos más niños, mejor.

Con ellas experimentamos en la cocina nuestras primeras galletas, con resultado de bronca por parte de una madre que no entendía qué podía haber fallado si seguíamos las recetas del libro de los Jóvenes Castores. Mi imaginación, que jamás ha conocido límites, ideó un método de quedada. No teníamos móviles, ni falta que nos hacía, y el teléfono fijo de la casa era para uso exclusivo de los mayores. Era mucho más divertido escribir notas en un folio, quemarle los bordes con el mechero de papá (siempre a escondidas aunque luego el olor nos delataba) y meterla en una botella de agua mineral para dejarla posteriormente en la puerta de su casa y llamar al timbre.

Una vez nos enfadamos. Mucho. No recuerdo bien el motivo, pero sí que fueron unos amargos dos días de verano. Decidimos dejar los mensajitos en la botella como muestra de lo indignadas que estábamos. Carmen y Marta llegaron a casa con un libro de Vacaciones Santillana bajo el brazo. A nosotras siempre nos ponía mi madre los deberes, más que nada porque mi hermana era rápida como el rayo y los libros que vendían para el verano se los pulía ella en menos de una semana. Abrieron el libro con una solemnidad inusitada y dijeron:
- Estamos tan enfadadas que hemos borrado vuestros nombres de la línea en la que ponía que escribiéramos el nombre de nuestras mejores amigas.
Sin duda la situación era grave. Cuarenta y ocho horas más tarde ya estábamos lanzando pinzas paracaidistas desde la terraza.

No sé si recordáis los aviones de Nivea que pasaban por la playa lanzando pelotas. Pues había otros que tiraban muñecos en paracaídas. Mi madre nos decía que era peligroso ir nadando hasta tan lejos a por ellos. Y reunidas en cónclave, pensamos que sería igual lanzar una pinza atada con hilo de coser a una bolsa de plástico. Fabricamos paracaidistas y los lanzamos hasta el infinito y más allá.
Hasta que nos pillaron.

Podría estar contando historias de nuestra amistad durante horas, pero creo que este es un buen avance. Unos veinte años más tarde volví a reencontrarme con Carmen en Las Tendillas de Córdoba. Y parecía que habíamos quedado, como siempre, dejándonos una hoja de papel quemado dentro de una botella de agua mineral.

lunes, 10 de noviembre de 2014

¡No te lo esperabas!

Me dicen mis amigos de Motril, los de toda la vida, que igual necesito tomar más café (descafeinado, es sí, para evitar en Adrián el efecto lémur de ojos como platos durante todo el día) con gente de mi edad cuando les cuento el fascinante misterio de compartir las veinticuatro horas del día con un bebé de un mes. Dicen los entendidos que a esta edad únicamente quieren dormir y comer. El mío durante el día duerme poco, aunque afortunadamente, luego por la noche es un bendito.

Lo que pasa es que para dar vida a las horas y pasar el tiempo con él (ya se ríe de cuando en cuando) me invento algunos juegos que son bastante entretenidos y fáciles. Podría ignorarlos, pero creo conveniente hacer alguna que otra mención.

- Eructo por besito. Normalmente jugamos después de comer, cuando Adrián tiene que echar los gases. No sé lo que piensa de este juego, pero siempre me gana. Cuando eructa tengo que darle un besito. Pero como se queda mirándome fijamente con la boca abierta de 'he comido muy bien', pues le doy más y más besos saltándome las normas.  Es un problema que tengo cuando juego con él.

- Peíllo por besito. Las bases con fundamentalmente como el anterior, pero en vez de ser eructito, es un peíllo. También pierdo siempre.

- Engué. Este juego le gusta a Adrián pero a mí no. De repente arruga la nariz, se pone colorado y empieza a gritar: "¡Enguéeeee, enguéeeee! Yo lo odio y por eso siempre le digo que si elige ese juego va a tener que hacerlo sólo. Si decide que así sea, hay que hacer todo lo posible para que deje de jugar. Ya sea cogerlo en brazos, darle más besillos (parezco una abuelita de las que estampan besos sonoros sin parar y apenas sin respirar) o intentar convencerle de que 'Engué' es un juego absurdo.

- ¡No te lo esperabas! Esta es mi última creación. Simplemente es darle besos y decir "¡No te lo esperabas, no te lo esperabas! con cada uno de ellos. Por supuesto que no se los espera, y eso le da más magia al juego que al final se convierte algo así como en un monólogo por mi parte.

La verdad es que inventar juegos para un bebé de un mes es toda una aventura. Pero ahora estoy en pleno proceso creativo. Pasar tantas horas al día con él es suficiente para conocerle un poco, saber cuando está contento o cuando quiere jugar a 'Engué'. Prometo firmemente que conforme vaya creando otros juegos os iré informando por aquí. Hay ideas tan valiosas que merecen ser compartidas.

martes, 14 de octubre de 2014

Primera toma de contacto

Pues hala. Ahí está. En una cunita de metacrilato mirándome fijamente. Su padre le coge la manita y le dice: "Hola, Adrián... ¡soy papi!" una y otra vez. El bebé se digna a mirar de reojo. ¿Qué está pasando? Hace algunas horas flotaba en un líquido calentito, en el que no tenía que preocuparme por nada. Ahora, de repente, me veo en un espacio en el que respiro, manoteo y no doy contra nada... busco por todos lados algo que llevarme a la boca y la gente se inclina en la cuna y pone voces raras, como deformadas tras aspirar elio de un enorme globo de gas.

El mundo exterior es eso. Y la primera noche, comenzaste dejando tu sello. Yo no podía ni dormir no doblarme hacia ningún lado. Me dolía horrores la cicatriz. Mi hermana me lo dijo: "Pues ¿cómo no va a dolerte? Si es que se llama cesárea pero es una operación". Le ví que empezaba a apretar y avisé a su padre. Su primera caca. Bueno, caca no. Era una cosa negra que se había extendido por su espaldita, trepando por el inmaculado body blanco de bebé.

"No puedo moverme, te toca cambiarle", le dije. Empezó a hacer acopio de toallitas y colocó un cambiador desechable encima de la cama de acompañantes. Adrián estaba un poco confundido, pero no podía dormirse con esa plasta de dimensiones interplanetarias pegada en el culo. Al poco de quitarle el body fuimos conscientes de la realidad. Él más que yo. A mí me la iba radiando. Por algo es locutor de los de micro en mano y onda media. No podía reírme. Se lo decía. Me duele si me río. No te cuento nada para que te rías, es que las cosas son así y nuestro bebé está retozando encima de esta cosa negra como si fuera una croqueta.

Esa cosa negra era el meconio. Hasta el nombre lo tiene feo. Es la primera caca que hacen los bebés nada más nacer y, claro, Adrián no era consciente de nada de eso. Simplemente le gustaba mover las piernecillas con sus enormes pies de nadador profesional al aire, dando patadas a ninguna cosa, buscando con las manos un sitio al que asirse. Al poco, mi marido había terminado ya con los paquetes de toallitas Dodot que el matrón nos había regalado en dos canastillas publicitarias mientras estaba en la sala de dilatación, imagino que para tenernos entretenidas. Luego, comenzó a pedir más toallitas y gastamos parte de las que llevamos a la clínica. Fue una experiencia que viví en segundo plano, allí los protagonistas fueron ellos. Adrián no lloró nada de nada y yo lloré de la risa, por más que me doliera la herida.

Estas primeras experiencias fueron forjando el contacto entre nuestro bebé y su nueva familia. Un niño es más ajetreado que una jornada de elecciones en un periódico. Quien no sea periodista o no conozca el ambiente de trabajo de una redacción, no se hará a la idea de lo que supone el hecho de que cierren urnas o comience el escrutinio. No parar. Pues esto es lo mismo. Bibe, dormir, la madre tiene media hora para ducharse, o arreglarse mínimamente para verse guapa en los espejos de casa porque, por lo menos en mi caso hasta que la cesárea no cierre del todo, la calle la piso poco, luego bibe de nuevo... el ciclo sin fin.

Ahora, eso sí. Es un ciclo que no te da más que alegrías, porque luego cuando le ves acurrucado después de haber llorado por cualquier cosa circunstancial, por el hecho de ser bebé, y se acurruca en tu pecho, hace la ranita, parece que va a despegar... se te olvidan las ojeras, las malas noches y otras visicitudes.

domingo, 12 de octubre de 2014

Mamá en prácticas

A veces la vida tiene el detalle de sorprenderte de un día para otro. Y no siempre estás preparado. Cuando el médico me dijo que mi pequeño bebé nacería el viernes comenzaron las preguntas a rondar por mi cabeza, a pesar de ello, tengo la cualidad de no ponerme nerviosa ante estas cosas y sí ante aquellas más nimias. Pensé que sería un buen momento para verle su carita, para empezar una nueva vida juntos, aclimatándonos el uno al otro, y sobre todo, conocer en persona al que me había molido a patadas las costillas durante los tres últimos meses de embarazo.

La noche del jueves dormí mucho. No tenía ninguna sensación de miedo, incertidumbre o cualquier sentimiento parecido ante el parto. Supongo que esta tranquilidad se debía a que tenía el convencimiento firme de que todo saldría bien, de que en poco tiempo escucharía el llanto de Adrián por primera vez (ay, la primera de muchas) y podría recostarlo conmigo y acariciarle la cabeza.

Entramos en el Hospital a las ocho de la mañana, bien desayunada porque ya no comería ni bebería nada hasta nueva orden, básicamente hasta el día siguiente. Familiares en la sala de espera y en la distancia (sólo yo sé lo que eché de menos a mi hermano Curro y a Paloma, los dos por motivos laborales más lejos de mí de lo que me gustaría). Pasaron un par de horas en la habitación hasta que se formalizó el ingreso. Ya estábamos empezando el intenso día. Apagué el teléfono. Mis amigos más madrugadores me escribían que tranquila, que no pasaba nada, que todo iría bien. Y yo miraba la pantalla y me encogía de hombros y pensaba; "No se puede estar más tranquila que yo en estos momentos". De cuando en cuando acariciaba la barriga y mi bebé me respondía con sus pequeñas patadas de las ocho de la mañana.

Las ganas de verle la carita aumentaron.

Trajeron uno de esos camisones horribles de hospital. Yo llevaba los míos, perfectamente floreados y cómodos, en la bolsa blanca con lacitos azules. Mi madre se había empeñado en comprar una para la ocasión porque decía que llevar la de deporte de la natación no era serio. Que había que ir a tono con los actos. Así que compré una muy de bebé celeste y blanca, muy suave.

Pero nada. No sirvieron de nada mis caritas de "por favor, este horrible camisón quítalo de mi vista" y mi marido aprendió rápidamente a intentar cerrar con lazos imposibles, los atuendos hospitalarios. Vino a por mí una enfermera. Salimos de la habitación. ¿Llevas el teléfono? Le pregunté. A tope de batería. Podíamos ir informando al personal que quedó en la sala de espera.

Sobre las diez y media de la mañana, ya estaba en la conocida como sala de dilatación, un espacio de color verde y blanco, con fotografías de Anne Gedes de bebés entrañables y algunas revistas del corazón bastante caducadas (admiro a quien puede leer las últimas novedades en el caso Chabelita mientras las contracciones te parten por dentro). El matrón se presentó rápido. Era granadino, como yo, y llevaba en la mano un muy apetecible tarro de gominolas para los acompañantes. "Para tí nada", decía. "Lo tienes prohibido". Mi marido se alimentó aquel día de caramelos. La dieta que todos hemos envidiado alguna vez.

Pasaban las horas y llegó el médico, Nos atendía a las dos, a la chica que había en la habitación de al lado aquello le parecía totalmente rutinario. Estaba embarazada de su tercer hijo, en este caso una niña, y su marido atendía las llamadas de teléfono con total fluidez. Nos enteramos de muchas cosas, de las veces que llamó a su madre y de que su padre estaba en Argentina. A ella le gustaba Luis Fonsi y él no tuvo reparo alguno en ponerle la música en el móvil. Está bien eso, pensé. Y le pedí a mi marido que me pusiera alguna de Ismael Serrano. "No podemos jugárnosla a que me quede sin batería, porque hay que informar a los que están arriba", me contestó serio. Me pareció convincente.

Seguían pasando las horas y él empezó a levantarse para estirar las piernas. El matrón le recomendó que visitara el paritorio. Fantástico emplazamiento para hacer turismo, pensé. Y lo mismo debió de pasarle a él porque enseguida regresó a su butaca azul. Yo no dilataba, las contracciones eran cada vez más fuertes y cuando veía aparecer al matrón por la puerta y acercarse a la máquina de la oxitocina me hacía gracia. ¿Vas a subirla de nuevo?

Fue cesárea. Todo perfecto. Le oí llorar enseguida. Nació en medio de un profundo y fortalecedor llanto y con los ojos abiertos para que no se le escapara detalle de ese nuevo mundo que ahora respiraba. El médico lo mostró por encima de la sábana verde que me tapaba la visión y pude contemplarlo unos segundos antes de que se lo llevara el pediatra.

Al poco rato volvió el matrón. El médico estaba haciendo su particular obra de arte con mi cicatriz. "Estate tranquila, el bebé ya está con su padre". "¿Y está bien?", le pregunté. "Llorando". "¿El hijo o el padre?" ¿Los dos". Fue sin duda uno de los momentos más emocionantes.

En la sala de reanimación tuve a mi pequeño en brazos por primera vez. Con un gorrito azul que le quedaba grande y unas manoplas que no le gustaban nada de nada y que no dudaba en quitarse cada vez que las sentía en las manitas. No lloraba. Estaba bastante cansado. Se apoyaba en mi brazo y yo le cogía la cabecita. Por eso, cuando el matrón me dijo que traían una de las cunas de metacrilato de las que usan en los hospitales estuve a punto de decirle que no, que se dejara de esas cosas y permitiera que mi pequeño estuviese a mi lado un poquito más.

El resultado es que Adrián ya está con nosotros, que es un bebé muy sano y fuerte, y que cada día que pasa estamos más enamorados de él. Aunque, de momento, esta mamá no se ha quitado la L de prácticas...

jueves, 2 de octubre de 2014

Lluvia y Piocas

Nunca jamás llevé caramelos al colegio con motivo de mi cumpleaños. Puede ser catalogado este hecho entre aquellos traumas infantiles superficiales a los que posteriormente intentas encontrarle una solución. Cumplir años en el mes de agosto era formidable porque en la plazoleta de El Maraute, donde pasábamos las vacaciones (las mejores de mi vida, sin lugar a dudas) nos juntábamos con los primos y los amigos a comer caramelos y bocadillos de atún que nos preparaba mi madre.
Pero, por otro lado, la cara de pena que se me quedaba cada vez que el coro infantil de la clase cantaba aquello de 'Cumpleaños feliz' a alguien que acudía presto con una bolsa enorme de caramelos y luego los repartía haciendo las delicias de sus compañeros así como dudosos nuevos amigos que luego se marchaban cuando se agotaba el dulce, esa cara me acompañó durante todo el periodo escolar.
Me imagino que ya os habréis hecho una idea de la originalidad que ha perlado mi infancia, propiciada entre otras cosas por unos progenitores que fueron (y son) bastante ocurrentes.
Un año en que los piojos habían hecho estragos en las aulas (afortunadamente nunca tuvimos ni mis hermanos ni yo) mi padre tuvo que hacer un pedido extraordinario de lociones, champús y unos peines que eran rarísimos y que se llevaban a los bichos estos arrastrados como si fuera una retroexcavadora de las de las obras en los descampados. Siempre me llamó la atención el funcionamiento de esa cosa que retiraba los cadáveres de los piojos con solemnidad y ante la inmensa alegría de la madre desesperada del anuncio, que acto seguido y desafiando a las leyes de la coherencia, daba un beso en la rubia cabellera del protagonista.
Resulta que en esa ocasión, el representante le prometió una serie de juegos de mesa, llamados Pioca, que eran igual que el de de la oca, pero en vez de aves saltabas casillas de piojo en piojo. Todo muy agradable. "De Pioca a Pioca y tiro porque me toca". Nos llevó uno a casa, y sinceramente, no sé si era por la novedad pero pasamos varias tardes jugando como locas con las fichas de parchís y la Pioca, nos retábamos a ver quién ganaba y el que perdía tenía que pasar pruebas complejas y temerarias.
Una tarde, llegó mi padre a casa con tres bolsas serigrafiadas de la Farmacia, con ese olor a plástico y ese dibujo en azul marino que aún consigo ver en el recuerdo. Estaban llenas de juegos de la Pioca doblados (fuera llovía insistentemente). Todos los juegos iban con su plastiquillo correspondiente, bien sellados, tal y como nos llegó a nosotros el nuestro. Mi padre me dijo que como se acercaban las vacaciones y de nuevo iba a revivir el tema del cumpleaños fuera de clase, sería una buena idea que este año antes de que llegara el día repartiera Piocas entre mis amiguitos. Me hizo mucha ilusión porque estábamos fascinadas en casa con el juego de los piojos y preparé en una de las bolsas 30, mis compañeros y Marilú la profesora a la que seguro que le encantaba la idea de poder jugar en casa también.
Le expliqué mis intenciones después del Padrenuestro mañanero y a ella le sorprendió pero como estaba acostumbrada ya a los temas que rodean a mi familia, me dijo inmediatamente que vale.
Entonces yo empecé, a última hora, con mis gafitas y mi pinta de bolita de chupa chups empollona, a explicarle a mis compañeros que debido a que la fecha de mi cumpleaños caía en agosto (que no era nada extraordinario, sino que pasaba todos los años) en esta ocasión había preparado una sorpresa. En vez de caramelos... ¡un fascinante juego de la Pioca!
Sinceramente, estaban tan excitada que los repartí todos entre mis compañeros, que lo miraron primero extrañados y luego con la certeza de que pasarían un buen rato. O eso me pareció a mí.
Orgullosa, salí del colegio a mediodía, para contar a mis padres que había repartido los juegos y que la gente se los había llevado con mucho gusto a sus casas.
Pero nada más lejos de la realidad. Al salir por la puerta principal, tras el último sonido del timbre de clase, cuando comenzaba la estampida humana, me encontré una sorpresa que me dejó helada. En el suelo estaban las Piocas, pisadas, abiertas, sin el plástico. Pensé que igual habían sido unos cuantos, los 'niños rebeldes' que se sentaban en los últimos bancos de clase, que las lanzaron al suelo. Pero comenzamos a seguir el reguero que llevaba por el camino contiguo del centro. Se ve que el regalo no había hecho mucha gracia a mis compañeros. O eso o que no les cabía en las mochilas, que era otra opción. El caso es que fue una de mis mayores decepciones a nivel escolar. Mi gozo en un pozo, en las miles de Piocas por el suelo. Aunque de primeras fue una decepción enorme, luego aquello me hizo valorar aún más el sentido de la amistad. Estaba claro que no todos los receptores de Piocas habían tirado el tablero al suelo, porque sin duda parecían muchas menos de las que llevaba en la bolsa. De ahí varias cosas claras: los amigos son los que se mantienen en el espacio y en el tiempo... y nunca más se me ocurrió maldecir el calendario porque mi cumpleaños cayera en los meses de verano...

martes, 30 de septiembre de 2014

Farmapick

No recordaba haber llorado de la risa hace algún tiempo, pero el otro día me volvió a pasar recordando la historia del Farmapick. En el colegio, en las televisiones y en la calle, todos los niños hablaban de lo mismo. El verano estaba cerca y en los anuncios sólo se comentaba entre flash y flash de color, la existencia de una nueva pistola de agua mucho más potente y supersónica que lanzaba a una lejanía impensable para aquellos que hemos tenido las de toda la vida. Y aún así, sin forma de pistola. Los nuestros eran elefantitos o pequeños lanzallamas con formas extrañas porque mi madre se negaba a que empuñásemos un arma aunque fuera de plástico. También estaba la variedad de la perilla de sacarle los mocos a los bebés que mi padre nos traía de la Farmacia para que lanzáramos el agua a quien quisiéramos y además, le hiciéramos propaganda.
El Aquapick era un instrumento especial, de colores, que lanzaba el agua a una distancia inimaginable para aquellos que disfrutábamos en la playa o en sus inmediaciones poniéndonos perdidos cada verano. Mis amigos, compañeros y 'los niños mayores', charlaban en el patio y decían que en poco tiempo, cada uno calzaría una de esas y nos íbamos a enterar en cualquier descuido de las monjas quienes no cejaban en su empeño de hacernos ver los malos caminos a los que lleva el materialismo desaforado de estos días.
Viendo que los demás empezaban a llevarlo desarmado metido en las mochilas, buscando cualquier instante de silencio reparador para rellenarlo en las fuentes del patio (especialmente en la que había al lado de la enorme pajarera porque lanzarle agua a los pájaros era lo más y encima estaba medio tapada) y comenzar a fardar delante de los que no teníamos aún el nuestro y ponernos los dientes largos.
Fue entonces cuando comenzamos las negociaciones en casa. Primero lo intentamos diciendo que era lo más barato del mundo, que cuando termináramos el cole con buenas notas ya no tendrían que regalarnos nada, a lo que mi madre nos contestaba siempre seria y sin levantar la vista de lo que estaba haciendo, que sacar buenas notas era nuestra obligación y que no suponía ningún premio porque ¿de qué constan los deberes infantiles sino de estudiar y estudiar para ser alguien el día de mañana? A ella no le convencía. Pasamos al plan B. Mi padre. Le explicamos que el Aquapick era bueno para nuestro desarrollo, porque era triste ver cómo los compañeros del colegio llevaban el suyo plegado en las mochilas, lo sacaban y nos daban envidia. Y que un niño con resquemor luego es un problema en la vida adulta. Él no contestaba nada y por eso lo esperábamos en la puerta las tres todos los días preguntando ¿nos has traído algo? A lo que decía "Os traigo mi presencia, que como el anís de la Asturiana, siempre agrada". Además de empezar a odiar su ingenio, le tomamos cierta manía a ese anuncio de la tele.
Hasta que un día llegó con una bolsa a la casa, y nos dijo que íbamos a poder lanzar el agua más lejana de toda la playa, incluso hasta donde duermen las ballenas. ¿En serio? ¿Tenemos el Acuapick? "No. Mejor aún: os presento el Farmapick".
El Farmapick era una jeringa enorme de esas de vacunar a los caballos (sin aguja, eso sí) y su explicación de lo más convincente del mundo. "Este es el juguete que llevan sólo los hijos de los boticarios, el Farmapick dispara mucho más lejos porque está pensado para que ganéis las competiciones a los usuarios del Acuapick".
Tengo que reconocer que aquella jeringa de vacunar caballos no era nada atractiva. Demasiado gorda y carente de colores llamativos, pero decidimos darle una oportunidad. Ni que decir tiene que la potencia con la que soltaba el agua ganaba mil veces a las de los demás niños del colegio, y que en poco tiempo ideamos pintarla con pintura de dedos cada una de un color. En la playa, era tremendo. Llevábamos en la misma bolsa la perilla de los mocos de bebé y el Farmapick, lo pasamos en grande. Ni televisión ni nada. Lo mejor del mundo es tener unos padres con buenas ideas y tan ingeniosos como los míos.

jueves, 25 de septiembre de 2014

Adrián

No voy a pedirte perdón por lanzarte a un mundo que lentamente se desmorona mientras alimenta las listas del desempleo y la desesperación. Sería cobarde por mi parte omitir detalles como que desde la ventana de casa se oyen cada mañana las sirenas de los barcos que salen del Puerto con rumbo desconocido (podemos jugar a inventarnos mil destinos) o que el salitre del Mediterráneo, cuando cae la tarde, se cuela por las ventanas empañando los cristales de los coches empapados como pequeñas gotitas de diamante.
De hecho, creo que tanta vuelta dentro de mí, buscando un punto de equilibrio, es un modo de decir que quieres que se abra la puerta y ver la luz, disfrutar de esos momentos de intimidad que esa vida que a veces juega al escondite va a regalarte. Eres pequeño pero podrás escuchar la voz de tu padre, de tu familia. La música que llenará de tranquilidad tu pequeño cuerpecito de más de tres kilos mientras comes. Parece mentira, Adrián, que el momento esté tan cerca. Tachando los días del calendario, viendo el camino que hemos recorrido juntos, tan pegados el uno al otro, con ese nexo de unión invisible que crea alguien en torno a este mágico milagro de vida. Comes de mí, respiras conmigo. Protestas cuando dejo de nadar porque quieres seguir meciéndote con el agua. Golpeas incesantemente al llegar la noche. Estoy aquí, colócame la mano encima que sienta el calorcito. Y dile a papá que me diga alguna cosa.
No son palabras de perdón ni de excusas las que oirás cuando vengas. Intentaré hablarte en tu idioma, el de las sensaciones silenciosas, el tacto invisible que rodea esa esencia padres-bebé. Arroparte en tu cunita, mientras miras el mapa de Granada con esos ojos que seguramente aún no distingan entre formas o colores. Es un modo de que te sientas más cerca de mis orígenes. Que son los tuyos también, pequeño corazón de Almeraya.
Hay muchas esperanzas aún puestas en cada amanecer, en las sonrisas de la luna por la noche y en las nubes que pocas veces cubrirán la luz. Esperando a que las disfrutes con esa risa mágica que sólo tienen los bebés. Agitadora, que confunde. No todo van a ser lloros porque tienes hambre, en impaciente exigencia de comida inmediata ante una madre que no sabe a ciencia cierta que pasará justo después de mostrarte la vida, lo que hay fuera.
Lo que vamos a compartir los tres, Adrián, es un mundo mágico. Pequeño y lleno de vida. En el que no usaremos los juguetes materiales en busca de la felicidad. Voy a enseñarte a encontrar la magia que duerme en las pequeñas cosas dela naturaleza, en la arena de la playa y en las páginas coloreadas de los libros. El deporte como modo de vida, porque salva a las personas de la mediocridad de un mundo adolescente que suele dejarse llevar a la deriva. Del que saldrás glorioso, como los corsarios de los cuentos del pirata cojo.
Ya no queda nada, Adrián. Después del miedo inicial, la tormenta interna, llegarás tú. Sonrosado y tranquilo, como si nada hubiera pasado. Los ojos entreabiertos, sorprendido y puede que un poco asustado. Así es la vida, pequeño, un huracán de contrastes.

lunes, 22 de septiembre de 2014

Abu Simbel Profanation

Eran tardes de descubrimientos. La casa estaba algo más vacía porque mi madre viajaba a menudo a Madrid preocupada por el estado de salud de mi abuelo, que se encontraba ingresado en el hospital. La historia tiene esas cosas. Por las tardes, mientras mi padre trabajaba en la Farmacia y nosotras salíamos del colegio, se quedaba mi abuela Isabel al cuidado de los que estábamos pululando por ahí y, claro, los deberes se hacían antes y la merienda superaba en número de galletas de chocolate las que mi madre nos preparaba.
En la mesa del salón, esa máquina extraña que había llegado a nuestra casa. No recuerdo cómo, sinceramente, pero imagino que sería algún regalo que el Rey Melchor le dejó a mi padre en sus zapatos de diario puestos al lado del sofá. Se trataba de un ordenador. Un MSX. Observo con mucha atención el HP que reposa en mis rodillas mientras escribo estas líneas y me traslado a aquellos años.
Había que enchufarle un cassette que era antiguo, con varias tomas para los cables de tres colores. Cuando nos interesa recordar, bien que lo hacemos y yo no puedo olvidarme del manejo que teníamos con las clavijas. Mi abuela se sentaba en el salón, paciente, a rezar el rosario o leer el librito de la Virgen de Fátima y vidas de santos que comprábamos a las monjas misioneras del colegio. A su lado, el teléfono verde que tenía una rueda parecida a la noria de la Feria para marcar los números. No quería despistarse por si acaso a alguna se nos ocurría abrirnos la cabeza contra la esquina de la mesa de camilla, algo insólito.
Ella esperaba la llamada de mi padre preguntando cómo nos iba todo y nosotras nos colocábamos delante de la pantalla, por turnos, a indagar. Recuerdo que una de las primeras cosas que descubrí fue cómo borrar la pantalla escribiendo en una esquina:
A:/ CLS (o algo parecido)
Entonces la pantalla se quedaba en blanco, inmaculada. Vaya entretenimiento, pienso ahora. Pero era un increíble mundo de sensaciones. Ese sonido que hacía el cassete cuando le sacábamos el cable del audio, Sonaba como un chirriar informático extraño. Una mezcla entre Matrix y la realidad inventada.
Había varios juegos que nos tenían totalmente enamoradas. El de la serpiente tragabolas 'Arix' del que mi hermana era una auténtica especialista y el de las pirámides. 'Abu Simbel Profanation' era mi preferido. Había que pensar, andar con mucho ojo. Ahora lo miras y lo comparas con los que se realizan, gráficos y demás y ríes recordando como aquello que era una aventura increíble queda plasmado en la retina de quien se fija con atención. Era una pelota de color rojo con piernas, ojos y brazos, que saltaba y pasaba por debajo de gotas venenosas. Apasionante.
Me vino a la memoria este momento porque cuando en el ordenador aparecía el cartel memorable de FOUND ABU SIMBEL, los latidos se aceleraban. Lo he encontrado para Android, que es el sistema que lleva mi teléfono móvil, y no podía creerlo. Claro que ya no es lo mismo que antes, las cosas cambian y el modo de verlas también, pero tengo que confesar que algo se me remueve por dentro especialmente cuando escucho la música que se repite como un bucle en la memoria y en el terminal. Todo es cambiante y distinto. ahora las cosas son mucho más complicadas. Volver a esos instantes en los que, al fondo del salón, se recortaba la silueta de mi abuela Isabel, con su pelo blanquísimo que al contraluz era casi transparente (no son disgustos, son gustos, solía ella asegurar) parece una misión casi imposible. El olor de las meriendas mientras con sigilo nos acercábamos al ordenador (mi madre nos tenia restringido el horario de juegos informáticos y de televisión) son momentos que ya no volverán. Y el ser consciente de ello es lo que hace los recuerdos mucho más mágicos.

martes, 16 de septiembre de 2014

Disculpen por la tardanza

Lo sé. No tengo perdón. Comenzar algo tan bonito como el recuerdo plasmado, en este caso en la pantalla de mi ordenador portátil y dejarlo de lado me parece imperdonable. Por eso entenderé que en estos momentos estéis leyendo mis líneas con expresión circunspecta y asintiendo en silencio, leves movimientos de cabeza, casi imperceptibles, como quien observa a un político decir cualquier cosa que no le interesa lo más mínimo.
Pedir perdón por la ausencia a mis chicas de Austria, a mis amigos que normalmente me hacían click, a la familia y a quien haya estado esperando. A Adrián, que espero que le interese en algún momento las cosas que pudiera escribir su madre... Ahora mismo está revolviéndose despacio cerca del corazón: Le motiva despertarse pasadas las nueve de la mañana. Se porta bien.
El caso es que intentaré estar presente con más frecuencia y aunque pareciera que no tiene justificación haber estado cerca de dos meses (mucho tiempo, es cierto) fuera de onda, ahora quiero dejar constancia de que escribiré y escribiré para haceros saber esas cosas que van ocurriendo.
De momento, nada nuevo bajo este sol que me ha hecho insoportable el último mes de verano, pero que he disfrutado muchísimo con mi libro, mi sombrilla, la playa y un marido paciente al que jamás le llamó tanto la atención sentarse en la arena a ver las horas pasar escuchando las olas como ahora. Bueno, las horas pasar y las cien mil personas que van rodeándote como en un cruel asedio estival a pesar de que tú madrugas y estás en primero, con la sombrilla clavada en la arena. Seguramente a esto le dedique algún post. Es digno de analizar.
¿Arrancamos de nuevo?

jueves, 19 de junio de 2014

La fotografía sobre la repisa

Cuando íbamos a casa de mi abuela, a la de Granada, nos empezó a llamar potencialmente la atención la devoción que ella sentía por sus nietos. Ordenaba una foto de cada uno, que había que actualizarle convenientemente con el paso de los años, bien por voluntad propia o bien para que no la pidiera quinientas mil veces (como las buenas abuelas) hasta que se hiciera realidad. Las colocaba con mucho esmero en lo alto de una repisa de madera que tenía en el salón, al lado de la tele. Cuando la familia comenzó a crecer, irremediablemente, el espacio fue faltando. Y ella que siempre ha sido de rompecabezas y puzzles, siempre se las ingeniaba para no dejar a nadie sin espacio. Bien poniendo marcos más pequeños o escondiendo algunas detrás con soberano cuidado. 

Había una que me llamaba mucho la atención, más que nada porque, de primeras, no sabía que pintaba allí, entre tanto primo junto, de mil posturas distintas: la de la orla del colegio, envueltos en nuestros faldones de Bautismo o con cara de no haber roto jamás un plato mirando de reojo a los gatos de madera que pescaban en los laterales del mueble, cargado de libros y recuerdos. La fotografía a la que me refiero era la de un chico mayor que nosotros, vestido con uniforme, que sonreía a la cámara mirando de lado. Obviamente sabíamos quién era. No había duda alguna. Se trataba del Príncipe Felipe, el hijo del Rey. Lo que no entendíamos es cómo estaba ahí, mezclado entre los nietos, como si por sus venas corriera la misma sangre Quintanilla. Luego lo entendimos. No era esa la sangre que corría por su cuerpo (creíamos, desde que conocimos la historia de la princesa y el guisante, que para los miembros de la realeza era azul como la tinta del bolígrafo del colegio). Lo que sí es cierto es que mi abuela se sentía parte de él hasta el alma. Le profesaba una particular adoración que le había llevado al lugar privilegiado que sólo ocupábamos los nietos. Ahí estaba, a nuestro lado, con una sonrisa blanca, blanquísima, mirándonos como quien no quiere la cosa.

Me llamaba tanto la atención que lo conté en el colegio. Marilú no podía dejar de reír. Y yo empecé a elucubrar en mi cabeza infantil que tal vez la presencia del Príncipe en la casa tuviera un especial significado.

Una tarde, sentadas en la mesa con ella, tapadas hasta casi la nariz porque hacía frío y andábamos buscando el calor del brasero, me fijé de pasada en la fotografía que ya era como una parte más de aquella. casa.
- Abuela, ¿por qué le has pegado encima una cucharilla de helado?
- Pues porque él se comió una tarrina con ella... y aquí está.

Aquello era su trofeo, su pertenencia. Siempre ha soñado con el día en que su protegido se convirtiera en Rey, y deseaba con todas sus fuerzas poder verlo. Como buena abuela, le puso muchas trabas a las chicas con las que se le iba relacionando. Una no le gustaba por una cosa, y la siguiente por otra completamente nueva. Pero a ésta última le dio el visto bueno porque veía que se querían. Para asegurarse, compró todas las revistas del corazón del día de la pedida y observó detalladamente las miradas que se cruzaban. Las abuelas tienen un secreto de adivinación para esto de las miradas de los enamorados. Doy fe. 

Cuando se casaron no quiso perderse la ceremonia en la televisión, con sus comentarios posteriores. No sé cómo aún no la han llevado de comentarista o simplemente de consejera, al lado de los que ofrecen los programas de televisión. Lo que repetía mucho era que no le gustaría marcharse de este mundo sin verle convertido en Rey.

Fue este uno de los motivos por los que la abdicación me dio especial alegría. Ella iba a ver cumplido su sueño. Como una ciudadana más, sintió mucho la lejanía de su casa en la calle Guzmán el Bueno, cuando residían en Madrid, pero sentada en el sofá estaba mimetizada con lo que acontecía en los aledaños del lugar de la celebración. No ha querido perderse ni un sólo momento. Ha aplaudido con devoción cada una de las palabras del nuevo Felipe VI y ahora que las tecnologías están de moda y la distancia de pocos kilómetros no me ha dejado estar a su lado, he sabido localizar el brillo de ilusión en sus ojos gracias a una imagen enviada por Whatsapp. 

Simplemente por eso no voy a hablar hoy más que las emociones. El resto, quien me conoce ya lo sabe. El caso es que el chico que nos miraba vestido de uniforme desde la repisa en la casa de mi abuela ya es el nuevo rey de España. Y mi abuela, por unos momentos, creo que ha sentido orgullo de eso, de abuela. Siempre lo colocó entre todos sus nietos.

lunes, 16 de junio de 2014

Capitán del Ceitil

Regresando a aquellas memorias mías que me llevan al otro lado del Estrecho, me encuentro con mi primer día en El Faro de Ceuta. Era éste un edificio que nos costó algo encontrar, pero que todo el mundo conocía. La puerta se abrió para mí. Dos cristaleras enormes que detrás guardaban el mayor de los secretos, el inicio de una carrera que había conseguido poco a poco, convertirse en una vocación, en algo más que eso, en una aspiración que había sido coartada durante algunos de mis años de instituto. Nací para escribir, es cierto. Pero también me apasioné por el deporte. Ahora faltaba aunar las dos cosas. Porque tiempo para las cosas que se quiere hay siempre.
Entré en la recepción. Una chica me saludó amablemente, le dí mi nombre. Mi madre se quedó allí y yo pasé a una salita que me indicaron, donde había cuatro sillas y un split de aire acondicionado que funcionaba a tope. Por un momento dudé si aquel temblor que me recorría de arriba a abajo era del frío o de los nervios. En aquellos momentos siempre es mejor achacarlo a la temperatura, porque si alimentas a los nervios se convierten en el enorme dragón del pesimismo, que termina por arrasarte y destrozar tu mentalidad positiva.
Estuve en torno a diez minutos. Se abrió la puerta y entró un chico rubio con la camiseta de la selección mejicana de fútbol que se sentó en la butaca de al lado. Le saludé con timidez. No me dijo nada, me hizo un gesto con la cabeza y terminó de mandar un  mensaje de texto en el que estaba concentrado.
- ¿Estás aquí porque te han llamado para trabajar también? - le dije.
Él empezó a reírse y me cayó bien.
- No. Me llamo Gonzalo Testa y soy el redactor jefe del periódico.
Acabas de liarla, me comenté a mí misma. Pero claro, era tan joven que bien podría haber pasado por otro compañero de los que entran en prácticas, o un novato como yo. Entonces ni frío ni nada. Eran los nervios, pero sudores de los que te empapan hasta el alma. Mi primera entrevista de trabajo y estaba sentada con un chico de menos edad que yo que me hacía sentir como si estuviera de cafés con mis amigos y que, en cambio, era mi futuro redactor jefe.
Me preguntó mil cosas. Pero curiosamente, ninguna relacionada directamente con el periodismo hasta casi al final de la charla. Sabía que había estado dando clases de natación en Granada. Quiso saber de mi familia, de la Alhambra, de las cosas que me gustaba hacer en mis ratos libres. Y por fin, me preguntó que por qué me había decidido por Ceuta. Fui sincera. En aquellos momentos tenía otra oferta de La Tribuna de Cuenca pero era menos dinero. Y así se lo expliqué. No iba a mentirle. De esa ciudad no conocía nada de nada. Mi abuela me había hablado de una prima suya de la que tuvo noticias por última vez cuando tenía unos 70 años o así. Y dijo que fue hace tiempo. Creo que en esos momentos la descarté.
El caso es que le hizo gracia tanta sinceridad y me acompañó a la redacción. Pasé a una habitación con cristaleras que daban a la recepción y con cara de no saber qué estaba pasando me encontré a mi madre que tranquilamente hablaba con un señor mayor y bajito al otro lado. Ni me vio.
Gonzalo salió de una especie de pecera, con paredes de cristal, donde había una chica, también bastante joven, que parecía estar peleándose con alguien al teléfono.
"Muy periodístico", pensé. Era la directora. Me encantó el equipo que acababa de conocer. Mis futuros compañeros no levantaban la cabeza del teclado. Anonadada por esa visión, pasé a la enorme habitación acristalada. Ella me dio la bienvenida de manera oficial al periódico. Parecía que el sueño estaba al alcance de la mano. Me dijo que tenía prisa para que me incorporara y el chico joven se ofreció a ayudarme para encontrar casa. Aunque tengo que reconocer que me dio un poco de miedo, supe enseguida que eso era lo que tenía que hacer y punto. Que para algo había estado estudiando tanto tiempo. No iba a dejarme vencer ahora por los fantasmas.
En dos días tendría que volver. Aquello seguramente no sería lo que yo había preparado en la Universidad, pero me hacía mucha ilusión.
Salí a por mi madre, para contarle lo que me habían dicho. En la puerta me la encontré charlando amigablemente con el mismo señor de antes.
- Te presento a un hombre muy amable que se ha ofrecido para ayudarnos a encontrar casa.
- Gracias. - le contesté sin saber bien qué decir, deduje que mi madre tampoco sabía cómo se llamaba.
- De nada. Yo siempre ayudo a las mujeres guapas. Y más si son de Granada. Amo Granada, amo a Lorca... soy Emilio Cózar.
Llevaba en la solapa una moneda antigua a modo de pin. La que comenzó a acuñarse en Ceuta.
Un Ceitil.

lunes, 9 de junio de 2014

El bitxo Karolina

No sé bien por qué le bautizamos así. Ni siquiera el motivo de pronunciar de ese modo su sombre, así rollo pintxo, como si hubiésemos venido del mismo Bilbao en lugar de Motril (muy noble y leal ciudad de). El caso es que un verano apareció por las paredes del dormitorio una pequeña lagartija que corría como alma que lleva el diablo, recorriendo el gotelé para arriba y para abajo, ante la atónita mirada de las tres moradoras del dormitorio. Las tres compartíamos espacio. Mi madre había colocado fuera a mi hermano porque necesitaba su territorio, enseguida equipado con un enorme póster del Real Madrid y el 'futbolín grande con patas' que tantas veces había pedido a los Reyes Magos y que, verano a verano, viajaba con él a pasar unos meses a Torrenueva.
Aquella noche hacía calor. Imagino que el bitxo Karolina entraría por alguna de las ventanas abiertas. Nuestro piso, aparte de dar al jardín de la casa de abajo, también lo hacía a una zona en la que había muchos árboles, uno de los cuales metía una rama enorme en el balcón que a mi padre le servía de sombrilla natural para sus momentos de periódico, Coca Cola y desconexión, y a nosotras para plagarla de muñecos recortables que diseñábamos con ayuda de la tía Chabela. La rama parecía, durante el estío, un colorido árbol antesala del de Navidad.
La primera vez que vimos al bitxo Karolina, acabábamos de apagar la luz. Apenas si entraba la de la farola que alumbraba el pasillo de entrada a la Urbanización, para que nadie se cayera durante la noche por el camino de empedrado torreño (con algunos retales de lo que fue el romano, que quieras o no, siempre es una inspiración). Estaba apoyado en la pared. Lo vimos fugazmente, pero ante la amenaza de que fuera una cucaracha de las rojas voladoras, sonó un grito a tres voces.
- ¡La luz, enciende la luz, hay un bicho!
Ahí estaba. Tan tranquila. Porque decidimos en el acto, que era hembra. Tenía mucho más glamour y sentido que nos visitara una lagartija fémina. Podríamos terminar hablando de nuestras cosas y compartiendo el bote de colonia Chispas. No se movía. Estaba ahí. Simplemente. Posada en la pared, bien agarrada al gotelé, viendo la vida pasar. Nos acercamos. Bueno, me acerqué yo porque la pared en la que estaba pertenecía a mis dominios y mis hermanas relegaron en mí por consiguiente tan ardua tarea de investigación. Ellas dos contemplaban lo que sucedía sentadas en la cama de la otra punta, por si acaso era una lagartija con alas de duende y nos sobrevolaba a todos.
- Es una lagartija, parece. - confirmé.
- Tócala a ver si se mueve.
Esas ya eran palabras mayores, que una sólo interaccionaba continuamente con el campo, los bichos bola y alguna que otra hormiga, durante los meses de verano.
- Yo no la toco. - contesté segura.
- Pues tú verás, porque está en tu lado de la cama y te va a tocar dormir a tí con ella al lado. Mejor saber si está muerta o viva, ¿no?
Razonamiento lógico, por otro lado. Me acerqué con mucho sigilo y un folio doblado y le toqué la cola. Salió corriendo como una pobre lagartija asustada y se metió encima del armario.
- ¡Ya la has liado! Ahora tendremos que dormir sin saber dónde está.
- ¿Pero no queríais que la tocara para ver si estaba viva? ¡Ya veis que sí lo está!
Ante ese razonamiento pesado nos quedamos dormidas. Decidimos llamarla Karolina pero le pusimos delante lo de bitxo para darle más categoría. No sabíamos enmarcar a las lagartijas en su hábitat natural cuando éstas entran sin avisar en los dormitorios.
A la mañana siguiente nos asomamos al armario para ver si la veíamos. No estaba. Seguramente se habría ido por la ventana a medianoche. A la hora de comer, contamos con todo lujo de detalle lo que había pasado. Llenas de orgullo, presumíamos de haberla mandado de vuelta a su medio natural, aunque no contamos que estaba en el armario, vete a saber dónde. Mi hermano no le prestó demasiada importancia. Estaba demasiado ocupado ordenando su calendario de citas: con mi primo para coger semillas, y luego para echar una partida de futbolín. Por la tarde piscina, playa o lo que se tercie. Siempre ha sabido aprovechar muy bien las vacaciones.
Aquella noche, el bitxo Karolina regresó a las paredes del dormitorio. Y de nuevo hubo que echarlo. No sé bien dónde terminó, porque en esta ocasión lo largué con las luces apagadas.
- Si aparece de nuevo lo atrapamos con el bote de Nescafé y lo soltamos en el jardín de la casa de abajo por la mañana.
Nos pareció buena idea y le dimos la enhorabuena a mi hermana Julia, que había demostrado ya en pasadas ocasiones ser una enamorada de los animales y el bitxo Karolina, por más lagartija que fuera, tenía derecho a respirar en libertad y comer moscas o lo que sea que comen ellas.
No volvió más. Imagino que encontraría otro paraíso idílico que en lugar de gotelé tuviera hojas verdes y algunas hormigas que llevarse a la boca. Una tarde, mi padre nos llamó porque en la rama bajo la que solía ponerse a leer había aparecido una lagartija pequeñita.
- ¡Karolina! - gritamos mientras salíamos a contemplarla.
Nos miró con los ojos un poco entornados. Se encogió de hombros y dijo:
- Yo siempre las he llamado lagartijas... o salamandras... ¿Karolina?

domingo, 1 de junio de 2014

Sorpresas y jardines

Regresando a mi primer trabajo de periodista, en Ceuta (me ha entrado la nostalgia tras releer en Facebook los post que me publicaron mis amigos cuando fui despedida de Diario de Almería junto a varios compañeros) tengo que decir que los primeros días fueron excepcionales y emocionantes.
No sólo ya por el crisol de culturas y el abanico de colores que encontraba en la calle, sino por el misterio del alojamiento. Mi madre y yo habíamos llegado a Ceuta sin más casa que la habitación del Teniente Ruiz y con el Skoda como vehículo que nos llevaba a todos lados. Aunque nuestra idea era no buscar un apartamento individual demasiado lejos del centro. Comenzamos a patearnos las calles, con la reunión ya fechada con el redactor jefe del periódico (un misterioso chico con acento del norte que nos había atendido por teléfono) y empezamos a anotar los escasos números de teléfonos de viviendas en alquiler. Una de las señoras a las que llamamos, después de pedirnos en torno a quinientos euros por un piso pequeñísimo, nos explicó que a esas alturas del año era complicado encontrar nada libre, porque era mucha la demanda por parte de los militares.
Llamamos a un tipo que nos comentó que disponía de un buen espacio con jardín en la casa donde él vivía, totalmente aislado (vamos, que no iba a molestarnos). Cuando nos dirigíamos hacia allá, una carretera larga y desangelada, llegamos al supuesto edificio. Esto era una casa con pinta de tener ya varios años en medio de un jardín en el que también hacía tiempo que no había entrado jardinero alguno. Nos abrió la puerta un chico que nos dijo que él vivía en la casa principal, pero que disponía de una zona en la que colocar una cama e incluso que tenía cocina en la parte de abajo. Aquello era indescriptible. El tipo pedía cuatrocientos euros por una habitación en la que más que cama había un jergón sobre un gastado somier, con unas baldas de escayola para colocar las mantas y una cocina con el conocido camping-gas en medio de un desorden caótico. Y, por si fuera poco, un par de cucarachas campando a sus anchas.
- ¿Ellas pagan también el alquiler? - le pregunté.
- No, van incluidas en el precio.
Imagino que se daría cuenta de inmediato, por la cara que pusimos, que jamás pondría un pie en aquella especie de jaula desarbolada en medio del jardín encantado de la Cenicienta. Mi madre, que es más de dejar las cosas educadamente "porque hay que tener amigos siempre en todos lados y quedar como lo que somos, dos señoras" le dijo que ya la llamaríamos.
Obviamente, rompí en cachitos el papel en el que estaba anotado su teléfono.
La verdad es que el tema de la estancia empezaba a ser desesperante. Al día siguiente por la mañana era el momento en el que debería verme con mis nuevos jefes que, eso sí, me llamaron esa misma tarde para preguntar por la búsqueda de piso. Lo hizo una chica que se llamaba Paloma, que estaba en esos momentos en la recepción.
- Pues mal. Ahí vamos buscando - le contesté - pero muchas gracias.
Se ofreció a preguntarle a un par de amigas que seguramente conocieran a alguien que alquilara algo.
Mi madre decidió que era el momento de despejarnos un poco y aparcamos al lado del Paseo Marítimo. Nos sorprendió la mojama al aire, los pescadores que iban y venían en un trajín incesante y un sonido de tambores. Era el día de la Virgen del Carmen.
- ¿Nos quedamos a la Misa?
- Vale.
Al mismo tiempo en que bañaban la imagen en el mar, al otro lado, un grupo de hindúes celebraban una festividad especial. Llamaba la atención cómo iban vestidos, llevaban en una barca un pequeño dios de dolor dorado que arrojaron a las profundidades. Nos quedamos impactadas, era buena muestra de la variedad cultural que se respira en Ceuta. Es increíble para quien no lo conoce y apasionante para los que la visitan por primera vez.

lunes, 26 de mayo de 2014

Nubes y bicicletas

"Cuando están muy malitas, a las buenas personas le pueden pasar dos cosas: o se ponen buenas de repente, o se convierten en ángeles". Mi padre nos reunió a todos en la cama azul del cuarto de mi hermano donde jugábamos a tirarnos al suelo unos a otros. Mamá estaba en Madrid, llevaba allí algunos días, en el Hospital, con sus hermanos, acompañando a mi abuelo, que estaba enfermo. Ella no había llegado, y el cielo de mayo en Motril se preparaba para llorar un poco, tintado de un color gris que no hacía presagiar nada bueno.
Pero fue el tono de voz de mi padre y el modo en que nos estaba abrazando a los cuatro, sentados en la alfombra, lo que me confirmó que a mi abuelo Guillermo de repente le habían salido en la espalda dos enormes alas celestes y había levantado el vuelo hacia el Sol.
Nos quedamos parados. En ese momento no sabíamos cómo reaccionar. Hacía unos meses, yo había ido con mi hermana a Madrid a verle. "No pongáis caras raras, porque el abuelo no está igual que cuando dormía en el jardín de la casa de abajo, está un poco más delgado". Le habíamos comprado en un bar de carretera, de los infinitos que hay yendo a la capital, un paquete lleno de monedas de chocolate Nestlé. Él siempre fue un loco del chocolate. "Tenemos que comprarlas más adelante", nos decía mi madre. No quería que llegaran convertidas en chocolate a la taza.
Bajando del ascensor, en el pasillo que llevaba a la habitación 315 con la que tantas veces habíamos contactado vía telefónica desde Motril, mi madre volvió a repetirnos lo mismo. "Nada de caras extrañas, que a él no le va a gustar", y entramos con una sonrisa de oreja a oreja en la habitación. Mi abuelo nos miró con la alegría plasmada en sus ojos de color gris que por unos momentos brillaron más que nunca, y sacamos del bolso el paquete de monedas de chocolate. Nos dijo que se las comería después de comer, porque la enfermera iba a entrar en poco tiempo y seguramente no le gustaría ver que se saltaba el 'régimen de hospital' para ponerse a comer monedas del tesoro rellenas de Nestlé.
Quiso que aprendiéramos a curarle una pequeña herida que tenía en la cara. Seguro que no lo hicimos muy bien y que algo de daño tuvo que sentir, pero no perdió la sonrisa que dejaba entrever sus dientes perfectos. Ya estaba malito entonces, aunque a mí me pareció que en cualquier momento levantaría las sábanas, aparecería con su pijama de pinos y nos iríamos los dos a comprar churros al lado de la iglesia de Torrenueva. "¿Vas a poder subir en la bicicleta?", le pregunté para que me aclarara una de mis mayores preocupaciones. "Claro que sí", contestó él.
Cuando nos marchamos, prometimos que volveríamos a verle pronto. Él estaba agusto con las visitas y a mí me hacía ilusión ver cómo, pasara lo que pasara, nunca perdía la sonrisa bajo el mostacho.
Hablamos con él por teléfono varias veces, y siempre nos decía que le cuidáramos el sillón y especialmente la mantita celeste que se ponía en las rodillas y que llevaba un oso horrible pintado. No sé qué le veía, pero en casa era intocable. No podíamos permitir que la pidiera y no supiéramos dónde estaba.
Mi abuelo era el más fuerte, el más grande, el invencible. Por eso, la tarde en que jugábamos en la cama de mi hermano a lanzarnos al suelo y papá nos dijo que se había marchado para siempre con enormes alas de ángel no quisimos creerlo del todo. ¿Habría bicicletas en el cielo? Aunque, con las alas puestas, ¿para qué quería dar pedales en su bici verde? Ya de noche, tras la cena, me dí cuenta de la realidad. Después de hablar con mi madre y la abuela por teléfono fui consciente de que los paseos a la churrería se habían terminado para siempre. Por lo menos junto a él. Desde ese momento entendí que el dolor por perder a alguien a quien has querido lucha contra la admiración que durante toda la vida te ha acompañado. Él, que había vestido de uniforme, que posaba firme frente a los helicópteros en Aviación, ya estaba más allá de las nubes. Nos costó entenderlo pero lo hicimos. Tampoco nos quedaba otra opción.
Y con el paso de los años, queda indemne el recuerdo.
Era 26 de mayo.

jueves, 22 de mayo de 2014

Subiendo por la Calle Real

No sé si conocéis a Manuel Cuesta. Es un cantautor sevillano que compone con el corazón y el alma en cada una de las cuerdas. Cuando le descubrí, demasiado tarde, lo confieso (aunque ahora ando recuperando el tiempo perdido), me encontré a eso de la medianoche nada más salir de trabajar, cuando era periodista, feliz laboralmente y esas cosas, una canción llamada 1985. Forma parte del disco 'La vida secreta de Peter Parker'. Me llamó la atención porque enseguida comenzaron a sonarme los nombres de las calles. Está dedicada a Ceuta. Conseguí ponerme en contacto con él, y me explicó que conocía perfectamente la Ciudad Autónoma porque había vivido allí un tiempo. De inmediato, en los quince minutos que cubrían el trayecto entre el periódico y mi casa, hice un viaje al pasado.
Cuando llegamos a mi nuevo destino periodístico, el primero de lo que se convirtió en mi vocación ahora rota por la crisis, localizamos sin problema el Hostal. Estaba semiescondido en una de las plazas principales, recuerdo, una calle empinada. Pasamos con el coche por un café llamado Alhambra, que con el paso de los meses se convirtió en uno de mis enclaves preferidos porque servían, junto al té, los 'cuernos de gacela' mi dulce árabe preferido. Siempre había movimiento. Al lado, 'los tres caballos', una marroquinería excelente donde olía a cuero desde el primer momento que pisabas la entrada.
Nos instalamos en el Hostal del Teniente Ruiz y tras darnos una ducha y comprobar que habíamos reservado una habitación sin apenas ventanas "¿Qué más te da, si es sólo para dormir?", me dijo mi madre, salimos a merendar antes de entrar en el periódico. Yo estaba nerviosa. Ella me revisó hasta el último pelo. "Tienes que tener volumen, nunca te peinas con volumen y te queda mucho mejor". Fue lo último que oí antes de contemplar en el espejo a alguien que tenía mi misma cara y unos pelos recolocados que subían hasta el infinito. "Mamá, parezco una abuela". "No digas tonterías". Sin que se diera cuenta intenté poner algo de orden y me maquillé ligeramente. Mis hermanas llevaban un tiempo adiestrándome en el noble arte de la máscara de pestañas y el colorete bien dado "nada de colores de Heidi con su abuelito en la montaña", me decían. Era lo que peor llevaba.
Abandonamos el Hostal. "No podemos perdernos", aseguró mi madre seriamente. En ese momento supe que de alguna manera u otra terminaríamos sin saber hacia dónde ir en medio de la calle. Es ley de vida. Al bajar la calle encontramos una cafetería que estaba decorada con estatuas gigantes de Venus saliendo de sus conchas y algún que otro dios griego que las contemplaba con los ojos libidinosos de piedra tallada. Me pedí un batido de chocolate. Ella un café. Y nos partimos media tostada de mantequilla y mermelada. Habíamos comido muy temprano. "¿Sabes que ahora no sabría llegar al Hostal?", me comentó mientras terminábamos el último bocado. Lo suponía. Yo hacía tiempo que había estado dejándome llevar, siguiendo el paso de mis zapatos, como en aquel capítulo de Espinete. Mira al suelo, detrás de las zapatillas, que ellas te marcarán el rumbo... cantaba el siempre sonriente Don Pimpón cuando se perdió por el bosque, poco antes de que Caponata y sus secuaces le rescataran. Éramos como dos Pimpones abandonadas en medio de un sitio al que yo trataba de encontrar el encanto. Me parecía imposible que fuera a dominar casi a la perfección las calles, las direcciones, y sobre todo, no quedarme estancada en medio de tanto uniforme militar que paseaba delante de mis narices. "A tu abuela le encantaría venir a Ceuta a verte", mi madre estaba terminando de pagar. Nos levantamos y comenzaba la ardua tarea de encontrar el periódico. Sólo sabíamos que se llamaba 'El Faro de Ceuta' y que me habían llamado para ocuparme de la sección de sindicatos y de Patrimonio.
La calle Sargento Mena número 8 en la que se ubicaba la redacción no estaba demasiado lejos, según nos indicó el amable camarero. Teníamos que subir la calle Real entera y luego girar. No complicado. Nos levantamos, miré el móvil. Nadie me había llamado para decirme que no hacía falta que regresara. Una llamada perdida, eso sí, de mis hermanos. Seguramente querían saber cómo habíamos llegado. "Luego les llamamos", me dijo ella. Y suspiré. Ceuta era mi casa. Una casa enorme, llena de ventanas y posibilidades. Y, lo más importante, con olor a mar.

lunes, 19 de mayo de 2014

La ciudad de Al Idrisi

Llegar no fue complicado. Embarcamos en Algeciras, al final decidimos que el Skoda nos acompañaría. Su primer viaje transoceánico. Mi madre se levantó nada más sentarnos en el barco. Quería ir al baño o a por un café. No recuerdo bien. Por unos momentos quise que alguien llamara al móvil y me dijera que no, que ya habían encontrado a otra persona que había dicho que sí, que se quedaba con el puesto, y que sonaba el teléfono y me pedían que no fuera. Yo volvía a la piscina y a mis niños, y Ceuta se quedaba a lo lejos, como esa gran desconocida.
Pienso que era miedo al cambio, a perder aquellos momentos constantes en casa que tanta falta me hacían. Habíamos intentando encontrar un piso para quedarme, o una residencia. Pero ni lo uno, ni lo otro. Cuando la hélice comenzaba a romper el agua, y el hidropedal comenzó a moverse, supe que no había marcha atrás. Que era una decisión que había tomado yo, y como tal ahora tocaba asumir las consecuencias.
Mi madre estaba tremendamente ilusionada. Lo exteriorizaba mucho. Hacía aspavientos en la ventana, señalando el mar que parecía revuelto por algunas zonas, las gaviotas que iban ganando peso conforme la costa estaba más cerca. El viaje no se me hizo largo, tal vez un poco más la espera para desembarcar. Nos metimos en el Skoda mientras el barco atracaba en el Puerto de Ceuta. Ya estaba todo hecho. Tardamos en abandonar la cubierta. Se formaba unas colas muy grandes. El Puerto no me llamó la atención especialmente. Comenzamos a andar por la carretera. No sabíamos bien hacia dónde. Algo habría al final del camino. Lo primero, muchas culturas entremezcladas. Musulmanes, judíos, hindúes y cristianos en perfecta armonía, remarcando a su manera que es posible un mundo en el que todos seamos iguales, y la convivencia posible. Vimos túnicas de hombre, de mujer, hiyab de colores brillantes... un abanico de colores.
Habíamos reservado antes de salir por Internet una habitación doble en el Hostal del Teniente Ruiz. ¿Dónde estaba? Ni idea. Era lo primero a encontrar. Para ello, decidimos que ya estaba bien de dar vueltas sin saber hacia dónde y nos paramos al lado de una acera. Bendijo ojo. Era un cuartel. El de Transmisiones. Por encima de nuestras cabezas, dos garitas que flotaban con dos soldados que miraban a lontananza. Uniformes que salían y entraban con una prisa metódica. "¿Le preguntamos a uno?", le dije a mi madre. Pues es lo que había que hacer. Uno de ellos nos indicó amablemente el camino a seguir, pero como son muy de estar juntos, pues se acercaron un par más y se colocaron en las ventanillas del coche a cotillear quiénes eran esas dos mujeres que habían decidido estacionar momentáneamente su coche en la puerta de entrada de su edificio. Cuando creíamos que todo estaba listo, arrancamos para irnos, y en ese momento, la calle era una serpiente de uniformes. ¡Qué curioso!
"Ceuta siempre ha sido un sitio donde hay mucha tradición militar", me dijo mi madre. "El abuelo estuvo en Tetuán, que no es Ceuta, pero queda cerca".
Una vez localizado el Hostal y aparcado el coche en una zona cercana "anota lo que veas más potable que no lo perdamos mañana", me dijo mi madre. Y no sólo no lo perdimos, sino que encontramos nuestro edificio a la primera. Dejamos las bolsas y decidimos darnos una ducha antes de salir a merendar. "Sois de fuera?", nos preguntó amable el recepcionista. "De Granada", contesté yo henchida de orgullo nazarí. "Bienvenidas a la ciudad de Al Idrisi". Y nos estrechó la mano.

domingo, 11 de mayo de 2014

Ceuta: La llamada

Cuando terminé de estudiar Periodismo en Granada, era monitora de natación en la piscina de Arabial a tiempo completo. Por las mañanas los adultos y ya por la tarde, grupos de niños hiperactivos persiguiendo a su seño con tablas azules que lanzar siempre certeramente o reclamando un poco de atención ante el desalmado que le había hecho alguna ahogadilla. A mí eso me gustaba, pero no me llenaba. Durante mis años de carrera había aprendido muchas cosas, todo de manual porque apenas si había tenido tiempo para disfrutar de las prácticas que realicé en Canal 21 y en Onda Sur Motril. Disfrutaba imaginándome escribiendo sobre las cosas más dispares. Estudiaba por las mañanas y trabajaba por las tardes para pagar, mensual y religiosamente, la letra de 72 euros de mi flamante Twingo morado.
Una noche, me senté delante del ordenador, ultimé los detalles del currículum vitae y envié el documento a todas las direcciones que encontré (incluida la Casa Real, que fue de las pocas que me contestó agradeciéndome mi interés por servir a España y al Rey. En serio). Continuaba mis jornadas con los niños, cada vez más complicado porque con la proximidad del verano se incrementa de modo considerable el número de padres que demandan al monitor-milagro que sus criaturas aprendan a nadar para poder ellos disfrutar de unas horitas de arena en paz.
Una tarde, en la que esperaba la llamada de mi hermana para decirme que Nora, la cocker spaniel que vivía en casa y que se volvió un poco 'crazy' con el paso del tiempo, había salido exitosamente de la operación para sacarle una espiga de trigo de la oreja, sonó el móvil. Como el socorrista ya estaba avisado y yo le daba clase a mayores, les dejé unos segundos para atenderla. No era ella ni le habían terminado de sacar la espiga a la perra. Era la subdirectora de El Faro de Ceuta. Me quedé sorprendida. Una de sus redactoras se marchaba en unos días y necesitaban cubrir su plaza urgentemente. Me hizo mucha ilusión, le dije que de primeras sí, pero que por la noche le daría la contestación. ¿Ceuta? ¿Qué sabía yo de Ceuta? Estaba en el norte de África. Poco más.
Llegué a casa nerviosa, le conté a mi madre lo que me había pasado aquella tarde y, como era de esperar, porque ella siempre quiere que las cosas que vayamos consiguiendo sean por nosotros mismos, me dijo que aquello era una especie de señal, el momento de dejar la piscina y comenzar una nueva etapa de mi vida. Mis hermanos se quedaron sorprendidos. No dejaban de gastarme bromas al respecto. Llamé a el periódico y dije aquello de 'Sí quiero' que pensaba que jamás diría en el altar.
La incorporación era rápida, dijeron. No tengo experiencia, contesté. De eso nos encargamos nosotros. Hablé con mis jefes de la piscina, les dejé quince días para que me encontraran sustituto. Pensé que las cosas había que hacerlas bien. Investigué en internet. Mi madre estaba más nerviosa que yo, preparándolo todo. Teníamos el Skoda que se acababa de comprar. Qué mejor momento para estrenarlo. Compramos los billetes por Internet. Estaba un poco descolocada. Pregunté si sería complicado encontrar alojamiento. Me dijeron que no, que había que mirar un poco. Reservamos plaza en un hostal llamado Teniente Ruiz que no conocíamos, ni siquiera sabíamos cómo llegar. Una aventura, vamos.
Nos marchamos a Algeciras por la mañana. Mi madre quiso embarcar el coche. Dijo que era más sencillo luego de ese modo ir cargando con las maletas. Me dio un poco de pena, porque además, sentía algo de miedo por lo desconocido. Iba a cumplir un sueño, sí, pero a ver de qué modo.
Mi abuela me dijo que ella tenía allí una familiar de un familiar que se llamaba Oliva. ¿Pero Oliva qué más? No supo qué decirme, sólo me dio un número de teléfono.
La aventura estaba a punto de comenzar. Mi primera vez, el debut como periodista. Mis comienzos más duros.

martes, 6 de mayo de 2014

Aquellos años en los que soñé ser periodista

Recuerdo con nitidez aquellos años en los que dormía. Estaba en un sueño. Algo que perseguí con todo mi énfasis desde los últimos años de instituto. Quise ser periodista, contar historias, que la gente abriese el periódico en los bares y encontrarles con las pupilas posadas en mis páginas. El imposible nexo de unión con alguien que no conozco a través de la magia de las palabras. Fueron años en los que lo más importante para mí era seguir durmiendo constantemente, no despertarme nunca, que jamás dejara de sonar en mi cabeza el tecleo furioso, el golpear las letras con delicada constancia cada mañana, cada tarde. 
Los primeros viajes, mi llegada a Ceuta ese día 16 de julio, festividad de la Virgen del Carmen. No conocía a nadie, también salían a la mar algunos hindúes adorando a sus dioses. El mar era diferente a mi Mediterráneo, la silueta de Benzú recortada como un trazo de pluma. Conocer mi primera redacción, a mis primeros compañeros. Dani, Cristina, Gonzalo... gente que consta en mis libros de historia personal. Entonces, yo seguía durmiendo.
Aprendí muchísimo de ellos, y dela Ciudad Autónoma. Ceuta es un compendio de colores y secretos que ir descubriendo. Mis primeras crónicas castrenses y reportajes con los vecinos que se quejaban de las faltas del Ayuntamiento. Lo haces bien, me decían mis jefes. Y yo, con los ojos cerrados y la sonrisa en las nubes, no pensaba despertar.
Echaba de menos a mis hermanos. Enormemente. Tenía en el corazón un vacío inexplicable. Quería estar con ellos, pero siempre sintiéndome feliz, completa. Poniendo junto a mi nombre mi nuevo apellido, 'Periodista'. El Estrecho era el obstáculo que me quedaba por vencer para estar con ellos. Pero amaba Ceuta. Había aprendido a quererla con toda mi alma. Me hicieron una oferta (cuando las empresas aún querían contratar trabajadores) y crucé en un barco las millas que me separaban de mi casa. Llegué a Almería. La Voz de Almería, Diario de Almería... experiencias que me resultaron inolvidables, en las que aprendí, sonreí por mis aciertos y lloré por mis errores. Pero sin abrir los ojos. Era feliz. La felicidad de quien coge con las dos manos el objetivo que ha perseguido desde el pupitre, en las aulas del instituto. 
De repente, cayó sobre mi cabeza todo el peso de la realidad, me ví despierta en un mundo de locos. Cerraba los ojos, intentaba quedarme dormida de nuevo, pero la nana que se repetía una y otra vez llevaba las palabras 'crisis, paro, desempleo'. Y tenía forma de carta de despido. No la quería coger, quemaba en las manos y hería mi alma. Nunca un amanecer fue tan doloroso. Costalazo con la realidad, lágrimas que se agolpaban en mis ojos, pero que no querían salir. Un absurdo sentimiento de orgullo que se disfrazó de importencia más tarde.
No he vuelto a dormir. No he cerrado los ojos. De frente ves venir los golpes de la vida. De frente reconoces a tus amigos. Los que van por la espalda no merecen más que una simple indiferencia. Me siento querida, apoyada. Pero sigo alimentando la nostalgia de esos días, de los sueños. De aquello que quise y que ahora ha quedado como la neblina que me impedía ver la Península desde la Ciudad Autónoma, que parecía tan lejana.
Recitar como quien reza, sin pensar en las palabras...
Querer cerrar los ojos y despertar de nuevo frente a un ordenador, con el teléfono ardiendo...
Y Calderón. Y los sueños, sueños son.
Son sueños... son sueños... sueños son....

lunes, 5 de mayo de 2014

Flor para el día de hoy...

La rutina del mes de mayo se hacía esperar durante todo el año, pero cuando llegaba, lo hacía con toda la fuerza que le permitía el complejo horario escolar. Éramos alumnas del colegio Santísimo Rosario de Motril, y por eso, la obligación de dedicar un mes entero a la Virgen era casi impuesta y qué mejor que éste, el de las flores, ese en el que las calles se llenan de maceteros y gente bailando sevillanas.
Nuestro mes de mayo comenzaba a primera hora, nada más entrar en el patio las monjas nos colocaban uno detrás de otro, a la distancia que el brazo daba (¡a medirse!) y cuando las filas estaban perfectas comenzaba a sonar por los altavoces la cinta de canciones religiosas. Algunas veces, los padres que querían quedarse a mirar lo hacían semiocultos tras las columnas para que no nos distrajéramos. Por las ventanas que había sobre el gimnasio podían verse a los vecinos, dos o tres por vidriera, que estaban preparados para acompañarnos en nuestro rezo matinal. Estábamos orgullosos de que fuéramos tan importantes.
Al callar la música, un par de golpecitos dados por la directora al micrófono nos hacían saber que estaba todo listo, y precisamente ella era la encargada de inaugurar la jornada pronunciando unas palabras que previamente le habíamos preparado algunos de los alumnos. Me quedé con las ganas de leer uno de los textos que escribí, pero siempre me decían que se me daba muy bien plasmar en papel lo que todos queríamos decir (u oír) pero que luego leyendo era una marirapidilla que quiere decir que apenas si cogía aire para demostrar lo deprisa que era capaz de leer.
Es por eso que muchos de mis compañeros leyeron algunas de las poesías que yo escribí, de los textos que hice. Incluso mi hermana Paloma fue seleccionada para recitar un poema que le había preparado la noche de antes, que resultó el elegido entre todos los de su clase. A mí eso me daba un poco igual, porque no me gustaba mucho el protagonismo que daba una sala, la de dirección, donde normalmente nadie quería entrar porque significaba que algo habías hecho mal, y desde la que hablabas al micrófono pero nadie te veía la cara. Nadie sabía que eras tú. Invisible para el resto.
Después, rezábamos algunos Ave María y nos decían, despacio y llenos de emoción la flor que dedicar a la Virgen con un "Flor para el día de hooooy"... a continuación el nombre. Podía ser la rosa, la margarita, orquídea o nomeolvides. El caso es que durante todos los meses de año en el colegio aprendí el nombre de más flores que en las clases de Biología posteriores. Cada una de ellas tenía una intención. A mí la que más me gustaba era la de "No me voy a pelear con mis hermanos durante todo el día de hoy" porque era la más complicada de cumplir, especialmente porque no sabías cuándo terminaba el día para dar comienzo la noche, en qué momento quedaba levantado el veto y la flor que llevaba todo el día espiándote desde donde quiera que sea, se quedaba dormida y tocaba el turno de sentarte delante de tu hermano y decirle: Mira, hoy me has cabreado mucho por esto que me has hecho pero, claro, el tema de la flor estaba en el aire.
También hacíamos una procesión en la que 'los mayores' es decir, la gente de octavo curso, cargaba con un pequeñísimo trono en el que subían las monjas, primorosamente arreglada, la imagen de la Virgen Niña que estaba en la entrada. Era emocionante porque todos queríamos ser mayores para dar la vuelta al patio. Cada dos esquinas había relevo, y como sólo cabían cuatro costaleros, pues la procesión duraba bastante. El camino lo recorrían entre aplausos y vítores y recuerdo sólo dos veces en la que la imagen ladeó peligrosamente a ambos lados porque era complejo acertar con la compensación de alturas a la hora de portarla.
Al final del mes de mayo, siempre notábamos que nos faltaba algo. El cuerpo va acostumbrándose a las rutinas del día a día y entrábamos a la fila conscientes de que no escucharíamos los tres golpecitos al micrófono para indicarnos que la mañana iba a empezar. Es uno de los recuerdos más bonitos que me quedan de lo que fueron mis años en la escuela, que me da para cientos de blogs  como éste.

lunes, 28 de abril de 2014

Churros y periódicos

La ventaja de vivir encima de tus abuelos es que éstos perfeccionan al cien por cien los métodos ancestrales de llamada a nietos. Al final terminas entendiéndolos todos y, cuando están lejos, el reloj biológico se despereza a la misma hora que sonaban. Quiero decir con esto que mi abuelo Guillermo, tras levantarse de la cama, de desayunar y justo antes de quitarse su legendario pijama blanco con pinos, se asomaba al jardín de la casa de abajo y silbaba. No era un sonido cualquiera. Ahora mismo no soy capaz de describirlo, pero al cerrar los ojos me parece estar escuchándolo en la distancia. Comenzaba suave, como un árbol que crece lentamente y agudizaba hasta adquirir un tono que hacía que saltaras de la cama sí o sí para que dejara de oírse. Siempre creímos que se transmite por los genes. Mi madre y algunos de mis tíos lo imitan a la perfección. Mendel daría la vuelta a sus leyes de genética y en vez de experimentar con guisantes lo haría con Quintanillas.
El caso es que sonaba el silbido y yo me despertaba con taquicardia, le pedía a mi madre un Cola Cao con un par de tostadas de mantequilla y bajaba corriendo a por mi abuelo. Contaba yo con una bicicleta BH roja que guardaban mis abuelos en el patinillo de la casa y que encontraba como por arte de magia aparcada justo al lado de la puerta cuando ya estaba abajo. Apoyada en la pared, reluciente a veces, más de lo que yo recordaba haberla dejado. Al lado, la suya. Más grande, con la barra alta y las ruedas con yanta blanca. Cuando eres pequeño, aspiras a gobernar la bicicleta tú sólo, quitando las ruedas de apoyo porque así te sientes más mayor.
- ¿Cuándo le quitamos las ruedecillas, abuelo?
- Pues cuando tú me digas, tienes que estar preparada.
Empezamos quitándole una, luego la otra. Pero eso me da para uno o dos post. Fue emocionante.
Una vez en la puerta de la casa, mi abuelo subía a su bicicleta, con las bermudas y una blusa blanca abierta por arriba. Le decía adiós a mi abuela que le recordaba que tenía que ser cauto y esas cosas de madre que siempre recitas como una poesía que llevas de deberes para el colegio. Salíamos rumbo a la iglesia. La iglesia está al final del Paseo Marítimo, a bastantes metros de la casa, no podría calcular los kilómetros porque soy bastante mala con los números. Al principio, me daba un poco de miedo cruzar la carretera. Íbamos a pie, y cuando mi abuelo decía ¡Ya! salíamos los dos corriendo al otro lado. Me sentía una superhéroe universal. Luego, él subía en su bicicleta de un salto y yo, que era un poco más lenta y metódica, le seguía.
- Tienes que poner primero el pie en el pedal derecho, porque ese es el pie que todos tenemos más fuerte, y empezar a pisar con fuerza abajo. No perderás el equilibrio.
Lo que él decía era sagrado para mí. Pedalada, pedalada, pedalada... poco a poco, detrás de él. A veces le veía que se escapaba de mi campo y le llamaba.
- ¡No voy a ir más despacio, tú tienes que esforzarte más!, las cosas se hacen con mucho esfuerzo. Si yo ahora bajo el ritmo, tú irás cómoda... vamos, que tienes que ganarte los churros.
La palabra churro, en Torrenueva, adquiría un significado especial para mí. Era estar los dos sentados en el pollete del Paseo Marítimo, con un papel lleno de aceite y compartiendo un cucurucho de churros. Él aprovechaba para leer con atención el ABC y pasarme la hoja de los pasatiempos para que yo pudiera sentirme como una adulta.
Finiquitado nuestro ritual diario, volvíamos con la gloria en los talones y la sonrisa en la cara. Era feliz, dejando la bicicleta de nuevo en el patinillo, subiendo a casa, contándole a mis padres aquello que habíamos hecho. Coronando de gloria los días cálidos del verano.

jueves, 24 de abril de 2014

BERTITA-84, Como mueren las cometas.

Después de aquella aventura en la que BERTITA-84 terminó en el agua, comenzaron algunos miedos por si acaso la perdía del todo. No me gustaba llevármela yo sola a la zona de la arena de atrás, la que te quema los pies, y siempre buscaba la ayuda de Paolo o mi abuelo. Julia seguía sin sacar demasiado a JULIA-84 porque decía que tenía cosas más importantes que hacer, como ir adelantando los deberes de Vacaciones Santillana. Siempre lo hacía y así, cuando el verano estaba terminando, ella ya había finiquitado el cuaderno y se quedaba un par de semanas sin tener que hacer nada.
Un día de Poniente, bajamos con BERTITA-84 a la playa. Julia vino esta vez, y Paolo. Iba muy ilusionado porque se le había ocurrido una idea guay con la que la cometa sería la más molona de la arena. Incluso más que las que llevaba mi primo Josito, que eran tecnología punta en cuanto a cometología se refiere, y que presumía que estaba hecha por su padre.
- Vamos a ponerla a que haga piruetas. Verás que chulo.
Me entusiasmaba la idea de entrar en los planes de mi tío de ese modo. Quería experimentar nuevas sensaciones con mi cometa y eso me hacía sentir la niña más importante del Universo. Julia nos acompañaba con su funda azul, nueva. Yo la comparaba con la mía, que más que azul era gris de tierra sucia y me daba un poco de reparo no haberla metido en la lavadora aún. ¿Podrán lavarse las cometas?
- Son como Campanilla - me dijo Paolo - si las metes en agua se les va el polvo de las hadas y ya no vuelan.
Obviamente, ante esa lógica aplastante, huyeron de mi cabeza las ideas infaustas de mezclar la tela de mi preciada BERTITA-84 con detergente convencional.
Llegamos a la arena, sí era cierto que había Poniente pero apenas olas. Un día de esos tontos con los que algunas veces se levantan las ciudades de costa. Montamos la cometa, y Julia también la suya. Su cola roja relucía como si estuviera nueva, y no tenía los miles de agujeros que llevaba ya la mía, por donde se metía el aire y se escapaba convirtiéndola en un rabo de lagartija. Paolo me ayudó a poner otro punto para enganchar una cuerda nueva que era la que nos iba a ayudar a darle la dirección a la cometa. Lo miraba tan concentrado que se me pasó por la cabeza preguntarle que si había hecho eso en otras ocasiones, pero enseguida deseché la idea. ¡Preguntarle eso a él, que tenía una tabla con un gato pintado, una vela magnífica y enorme que nunca se le caía y había surcado los siete mares en busca del centro de la tierra de Julio Verne montado en un optimist tenía que saber seguro como montar una cometa! Vaya cosas que tenía.
Mi hermana no precisó de ayuda para que JULIA-84 levantara el vuelo, y lo hiciera tan alto como sus fuerzas le permitían. Era maravilloso. Ondeando a contracorriente, rizando su poderosa y brillante cola roja, contrastando el azul del cielo con su azul marino... impresionaba enseguida.
Luego, derivé la vista. Paolo sujetaba con fuerza los palos de mi cometa, que tantos mensajes había transportado y yo pensaba si es que estaba en mitad de una complicada operación cardíaca.
- ¿Es que se ha roto? - pregunté.
- Tiene un par de cortes en el palo más largo... ¿ves? pero no creo que le pase nada.
Asentí con la cabeza y en poco tiempo ya estaba BERTITA-84 sobrevolando la playa de Torrenueva. Con mucha destreza, cada uno nos hicimos con una de las cuerdas. Pero él se marchó pronto porque unos amigos le requirieron.
- Tienes una complicada misión, que sea la cometa más original de la playa... hazla girar.
Y como una noria, a base de tirones de las dos cuerdas, la antigua y la nueva, BERTITA-84 bailó al ritmo que yo le marqué. Hasta que, de repente, cayó al suelo en picado, herida, como cae un árbol talado.
- ¡Paolo! ¡Paolo! - le llamé.
- Bien, bien, buen vuelo - me contestó.
Es de esas veces que, cuando eres pequeño, entiendes que no te hacen caso porque están en otras cosas. Ni vuelo ni nada, mi cometa había hincado el pico hacía tiempo en la arena del fondo, que encima, era la que quemaba los pies. Julia se quedó mirando.
- ¡La has roto!
- ¡No, yo no, eso ha sido una gaviota asesina!
- Las gaviotas tienen cosas mejores que hacer que romperte la cometa...
El palo que tenía las dos fisuras, el grande, el que aguantaba el grueso de la tela, había cedido ante el envite del viento. ¿Y ahora qué?
Apesadumbrada, regresé a casa con Paolo, mi hermana, y lo que quedaba de la cometa. Mi padre, que solía tener soluciones para todo, volvió a casa aquella noche de la Farmacia con dos palos de madera.
- Son los que llevan dentro los zuecos que vendemos en la Farmacia para que no se deformen. Esta tarde una señora se ha llevado unos y le he preguntado si me daba los palos porque tenía una cometa que arreglar.
Con esparadrapo de tela y los palos de madera, sustituimos los rotos. Quedaba un poco cutre y Paolo puso en duda que aquello diera resultado. Como así fue. Nada más despegar, los palos de madera se marcharon al paraíso perdido de las gaviotas y la cometa volvió al suelo estrellándose en la arena.
La recogí con cuidado y al volver a casa manifesté que no quería saber más nada de operaciones de urgencia para cometas, que había salido mal y ya está y que seguramente la solución fuera guardarla en la funda gris y sucia para que cuando fuera una venerable abuelita con sus nietos pudiera enseñársela.
Aquella noche me quedé muy chafada. BERTITA-84 era algo más que una cometa para mí. Mis padres no salieron corriendo a comprarme una. Imagino que con buen criterio, pensaron que hay que aprender a tener y a perder. Julia vino hacia donde yo estaba y me dio su funda azul, brillante y reluciente.
- Yo sé que te hace mucha ilusión. Apenas voy a la playa a volarla. ¿Por qué no la levantas tú por mí?
A la mañana siguiente, apenas soplaba viento. El temporal había amainado y quedaba en el agua una pequeña señal en forma de espuma. El sol ya estaba llegando a lo más alto y yo, desde la arena me dedicaba a eclipsarlo con los colores verde y azul de JULIA-84.

miércoles, 23 de abril de 2014

BERTITA-84, Tercera parte

Poco a poco fuimos mejorando en el envío de notas al Niño Jesús, porque se ve que a las gaviotas los mensajes en papel perfumado de la papelería de la Plaza de las Palmeras, le traían el pico al pairo. El capó del coche de mi madre seguía amaneciendo con caca de pájaro y mi abuelo había optado por el recurrido método de la funda casera para Talbot a base se sábanas viejas. Mi abuela siempre decía que eran una familia con recursos porque habían sobrevivido a la guerra.
BERTITA-84 seguía siendo la reina del cielo torreño mientras hiciera viento. Cuando no soplaba mucho, todos los intentos de levantar el vuelo eran infructuosos. Mi tío Paolo, incluso, se había atrevido a decirme que cuando la calma chicha fuera nota predominante, mejor dejarla en casa (dicho con otras palabras porque yo a esa edad entendía pocas frases hechas). Esta afirmación desencadenó un mar de contradicciones en mí. ¿Es que no quería jugar más conmigo? ¿Estaba ya un poco harto de las misivas al Niño Jesús que nunca leería porque se quedaban en la parte de arriba de la cometa? ¿Querría irse con su barco o su tabla y su vela a recorrer el océano en busca de un tesoro enorme con el que regalarnos luego miles de Patapalo de limón? Muchas preguntas y pocas respuestas.
El caso es que un día de enorme vendaval, ya en la arena de la playa y enormemente excitados por la velocidad que podría coger la cometa, estábamos mi abuelo y yo disfrutando del viento de Levante que amenazaba con tornarse en Poniente cuando menos lo esperas. Ese día Paolo nos había dado esquinazo porque estaba entusiasmado con la idea de sacar su tabla y su vela y hacer piruetas. También me valía porque yo luego en el colegio fardaba de tío y de sus chulerías. Nadie tenía una familia como la mía. Eso seguro. Y son cosas que aún mantengo.
A mi abuelo le gustaba bañarse con bandera roja, pero cuando estábamos con él evitaba hacerlo para que no aprendiéramos cosas malas, porque él era nuestro ejemplo y ser ejemplo de unos niños es siempre un reto complicado. Aquel día había una bandera roja que casi nos cegaba. Olas y espuma. Le pedí permiso para volar a BERTITA-84.
- ¿Pero tú sabes sola?
- Claro que sí, abuelo, ya soy mayor, ¿no me ves que he crecido? Mi madre nos da mucha lechuga.
- De acuerdo, pero aquí a mi lado que yo te vea.
Obviamente, volar la cometa al lado del chambao era un riesgo porque en cualquier momento podía caer en picado con su gran potencia de vuelo de crucero y hacerle daño a alguien. Me fui a la parte de atrás desoyendo los consejos de mi abuelo que me miró de reojo y no debió enfadarse mucho porque el bigote seguía en su sitio. Tomé una decisión complicada. No le pondría la cola. El que analizaba las circunstancias que podrían llevarme a ponerla o no era Paolo, pero él estaría cogiendo olas "y un resfriado enorme", como diría mi abuela. Yo y mi autonomía infantil decidimos no ponerla. La cometa voló sin problemas, y ahí estaba yo tan feliz cuando, de repente, una ráfaga enorme de viento me arrancó la cuerda de las manos. Sin control ví como se dirigía a una muerte inevitable en el mar. Salí corriendo detrás de ella llamando a mi abuelo como una desesperada. Ágilmente, saltó de la silla, la persiguió como alma que lleva el diablo y como veía que iba a caer en picado en el agua, se lanzó de cabeza al mar. Yo miré la bandera, que seguía siendo roja, y a ese sombrero blanco temerario que avanzaba en busca de una cometa amarilla y negra que ya había tocado agua. Amenazaba con hundirse, pero se mantenía bien. Me coloqué en la orilla, quise lanzarme pero pensaba que sería contraproducente. El sombrero blanco no iba a poder cargar con la cometa de un lado y la niña cabezona a punto de ahogarse en el otro.
Sin demasiado esfuerzo, salió del agua. Llevaba la cometa en la mano y empezó a tirar de la cuerda para que la tuviéramos en poco tiempo, en las manos. Luego me dijo aquello de "te lo advertí, hace mucho viento..." y me ordenó que me sentara en el suelo para empezar a hacer de nuevo el lío con el que se recogen las cuerdas de las cometas.
No dije nada, porque sabia que había sido cosa mía y que mi abuelo se había jugado la vida por salvar a BERTITA-84. Hasta que él se dio cuenta. Los abuelos lo adivinan todo.
- ¿Por qué estás tan seria?
- Es que podrías haberte ahogado por salvar a mi cometa.
- Después de la lata que le hemos dado al Niño Jesús con tanta carta, ¿tú te crees que me iba a dejar en el agua?
Luego sonrió mirando al horizonte y supe que aquella había sido la excusa perfecta para darse un baño con bandera roja sin temor a que luego le regañaran. En algunas ocasiones, los abuelos no son tan distintos de los niños.

lunes, 21 de abril de 2014

BERTITA-84, Segunda parte

Las gaviotas, desafortunadamente, aún no saben leer. Aunque no es descartable que algún día aprendan, las que habitan en Torrenueva son más listas que los ratoncicos coloraos, como diría mi abuela Isabel, y si han averiguado que tras la estela del olor a pescado fresco hay una mamparra, cómo no iban a poder descifrar aquellos jeroglíficos escritos con letra de niña de colegio. A Paolo le pareció bastante bien que le escribiera a las gaviotas siempre defendiendo una buena causa, que era evitar las cacas en el capó del coche de mi madre, pero mi abuelo Guillermo apostó por mandarle mensajes al Niño Jesús.
- ¡No puede ser, abuelo! ¡Mi madre necesita urgentemente que las gaviotas reciban esta nota!
- Pues el Niño Jesús seguro que se la puede leer y además Él siempre es más poderoso que los pájaros. Además de que no se hagan caca en el coche de tu madre, las convencerá para que dejen tranquilo también mi Talbot.
Aquel argumento, de primeras, no me convenció demasiado, pero luego entendí que si a mi abuelo se le llevaba la contraria durante un rato largo, el bigote se le rizaba hacia arriba y podía enfadarse mucho. No creo que le afectara demasiado el tema de mis notas en papel de cuadros, pero sí había otras cosas que le enfurecían mucho, como que no ayudáramos a quitar la mesa o nos peleáramos con los primos por la propiedad de Berjupacu, la barca hinchable con la que esperábamos algún día, llegar hasta la isla de Crusoe.
El primer mensaje que llevamos hasta BERTITA-84 resultó ser un completo desastre. Paolo estaba convencido de que si colocábamos a modo de lazo la nota y dábamos algunos golpecitos secos, llegaría hasta donde estaba la tela que era la cumbre y el atril para que las gaviotas leyeran circunspectas el mensaje. No fue así. A mitad de camino, una ráfaga de aire que en Torrenueva de cuando en cuando corta como cuchillos, la arrancó de su trayecto y se la llevó volando.
- ¡Paolo, que se nos va la nota de las cacas!
- ¡Corre a por ella!
Realmente mi tío no esperaba que yo recuperara la nota, que ya iba casi cien metros más por delante mía, pero creo que le hacía gracia verme correr como una loca, con los brazos abiertos y gritándole al viento para que dejara de soplar ipso-facto (lo de ipso-facto no entendía lo que era, pero salía en algunos tebeos de Zipi y Zape y además a papá le encantaba utilizarlo cuando nos llamaba a filas).
Con los brazos colgando y cara de soldado fracasado regresaba a su lado. Y lejos de estar esperándome con tristeza y pesadumbre por la pérdida de mi tesoro, lo encontraba intentando hacer piruetas con BERTITA-84.
- ¡Mira cómo baja al suelo, y luego sube! ¿Quieres que te enseñe como hinca el pico?
Y yo me aterrorizaba porque la última vez que escuché aquello de'hincar el pico' fue a mi abuela explicándonos por qué había muerto el perro de los vecinos. Me sonaba tétrico y lúgubre y me traía a la cabeza la imagen del perro estúpido y pequeño que siempre nos ladraba al pasar por sus dominios o cerca de sus dueños.
Decidimos recoger a BERTITA-84 y esperar a mi abuelo sentados en el chambao que siempre limpiábamos previamente con el rastrillo. Cuando llegó, le conté el problema que habíamos tenido.
- Eso te pasa por no escribirle al Niño Jesús.
Sacó un bolígrafo de la bolsa que llevaba y me mandó a por un papel a uno de los bares que ya estaban abiertos en el Paseo Marítimo. Rápidamente cambiamos la nota y la colocó él. Subió rápidamente, como si tuviera alas, hasta colocarse justo al lado del cuerpo de mi cometa. Las gaviotas y el emisario Niño Jesús estarían sobre aviso. Nada de cacas en el capó del coche de mi madre.
Mandamos cientos de notas. Unas cuantas todos los días, lentamente le cogí el truco y ya le escribía a todo: a los mosquitos, a los pájaros, a las moscas... a la avispa que le había picado la tarde de antes a mi hermana Paloma... a todo bicho viviente y alado que pululara por el cielo torreño.

domingo, 20 de abril de 2014

BERTITA-84, Primera parte.

Mi tío Paolo, que para nosotras era lo más parecido a la felicidad que rondaba en nuestros días de verano, tomó entre sus manos un rotulador azul de los gordos y nos dijo mirándonos muy fijamente:
- Esto que tengo en las manos es un mágico, de modo que cuando le escriba el nombre a la cometa, ya nada podrá borrarlo.
- ¿Ni las tormentas?
- Ni las tormentas
- ¿Ni un rayo de los que lanza Zeus, ese señor que lee mi madre en los libros de griegos?
- Tampoco, además, creo yo que Zeus ya se ha cansado de lanzar rayos.
- ¿Y no se irá ni cuando se nos caiga al mar?
Aunque lo de agua era una incidencia que no habíamos contemplado, mirábamos con devoción nuestras nuevas cometas tiradas en el suelo de la casa de abajo. Él se agachó y les escribió el nombre en uno de los laterales. En mayúsculas: BERTITA-84, JULIA-84. La mía era de color amarillo y negro y la de ella verde y azul. Yo lo tomé como un tesoro que tenía entre mis manos, ya personalizada, por lo que era única en Torrenueva y nadie podría decir: "¡Yo tengo una como la tuya!". De forma rectangular, llevaba una cola muy larga de color rojo que se hinchaba con el viento.
- Es para estabilizar la cometa, que no se mueva mucho.
No le replicábamos nada a Paolo porque era mayor que nosotras y porque era el tío guay que se sentaba a compartir pipas peladas y nos llevaba a por helados al quiosco del tío Pascualo después de comer. Fuimos a pedirle que nos ayudara en los primeros vuelos. Aunque a mí no me gustaba nada dormir, creo que él aquello no lo comprendía del todo bien. Si nos veía aparecer la abuela por la puerta buscándolo nos recordaba que en aquella casa normalmente se dormía la siesta, pero estábamos dispuestos a esperarle aunque fuera sentadas en una silla en el jardín de la casa de abajo, comiéndonos las uñas o los palos flexibles que usábamos a modo de espadas simulando ser las espadas que blandían Dartacán y sus mosqueperros. Unos años más tarde, Chabela nos enseñó que había flores que se podían chupar por la parte de abajo y que desprendían un líquido transparente que estaba dulce, más que nada para dejar de roer palos y pasar a las flores, que es más hippie.
El primer día de vuelo, Julia prefirió dedicarse a otras cosas que para ella eran más provechosas, pero yo ansiaba ver volar a BERTITA-84 por el cielo de la playa torreña. Fui con Paolo y él me enseñó a levantarla desde la posición cero, tumbada en el suelo. Para esas cosas era bastante metódico. Luego, ya con la cometa arriba, me ayudaba a sujetarla. 
- Ten cuidado que no se vaya a soltar.
Y un día me propuso mandarle mensajes a las gaviotas. Os podréis imaginar mi cara de sorpresa. ¡Mensajes a las gaviotas! Las mismas que se hacían caca en el capó del coche de mamá cuando lo dejaba en la calle. ¿Y qué íbamos a ponerles? ¿Es que acaso saben leer? A Paolo debía hacerle mucha gracia aquello y se inventó que los papeles debían ir anudados a la cuerda y luego, con unos golpecitos rítmicos de la misma, irían subiendo. Emocionada, al día siguiente llevaba algunos mensajes para las gaviotas. Tenía la esperanza firme de que los leerían y encontraría una respuesta lejos del capó del coche de mi madre.