Sí. Yo soy de la generación de la goma Milán a dos duros de la papelería El Faro. A veces me daba el capricho y me lanzaba a por la Milán Nata, que venía con un plástico de color rosa y que al olerla me recordaba a los pasteles de mi abuela. Soy de las que hemos crecido sin un ordenador ni una tableta a color y mucho menos un teléfono móvil. Mi padre tenía un MSX que conectábamos a un casete para que buscara Arix, el juego del gusano interminable. Mi madre nos tenía un horario definido para ver la tele. A mí me encantaba Ulises XXXI, y tenía su beneplácito para verla después de comer los días que tocaba. También disfrutaba con Ruy, el pequeño Cid y las desgracias de Candy Candy. Pero como había que escoger siempre nos quedábamos con las dos primeras. También me gustaba mucho leer. Cuando cumplí once años mi madre me regaló 'Ivanhoe' de Walter Scott, al que siguieron 'Los tres mosqueteros' o 'Viaje al centro de la tierra'. Disfrutábamos en la arena de la playa, o jugando al fútbol con los niños (o contra ellos) en el patio del colegio de las monjas que veían cómo de repente, las niñas hacían su equipo y participaban en los campeonatos con el uniforme y las combinaciones al aire. Creo que nunca lo llevaron del todo bien, pero 'Oliver y Benji' estaban en todo su esplendor y tanto nosotras como ellas soñábamos con marcar un gol de 'catapulta infernal'.
Cuando viajábamos a Madrid me olvidaba de Ulises, Telémaco y la pobre Thais, para centrarme con mi abuela en la elaboración de engrudo. La capital era, para mí, un punto de encuentro con la felicidad. La casa de los abuelos era enorme. Pero lo que más nos gustaba era un cuartito que tenía una mesa enorme y estaba al lado de la cocina. Una vez allí, mi abuela venía con un papel enorme en el que había dibujado un paisaje y en otro distinto algunas figuras para que las recortásemos. Luego, había que pegarlas en el entorno. Y, cómo no, con engrudo. Esa mezcla misteriosa y mágica de la que sólo sabían la receta Chabela y la abuela. Podíamos pasar las horas muertas pegando muñequitos. Y pienso que ellas habían estado semanas preparándolos para cuando llegáramos.
Había también una caja con discos de vinilo muy pequeños con cuentos grabados. Mi favorito era el de Isolina, una niña muy llorona a la que su madre le quitó la manía de tanto llanto a base de enseñarle en un espejo lo fea que se ponía.
Al final de la calle Guzmán el Bueno de Madrid había un quiosco azul que tenía de todo. Mis abuelos no querían consentirnos, ni mucho menos. Nosotros lo sabíamos y jamás le pedíamos nada. Pero ellos conocían nuestra debilidad por el quiosco azul y compraban allí algunos caramelos de violeta antes de salir de paseo.
Los tiempos han cambiado y probablemente ahora resulte complicado entretener a un niño pegando figuritas con engrudo o embelesarlo sólo por ver en la distancia la silueta del quiosco azul.
El colegio era un paraíso que abría de par las puertas y mis padres los guerreros que defendían el castillo. Mis hermanos los mejores juguetes del mundo y la cama esa entrada mágica a los sueños. Los Reyes Magos estaban viéndonos desde lo alto, anotándolo todo en una libreta roja, Papá Noel daba vacaciones a los renos en verano y yo cerraba los ojos y respiraba. La vida, esa maravillosa esencia, esa tremenda certeza.
Es curioso cuando he leído el titulo de este post, me ha venido imagen de niño de los quiosco azules que había en la playa y pensaba que ibas a hablar de ello, por los libros que decias a principio, pero no. De todas las formas me ha gustado mucho el post.
ResponderEliminar.....no me acordaba del cuartito al lado de la cocina!!....y es verdad k tenia una mesa muy grande.....jajaja....k gracia...se me había borrado x completo!!
ResponderEliminar