No me cansaré de repetir que buena parte de la culpa de que en estos momentos esté escribiendo mi blog la tiene mi madre. Ella no deja de animarme para que no abandone las letras. Lo hace ahora y lo hacía cuando era una niña que estaba aprendiendo las lecciones en el colegio. Siempre me animaba a sacar un rato para sentarme y escribir. Incluso había veces que se ponía a mi lado, con las agujas de punto o el Telva y me daba un folio en blanco. "Ahora tienes que hacer una redacción sobre lo que más te gusta de Motril" o "Escríbele una carta a los abuelos y mañana la mandamos por correo a Madrid". Quizá eso fuera lo que más me gustaba. Íbamos por la tarde a la papelería Mavi, que estaba en medio de la calle Sáez, a comprar bolígrafos con tinta perfumada, que estaban de moda. Mi madre me regaló dos, uno azul verdoso y otro rosa y un paquete de folios reciclados de colores. Conforme se me iban gastando, ella los reponía. Me sentaba en el escritorio que había en mi cuarto y que compartía con mi hermana, y pensábamos qué íbamos a escribir. Ella una parte y yo la otra.
Creo que a mis abuelos les conté muchas veces las cosas intrascendentes que pasaban en mi vida pero que para mí eran un mundo. Les animé a que olieran el folio confiando en que aún mantenía el olor a tinta y les preguntaba muchas veces por la salud de una jirafa que un día conocimos en el Zoo de Madrid. Ellos siempre contestaban y a la jirafa nunca le pasaba nada interesante. Decían que la visitaban todos los días y le contaban que yo preguntaba por ella. Imagino que asentiría con sus enormes ojos de jirafa.
Las redacciones, en cambio, eran para mí un paraíso abierto. Mi madre me hacía esforzarme para que mi caligrafía mejorara. "Como no pongas más cuidado, vas a terminar escribiendo como los médicos que mandan las recetas a la Farmacia". Yo me quedada parada ante el folio y empezaba a crear. Primero me dio por contar historias de Vírgenes que se aparecían a gente que estaba en el autobús o comprando el periódico en el quiosco de la esquina. Luego, mi madre me dijo: "Hay más cosas que escribir que no historias de Vírgenes, que está muy bien, pero vamos a ver si intentas con otro tema". Pensé en mi jirafa preferida, la madrileña, la que comía hojas con sacudidas de cabeza que nos daba mucha risa. ¡Qué mejor protagonista para mi redacción de tema libre! De repente no era jirafa, sino jirafo, el papá de una familia numerosa del África meridional. Allí tenía sus pequeños jirafitos a los que les enseñaba a estirar el cuello muy alto, tan alto como para llegar a las frutas más elevadas que le quitaban a los señores elefantes, que estaban muy gordos y tenían que pensar en hacer más deporte. A mi madre le fascinó la historia de la jirafa madrileña y se la mandó a mis abuelos, pero antes me hizo copiarla para tenerla de recuerdo.
- Ahora puedes ir escribiendo capítulos, uno por día, con las aventuras que le vayan pasando.
-¿Y qué es lo que le pasa normalmente a una jirafa que vive en el Zoo?
- Pues no sé, eso ya es cosa tuya. Pero imagínate que llega un niño y le tira un cacahuete, que no le gusta porque cae al suelo y tu señor jirafo ya está acostumbrado a llegar a lo más alto de los árboles.
- ¿Y si se enamora de una leona?
Mi madre se encogía de hombros y me dejaba crear libremente, dar rienda suelta a mi imaginación. Yo siempre quise dedicarme al lenguaje, a lo mismo que ella, que me explicaba las raíces de las palabras latinas, pero al final mi padre me convenció para que intentara terminar la carrera de Farmacia, algo que deseché de inmediato, en cuanto empecé a sacar ceros con algo en los exámenes de Química en el instituto.
Eso soy yo, un compendio de letras y el recuerdo abstracto de una felicidad tan grande como el cuello de la jirafa del Zoo de Madrid.

....k foto más bonita y k historia mas tierna...me encanta!!
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