lunes, 19 de mayo de 2014

La ciudad de Al Idrisi

Llegar no fue complicado. Embarcamos en Algeciras, al final decidimos que el Skoda nos acompañaría. Su primer viaje transoceánico. Mi madre se levantó nada más sentarnos en el barco. Quería ir al baño o a por un café. No recuerdo bien. Por unos momentos quise que alguien llamara al móvil y me dijera que no, que ya habían encontrado a otra persona que había dicho que sí, que se quedaba con el puesto, y que sonaba el teléfono y me pedían que no fuera. Yo volvía a la piscina y a mis niños, y Ceuta se quedaba a lo lejos, como esa gran desconocida.
Pienso que era miedo al cambio, a perder aquellos momentos constantes en casa que tanta falta me hacían. Habíamos intentando encontrar un piso para quedarme, o una residencia. Pero ni lo uno, ni lo otro. Cuando la hélice comenzaba a romper el agua, y el hidropedal comenzó a moverse, supe que no había marcha atrás. Que era una decisión que había tomado yo, y como tal ahora tocaba asumir las consecuencias.
Mi madre estaba tremendamente ilusionada. Lo exteriorizaba mucho. Hacía aspavientos en la ventana, señalando el mar que parecía revuelto por algunas zonas, las gaviotas que iban ganando peso conforme la costa estaba más cerca. El viaje no se me hizo largo, tal vez un poco más la espera para desembarcar. Nos metimos en el Skoda mientras el barco atracaba en el Puerto de Ceuta. Ya estaba todo hecho. Tardamos en abandonar la cubierta. Se formaba unas colas muy grandes. El Puerto no me llamó la atención especialmente. Comenzamos a andar por la carretera. No sabíamos bien hacia dónde. Algo habría al final del camino. Lo primero, muchas culturas entremezcladas. Musulmanes, judíos, hindúes y cristianos en perfecta armonía, remarcando a su manera que es posible un mundo en el que todos seamos iguales, y la convivencia posible. Vimos túnicas de hombre, de mujer, hiyab de colores brillantes... un abanico de colores.
Habíamos reservado antes de salir por Internet una habitación doble en el Hostal del Teniente Ruiz. ¿Dónde estaba? Ni idea. Era lo primero a encontrar. Para ello, decidimos que ya estaba bien de dar vueltas sin saber hacia dónde y nos paramos al lado de una acera. Bendijo ojo. Era un cuartel. El de Transmisiones. Por encima de nuestras cabezas, dos garitas que flotaban con dos soldados que miraban a lontananza. Uniformes que salían y entraban con una prisa metódica. "¿Le preguntamos a uno?", le dije a mi madre. Pues es lo que había que hacer. Uno de ellos nos indicó amablemente el camino a seguir, pero como son muy de estar juntos, pues se acercaron un par más y se colocaron en las ventanillas del coche a cotillear quiénes eran esas dos mujeres que habían decidido estacionar momentáneamente su coche en la puerta de entrada de su edificio. Cuando creíamos que todo estaba listo, arrancamos para irnos, y en ese momento, la calle era una serpiente de uniformes. ¡Qué curioso!
"Ceuta siempre ha sido un sitio donde hay mucha tradición militar", me dijo mi madre. "El abuelo estuvo en Tetuán, que no es Ceuta, pero queda cerca".
Una vez localizado el Hostal y aparcado el coche en una zona cercana "anota lo que veas más potable que no lo perdamos mañana", me dijo mi madre. Y no sólo no lo perdimos, sino que encontramos nuestro edificio a la primera. Dejamos las bolsas y decidimos darnos una ducha antes de salir a merendar. "Sois de fuera?", nos preguntó amable el recepcionista. "De Granada", contesté yo henchida de orgullo nazarí. "Bienvenidas a la ciudad de Al Idrisi". Y nos estrechó la mano.

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