lunes, 24 de noviembre de 2014

Carmen y Marta

La llegada del verano era para nosotros un auténtico acontecimiento. No manejábamos calendarios, por lo que no podíamos retintar con Carioca rojo el día en que nos daban las vacaciones y comenzábamos con las maletas. Y es que nos marchábamos a Torrenueva, un pequeño pueblo cercano a Motril pero con toda la magia del mundo para nuestros infantiles ojos. Allí estaba la playa, la abuela, la arena, poder esperar a que papá regresara de la Farmacia sentados en la orilla. La plazoleta, La Fuentecilla, el Maraute, las bicicletas y las escapadas al monte con el abuelo para ver desde lo más alto lo pequeñito que era Motril.

Pero también era el momento de volver a verlas a ellas. Carmen y Marta son dos hermanas cordobesas. Muy rubia una, muy morena la otra, de nuestra edad. Ellas vivían en el tercero con sus hermanos, sus padres y una perrita minúscula llamada Tara a la que, valga la redundancia, le hacíamos auténticas perrerías y que estábamos convencidas que duraría eternamente. Tara, la perra inmortal. No sabíamos casi nada de ellas (tal vez una tarjeta por Navidad, repleta de Santa Claus y copitos de nieve) hasta que el mes de julio asomaba. Puede que en Semana Santa se escaparan a su apartamento, pero era complicado. Córdoba y Torrenueva estaban bastante alejados.

Empezamos nuestra relación de manera casual. Tan casual que no recuerdo cómo, pero poco a poco se convirtieron en parte indispensable de nuestras vidas. Empezamos a echarlas en falta a cada momento, y a las horas más intempestivas subíamos a recogerlas al tercero. No nos importaba para nada que hubiera gente que hiciera la siesta. Nosotras no, y eso era suficiente. Normalmente íbamos a mi casa. Mi padre era la persona con el sueño más profundo que jamás hubiera conocido. Ya podían venir a buscarle los siete jinetes del Apocalipsis que permanecía impasible, ronquido a ronquido, sin inmutarse. Por eso decidimos que los encuentros a la hora de la siesta (porque sólo nos separábamos de ella lo necesario para comer o ducharnos) serían en mi casa. Cuando mi padre despertaba siempre nos decía: "Bienvenidos a la casa de la Misericordia". Nuestro techo estaba siempre dispuesto a albergar a cuantos más niños, mejor.

Con ellas experimentamos en la cocina nuestras primeras galletas, con resultado de bronca por parte de una madre que no entendía qué podía haber fallado si seguíamos las recetas del libro de los Jóvenes Castores. Mi imaginación, que jamás ha conocido límites, ideó un método de quedada. No teníamos móviles, ni falta que nos hacía, y el teléfono fijo de la casa era para uso exclusivo de los mayores. Era mucho más divertido escribir notas en un folio, quemarle los bordes con el mechero de papá (siempre a escondidas aunque luego el olor nos delataba) y meterla en una botella de agua mineral para dejarla posteriormente en la puerta de su casa y llamar al timbre.

Una vez nos enfadamos. Mucho. No recuerdo bien el motivo, pero sí que fueron unos amargos dos días de verano. Decidimos dejar los mensajitos en la botella como muestra de lo indignadas que estábamos. Carmen y Marta llegaron a casa con un libro de Vacaciones Santillana bajo el brazo. A nosotras siempre nos ponía mi madre los deberes, más que nada porque mi hermana era rápida como el rayo y los libros que vendían para el verano se los pulía ella en menos de una semana. Abrieron el libro con una solemnidad inusitada y dijeron:
- Estamos tan enfadadas que hemos borrado vuestros nombres de la línea en la que ponía que escribiéramos el nombre de nuestras mejores amigas.
Sin duda la situación era grave. Cuarenta y ocho horas más tarde ya estábamos lanzando pinzas paracaidistas desde la terraza.

No sé si recordáis los aviones de Nivea que pasaban por la playa lanzando pelotas. Pues había otros que tiraban muñecos en paracaídas. Mi madre nos decía que era peligroso ir nadando hasta tan lejos a por ellos. Y reunidas en cónclave, pensamos que sería igual lanzar una pinza atada con hilo de coser a una bolsa de plástico. Fabricamos paracaidistas y los lanzamos hasta el infinito y más allá.
Hasta que nos pillaron.

Podría estar contando historias de nuestra amistad durante horas, pero creo que este es un buen avance. Unos veinte años más tarde volví a reencontrarme con Carmen en Las Tendillas de Córdoba. Y parecía que habíamos quedado, como siempre, dejándonos una hoja de papel quemado dentro de una botella de agua mineral.

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