Nunca jamás llevé caramelos al colegio con motivo de mi cumpleaños. Puede ser catalogado este hecho entre aquellos traumas infantiles superficiales a los que posteriormente intentas encontrarle una solución. Cumplir años en el mes de agosto era formidable porque en la plazoleta de El Maraute, donde pasábamos las vacaciones (las mejores de mi vida, sin lugar a dudas) nos juntábamos con los primos y los amigos a comer caramelos y bocadillos de atún que nos preparaba mi madre.
Pero, por otro lado, la cara de pena que se me quedaba cada vez que el coro infantil de la clase cantaba aquello de 'Cumpleaños feliz' a alguien que acudía presto con una bolsa enorme de caramelos y luego los repartía haciendo las delicias de sus compañeros así como dudosos nuevos amigos que luego se marchaban cuando se agotaba el dulce, esa cara me acompañó durante todo el periodo escolar.
Me imagino que ya os habréis hecho una idea de la originalidad que ha perlado mi infancia, propiciada entre otras cosas por unos progenitores que fueron (y son) bastante ocurrentes.
Un año en que los piojos habían hecho estragos en las aulas (afortunadamente nunca tuvimos ni mis hermanos ni yo) mi padre tuvo que hacer un pedido extraordinario de lociones, champús y unos peines que eran rarísimos y que se llevaban a los bichos estos arrastrados como si fuera una retroexcavadora de las de las obras en los descampados. Siempre me llamó la atención el funcionamiento de esa cosa que retiraba los cadáveres de los piojos con solemnidad y ante la inmensa alegría de la madre desesperada del anuncio, que acto seguido y desafiando a las leyes de la coherencia, daba un beso en la rubia cabellera del protagonista.
Resulta que en esa ocasión, el representante le prometió una serie de juegos de mesa, llamados Pioca, que eran igual que el de de la oca, pero en vez de aves saltabas casillas de piojo en piojo. Todo muy agradable. "De Pioca a Pioca y tiro porque me toca". Nos llevó uno a casa, y sinceramente, no sé si era por la novedad pero pasamos varias tardes jugando como locas con las fichas de parchís y la Pioca, nos retábamos a ver quién ganaba y el que perdía tenía que pasar pruebas complejas y temerarias.
Una tarde, llegó mi padre a casa con tres bolsas serigrafiadas de la Farmacia, con ese olor a plástico y ese dibujo en azul marino que aún consigo ver en el recuerdo. Estaban llenas de juegos de la Pioca doblados (fuera llovía insistentemente). Todos los juegos iban con su plastiquillo correspondiente, bien sellados, tal y como nos llegó a nosotros el nuestro. Mi padre me dijo que como se acercaban las vacaciones y de nuevo iba a revivir el tema del cumpleaños fuera de clase, sería una buena idea que este año antes de que llegara el día repartiera Piocas entre mis amiguitos. Me hizo mucha ilusión porque estábamos fascinadas en casa con el juego de los piojos y preparé en una de las bolsas 30, mis compañeros y Marilú la profesora a la que seguro que le encantaba la idea de poder jugar en casa también.
Le expliqué mis intenciones después del Padrenuestro mañanero y a ella le sorprendió pero como estaba acostumbrada ya a los temas que rodean a mi familia, me dijo inmediatamente que vale.
Entonces yo empecé, a última hora, con mis gafitas y mi pinta de bolita de chupa chups empollona, a explicarle a mis compañeros que debido a que la fecha de mi cumpleaños caía en agosto (que no era nada extraordinario, sino que pasaba todos los años) en esta ocasión había preparado una sorpresa. En vez de caramelos... ¡un fascinante juego de la Pioca!
Sinceramente, estaban tan excitada que los repartí todos entre mis compañeros, que lo miraron primero extrañados y luego con la certeza de que pasarían un buen rato. O eso me pareció a mí.
Orgullosa, salí del colegio a mediodía, para contar a mis padres que había repartido los juegos y que la gente se los había llevado con mucho gusto a sus casas.
Pero nada más lejos de la realidad. Al salir por la puerta principal, tras el último sonido del timbre de clase, cuando comenzaba la estampida humana, me encontré una sorpresa que me dejó helada. En el suelo estaban las Piocas, pisadas, abiertas, sin el plástico. Pensé que igual habían sido unos cuantos, los 'niños rebeldes' que se sentaban en los últimos bancos de clase, que las lanzaron al suelo. Pero comenzamos a seguir el reguero que llevaba por el camino contiguo del centro. Se ve que el regalo no había hecho mucha gracia a mis compañeros. O eso o que no les cabía en las mochilas, que era otra opción. El caso es que fue una de mis mayores decepciones a nivel escolar. Mi gozo en un pozo, en las miles de Piocas por el suelo. Aunque de primeras fue una decepción enorme, luego aquello me hizo valorar aún más el sentido de la amistad. Estaba claro que no todos los receptores de Piocas habían tirado el tablero al suelo, porque sin duda parecían muchas menos de las que llevaba en la bolsa. De ahí varias cosas claras: los amigos son los que se mantienen en el espacio y en el tiempo... y nunca más se me ocurrió maldecir el calendario porque mi cumpleaños cayera en los meses de verano...
Ay, Berta... Yo recuerdo esa Pioca, claro que sí... y los buenos ratos jugando con mis hermanos (en mi casa, como veo que en la tuya, teníamos una enorme afición por los juegos de mesa, y por compartir cualquier novedad que apareciese). Viéndolo con perspectiva, quizá aquellos niños de la clase desagradecidos no tenían la misma suerte...
ResponderEliminarEn cualquier caso, por lo que otros muchos nos divertimos, fue una buena idea. Y así todos queríamos tener una farmacia. Gracias!
...sin embargo a mi me encantaba cumplir años en agosto!! jajaja....siempre pensé k era una suerte x las fiestas tan grandes k hacía....xk era verano y tenía a todos mis primos y mis amigos conmigo......y es k para mí....mis verdaderos amigos eran los del verano....ya ves ....hay gustos y colores!!! jajaja
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