jueves, 22 de mayo de 2014

Subiendo por la Calle Real

No sé si conocéis a Manuel Cuesta. Es un cantautor sevillano que compone con el corazón y el alma en cada una de las cuerdas. Cuando le descubrí, demasiado tarde, lo confieso (aunque ahora ando recuperando el tiempo perdido), me encontré a eso de la medianoche nada más salir de trabajar, cuando era periodista, feliz laboralmente y esas cosas, una canción llamada 1985. Forma parte del disco 'La vida secreta de Peter Parker'. Me llamó la atención porque enseguida comenzaron a sonarme los nombres de las calles. Está dedicada a Ceuta. Conseguí ponerme en contacto con él, y me explicó que conocía perfectamente la Ciudad Autónoma porque había vivido allí un tiempo. De inmediato, en los quince minutos que cubrían el trayecto entre el periódico y mi casa, hice un viaje al pasado.
Cuando llegamos a mi nuevo destino periodístico, el primero de lo que se convirtió en mi vocación ahora rota por la crisis, localizamos sin problema el Hostal. Estaba semiescondido en una de las plazas principales, recuerdo, una calle empinada. Pasamos con el coche por un café llamado Alhambra, que con el paso de los meses se convirtió en uno de mis enclaves preferidos porque servían, junto al té, los 'cuernos de gacela' mi dulce árabe preferido. Siempre había movimiento. Al lado, 'los tres caballos', una marroquinería excelente donde olía a cuero desde el primer momento que pisabas la entrada.
Nos instalamos en el Hostal del Teniente Ruiz y tras darnos una ducha y comprobar que habíamos reservado una habitación sin apenas ventanas "¿Qué más te da, si es sólo para dormir?", me dijo mi madre, salimos a merendar antes de entrar en el periódico. Yo estaba nerviosa. Ella me revisó hasta el último pelo. "Tienes que tener volumen, nunca te peinas con volumen y te queda mucho mejor". Fue lo último que oí antes de contemplar en el espejo a alguien que tenía mi misma cara y unos pelos recolocados que subían hasta el infinito. "Mamá, parezco una abuela". "No digas tonterías". Sin que se diera cuenta intenté poner algo de orden y me maquillé ligeramente. Mis hermanas llevaban un tiempo adiestrándome en el noble arte de la máscara de pestañas y el colorete bien dado "nada de colores de Heidi con su abuelito en la montaña", me decían. Era lo que peor llevaba.
Abandonamos el Hostal. "No podemos perdernos", aseguró mi madre seriamente. En ese momento supe que de alguna manera u otra terminaríamos sin saber hacia dónde ir en medio de la calle. Es ley de vida. Al bajar la calle encontramos una cafetería que estaba decorada con estatuas gigantes de Venus saliendo de sus conchas y algún que otro dios griego que las contemplaba con los ojos libidinosos de piedra tallada. Me pedí un batido de chocolate. Ella un café. Y nos partimos media tostada de mantequilla y mermelada. Habíamos comido muy temprano. "¿Sabes que ahora no sabría llegar al Hostal?", me comentó mientras terminábamos el último bocado. Lo suponía. Yo hacía tiempo que había estado dejándome llevar, siguiendo el paso de mis zapatos, como en aquel capítulo de Espinete. Mira al suelo, detrás de las zapatillas, que ellas te marcarán el rumbo... cantaba el siempre sonriente Don Pimpón cuando se perdió por el bosque, poco antes de que Caponata y sus secuaces le rescataran. Éramos como dos Pimpones abandonadas en medio de un sitio al que yo trataba de encontrar el encanto. Me parecía imposible que fuera a dominar casi a la perfección las calles, las direcciones, y sobre todo, no quedarme estancada en medio de tanto uniforme militar que paseaba delante de mis narices. "A tu abuela le encantaría venir a Ceuta a verte", mi madre estaba terminando de pagar. Nos levantamos y comenzaba la ardua tarea de encontrar el periódico. Sólo sabíamos que se llamaba 'El Faro de Ceuta' y que me habían llamado para ocuparme de la sección de sindicatos y de Patrimonio.
La calle Sargento Mena número 8 en la que se ubicaba la redacción no estaba demasiado lejos, según nos indicó el amable camarero. Teníamos que subir la calle Real entera y luego girar. No complicado. Nos levantamos, miré el móvil. Nadie me había llamado para decirme que no hacía falta que regresara. Una llamada perdida, eso sí, de mis hermanos. Seguramente querían saber cómo habíamos llegado. "Luego les llamamos", me dijo ella. Y suspiré. Ceuta era mi casa. Una casa enorme, llena de ventanas y posibilidades. Y, lo más importante, con olor a mar.

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