- Esto que tengo en las manos es un mágico, de modo que cuando le escriba el nombre a la cometa, ya nada podrá borrarlo.
- ¿Ni las tormentas?
- Ni las tormentas
- ¿Ni un rayo de los que lanza Zeus, ese señor que lee mi madre en los libros de griegos?
- Tampoco, además, creo yo que Zeus ya se ha cansado de lanzar rayos.
- ¿Y no se irá ni cuando se nos caiga al mar?
Aunque lo de agua era una incidencia que no habíamos contemplado, mirábamos con devoción nuestras nuevas cometas tiradas en el suelo de la casa de abajo. Él se agachó y les escribió el nombre en uno de los laterales. En mayúsculas: BERTITA-84, JULIA-84. La mía era de color amarillo y negro y la de ella verde y azul. Yo lo tomé como un tesoro que tenía entre mis manos, ya personalizada, por lo que era única en Torrenueva y nadie podría decir: "¡Yo tengo una como la tuya!". De forma rectangular, llevaba una cola muy larga de color rojo que se hinchaba con el viento.
- Es para estabilizar la cometa, que no se mueva mucho.
No le replicábamos nada a Paolo porque era mayor que nosotras y porque era el tío guay que se sentaba a compartir pipas peladas y nos llevaba a por helados al quiosco del tío Pascualo después de comer. Fuimos a pedirle que nos ayudara en los primeros vuelos. Aunque a mí no me gustaba nada dormir, creo que él aquello no lo comprendía del todo bien. Si nos veía aparecer la abuela por la puerta buscándolo nos recordaba que en aquella casa normalmente se dormía la siesta, pero estábamos dispuestos a esperarle aunque fuera sentadas en una silla en el jardín de la casa de abajo, comiéndonos las uñas o los palos flexibles que usábamos a modo de espadas simulando ser las espadas que blandían Dartacán y sus mosqueperros. Unos años más tarde, Chabela nos enseñó que había flores que se podían chupar por la parte de abajo y que desprendían un líquido transparente que estaba dulce, más que nada para dejar de roer palos y pasar a las flores, que es más hippie.
El primer día de vuelo, Julia prefirió dedicarse a otras cosas que para ella eran más provechosas, pero yo ansiaba ver volar a BERTITA-84 por el cielo de la playa torreña. Fui con Paolo y él me enseñó a levantarla desde la posición cero, tumbada en el suelo. Para esas cosas era bastante metódico. Luego, ya con la cometa arriba, me ayudaba a sujetarla.
- Ten cuidado que no se vaya a soltar.
Y un día me propuso mandarle mensajes a las gaviotas. Os podréis imaginar mi cara de sorpresa. ¡Mensajes a las gaviotas! Las mismas que se hacían caca en el capó del coche de mamá cuando lo dejaba en la calle. ¿Y qué íbamos a ponerles? ¿Es que acaso saben leer? A Paolo debía hacerle mucha gracia aquello y se inventó que los papeles debían ir anudados a la cuerda y luego, con unos golpecitos rítmicos de la misma, irían subiendo. Emocionada, al día siguiente llevaba algunos mensajes para las gaviotas. Tenía la esperanza firme de que los leerían y encontraría una respuesta lejos del capó del coche de mi madre.
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