Regresando a mi primer trabajo de periodista, en Ceuta (me ha entrado la nostalgia tras releer en Facebook los post que me publicaron mis amigos cuando fui despedida de Diario de Almería junto a varios compañeros) tengo que decir que los primeros días fueron excepcionales y emocionantes.
No sólo ya por el crisol de culturas y el abanico de colores que encontraba en la calle, sino por el misterio del alojamiento. Mi madre y yo habíamos llegado a Ceuta sin más casa que la habitación del Teniente Ruiz y con el Skoda como vehículo que nos llevaba a todos lados. Aunque nuestra idea era no buscar un apartamento individual demasiado lejos del centro. Comenzamos a patearnos las calles, con la reunión ya fechada con el redactor jefe del periódico (un misterioso chico con acento del norte que nos había atendido por teléfono) y empezamos a anotar los escasos números de teléfonos de viviendas en alquiler. Una de las señoras a las que llamamos, después de pedirnos en torno a quinientos euros por un piso pequeñísimo, nos explicó que a esas alturas del año era complicado encontrar nada libre, porque era mucha la demanda por parte de los militares.
Llamamos a un tipo que nos comentó que disponía de un buen espacio con jardín en la casa donde él vivía, totalmente aislado (vamos, que no iba a molestarnos). Cuando nos dirigíamos hacia allá, una carretera larga y desangelada, llegamos al supuesto edificio. Esto era una casa con pinta de tener ya varios años en medio de un jardín en el que también hacía tiempo que no había entrado jardinero alguno. Nos abrió la puerta un chico que nos dijo que él vivía en la casa principal, pero que disponía de una zona en la que colocar una cama e incluso que tenía cocina en la parte de abajo. Aquello era indescriptible. El tipo pedía cuatrocientos euros por una habitación en la que más que cama había un jergón sobre un gastado somier, con unas baldas de escayola para colocar las mantas y una cocina con el conocido camping-gas en medio de un desorden caótico. Y, por si fuera poco, un par de cucarachas campando a sus anchas.
- ¿Ellas pagan también el alquiler? - le pregunté.
- No, van incluidas en el precio.
Imagino que se daría cuenta de inmediato, por la cara que pusimos, que jamás pondría un pie en aquella especie de jaula desarbolada en medio del jardín encantado de la Cenicienta. Mi madre, que es más de dejar las cosas educadamente "porque hay que tener amigos siempre en todos lados y quedar como lo que somos, dos señoras" le dijo que ya la llamaríamos.
Obviamente, rompí en cachitos el papel en el que estaba anotado su teléfono.
La verdad es que el tema de la estancia empezaba a ser desesperante. Al día siguiente por la mañana era el momento en el que debería verme con mis nuevos jefes que, eso sí, me llamaron esa misma tarde para preguntar por la búsqueda de piso. Lo hizo una chica que se llamaba Paloma, que estaba en esos momentos en la recepción.
- Pues mal. Ahí vamos buscando - le contesté - pero muchas gracias.
Se ofreció a preguntarle a un par de amigas que seguramente conocieran a alguien que alquilara algo.
Mi madre decidió que era el momento de despejarnos un poco y aparcamos al lado del Paseo Marítimo. Nos sorprendió la mojama al aire, los pescadores que iban y venían en un trajín incesante y un sonido de tambores. Era el día de la Virgen del Carmen.
- ¿Nos quedamos a la Misa?
- Vale.
Al mismo tiempo en que bañaban la imagen en el mar, al otro lado, un grupo de hindúes celebraban una festividad especial. Llamaba la atención cómo iban vestidos, llevaban en una barca un pequeño dios de dolor dorado que arrojaron a las profundidades. Nos quedamos impactadas, era buena muestra de la variedad cultural que se respira en Ceuta. Es increíble para quien no lo conoce y apasionante para los que la visitan por primera vez.
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