La proximidad de la Semana Santa trae a mi memoria de forma inevitable aquellos días en Motril, en los que para mí lo más importante era hacerme de un cuadernillo con horarios, itinerarios y salidas de las imágenes de sus iglesias para no perderme ni una. Era mantener despierto a mi padre hasta las dos de la mañana para disfrutar con la complicada salida del Gran Poder o intentar que guardara silencio saludando a todos sus conocidos mientras los fieles rezaban el Padrenuestro al paso de la Buena Muerte. Pero también es pensar en los días previos a nuestra primera salida como penitente.
Cuando te enteras de que perteneces a una Hermandad y que serás alguien destacado en la salida procesional, crees que la misma jamás podría desarrollarse sin tí. No sé bien por qué, pero al nacer nos hicieron hermanos de la Virgen de la Esperanza, pero no fue hasta bastante más adelante cuando mi madre consintió en que saliéramos, diciendo que éramos pequeñas y que para ser consciente de la importancia de salir en procesión había que ser más grande. Nosotras contraatacábamos explicando que en todas las procesiones había penitentes de apenas medio metro que caminaban desorientados, buscando como locos a alguien conocido entre la gente. Pero nada.
El año que conseguimos ser lo suficientemente adultas a sus ojos para que nos dejaran salir (mi primo Carletes nos echó una mano, porque él iba con el Cristo y aseguraba que nos cuidaría aunque nos separaran más de mil nazarenos) todo eran nervios. En primer lugar, convenimos que no alquilaríamos los trajes. Queríamos unos propios, con la majestuosa capa que les caracterizaba. El primer año que salimos, la Cofradía del Jueves Santo era la única en la que los penitentes llevaban capa, y de este modo, fuimos a ver a la modista que nos tenía ya las medidas tomadas y nos hizo unos trajes de penitente preciosos. El capirote lo teníamos preparado meses antes, mi tía Chabela nos echó una mano para elaborarlo, convenciéndonos de lo importante que era que llevara agujeritos, por mucho que Julia le dijera que eso era para las cajas con gusanos de seda y que ella nunca había visto a un penitente como el cono como un queso de gruyère.
Con nuestros atuendos nos marchamos a casa cuando quedaban más de dos meses para la llegada de la Semana Santa y mi madre los colgó, tapados por un plástico transparente, en el armario de casa. De cuando en cuando nos asomábamos, incrédulas, porque aquel iba a ser nuestro año.
Un par de semanas antes del día señalado, hubo en el colegio varios alumnos con tos ferina. Esta es una enfermedad parecida al resfriado pero que continuamente estás tosiendo, nunca paras, y es bastante molesta. Cuando se curan los mocos y el dolor de garganta, sigues tosiendo como un perro enfermo. No hay modo de dejarlo. El Domingo de Ramos, Julia estaba bastante mejor que yo, Cuando me daban los ataques de tos insoportables, ella se colocaba delante mía y me llamaba "¡Tosferini!", luego le pasaba a ella pero cualquiera le decía nada.
El día señalado en el calendario, mamá nos sentó a las dos y nos dijo que no estábamos en condiciones de salir, pero nos lo tomamos tan a pecho que aquello estuvo a punto de convertirse en una tragedia griega. Julia decía que apenas le quedaba tos y que si la que estaba mal era yo, que lo dejara para el año que viene. Al final, nos consintió que nos vistiéramos pero con la condición de que poco antes de la carrera oficial teníamos que dejar la procesión. Nos pareció justo.
Fue gracioso, no obstante. Nos dieron un cirio a cada uno que abultaba más que nosotros. Íbamos juntas, ella delante y yo detrás. Mamá y papá nos seguían con la cámara de vídeo entre la gente y paso que dábamos, ellos estaban también allí. Los veíamos moverse entre los espectadores que rezaban y miraban la procesión con ojos humedecidos. La Virgen de la Esperanza tiene muchos fieles en Motril.
Cuando me daba el ataque de tos, el capirote iba y venía, tenía que sujetarlo con cuidado de no meter los dedos en los agujeros y mirando de reojo a Julia para que no se diera cuenta y se volviera y dijera eso de "¡Tosferini!".
Mamá se acercaba. "¿Estáis bien?". Poco antes de la carrera oficial nos salimos, llevamos el cirio a casa. Le dijimos a papá que nos iban a regañar. Pero él dijo que no, que al día siguiente se los llevaba él a la Farmacia y que no pasaba nada.
El resultado de nuestra primera salida procesional fueron dos capirotes que se movían de un lado a otro mientras tosían al mismo tiempo. Aunque no hay duda de una cosa: cuando eres pequeño, las cosas más nimias son las que más feliz te hacen. Y aquella tarde de Jueves Santo, Tosferini y su acompañante fueron plenamente felices.
sábado, 12 de abril de 2014
jueves, 3 de abril de 2014
Matacumbe hijo
Quiero dedicar este post de hoy a mi hermana Paloma. Cuando ella era más pequeña, tanto Julia como yo partíamos con la ventaja de conocernos desde hacía más tiempo. Formábamos el grupo indisoluble de 'Las hermanicas canicas' y admirábamos a Zipi y Zape. Lo pasábamos genial ideando nuevos juegos y cuando Paloma quiso incorporarse nos inventábamos que había que pasar algunas pruebas.
Una de ellas era de teatro. Es decir, había una única función, a modo de juego, que desarrollábamos por la noche antes de irnos a la cama. Nosotras dos dormíamos juntas en el llamado 'cuarto de juegos', en dos camas que se plegaban y se metían dentro de un mueble (con el paso del tiempo empecé a desarrollar una enorme admiración por mi madre, que las colocaba todos los días con el trasiego que eso suponía) y se nos quedaba abierto, en toda su inmensidad, el espacio para los juegos.
Por las noches, con las camas ya desplegadas, comenzábamos a jugar y a replantearnos historias que a menudo necesitaban un malo. Y ahí es donde entraba ella al principio. Si quería formar parte de 'Las hermanicas canicas' debería de pasar una prueba sencilla. Ser Matacumbe hijo.
No sabíamos si Matacumbe hijo existió, tampoco de donde lo sacamos. Lo que sí dejamos claro es que el que interpretara ese papel debería ponerse un plumero en la cabeza y entrar con voz lúgubre al cuarto diciendo:
- ¡Soy Matacumbe hijooooo!
Obviamente, nuestro guión no era complicado. Éramos dos princesas con un padre que era el rey más importante del espacio y del mundo, y que nos había regalado un par de camisones de seda, de color rosa. Exclamábamos contentas:
- ¡Pero qué camisones más bonitos nos ha regalado nuestro padre! - decía una de nosotras.
- ¡Y además fresquitos!
La puerta se abría despacio y a media altura empezaban a moverse las plumas del plumero de la limpieza, seguidas por Paloma que exclamaba:
- ¡Soy Matacumbe hijo!
Y las dos lanzábamos un gritito de princesas asustadas para pasar a desarrollar un sortilegio mágico para el que teníamos una varita mágica hecha con un palo de madera de los que se usaban para mantener los zapatos en condiciones en la caja y una estrella recortada en papel aluminio. Julia solía ser la que manejaba la varita mientras yo me asustaba por la presencia de ese ente coronado por un plumero. Automáticamente, después de las palabras mágicas, se convertía en otra bella princesa que pasaba a ser nuestra hermana, a compartir padre y camisones rosas de seda.
Era uno de nuestros entretenimientos. A menudo nos gustaba mucho dejar volar nuestra imaginación, casi todas las noches inventábamos una historia nueva que terminaban con la presencia de mamá o papá por el marco de la puerta, nos apagaba la luz y nos mandaba a dormir, que a la mañana siguiente había colegio y nos tocaba madrugar.
Matacumbe hijo (que ya era una princesa muy guapa) desaparecía esa noche pero con la incertidumbre siempre de si en algún momento volvería a aparecer en escena.
Una de ellas era de teatro. Es decir, había una única función, a modo de juego, que desarrollábamos por la noche antes de irnos a la cama. Nosotras dos dormíamos juntas en el llamado 'cuarto de juegos', en dos camas que se plegaban y se metían dentro de un mueble (con el paso del tiempo empecé a desarrollar una enorme admiración por mi madre, que las colocaba todos los días con el trasiego que eso suponía) y se nos quedaba abierto, en toda su inmensidad, el espacio para los juegos.
Por las noches, con las camas ya desplegadas, comenzábamos a jugar y a replantearnos historias que a menudo necesitaban un malo. Y ahí es donde entraba ella al principio. Si quería formar parte de 'Las hermanicas canicas' debería de pasar una prueba sencilla. Ser Matacumbe hijo.
No sabíamos si Matacumbe hijo existió, tampoco de donde lo sacamos. Lo que sí dejamos claro es que el que interpretara ese papel debería ponerse un plumero en la cabeza y entrar con voz lúgubre al cuarto diciendo:
- ¡Soy Matacumbe hijooooo!
Obviamente, nuestro guión no era complicado. Éramos dos princesas con un padre que era el rey más importante del espacio y del mundo, y que nos había regalado un par de camisones de seda, de color rosa. Exclamábamos contentas:
- ¡Pero qué camisones más bonitos nos ha regalado nuestro padre! - decía una de nosotras.
- ¡Y además fresquitos!
La puerta se abría despacio y a media altura empezaban a moverse las plumas del plumero de la limpieza, seguidas por Paloma que exclamaba:
- ¡Soy Matacumbe hijo!
Y las dos lanzábamos un gritito de princesas asustadas para pasar a desarrollar un sortilegio mágico para el que teníamos una varita mágica hecha con un palo de madera de los que se usaban para mantener los zapatos en condiciones en la caja y una estrella recortada en papel aluminio. Julia solía ser la que manejaba la varita mientras yo me asustaba por la presencia de ese ente coronado por un plumero. Automáticamente, después de las palabras mágicas, se convertía en otra bella princesa que pasaba a ser nuestra hermana, a compartir padre y camisones rosas de seda.
Era uno de nuestros entretenimientos. A menudo nos gustaba mucho dejar volar nuestra imaginación, casi todas las noches inventábamos una historia nueva que terminaban con la presencia de mamá o papá por el marco de la puerta, nos apagaba la luz y nos mandaba a dormir, que a la mañana siguiente había colegio y nos tocaba madrugar.
Matacumbe hijo (que ya era una princesa muy guapa) desaparecía esa noche pero con la incertidumbre siempre de si en algún momento volvería a aparecer en escena.
martes, 1 de abril de 2014
4229
Anoté 4229 en un papel y lo guardé dentro de mi tarro secreto de Farmacia en el mueble de la entrada. Cuando no cabían más recipientes decorativos, mi madre los traía a casa y los iba colocando en distintas zonas para que lucieran más. En el baño, había dos de 'Sales Pedico' con los que me gustaba hacer anuncios publicitarios mientras mi madre tomaba de la mano paciencia y secador para dejarnos impecables de cara al día siguiente. "Frotaos bien las rodillas", decía cuando entrábamos en la ducha.
En uno de ellos tenía yo mi cofre del tesoro. Pensaba que las cosas que allí escondía estaban a salvo de mis hermanos. Nunca encontraron nada. O eso, o no les interesaba lo más mínimo.
El día que nos despedimos del Seat Ritmo para siempre fue complicado. Aunque ya nos habían explicado que era para mejor, para que mi madre pudiera conducir un coche más seguro, sofisticado, último diseño a la vanguardia en los distintos modelos que había en el mercado, aquel coche anaranjado (puede que antes de que le diera el sol fuera rojo) nos había llevado y traído miles de veces del paraíso.
Si eres pequeño, el cielo está en el rincón de arena mojada de la playa de Torrenueva o al lado de las rocas del Puerto de Motril, donde veíamos, asombrados, verse los peces. Dar coletazos para ir avanzando contracorriente, a menudo brillantes porque justo encima había un poco de aceite prodecente de algún barco.
Mi manera de rendirle homenaje fue copiar el número 4229, el de su matrícula, en un trozo de papel cuadriculado que había arrancado de una libreta del colegio. Con cuidado lo doblé y lo escondí en el fondo del tarro de Farmacia de la entrada, justo al lado de mi colección de fotografías del Papa Juan Pablo II y las alineaciones del Real Madrid que todos los fines de semana recortaba de Ideal.
Lo del Papa lo hacía porque en el colegio había una monja que era su fan número uno, y porque a mi abuela Isabel le gustaba mucho también. Tenía pensado que cuando tuviera centenares, iba a regalárselas: la mitad a cada una, a cambio de natillas o de que nos dejara jugar al voleibol en el patio en horario extraescolar.
Las alineaciones del Madrid las guardaba porque todos los lunes escribía una crónica paralela del partido en mi diario, y al lado de la misma, con cuidado y papel celo, pegaba las alineaciones. Era así de rara.
El Seat Ritmo salió una mañana rumbo al concesionario y volvió renovado, en forma de Seat Ibiza rojo. A partir de ese momento comenzó una relación intensa de mi madre con este modelo de coche que le daba la movilidad que tanto le gustaba.
Fue una despedida como suelen serlo las que duelen un poquito. Yo me rebelé contra la suerte del primer coche que conocí. Lo que pasa es que al final, cuando eres pequeño, siempre ganan los mayores y nos quedamos con la tristeza de la pérdida de nuestra nave espacial. No duró mucho tiempo porque luego, el Ibiza nos gustaba casi tanto o más. Nuestro nuevo vehículo al infinito. La puerta para continuar soñando.
En uno de ellos tenía yo mi cofre del tesoro. Pensaba que las cosas que allí escondía estaban a salvo de mis hermanos. Nunca encontraron nada. O eso, o no les interesaba lo más mínimo.
El día que nos despedimos del Seat Ritmo para siempre fue complicado. Aunque ya nos habían explicado que era para mejor, para que mi madre pudiera conducir un coche más seguro, sofisticado, último diseño a la vanguardia en los distintos modelos que había en el mercado, aquel coche anaranjado (puede que antes de que le diera el sol fuera rojo) nos había llevado y traído miles de veces del paraíso.
Si eres pequeño, el cielo está en el rincón de arena mojada de la playa de Torrenueva o al lado de las rocas del Puerto de Motril, donde veíamos, asombrados, verse los peces. Dar coletazos para ir avanzando contracorriente, a menudo brillantes porque justo encima había un poco de aceite prodecente de algún barco.
Mi manera de rendirle homenaje fue copiar el número 4229, el de su matrícula, en un trozo de papel cuadriculado que había arrancado de una libreta del colegio. Con cuidado lo doblé y lo escondí en el fondo del tarro de Farmacia de la entrada, justo al lado de mi colección de fotografías del Papa Juan Pablo II y las alineaciones del Real Madrid que todos los fines de semana recortaba de Ideal.
Lo del Papa lo hacía porque en el colegio había una monja que era su fan número uno, y porque a mi abuela Isabel le gustaba mucho también. Tenía pensado que cuando tuviera centenares, iba a regalárselas: la mitad a cada una, a cambio de natillas o de que nos dejara jugar al voleibol en el patio en horario extraescolar.
Las alineaciones del Madrid las guardaba porque todos los lunes escribía una crónica paralela del partido en mi diario, y al lado de la misma, con cuidado y papel celo, pegaba las alineaciones. Era así de rara.
El Seat Ritmo salió una mañana rumbo al concesionario y volvió renovado, en forma de Seat Ibiza rojo. A partir de ese momento comenzó una relación intensa de mi madre con este modelo de coche que le daba la movilidad que tanto le gustaba.
Fue una despedida como suelen serlo las que duelen un poquito. Yo me rebelé contra la suerte del primer coche que conocí. Lo que pasa es que al final, cuando eres pequeño, siempre ganan los mayores y nos quedamos con la tristeza de la pérdida de nuestra nave espacial. No duró mucho tiempo porque luego, el Ibiza nos gustaba casi tanto o más. Nuestro nuevo vehículo al infinito. La puerta para continuar soñando.
viernes, 28 de marzo de 2014
Misas y municiones
Ya en primero de EGB triunfaba con mis cuentos inventados que presentaba a modo de redacciones de tema libre. Entre ellos, estaba la historia de una niña que aprendió a tocar el arpa y la habitación se le llenaba mágicamente de flores según la nota que tocara. Lo del arpa no sé de dónde lo saqué y puede que, igualmente, el instrumento elegido hubiera sido un trombón. O un tambor de los de Semana Santa. Pero entonces no tendría tanto 'glamour'.
Me hice en poco con un grupo de seguidores entre los que estaba la profesora y algunas monjas, que se apresuraron en proponerme para que escribiera los textos que luego alguna compañera leería al comienzo de la Misa en el colegio. Nunca me dejaban leer a mí porque decían que iba demasiado rápido y que había que ser más pausado y calmado. Me llamaban 'marirapidilla'. Me daba un poco de rabia, a qué negarlo, porque siempre andaba buscando el 'yo me lo guiso, yo me lo como' y en los primeros bancos (donde nos colocaban siempre a los que teníamos gafas para que no perdiéramos detalle de lo que pasaba) me enfadaba mucho al escuchar en boca de los otros lo que yo había escrito. "Es que aparte de que lees muy deprisa, si siempre sales tú el Señor y el cura podrían cansarse un poco, ¿no crees?" No me quedaba otra que poner cara de circunstancias y asentir pero, la verdad, leyendo ese breve texto a la entrada no daba margen alguno tampoco a que la gente se agotara auditivamente.
Las monjas llamaban 'Monición' a aquello que escribía. Y yo lo primero que entendía es que decían 'Munición' y me debatía internamente sobre el significado potencial de aquello. Entonces, en uno de esos pensamientos, acudía a mi madre que gramaticalmente todo lo sabía y me sentaba ante ella con paciencia infinita sabiendo que comenzaría con la etimología griega y terminaría, quizás, declinando en latín. "Mamá ¿por qué las monjas llaman 'Munición' a lo que escribo? ¿Eso no son las balas de las pistolas y los cañones?" Ella se reía un poco al principio y me preguntaba si había entendido bien la palabra. "Que sí, que sí, que es 'Munición', como lo de Lucky Luke". Finalmente y tras mucho darle vueltas a la cabeza, llegó a la conclusión de que la palabra no era tal, sino 'Monición'. "Pues puede ser, mamá, de todos modos tampoco sé lo que quiere decir".
Armada de valor y con un diccionario de la RAE en una mano y la enorme enciclopedia GALP en la otra, que nos acompañó durante nuestros años de colegio y sin la que yo ya no sabía trabajar, comenzó a explicarme la procedencia de la palabra y su significado. Ella siempre ha sido de buscar los orígenes de todo. Reconozco que me apasionaban esas clases de lingüística desde que era bien pequeña y ella, sabedora del tema, me regalaba libros constantemente.
El caso es que esos textos que escribía para el comienzo de las Misas en el colegio poco a poco fueron traspasando fronteras y llegaron a la iglesia de la Encarnación, que era el súmum de las iglesias motrileñas porque además era parroquial. El día que debuté con una de ellas fue muy importante. Era la Inmaculada Concepción, Patrona de los farmacéuticos, también llamada la Milagrosa. Una Virgen a la que le salían rayos de las manos y que me encantaba dibujar para que mi padre la colgara en la rebotica. Escribí una monición de entrada muy bonita, engalanada con algunos retales de la Cruz Verde de las farmacias y que encantó a mi profesora. Le pedí, con ojos de gato chantajista, que me dejara leerla e intenté la manipulación emocional diciéndole que a mi padre le haría mucha ilusión porque era farmacéutico y esa Virgen que además estaba en una hornacina en la iglesia, era su Patrona.
Tras valorarlo y estar más de una semana ensayando en casa y en su despacho una lectura pausada, que me ponía muy nerviosa porque notaba que no era yo sino una pava a la que habían bajado el número de revoluciones.
Finalmente leí. La iglesia llena con gente hasta en la puerta. Habían venido los alumnos del colegio de San Agustín... Me salté a la torera los ensayos, leí como yo solía hacerlo con mi madre, alto y rápido. No sé si quedó bien o mal, pero fueron mis tres minutos de gloria. Y nunca mejor dicho.
miércoles, 26 de marzo de 2014
Comodidad Deseada
Al mismo tiempo que íbamos creciendo como familia, el Seat Ritmo se nos quedaba pequeño. Aunque era nuestro pequeño palacio en el que los fines de semana acudíamos en tropa a la playa o al Puerto de Motril a ver los barcos, cuando ya éramos uno más y luego otro, y otro, era necesario un cambio.
Los asientos ya no daban para más aunque es cierto que sentíamos un poco de lástima por ese vehículo que nos había acompañado desde nuestros primeros momentos hacia donde fuéramos. Llegó el instante de la reunión y el momento del encuentro en el salón en el que nuestros padres decidieron que era el día adecuado para empezar a mirar coches. A mi padre le gustaba mucho el Nissan Patrol, que por aquella época era una novedad importantísima en las revistas de coches de referencia y en la sección de 'Motor' del Marca ya lo habían destacado en algunas ocasiones. Era un todoterreno que se mostraba en toda su magnificiencia en el escaparate del concesionario que estaba cerca de casa. Fuimos a verlo. Por centro olía mucho a nuevo y a mi madre no es que le convenciera demasiado porque ella quería un concepto más familiar, aunque las cosas han cambiado mucho y no era necesario llevar sillita ajustable en función del tamaño del niño. Allí nos echábamos todos en el asiento y nos íbamos turnando para ir o no con la espalda en el respaldo dejando hueco a los demás.
Después de mucho reflexionar, decidieron seguir desfilando por los distintos concesionarios de Motril. Mi madre, que siempre ha estado enamorada del Seat Ibiza, preguntó por ese modelo, pero a mi padre le conquistó el Audi 100, que dicho sea de paso, era muy bonito. Lo miramos, lo probamos y el vendedor nos aseguró que era una serie limitada que estaba rompiendo en los mercados internacionales porque en vez de casette se le podía poner un disco compacto. "¿Y eso qué es?", le pregunté a mi madre por la tarde buscando su eterna sabiduría. "Pues un nuevo invento para oír música, es como un vinilo pero pequeñito y que si lo miras por la parte de atrás parece un espejo". Esa misma tarde nos llevó a Simago para que pudiéramos ver los primeros entre los que estaba uno de un niño francés de cinco años llamado Jordy que estaba pegando con mucha fuerza en las listas de éxitos cantando en francés lo duro que es ser bebé acompañado por un coro de guardería.
Finalmente, nos llevamos ese coche y el primer estreno fue a un campo en el que jugamos al fútbol y echamos carreras. El Audi era plateado, papá lo dejó aparcado debajo de un árbol para que no le diera el sol pero, en cambio, le cagaron unos cuantos pájaros por lo que terminamos en el lavadero.
No llevábamos ningún cd, ni pensábamos comprarlo porque únicamente podríamos utilizarlos en el coche y no nos traía cuenta. Justo al lado del nombre estaba resplandeciente el número 100 del modelo y en el otro lado las dos detras. CD.
"Comodidad Deseada·, nos aseguró papá cuando le preguntamos. "¿Pero cómo va a ser eso si dices que el coche es de fuera? ¿Es que se dice así en todos los idiomas?", volvimos a insistir. "Pues no sé, pero en Motril lo que significa es Comodidad Deseada, que es que todos vamos a ir muy cómodos en este coche".
Parece lógico, ¿no?
Los asientos ya no daban para más aunque es cierto que sentíamos un poco de lástima por ese vehículo que nos había acompañado desde nuestros primeros momentos hacia donde fuéramos. Llegó el instante de la reunión y el momento del encuentro en el salón en el que nuestros padres decidieron que era el día adecuado para empezar a mirar coches. A mi padre le gustaba mucho el Nissan Patrol, que por aquella época era una novedad importantísima en las revistas de coches de referencia y en la sección de 'Motor' del Marca ya lo habían destacado en algunas ocasiones. Era un todoterreno que se mostraba en toda su magnificiencia en el escaparate del concesionario que estaba cerca de casa. Fuimos a verlo. Por centro olía mucho a nuevo y a mi madre no es que le convenciera demasiado porque ella quería un concepto más familiar, aunque las cosas han cambiado mucho y no era necesario llevar sillita ajustable en función del tamaño del niño. Allí nos echábamos todos en el asiento y nos íbamos turnando para ir o no con la espalda en el respaldo dejando hueco a los demás.
Después de mucho reflexionar, decidieron seguir desfilando por los distintos concesionarios de Motril. Mi madre, que siempre ha estado enamorada del Seat Ibiza, preguntó por ese modelo, pero a mi padre le conquistó el Audi 100, que dicho sea de paso, era muy bonito. Lo miramos, lo probamos y el vendedor nos aseguró que era una serie limitada que estaba rompiendo en los mercados internacionales porque en vez de casette se le podía poner un disco compacto. "¿Y eso qué es?", le pregunté a mi madre por la tarde buscando su eterna sabiduría. "Pues un nuevo invento para oír música, es como un vinilo pero pequeñito y que si lo miras por la parte de atrás parece un espejo". Esa misma tarde nos llevó a Simago para que pudiéramos ver los primeros entre los que estaba uno de un niño francés de cinco años llamado Jordy que estaba pegando con mucha fuerza en las listas de éxitos cantando en francés lo duro que es ser bebé acompañado por un coro de guardería.
Finalmente, nos llevamos ese coche y el primer estreno fue a un campo en el que jugamos al fútbol y echamos carreras. El Audi era plateado, papá lo dejó aparcado debajo de un árbol para que no le diera el sol pero, en cambio, le cagaron unos cuantos pájaros por lo que terminamos en el lavadero.
No llevábamos ningún cd, ni pensábamos comprarlo porque únicamente podríamos utilizarlos en el coche y no nos traía cuenta. Justo al lado del nombre estaba resplandeciente el número 100 del modelo y en el otro lado las dos detras. CD.
"Comodidad Deseada·, nos aseguró papá cuando le preguntamos. "¿Pero cómo va a ser eso si dices que el coche es de fuera? ¿Es que se dice así en todos los idiomas?", volvimos a insistir. "Pues no sé, pero en Motril lo que significa es Comodidad Deseada, que es que todos vamos a ir muy cómodos en este coche".
Parece lógico, ¿no?
lunes, 24 de marzo de 2014
Cirujanas de plumier
No había nada que me entusiasmara más cuando estaba en el colegio que los artículos de papelería. Tenía decenas de gomas de borrar diferentes guardadas en casa en un cajón a las que les tenía especial cariño y que no podía usar en clase porque era norma en el Santo Rosario que las que empleásemos fuesen Milan Nata de las pequeñitas y nos las daban las monjas. Las compraban a principio de curso con un dinero que empleaban precisamente en eso, en material escolar "para que todo fuese igual para todos y no existiesen diferencias".
Llevaba un estuche de tela, con dos compartimentos en el que había dibujada una muñeca vestida de antigua que portaba en la mano un ramo de flores. La cara no podíamos vérsela porque estaba tapada con los encajes del gorro. Dentro los bolígrafos, goma de borrar, lápices y un tímido portaminas, asomaban cuando empezaban las clases.
Dicen que de casta le viene al galgo y aunque no triunfaba demasiado con los números y las fórmulas de Química, decidí adentrarme a mi modo en el mundo sanitario. Me alié con Luisa, una de mis amigas que de cuando en cuando se dejaba invadir por mis pájaros en la cabeza y el tema era tan sencillo como absurdo.
Con el portaminas, metíamos un trozo de grafito dentro de la goma, que desde ese momento estaba herida de muerte y Houston corremos el riesgo de perderla si no actuamos pronto.
La mesa del pupitre se convertía en un quirófano improvisado en el que actuábamos con rapidez y mucha paciencia. Los capuchones de bolígrafo nos ayudaban en la extracción y sólo si la goma no se partía podía decir que había salvado la vida. Todo ello sin contar con el ojo avizor de la Sor de turno que cuando nos pillaba en medio de una operación a corazón abierto nos regañaba con aquello de cuidar el material y bla bla. Jamás entendió la importancia de salvar vidas gomiles que nos embargaba.
Cuando éramos descubiertas en la clandestinidad de nuestras operaciones, normalmente nos quedábamos sin recreo, lo que quería decir que te tocaba pasar media hora en la clase. En ese tiempo, dependiendo de quién te castigara, o tenías libertad para coger un libro del armario y leerlo en tu mesa tranquilamente o, en cambio, te soltaban un trapo húmedo y te ponían a limpiar la pizarra. Las primeras veces era desastroso y la monja de turno se enfadaba mucho porque en vez de limpiar, la tiza estaba tan restregada que el verde oscuro se tornaba en blanco. Pero con el tiempo, fuimos ganando práctica.
De operar gomas pasamos a intentar salvar la vida a bolígrafos a los que la malvada grapadora les había disparado unas grapas, su valiosa arma de destrucción masiva, para acabar con ellos.
O el caso del folio que quedaba atrapado pinchado por la punta del rotulador azul, lo que necesitaba una urgente intervención.
Han pasado los años y ninguna de las dos hemos sido médicos. Nos conformábamos con poco, la cirugía relajada de plumier y pupitre.
Llevaba un estuche de tela, con dos compartimentos en el que había dibujada una muñeca vestida de antigua que portaba en la mano un ramo de flores. La cara no podíamos vérsela porque estaba tapada con los encajes del gorro. Dentro los bolígrafos, goma de borrar, lápices y un tímido portaminas, asomaban cuando empezaban las clases.
Dicen que de casta le viene al galgo y aunque no triunfaba demasiado con los números y las fórmulas de Química, decidí adentrarme a mi modo en el mundo sanitario. Me alié con Luisa, una de mis amigas que de cuando en cuando se dejaba invadir por mis pájaros en la cabeza y el tema era tan sencillo como absurdo.
Con el portaminas, metíamos un trozo de grafito dentro de la goma, que desde ese momento estaba herida de muerte y Houston corremos el riesgo de perderla si no actuamos pronto.
La mesa del pupitre se convertía en un quirófano improvisado en el que actuábamos con rapidez y mucha paciencia. Los capuchones de bolígrafo nos ayudaban en la extracción y sólo si la goma no se partía podía decir que había salvado la vida. Todo ello sin contar con el ojo avizor de la Sor de turno que cuando nos pillaba en medio de una operación a corazón abierto nos regañaba con aquello de cuidar el material y bla bla. Jamás entendió la importancia de salvar vidas gomiles que nos embargaba.
Cuando éramos descubiertas en la clandestinidad de nuestras operaciones, normalmente nos quedábamos sin recreo, lo que quería decir que te tocaba pasar media hora en la clase. En ese tiempo, dependiendo de quién te castigara, o tenías libertad para coger un libro del armario y leerlo en tu mesa tranquilamente o, en cambio, te soltaban un trapo húmedo y te ponían a limpiar la pizarra. Las primeras veces era desastroso y la monja de turno se enfadaba mucho porque en vez de limpiar, la tiza estaba tan restregada que el verde oscuro se tornaba en blanco. Pero con el tiempo, fuimos ganando práctica.
De operar gomas pasamos a intentar salvar la vida a bolígrafos a los que la malvada grapadora les había disparado unas grapas, su valiosa arma de destrucción masiva, para acabar con ellos.
O el caso del folio que quedaba atrapado pinchado por la punta del rotulador azul, lo que necesitaba una urgente intervención.
Han pasado los años y ninguna de las dos hemos sido médicos. Nos conformábamos con poco, la cirugía relajada de plumier y pupitre.
domingo, 23 de marzo de 2014
Derby de mi vida
Antes, cuando veía los partidos de fútbol uno detrás de otro para desesperación de mi madre que siempre prefería encontrarme estudiando Historia en mi cuarto, la semana previa al Real Madrid - Barcelona sentía dentro de mí un enorme gusano en el estómago. Recuerdo ahora y no consigo repetir esa sensación de nerviosismo acuciante que comenzaba un par de horas antes del partido, cuando mi padre empezaba a espabilarse de la siesta y a recomendarme que fuera vistiéndome porque llegaríamos tarde a casa de El Dentista.
El Dentista era un amigo suyo, "más madridista que Ramón Mendoza" como le definía mi progenitor, que tenía una casa en la zona alta de Motril. Fue de los primeros en instalarse el Canal Plus y organizaba encuentros de eruditos hinchas en su casa antes de los partidos importantes. Mi padre y yo (con mi gusanillo a cuestas) solíamos llegar a tiempo, sentarnos con ellos en el salón y comenzar a disertar sobre alineaciones y demás cosas referentes al encuentro con un bol de patatas fritas y un par de latas de Fanta.
Otra opción era ir al Club Naútico, que colocaba una pantalla gigante en el salón de celebración de bodas. Allí, también unos cuantos, comenzaban a debatir sobre la conveniencia de que saliera al campo tal o cual jugador o lo impresentable del entrenador por dejar en el banquillo a quien fuera.
Uno de esos años, el míster del Real Madrid era Benito Floro. Un señor delgado y con gafas que habían fichado del Albacete. A mi padre lo de las gafas debía de hacerle mucha gracia, porque enseguida hizo la comparativa conmigo y me llamaba Donbe. Incluso delante de sus amigos, lo que a mí me desesperaba un poco. "Es que eres Donbe, de Don Benito, porque siempre quieres ver el fútbol". Él solía decir que le tenía tomada la medida al Barcelona y siempre le ganaba.
Como comenzaba diciendo, el lunes de antes del partido, llegaba él con el Marca debajo del brazo y me lo daba para que leyera las noticias de los futbolistas. Mi hermana era más dela Súper Pop y mi madre decía que a mí lo que debía de gustarme era Sergio Dalma, como a la mayoría de las niñas de mi edad, y que me dejara de tanto futbolista y tanto póster de Paco Buyo en la pared de mi cuarto. En un intento de conversión como Saulo de Tarso, me regaló un casette de La Unión, que estaban bastante de moda, y que le regalé a mi hermana a los pocos días a cambio de que ella me dejara la radio para poder oír desde la cama algunos partidos de la Copa de Europa que comenzaban bastante tarde.
El caso es que el día del encuentro yo ya le había dado al Marca del lunes más de cien vueltas. Porque mi padre sólo me llevaba el del lunes, habida cuenta de que yo debía de leer más a Juan Ramón Jiménez o Enyd Blyton, que siempre tenían más que aportarme, seguramente. Llegaba el día y desde por la mañana todo eran nervios. En el colegio mis compañeros se metían un poco conmigo, aunque todos eran del Madrid (en clase estaba muy mal visto ser del Barcelona y sólo un par de chicas confesaron que eran del club culé).
Pitaba el árbitro y yo dejaba de lado el bol de patatas y las mediasnoches de jamón york y mantequilla que preparábamos antes del momento cumbre del día y el gusano que me mordía por dentro se convertía en una víbora hambrienta que me tenía en vilo todo el partido a no ser que el Madrid se pusiera un par de goles por delante. Mi padre iba comentando las jugadas aunque de cuando en cuando se quedaba dormido. Yo me ponía nerviosa y le daba con el codo y le decía: "¡Pero cómo puedes dormirte en mitad de un derby!" A lo que él siempre respondía que no estaba durmiendo, que sólo tenía los ojos cerrados, parpadeando. Sus cosas.
Si marcaba el Madrid, saltábamos de alegría en el sillón. Si estaba cerca mi abuela Luche nos contaba que el abuelo daba una voltereta al más puro estilo de Hugo Sánchez. Mi padre era menos efusivo. Levantaba los brazos y sonreía. Me miraba con condescendencia si era un jugador que me gustara mucho como fue el caso de Emilio Butragueño e Iván Zamorano o me sonreía con la boca torcida cuando el que hacía diana era Guti, que no me caía nada bien.
Luego, el resultado era lo de menos, aunque si perdíamos me iba a la cama muy enfadada.
Aquellos derbys de mi vida nunca se repetirán. Me falta mi padre en el sillón de al lado, donde ha dejado un hueco enorme. Me falta el Marca del lunes de antes y mi madre diciéndome que vaya a estudiar Historia y me deje de gusanos en el estómago. Mi hermano, con apenas dos años preguntando si había que animar a los de blanco o a los de azul y rojo. Son momentos que no volverán pero que, cada noche que juegan Real Madrid y Barcelona, aparecen ante mis ojos como una eterna película de felicidad.
El Dentista era un amigo suyo, "más madridista que Ramón Mendoza" como le definía mi progenitor, que tenía una casa en la zona alta de Motril. Fue de los primeros en instalarse el Canal Plus y organizaba encuentros de eruditos hinchas en su casa antes de los partidos importantes. Mi padre y yo (con mi gusanillo a cuestas) solíamos llegar a tiempo, sentarnos con ellos en el salón y comenzar a disertar sobre alineaciones y demás cosas referentes al encuentro con un bol de patatas fritas y un par de latas de Fanta.
Otra opción era ir al Club Naútico, que colocaba una pantalla gigante en el salón de celebración de bodas. Allí, también unos cuantos, comenzaban a debatir sobre la conveniencia de que saliera al campo tal o cual jugador o lo impresentable del entrenador por dejar en el banquillo a quien fuera.
Uno de esos años, el míster del Real Madrid era Benito Floro. Un señor delgado y con gafas que habían fichado del Albacete. A mi padre lo de las gafas debía de hacerle mucha gracia, porque enseguida hizo la comparativa conmigo y me llamaba Donbe. Incluso delante de sus amigos, lo que a mí me desesperaba un poco. "Es que eres Donbe, de Don Benito, porque siempre quieres ver el fútbol". Él solía decir que le tenía tomada la medida al Barcelona y siempre le ganaba.
Como comenzaba diciendo, el lunes de antes del partido, llegaba él con el Marca debajo del brazo y me lo daba para que leyera las noticias de los futbolistas. Mi hermana era más dela Súper Pop y mi madre decía que a mí lo que debía de gustarme era Sergio Dalma, como a la mayoría de las niñas de mi edad, y que me dejara de tanto futbolista y tanto póster de Paco Buyo en la pared de mi cuarto. En un intento de conversión como Saulo de Tarso, me regaló un casette de La Unión, que estaban bastante de moda, y que le regalé a mi hermana a los pocos días a cambio de que ella me dejara la radio para poder oír desde la cama algunos partidos de la Copa de Europa que comenzaban bastante tarde.
El caso es que el día del encuentro yo ya le había dado al Marca del lunes más de cien vueltas. Porque mi padre sólo me llevaba el del lunes, habida cuenta de que yo debía de leer más a Juan Ramón Jiménez o Enyd Blyton, que siempre tenían más que aportarme, seguramente. Llegaba el día y desde por la mañana todo eran nervios. En el colegio mis compañeros se metían un poco conmigo, aunque todos eran del Madrid (en clase estaba muy mal visto ser del Barcelona y sólo un par de chicas confesaron que eran del club culé).
Pitaba el árbitro y yo dejaba de lado el bol de patatas y las mediasnoches de jamón york y mantequilla que preparábamos antes del momento cumbre del día y el gusano que me mordía por dentro se convertía en una víbora hambrienta que me tenía en vilo todo el partido a no ser que el Madrid se pusiera un par de goles por delante. Mi padre iba comentando las jugadas aunque de cuando en cuando se quedaba dormido. Yo me ponía nerviosa y le daba con el codo y le decía: "¡Pero cómo puedes dormirte en mitad de un derby!" A lo que él siempre respondía que no estaba durmiendo, que sólo tenía los ojos cerrados, parpadeando. Sus cosas.
Si marcaba el Madrid, saltábamos de alegría en el sillón. Si estaba cerca mi abuela Luche nos contaba que el abuelo daba una voltereta al más puro estilo de Hugo Sánchez. Mi padre era menos efusivo. Levantaba los brazos y sonreía. Me miraba con condescendencia si era un jugador que me gustara mucho como fue el caso de Emilio Butragueño e Iván Zamorano o me sonreía con la boca torcida cuando el que hacía diana era Guti, que no me caía nada bien.
Luego, el resultado era lo de menos, aunque si perdíamos me iba a la cama muy enfadada.
Aquellos derbys de mi vida nunca se repetirán. Me falta mi padre en el sillón de al lado, donde ha dejado un hueco enorme. Me falta el Marca del lunes de antes y mi madre diciéndome que vaya a estudiar Historia y me deje de gusanos en el estómago. Mi hermano, con apenas dos años preguntando si había que animar a los de blanco o a los de azul y rojo. Son momentos que no volverán pero que, cada noche que juegan Real Madrid y Barcelona, aparecen ante mis ojos como una eterna película de felicidad.
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