Aprovecho estos breves momentos de sueño que me regala Adrián para volver a actualizar mi semi abandonado blog que sé que de cuando en cuando, en esos momentos de aburrimiento supremo, os encanta leer. Llevo unos días pensando en la conveniencia de que los bebés se dejen de panes e incluyan bajo el brazo un fantástico manual de instrucciones en 3D y explicaciones gráficas. Qué hacer en caso de que no duerma nada de día (pongamos por ejemplo, el niño A, de Adrián), o que no lo haga de noche (aquí pueden insertar el del bebé que quieran), cómo actuar en el misterioso caso de la cesta de ropa sucia infantil que no dura más de 24 horas vacía, los misterios de maniobrar con la sombrilla del carrito o las batallas diarias por encontrar la oferta más suculenta en pañales. ¡Ah!. y cómo olvidar as maravillosas bolsas protectoras de olor a caquita que he encontrado esta tarde en una gran superficie comercial.
En todo ello vengo pensando durante los momentos (escasos, no le doy más de veinte minutos) en los que a mi pequeño guerrero le da por cerrar esos ojillos rasgados que le he dado y dormir un rato. El tiempo apremia. No sé si habéis oído hablar del lémur. Es un bicho bastante feo pero con los ojos enormemente abiertos. Me atrevería a dibujar uno, como hizo El Principito con la boa, pero llevaría demasiado tiempo, o poco, como sea. El caso es que no quiero que Adrián me pille comparándole con ese bicho horripilante porque él es tremendamente más guapo. Pero eso sí, con los mismos ojos como platos.
Cuando yo estaba embarazada iba de futura mamá todoterreno. Que sí, que iría al inglés, a la Academia para las Oposiciones, a nadar, a correr, a aprender a pintar con los dedos de la mano izquierda y si me quedaba un rato, a adiestrar canguros. Pero llegó él. Es la cosita más maravillosa del mundo. Tan pequeño, indefenso (a ratos, porque cuando le crecen las uñas tiene un arma letal) y lleno de vida que ahora no entiendo cómo me las apañaba antes sin él. Sin acarrear mil cosas cuando sales de viaje, que si el paracetamol infantil, el cacharro infernal de aspirar moquitos, el suero, los pañales, la lata de leche, cincuenta bodys por si se hace pipí y cala y no da tiempo a que se seque... El coche se ha convertido en un parque móvil infantil, con sonajeros y una jirafa que sube y baja. Quedo con mis amigos de siempre pero también he probado (y me encanta) la experiencia de quedar con mamás y carritos. Tenemos un grupo en el móvil en el que nos preguntamos las chorradas más variadas.
Adrián me ha cambiado la vida. Me ha hecho darle nula importancia a cosas que antes para mí eran capitales y empezar a temblar cuando, por lo que sea, le escucho un leve estornudo, o una tos. O no quiere dormirse (¿le dolerá la barriga?). La última vez que lo llevé al pediatra me sentí mal porque parecía una puesta a punto de un coche de Fórmula Uno antes de la carrera.
- Hola, don Fernando, soy su mamá más pesada. He estado aquí la semana anterior pero es que mañana me voy a pasar unos días a Granada y como tenía unos pocos de moquitos pues a ver si me da el visto bueno para llevármelo.
Las mamás que tienen a este pediatra dicen que es complicado que se ría, pero yo lo conseguí a pesar de mi cara de seriedad cuando le pregunté si el agua de la jarra descalcificadora era buena para hacer los biberones. Algún día, cuando coja más confianza, le sugeriré que publique un libro con todas sus experiencias.
Cuando Adrián no quiere dormirse se pone un poco pesado. Es el único momento en que deseo que su padre no esté abonado al trabajo casi continuo en la oficina y venga. Le daría a su retoño para que intente que duerma. Es una auténtica prueba de fuego. Me recuerda a las que libraba Atreyu para que la Nada no se comiera fantasía. Y en muchas ocasiones estoy tentada, como Bastián a gritar lo de ¡Hija de la Luna! para que se calle y cierre sus preciosos ojitos hasta el día siguiente. Eso por las noches, porque de día, si está media hora planchando la oreja me puedo dar por más que satisfecha. Que lo de las ocho horas seguidas está genial, además pide comer entre sueños, come dormido y cae de nuevo. Pero sobre las siete de la tarde llega ese momento en el que dices: Venga va, una siesta, hijo...
El sueño de nuestros niños nos quita el sueño a nosotras, está claro. Fernando un día publicará ese libro y entre tus preguntas y las mías le llenaremos la mitad de páginas xD
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