Antes, cuando veía los partidos de fútbol uno detrás de otro para desesperación de mi madre que siempre prefería encontrarme estudiando Historia en mi cuarto, la semana previa al Real Madrid - Barcelona sentía dentro de mí un enorme gusano en el estómago. Recuerdo ahora y no consigo repetir esa sensación de nerviosismo acuciante que comenzaba un par de horas antes del partido, cuando mi padre empezaba a espabilarse de la siesta y a recomendarme que fuera vistiéndome porque llegaríamos tarde a casa de El Dentista.
El Dentista era un amigo suyo, "más madridista que Ramón Mendoza" como le definía mi progenitor, que tenía una casa en la zona alta de Motril. Fue de los primeros en instalarse el Canal Plus y organizaba encuentros de eruditos hinchas en su casa antes de los partidos importantes. Mi padre y yo (con mi gusanillo a cuestas) solíamos llegar a tiempo, sentarnos con ellos en el salón y comenzar a disertar sobre alineaciones y demás cosas referentes al encuentro con un bol de patatas fritas y un par de latas de Fanta.
Otra opción era ir al Club Naútico, que colocaba una pantalla gigante en el salón de celebración de bodas. Allí, también unos cuantos, comenzaban a debatir sobre la conveniencia de que saliera al campo tal o cual jugador o lo impresentable del entrenador por dejar en el banquillo a quien fuera.
Uno de esos años, el míster del Real Madrid era Benito Floro. Un señor delgado y con gafas que habían fichado del Albacete. A mi padre lo de las gafas debía de hacerle mucha gracia, porque enseguida hizo la comparativa conmigo y me llamaba Donbe. Incluso delante de sus amigos, lo que a mí me desesperaba un poco. "Es que eres Donbe, de Don Benito, porque siempre quieres ver el fútbol". Él solía decir que le tenía tomada la medida al Barcelona y siempre le ganaba.
Como comenzaba diciendo, el lunes de antes del partido, llegaba él con el Marca debajo del brazo y me lo daba para que leyera las noticias de los futbolistas. Mi hermana era más dela Súper Pop y mi madre decía que a mí lo que debía de gustarme era Sergio Dalma, como a la mayoría de las niñas de mi edad, y que me dejara de tanto futbolista y tanto póster de Paco Buyo en la pared de mi cuarto. En un intento de conversión como Saulo de Tarso, me regaló un casette de La Unión, que estaban bastante de moda, y que le regalé a mi hermana a los pocos días a cambio de que ella me dejara la radio para poder oír desde la cama algunos partidos de la Copa de Europa que comenzaban bastante tarde.
El caso es que el día del encuentro yo ya le había dado al Marca del lunes más de cien vueltas. Porque mi padre sólo me llevaba el del lunes, habida cuenta de que yo debía de leer más a Juan Ramón Jiménez o Enyd Blyton, que siempre tenían más que aportarme, seguramente. Llegaba el día y desde por la mañana todo eran nervios. En el colegio mis compañeros se metían un poco conmigo, aunque todos eran del Madrid (en clase estaba muy mal visto ser del Barcelona y sólo un par de chicas confesaron que eran del club culé).
Pitaba el árbitro y yo dejaba de lado el bol de patatas y las mediasnoches de jamón york y mantequilla que preparábamos antes del momento cumbre del día y el gusano que me mordía por dentro se convertía en una víbora hambrienta que me tenía en vilo todo el partido a no ser que el Madrid se pusiera un par de goles por delante. Mi padre iba comentando las jugadas aunque de cuando en cuando se quedaba dormido. Yo me ponía nerviosa y le daba con el codo y le decía: "¡Pero cómo puedes dormirte en mitad de un derby!" A lo que él siempre respondía que no estaba durmiendo, que sólo tenía los ojos cerrados, parpadeando. Sus cosas.
Si marcaba el Madrid, saltábamos de alegría en el sillón. Si estaba cerca mi abuela Luche nos contaba que el abuelo daba una voltereta al más puro estilo de Hugo Sánchez. Mi padre era menos efusivo. Levantaba los brazos y sonreía. Me miraba con condescendencia si era un jugador que me gustara mucho como fue el caso de Emilio Butragueño e Iván Zamorano o me sonreía con la boca torcida cuando el que hacía diana era Guti, que no me caía nada bien.
Luego, el resultado era lo de menos, aunque si perdíamos me iba a la cama muy enfadada.
Aquellos derbys de mi vida nunca se repetirán. Me falta mi padre en el sillón de al lado, donde ha dejado un hueco enorme. Me falta el Marca del lunes de antes y mi madre diciéndome que vaya a estudiar Historia y me deje de gusanos en el estómago. Mi hermano, con apenas dos años preguntando si había que animar a los de blanco o a los de azul y rojo. Son momentos que no volverán pero que, cada noche que juegan Real Madrid y Barcelona, aparecen ante mis ojos como una eterna película de felicidad.
...no volverán.....pero vendrán otros nuevos con tus hijos y tu marido xk....¡¡¡¡tienes k seguir la tradición!!!!
ResponderEliminarVendrán nuevos recuerdos, y serás tú quién le dé el Marca al nuevo o nueva aficionada :)
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