Quiero dedicar este post de hoy a mi hermana Paloma. Cuando ella era más pequeña, tanto Julia como yo partíamos con la ventaja de conocernos desde hacía más tiempo. Formábamos el grupo indisoluble de 'Las hermanicas canicas' y admirábamos a Zipi y Zape. Lo pasábamos genial ideando nuevos juegos y cuando Paloma quiso incorporarse nos inventábamos que había que pasar algunas pruebas.
Una de ellas era de teatro. Es decir, había una única función, a modo de juego, que desarrollábamos por la noche antes de irnos a la cama. Nosotras dos dormíamos juntas en el llamado 'cuarto de juegos', en dos camas que se plegaban y se metían dentro de un mueble (con el paso del tiempo empecé a desarrollar una enorme admiración por mi madre, que las colocaba todos los días con el trasiego que eso suponía) y se nos quedaba abierto, en toda su inmensidad, el espacio para los juegos.
Por las noches, con las camas ya desplegadas, comenzábamos a jugar y a replantearnos historias que a menudo necesitaban un malo. Y ahí es donde entraba ella al principio. Si quería formar parte de 'Las hermanicas canicas' debería de pasar una prueba sencilla. Ser Matacumbe hijo.
No sabíamos si Matacumbe hijo existió, tampoco de donde lo sacamos. Lo que sí dejamos claro es que el que interpretara ese papel debería ponerse un plumero en la cabeza y entrar con voz lúgubre al cuarto diciendo:
- ¡Soy Matacumbe hijooooo!
Obviamente, nuestro guión no era complicado. Éramos dos princesas con un padre que era el rey más importante del espacio y del mundo, y que nos había regalado un par de camisones de seda, de color rosa. Exclamábamos contentas:
- ¡Pero qué camisones más bonitos nos ha regalado nuestro padre! - decía una de nosotras.
- ¡Y además fresquitos!
La puerta se abría despacio y a media altura empezaban a moverse las plumas del plumero de la limpieza, seguidas por Paloma que exclamaba:
- ¡Soy Matacumbe hijo!
Y las dos lanzábamos un gritito de princesas asustadas para pasar a desarrollar un sortilegio mágico para el que teníamos una varita mágica hecha con un palo de madera de los que se usaban para mantener los zapatos en condiciones en la caja y una estrella recortada en papel aluminio. Julia solía ser la que manejaba la varita mientras yo me asustaba por la presencia de ese ente coronado por un plumero. Automáticamente, después de las palabras mágicas, se convertía en otra bella princesa que pasaba a ser nuestra hermana, a compartir padre y camisones rosas de seda.
Era uno de nuestros entretenimientos. A menudo nos gustaba mucho dejar volar nuestra imaginación, casi todas las noches inventábamos una historia nueva que terminaban con la presencia de mamá o papá por el marco de la puerta, nos apagaba la luz y nos mandaba a dormir, que a la mañana siguiente había colegio y nos tocaba madrugar.
Matacumbe hijo (que ya era una princesa muy guapa) desaparecía esa noche pero con la incertidumbre siempre de si en algún momento volvería a aparecer en escena.
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