martes, 1 de abril de 2014

4229

Anoté 4229 en un papel y lo guardé dentro de mi tarro secreto de Farmacia en el mueble de la entrada. Cuando no cabían más recipientes decorativos, mi madre los traía a casa y los iba colocando en distintas zonas para que lucieran más. En el baño, había dos de 'Sales Pedico' con los que me gustaba hacer anuncios publicitarios mientras mi madre tomaba de la mano paciencia y secador para dejarnos impecables de cara al día siguiente. "Frotaos bien las rodillas", decía cuando entrábamos en la ducha.
En uno de ellos tenía yo mi cofre del tesoro. Pensaba que las cosas que allí escondía estaban a salvo de mis hermanos. Nunca encontraron nada. O eso, o no les interesaba lo más mínimo.
El día que nos despedimos del Seat Ritmo para siempre fue complicado. Aunque ya nos habían explicado que era para mejor, para que mi madre pudiera conducir un coche más seguro, sofisticado, último diseño a la vanguardia en los distintos modelos que había en el mercado, aquel coche anaranjado (puede que antes de que le diera el sol fuera rojo) nos había llevado y traído miles de veces del paraíso.
Si eres pequeño, el cielo está en el rincón de arena mojada de la playa de Torrenueva o al lado de las rocas del Puerto de Motril, donde veíamos, asombrados, verse los peces. Dar coletazos para ir avanzando contracorriente, a menudo brillantes porque justo encima había un poco de aceite prodecente de algún barco.
Mi manera de rendirle homenaje fue copiar el número 4229, el de su matrícula, en un trozo de papel cuadriculado que había arrancado de una libreta del colegio. Con cuidado lo doblé y lo escondí en el fondo del tarro de Farmacia de la entrada, justo al lado de mi colección de fotografías del Papa Juan Pablo II y las alineaciones del Real Madrid que todos los fines de semana recortaba de Ideal.
Lo del Papa lo hacía porque en el colegio había una monja que era su fan número uno, y porque a mi abuela Isabel le gustaba mucho también. Tenía pensado que cuando tuviera centenares, iba a regalárselas: la mitad a cada una, a cambio de natillas o de que nos dejara jugar al voleibol en el patio en horario extraescolar.
Las alineaciones del Madrid las guardaba porque todos los lunes escribía una crónica paralela del partido en mi diario, y al lado de la misma, con cuidado y papel celo, pegaba las alineaciones. Era así de rara.
El Seat Ritmo salió una mañana rumbo al concesionario y volvió renovado, en forma de Seat Ibiza rojo. A partir de ese momento comenzó una relación intensa de mi madre con este modelo de coche que le daba la movilidad que tanto le gustaba.
Fue una despedida como suelen serlo las que duelen un poquito. Yo me rebelé contra la suerte del primer coche que conocí. Lo que pasa es que al final, cuando eres pequeño, siempre ganan los mayores y nos quedamos con la tristeza de la pérdida de nuestra nave espacial. No duró mucho tiempo porque luego, el Ibiza nos gustaba casi tanto o más. Nuestro nuevo vehículo al infinito. La puerta para continuar soñando.

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