lunes, 2 de febrero de 2015

Conversaciones de biberón I

Podrán decirte cientos de veces que quienes marcan una ruta a seguir, los renglones ondulados del destino, son las estrellas que cuelgan del cielo. Pero no. Nosotros hemos adoptado a la luna. No sé explicarte por qué. Tampoco tienes, en estos momentos, capacidad para decidir más que la opción que yo elijo. Y he seleccionado la luna de entre todo el recuadro que se ve por la ventana porque es la que nunca falla. la que siempre está ahí y a duras penas se mantiene pendiendo sobre el suelo y los edificios.

Te despiertas a la hora en que tu estómago canta cualquier sinfonía que denote que tienes hambre. Pides a voces unos brazos, un poquito de leche caliente y unos cuantos besos que te hagan de nuevo recostar la cabeza en la almohada y regresar al paraíso donde viven todos los sueños de bebé. Mientras preparo el biberón quiero hilar mil historias en la cabeza que luego se quedan ahí porque al sentarme contigo en la cama te quedas absorto mirando por la ventana, y no hay más luz que la luna.

Bueno, sí. Una de las ventanas dispara en azul la espera de cualquier madre a que regrese su hijo de fiesta, la de un estudiante que está preparando las oposiciones, un universitario que tal vez se haya equivocado de carrera pero que no quiere dejar de lado la oportunidad que sus padres le han brindado a pesar de unas tasas desorbitadas. Una chica adolescente que escribe a la luz del flexo de color rosa una historia de amor no correspondido en su blog. Curiosamente, la protagonista se parece bastante a ella. Mira de reojo el teléfono móvil. Suspira y sigue escribiendo.

En esa luz azul puede haber una historia pasional que siempre se enciende a la misma hora. Todas las noches. Es poco probable, Adrián. La luna se taparía los ojos y esbozaría media sonrisa. Y hoy hay luna llena. Parece que se asombra con esa boca tan abierta. Dices que no quieres más con los ojos entrecerrados. No sueltas mi mano, por si acaso se me ocurre dejarte de nuevo en la cuna, que son unos metros lejos de mi cuerpo. Te conozco y seguimos hablando.

Han quitado el árbol de Navidad de la Residencia de Mayores y hace tiempo que ninguna ambulancia llega a estas horas a la puerta. Sí lo hace de cuando en cuando el camión de la basura, y no sabe que somos los únicos espectadores que tiene en su duro trabajo diario. De repente se apaga la luz de la habitación. Nos quedamos en penumbra los tres, Adrián, Miro de reojo a tu padre que se acaba de quedar dormido de nuevo y jugamos a darle con la manita despacio, para que no se asuste. Pasan los minutos y no quiero que llegue el momento, pero ya estás perfectamente dormido. Ríes de cuando en cuando para demostrarme que han sido muchos años esperándote y tus ojillos rasgados no dan para más. Quiero darte un beso sin que te despiertes y le pido a la luna que se apague unos instantes,

Duermes en la cuna. Te miro. Te mueves, juegas a destaparte sin darte cuenta...

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