lunes, 24 de marzo de 2014

Cirujanas de plumier

No había nada que me entusiasmara más cuando estaba en el colegio que los artículos de papelería. Tenía decenas de gomas de borrar diferentes guardadas en casa en un cajón a las que les tenía especial cariño y que no podía usar en clase porque era norma en el Santo Rosario que las que empleásemos fuesen Milan Nata de las pequeñitas y nos las daban las monjas. Las compraban a principio de curso con un dinero que empleaban precisamente en eso, en material escolar "para que todo fuese igual para todos y no existiesen diferencias".
Llevaba un estuche de tela, con dos compartimentos en el que había dibujada una muñeca vestida de antigua que portaba en la mano un ramo de flores. La cara no podíamos vérsela porque estaba tapada con los encajes del gorro. Dentro los bolígrafos, goma de borrar, lápices y un tímido portaminas, asomaban cuando empezaban las clases.
Dicen que de casta le viene al galgo y aunque no triunfaba demasiado con los números y las fórmulas de Química, decidí adentrarme a mi modo en el mundo sanitario. Me alié con Luisa, una de mis amigas que de cuando en cuando se dejaba invadir por mis pájaros en la cabeza y el tema era tan sencillo como absurdo.
Con el portaminas, metíamos un trozo de grafito dentro de la goma, que desde ese momento estaba herida de muerte y Houston corremos el riesgo de perderla si no actuamos pronto.
La mesa del pupitre se convertía en un quirófano improvisado en el que actuábamos con rapidez y mucha paciencia. Los capuchones de bolígrafo nos ayudaban en la extracción y sólo si la goma no se partía podía decir que había salvado la vida. Todo ello sin contar con el ojo avizor de la Sor de turno que cuando nos pillaba en medio de una operación a corazón abierto nos regañaba con aquello de cuidar el material y bla bla. Jamás entendió la importancia de salvar vidas gomiles que nos embargaba.
Cuando éramos descubiertas en la clandestinidad de nuestras operaciones, normalmente nos quedábamos sin recreo, lo que quería decir que te tocaba pasar media hora en la clase. En ese tiempo, dependiendo de quién te castigara, o tenías libertad para coger un libro del armario y leerlo en tu mesa tranquilamente o, en cambio, te soltaban un trapo húmedo y te ponían a limpiar la pizarra. Las primeras veces era desastroso y la monja de turno se enfadaba mucho porque en vez de limpiar, la tiza estaba tan restregada que el verde oscuro se tornaba en blanco. Pero con el tiempo, fuimos ganando práctica.
De operar gomas pasamos a intentar salvar la vida a bolígrafos a los que la malvada grapadora les había disparado unas grapas, su valiosa arma de destrucción masiva, para acabar con ellos.
O el caso del folio que quedaba atrapado pinchado por la punta del rotulador azul, lo que necesitaba una urgente intervención.
Han pasado los años y ninguna de las dos hemos sido médicos. Nos conformábamos con poco, la cirugía relajada de plumier y pupitre.

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