sábado, 12 de abril de 2014

Tosferini

La proximidad de la Semana Santa trae a mi memoria de forma inevitable aquellos días en Motril, en los que para mí lo más importante era hacerme de un cuadernillo con horarios, itinerarios y salidas de las imágenes de sus iglesias para no perderme ni una. Era mantener despierto a mi padre hasta las dos de la mañana para disfrutar con la complicada salida del Gran Poder o intentar que guardara silencio saludando a todos sus conocidos mientras los fieles rezaban el Padrenuestro al paso de la Buena Muerte. Pero también es pensar en los días previos a nuestra primera salida como penitente.
Cuando te enteras de que perteneces a una Hermandad y que serás alguien destacado en la salida procesional, crees que la misma jamás podría desarrollarse sin tí. No sé bien por qué, pero al nacer nos hicieron hermanos de la Virgen de la Esperanza, pero no fue hasta bastante más adelante cuando mi madre consintió en que saliéramos, diciendo que éramos pequeñas y que para ser consciente de la importancia de salir en procesión había que ser más grande. Nosotras contraatacábamos explicando que en todas las procesiones había penitentes de apenas medio metro que caminaban desorientados, buscando como locos a alguien conocido entre la gente. Pero nada.
El año que conseguimos ser lo suficientemente adultas a sus ojos para que nos dejaran salir (mi primo Carletes nos echó una mano, porque él iba con el Cristo y aseguraba que nos cuidaría aunque nos separaran más de mil nazarenos) todo eran nervios. En primer lugar, convenimos que no alquilaríamos los trajes. Queríamos unos propios, con la majestuosa capa que les caracterizaba. El primer año que salimos, la Cofradía del Jueves Santo era la única en la que los penitentes llevaban capa, y de este modo, fuimos a ver a la modista que nos tenía ya las medidas tomadas y nos hizo unos trajes de penitente preciosos. El capirote lo teníamos preparado meses antes, mi tía Chabela nos echó una mano para elaborarlo, convenciéndonos de lo importante que era que llevara agujeritos, por mucho que Julia le dijera que eso era para las cajas con gusanos de seda y que ella nunca había visto a un penitente como el cono como un queso de gruyère.
Con nuestros atuendos nos marchamos a casa cuando quedaban más de dos meses para la llegada de la Semana Santa y mi madre los colgó, tapados por un plástico transparente, en el armario de casa. De cuando en cuando nos asomábamos, incrédulas, porque aquel iba a ser nuestro año.
Un par de semanas antes del día señalado, hubo en el colegio varios alumnos con tos ferina. Esta es una enfermedad parecida al resfriado pero que continuamente estás tosiendo, nunca paras, y es bastante molesta. Cuando se curan los mocos y el dolor de garganta, sigues tosiendo como un perro enfermo. No hay modo de dejarlo. El Domingo de Ramos, Julia estaba bastante mejor que yo, Cuando me daban los ataques de tos insoportables, ella se colocaba delante mía y me llamaba "¡Tosferini!", luego le pasaba a ella pero cualquiera le decía nada.
El día señalado en el calendario, mamá nos sentó a las dos y nos dijo que no estábamos en condiciones de salir, pero nos lo tomamos tan a pecho que aquello estuvo a punto de convertirse en una tragedia griega. Julia decía que apenas le quedaba tos y que si la que estaba mal era yo, que lo dejara para el año que viene. Al final, nos consintió que nos vistiéramos pero con la condición de que poco antes de la carrera oficial teníamos que dejar la procesión. Nos pareció justo.
Fue gracioso, no obstante. Nos dieron un cirio a cada uno que abultaba más que nosotros. Íbamos juntas, ella delante y yo detrás. Mamá y papá nos seguían con la cámara de vídeo entre la gente y paso que dábamos, ellos estaban también allí. Los veíamos moverse entre los espectadores que rezaban y miraban la procesión con ojos humedecidos. La Virgen de la Esperanza tiene muchos fieles en Motril.
Cuando me daba el ataque de tos, el capirote iba y venía, tenía que sujetarlo con cuidado de no meter los dedos en los agujeros y mirando de reojo a Julia para que no se diera cuenta y se volviera y dijera eso de "¡Tosferini!".
Mamá se acercaba. "¿Estáis bien?". Poco antes de la carrera oficial nos salimos, llevamos el cirio a casa. Le dijimos a papá que nos iban a regañar. Pero él dijo que no, que al día siguiente se los llevaba él a la Farmacia y que no pasaba nada.
El resultado de nuestra primera salida procesional fueron dos capirotes que se movían de un lado a otro mientras tosían al mismo tiempo. Aunque no hay duda de una cosa: cuando eres pequeño, las cosas más nimias son las que más feliz te hacen. Y aquella tarde de Jueves Santo, Tosferini y su acompañante fueron plenamente felices.

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