jueves, 27 de febrero de 2014

Zapatones

Desde el primer momento aprendimos que en la vida las cosas que uno quiere hay que ganarlas con esfuerzo. Nunca pusimos la mano esperando recibir nada a cambio de nada porque simplemente, no lo había. Mis padres nos inculcaron la importancia del conseguir lo que se quiere con trabajo e intención. No quiere decir esto que cuando queríamos ir al cine con amigos no lo hiciéramos, ellos nos daban quinientas pesetas para la entrada y una Fanta antes de entrar. Pero si, en cambio, el tema era más serio, tocaba planificar cómo conseguirlo. Cuando aprobé (a la segunda) el carné de conducir, le dije a mis padres que quería un coche. Un Twingo. No sé qué le ví a esa especie de huevo con ruedas, pero me encantaba. Inmediatamente, se puso en marcha la maquinaria. Si quería el coche, lo tendría, pero nadie iba a regalármelo. Tendria que pagarlo con mi sueldo. ¿Con el sueldo de qué? Yo estaba por aquel entonces en Granada (había dejado mi bienamado Motril en la distancia) estudiando Magisterio de Educación Física y me planteé algunas opciones para poder conducir esa especie de óvalo motorizado. Encontré un cartel en la Facultad en el que anunciaban que necesitaban payasos ¡Era la mía! Obviamente, con cero ingresos no podría pagar el curso, por eso mis padres me lo financiaron. Cuando lo terminé, enseguida empezó a salir trabajo. De payaso en fiestas como Comuniones o Bautizos. Hasta que no te pones a ello, no sabes lo complicado que es hacer reír a una persona. Y menos a un niño. Aunque antes era mucho más sencillo, claro. Ahora con tanta tecnología seguro que cuesta más. Lo siento por los payasos recientes. Hacer reír es uno de los oficios más bonitos del mundo, pero a mí me costaba mucho. Dejando de lado los pasacalles en los que en algunas ocasiones los pequeños estaban más pendientes de atizarte en la cabeza con los mismos caramelos que lanzabas, me centraré en lo curioso de mis zapatones de plástico amarillo. Yo calzo un 35 por lo que cuando tenía que ponerme eso por encima no podía conservar el equilibrio. Y caía. Una vez, y otra y otra... lo peor de todo es que aquello no estaba en el guión ni en el número programad pero a ellos les hacía mucha gracia. Se reían a carcajadas. Y yo lo pasaban mal porque realmente quería ponerme en pie. Alguna vez que otra hicimos algo parecido a un flash move por la calle, sólo que entonces no se llamaba así y era más una actuación improvisada. Nos metíamos en carros de la compra y tomábamos las calles del centro de Granada. O nos disfrazábamos de repartidores de pizza y entrábamos en alguna Facultad de las que estaban por el centro a interrumpir las clases.
Otro punto aparte ya tiene el momento en que pretendieron enseñarnos a subir en zancos. Yo era el Capitán Garfio pero jamás ejercí como tal. Cada vez que intentaba andar, terminaba de morros en el suelo. Fue el final de mi prometedora carrera como payaso social. Poco tiempo más tarde empecé a trabajar como monitora de Natación en la piscina del Complejo Deportivo Núñez Blanca. Entonces ya tenía algún dinero ahorrado y compré un Twingo morado, que aunque era de segunda mano, para mí estaba recién estrenado, como salido del concesionario. Limpio, con un colgante de madera perfumado de fresa que mi hermano lanzó un día a la papelera porque decía que el olor le mareaba mucho. Financié mi Twingo en pequeñas mensualidades de 70 euros, y estuve pagándolo varios años. Los últimos ya sin tenerlos porque se quemó el motor a doscientos metros del concesionario cuando iba a darlo de entrada para sacar un Clio de color blanco. Pero eso es otra historia.
Yo quise un Twingo, y lo tuve. Con una enorme margarita pegada en el cristal trasero, que le daba un aspecto muy 'funny', como dirían en algunas modernas revistas de moda. Gracias a mis padres, conseguí mi sueño, mi coche. Pero ellos no pusieron un duro para que así fuera. Entendí las satisfacciones que da pagar lo que uno desea con el esfuerzo, el sudor y el hastío que supone el trabajo en determinadas ocasiones. Pero todo se me pasaba cuando miraba las llaves de mi coche en la mesita de noche. Y me asomaba por la ventana y estaba allí, en la calle, esperando el momento de emprender un nuevo viaje. ¿Dónde? No sé, hacia donde nos llevara la vida.

miércoles, 26 de febrero de 2014

Entre dos mares

Hoy voy a dedicarle un post en mi blog a Paco de Lucía. ¿Qué pinta el guitarrista flamenco en un espacio en el que hablo de recuerdos de mi infancia? Como todas, mi niñez tuvo una banda sonora en la que se entremezclaban por doquier todos los géneros musicales posibles. Además, mi madre tenía una guitarra española artesana con la que siempre había que manejar el máximo respeto, porque era artesana y muy española además de bastante buena, hecha a mano, como ponía en una etiqueta que había en la boca atravesada por las seis cuerdas. "Esta guitarra se la regalé yo a tu madre cuando éramos novios", explicaba, muy docto, mi padre mientras la tomaba con cuidado metida en su funda de cuadros.
Con ella, mi madre componía y cantaba sus canciones preferidas: 'La guerra cruel' de Mocedades, 'Detalles' de Roberto Carlos o 'Mis manos en tu cintura' de Adamo. También escribía las suyas propias en las que se encuentra un magnífico tema dedicado a Torrenueva que me sabía casi de memoria. El caso es que entre los cientos de vinilos que reposaban en la casa de El Maraute (selección para los meses de verano) había unos cuantos del guitarrista algecireño, que viajaban de acá para allá en la maleta de temporada.
Recuerdo despertar con el sonido de 'Entre dos aguas' en el tocadiscos, que cuando sonaba de madrugada me recordaba al golpear rítmico de las olas del Mediterráneo y me imaginaba que el autor le cambiaba el nombre y la llamaba 'Entre dos mares'.
Me encantaba, ya desde pequeña, seguir el ritmo que se iba acelerando con el latido de corazón, el mismo que esta mañana le ha fallado, sorprendiendo, apenas recién salido el sol, a los amantes de la música. Yo era inmensamente feliz sentada en el suelo, cotilleando entre los discos, y siempre me llamaban mucho la atención las enormes patillas de Paco, impresas en la portada de un vinilo que a veces amarilleaba por el tiempo. Y marcado con el nombre de mi madre en una esquina. Sensación de pertenencia de aquellos sonidos maravillosos. No recuerdo si ella se atrevió a la guitarra con algunos de esos temas pero imagino que no lo haría. Paco era muy grande. Demasiado quizás, para que su arte se quedara sólo en este mundo. Finalmente se marchó con el Príncipe Gitano. Y tal vez ahora se mitifique si figura. Este país es muy dado a idolatrar a aquellos que desaparecen de repente. Aunque es diferente. Lo que fue, lo que es y lo que será se lo ha ganado él a golpe de cuerda y de claves de sol. El alma de una Andalucía que suena a gloria por tarantos ahora en las alturas.
Parece que de golpe se revuelven en la cabeza los sentimientos y que no puede dejar de moverse inquieta para trasladarme de nuevo a aquellos años, a aquel suelo de baldosas negras y blancas, en el que pasaba el tiempo antes de ir a la playa ordenando cuidadosamente los vinilos para encontrarme de cuando en cuando con las enormes patillas, la seriedad en el gesto y la mano del de Lucía acariciando el mástil de su guitarra.

martes, 25 de febrero de 2014

El Nikkon amarillo

Siempre quise tener un coche de carreras. Cuando estaba en el colegio, soñaba con el día en que los Reyes Magos trajeran de Oriente ese bólido teledirigido con el que hacer carreras, derrape, o simplemente ponerlo a correr por la carretera del Puerto de Motril los fines de semana después de haber terminado los deberes. Finalmente, tras muchas cartas y explicaciones a mis compañeras del colegio, algunas me veían como una 'marimacho' por pedir mi coche de carreras y no maquillajes o libros de señoritas, Sus Majestades dejaron al lado de mis zapatos una enorme caja con un Nikkon amarillo en su interior. A mi hermana le trajeron otro igual pero en color verde y mi padre también tuvo el suyo. Era un  todoterreno que funcionaba con gasolina. Aquello, para mí, fue un privilegio que, entendí, sólo tenía él por ser el mayor y porque seguramente había sido más bueno que todos nosotros juntos. A mi Nikkon amarillo le llamé Prosi, porque aquel era el año en el que había llegado al Real Madrid un croata que se las prometía muy felices y del que mi padre era un fan y a mí, aunque me resultaba bastante indiferente, me dio la idea de bautizar con su nombre a mi reciente adquisición. Para ese momento, previa consulta con mi padre, lo dispusimos todo en el salón. Convenimos en que tenía que ser una ceremonia como la de los barcos, en la que se echara un poco de cava por el paragolpes delantero mientras se repetía una fórmula ancestral de ponerle nombre a las cosas. No teníamos ni cava ni champán así que tuvimos que conformarnos con media botella de cerveza que repartimos entre los tres coches. Con el de mi hermana y el mío, además, venía un cargador de pilas. "Los Reyes Magos quieren que aprendáis la importancia de no malgastar la energía. ¿Para qué vamos a estar tirando y comprando pilas si podemos darle muchas vidas a las mismas?" Lo vimos bastante lógico y todas las noches dejaba a Prosi cargando, esperando la llegada del fin de semana para empezar nuestras aventuras.
Estuvo en muchos sitios conmigo. En Torrenueva, recorriendo el Paseo Marítimo y las calles de El Maraute (despeñándose por las escaleras de la piscina de cuando en cuando), derrapando en la zona de arena más dura hasta que mi padre me dijo que podía romperlo, y por Motril principalmente en el Puerto.
Me gustaban los domingos porque era el día en que nos subíamos todos en el coche y nos marchábamos a jugar o a pasar el día por ahí. Normalmente al Puerto, cerca de los barcos. Mis padres con mil ojos y nosotros con  un espacio abierto increíble en el que ser felices. Jugamos como locos allí con los coches. El de mi padre era el que más corría. La gasolina es lo que tiene, pero el mío y el de Julia eran más pequeñitos y podían meterse en sitios donde jamás entraría el suyo. Me encantaba pasearlo entre las patas de las grúas que descargaban barcos. Lo metía entre los hierros al límite y lo sacaba sin rozarlo. Hasta que un día se quedó allí clavado. Entró con tanta velocidad y no calculé bien la altura, que no había modo de moverlo. Estuvimos tirando un buen rato para desencajarlo, y finalmente lo conseguimos, pero rayamos toda la parte de arriba. No me importó demasiado, de hecho, regresé orgullosa porque era una herida de guerra. Señal de lo bien que lo habíamos pasado.
Un domingo que había llovido bastante aunque ya estaba escampado, mi padre me llevó al Club Naútico a ver por la televisión un partido del Madrid. Era aquel un sitio donde había Canal +, de los pocos de Motril donde lo tenían, y a él le encantaba llevarme y presumir delante de sus amigos de lo que su niña sabía de fútbol. Yo me llevé mi Nikkon amarillo por si podíamos jugar antes un rato. En el descanso (era temprano) me bajé a la zona por donde salen los optimist a dar clase de vela, mientras él se quedaba arriba esperando que empezara la segunda parte y hablando con Pepe 'El Maúro' que era un señor muy mayor y muy madridista que coleccionaba canarios. Jugué a poner el coche en la rampa por la que suben y bajan los barcos. Mi fantástico bólido amarillo terminó en el agua. Un derrape mal hecho y la cuesta mojada. Aunque lo saqué rápidamente, antes de que se hundiera, y mi padre me tranquilizó diciendo que cuando llegáramos a casa le enchufaríamos el secador del pelo, Prosi nunca se recuperó. Quedó apagado para siempre, en la estantería del dormitorio de la que un día, sin saber por qué, desapareció. Tuve suerte porque mi hermana, cuando vio lo afectada que me había quedado, me dio su coche verde diciéndome que me lo prestaba todo el tiempo que yo quisiera, que a ella no le hacía tanta ilusión como a mí.
Mi padre y yo seguimos jugando durante mucho tiempo con nuestros coches. El de Julia estaba nuevo, no tenía arañazos ni barro en el paragolpes. Era como si acabara de salir de la tienda. Obviamente, lo traté con mucho cuidado, y siempre regresaba a casa en perfectas condiciones. ¿No le pones nombre?, le pregunté. "Se llama coche", me contestó ella, "coche verde".
La vida seguía pasando, a veces lenta y otras más rápida, metiéndose en los recovecos del alma para luego, con un requiebro, salir hacia otro lado repleta de fuerza. Igual que ni Nikkon amarillo entre las grúas del Puerto.

lunes, 24 de febrero de 2014

La jirafa madrileña

No me cansaré de repetir que buena parte de la culpa de que en estos momentos esté escribiendo mi blog la tiene mi madre. Ella no deja de animarme para que no abandone las letras. Lo hace ahora y lo hacía cuando era una niña que estaba aprendiendo las lecciones en el colegio. Siempre me animaba a sacar un rato para sentarme y escribir. Incluso había veces que se ponía a mi lado, con las agujas de punto o el Telva y me daba un folio en blanco. "Ahora tienes que hacer una redacción sobre lo que más te gusta de Motril" o "Escríbele una carta a los abuelos y mañana la mandamos por correo a Madrid". Quizá eso fuera lo que más me gustaba. Íbamos por la tarde a la papelería Mavi, que estaba en medio de la calle Sáez, a comprar bolígrafos con tinta perfumada, que estaban de moda. Mi madre me regaló dos, uno azul verdoso y otro rosa y un paquete de folios reciclados de colores. Conforme se me iban gastando, ella los reponía. Me sentaba en el escritorio que había en mi cuarto y que compartía con mi hermana, y pensábamos qué íbamos a escribir. Ella una parte y yo la otra.
Creo que a mis abuelos les conté muchas veces las cosas intrascendentes que pasaban en mi vida pero que para mí eran un mundo. Les animé a que olieran el folio confiando en que aún mantenía el olor a tinta y les preguntaba muchas veces por la salud de una jirafa que un día conocimos en el Zoo de Madrid. Ellos siempre contestaban y a la jirafa nunca le pasaba nada interesante. Decían que la visitaban todos los días y le contaban que yo preguntaba por ella. Imagino que asentiría con sus enormes ojos de jirafa.
Las redacciones, en cambio, eran para mí un paraíso abierto. Mi madre me hacía esforzarme para que mi caligrafía mejorara. "Como no pongas más cuidado, vas a terminar escribiendo como los médicos que mandan las recetas a la Farmacia". Yo me quedada parada ante el folio y empezaba a crear. Primero me dio por contar historias de Vírgenes que se aparecían a gente que estaba en el autobús o comprando el periódico en el quiosco de la esquina. Luego, mi madre me dijo: "Hay más cosas que escribir que no historias de Vírgenes, que está muy bien, pero vamos a ver si intentas con otro tema". Pensé en mi jirafa preferida, la madrileña, la que comía hojas con sacudidas de cabeza que nos daba mucha risa. ¡Qué mejor protagonista para mi redacción de tema libre! De repente no era jirafa, sino jirafo, el papá de una familia numerosa del África meridional. Allí tenía sus pequeños jirafitos a los que les enseñaba a estirar el cuello muy alto, tan alto como para llegar a las frutas más elevadas que le quitaban a los señores elefantes, que estaban muy gordos y tenían que pensar en hacer más deporte. A mi madre le fascinó la historia de la jirafa madrileña y se la mandó a mis abuelos, pero antes me hizo copiarla para tenerla de recuerdo.
- Ahora puedes ir escribiendo capítulos, uno por día, con las aventuras que le vayan pasando.
-¿Y qué es lo que le pasa normalmente a una jirafa que vive en el Zoo?
- Pues no sé, eso ya es cosa tuya. Pero imagínate que llega un niño y le tira un cacahuete, que no le gusta porque cae al suelo y tu señor jirafo ya está acostumbrado a llegar a lo más alto de los árboles.
- ¿Y si se enamora de una leona?
Mi madre se encogía de hombros y me dejaba crear libremente, dar rienda suelta a mi imaginación. Yo siempre quise dedicarme al lenguaje, a lo mismo que ella, que me explicaba las raíces de las palabras latinas, pero al final mi padre me convenció para que intentara terminar la carrera de Farmacia, algo que deseché de inmediato, en cuanto empecé a sacar ceros con algo en los exámenes de Química en el instituto.
Eso soy yo, un compendio de letras y el recuerdo abstracto de una felicidad tan grande como el cuello de la jirafa del Zoo de Madrid.

domingo, 23 de febrero de 2014

Palmeras y cenizas

Puede que sea porque al ver las terribles imágenes de la voraz lengua de fuego tragándose a su paso el verde de uno de los lugares más bonitos de Motril se haya revuelto en mí una oleada de sentimientos con los que quiero impregnar de cenizas al aire este blog. También porque el Parque de los Pueblos de América ha sido una parte importante de mi vida, el rincón para huir a leer, a estar con los amigos, a compartir momentos especiales. Duele ver cómo la sinrazón y la insensatez humana convierten en rescoldos cualquier huella de libertad. Que a lo lejos huele a humo y la columna empieza a extenderse firme al cielo. La gente tiene miedo y sale a la calle, preguntándose qué ocurre, por qué no pueden dormir y el horizonte se pinta de rojo. El Parque de los Pueblos de América fue inaugurado en el año 1992 Por aquellos entonces, yo ya estaba estudiando Educación Física en Granada y en mi carné de identidad sumaban 22 primaveras. Mis amigos seguían siendo los mismos, mis padres vivían en Motril y ese pulmón verde acababa de aparecer para ayudarme a programar mis fines de semana o mis vacaciones. Con las zapatillas puestas, salir a correr entre las palmeras se convertía en uno de mis entretenimientos preferidos. Lo mismo que estar en el césped, por el simple hecho de estar, contemplando el cielo cuando empezaba a caer la tarde y se recortaba el sol en la silueta de la Azucarera o en los pequeños edificios del Puerto. Allí iba con mis amigos, que afortunadamente son los mismos que ahora tengo, cartucho de pipas en mano, haciendo turnos para salir a comprar un papel de patatas fritas al quiosco de las Explanadas. En la pirámide para trepar de la zona infantil hemos celebrado concursos de escalada y fue allí donde mi primo terminó en el suelo mientras echaba una carrera con mi hermano.
Precisamente por eso duele ver cómo por obra y gracia de la mente absurda y enferma de uno, dos, tres... qué más da, personajes queda vacío el camino de los sueños. Cómo a lo lejos sólo se ven palmeras y cenizas en lo que antes era un camino verde coronado por el Cerro y flanqueado por un lago en el que de cuando en cuando se escondían los patos. Duele, porque duele mucho, recordar que hace unos meses, el escenario del Parque era el elegido para hacer mis fotografías de boda. El espacio en el que todo eran miradas y sonrisas, hace unos días estaba coronado por el fuego y ahora sólo queda gris, retales de aquello que fue.
Aquellos que calculan el tiempo de regeneración, hablando de números y plazos inmateriales, no saben del olor a verde y rama caída que se respiraba en el camino que ahora es negro. Quien establece suposiciones acerca del autor o autores no debe olvidar a aquellos que se tumbaban en la hierba simplemente a ver caer la tarde. O las sonrisas de los niños en los columpios. O, tal vez, el click de las cámaras de los fotógrafos que, como mi amiga Ana, encontraban allí un foco de inspiración.
Podrán pasar todos los años que haga falta, pero nada volverá a ser lo mismo allí, en una zona donde late el corazón de Motril, en el centro neurálgico de la vida. Pasará gente, la vida y la muerte. Queda en el recuerdo el cielo azul mientras jugábamos con las briznas en los dedos. Jamás lo enturbiará la lengua de fuego que hiere, daña y mata. A la que alguien dio vida, para matar un Parque.
Fotografía: Ana Castillo Fotógrafa

viernes, 21 de febrero de 2014

Al niño de mil colores le gustan las natillas

Puedo sentir sobre la mía la mano helada de mi abuela Isabel cuando venía todas las noches al piso de la calle Sáez a dormirme. Para mí, era mucho más que una costumbre. Era un rito sagrado que se repetía día tras día. Después de cenar, llamaba desde el teléfono fijo a la puerta de al lado, que era donde ella vivía. "Abuela, que me voy a la cama", le decía. Y ella venía en silencio, pero cuando caminaba por el pasillo, yo sabía que estaba allí gracias al toc toc toc de su bastón de cabeza plateada. Sentada en el filo de mi cama, justo a la distancia a la que llegaba mi brazo de niña, me cantaba canciones de siempre... "Entre las matas y entre las flores / habita un niño de mil colores / era muy chico, chiquititillo / y había otro grandote". El sueño empezaba a llegar mientras me sorprendía la presencia de ese extraño ser de arco iris que buscaba a un amigo que probablemente le sacaba tres cabezas y media. Un ogro del océano que estaba a punto de emerger. Y aunque parezca mentira, jamás me quitaba el sueño.
Mi abuela tenía un don mágico para la cocina. Sus natillas era el premio gordo por cumplir años, por las buenas notas, porque estaban de nuevo los primos en Motril o simplemente porque a ella le apetecía hacerlas. Las recuerdo perfectamente, en una fuente blanca orlada con dibujos recargados en tonos azules. En el centro del dulce amarillo, había una pelota enorme de merengue rodeada por bizcocho, que en mi ciudad llamábamos 'biscotelas' y que ella compraba en la Costa del Sol cuando pensaba hacer postre. Isabelita, como la llamaban sus amigas con las que se reunía de cuando en cuando para tomar un café que duraba toda la tarde y buena parte del comienzo de la noche, era una maestra de las albóndigas en caldo, de la calabaza con chorizo y demás delicias aprendidas años ha.
A menudo la acompañábamos a la misa, en la iglesia de Los Frailes, y luego nos llevaba a comer chocolate con churros al café de enfrente. Siempre nos decía que los niños teníamos que ser gentiles y buscar sillas a las personas mayores que se quedaban de pie en el fondo del templo. Luego ellos la felicitaban y ella sonreía con su cara brillante por la crema hidratante a la que dulcemente siempre olía, cuando nos comía a besos. Nos contaba historias del Niño Jesús para volver a casa, y recolocaba una y mil veces las fotos que tenía de sus nietos para que cada cual nos sintiéramos importantes en todo momento.
En su casa había un salón al que llamábamos 'El salón prohibido' que estaba siempre cerrado (aunque nunca con llave) y en el que los muebles estaban siempre tapados con sábanas blancas. Presidiendo, un  cuadro enorme pintado por mi tío Carlos Moreu del que había borrado a mi abuelo Curro que, como buen torero, era un enorme supersticioso. Cuando terminábamos de comer, mientras los mayores hacían la sobremesa, nos íbamos al 'Salón prohibido' atraídos por el olor a cerrado del mismo. Allí, había una estantería de cristal en la que guardaba las figuras del Nacimiento junto a una colección de animalitos de cristal de Murano. Había cientos de animalitos. Nos encantaban y como eran pequeños, a veces nos llevábamos alguno a casa para jugar. Recuerdo que me enamoré de un pingüino que estaba con sus crías. Una de las noches en las que ella vino a dormirme, encontró el pingüino en el cabecero de mi cama. "Yo tengo uno igual de esos en la estantería del salón, ¿lo has visto?" Desde el primer momento supe que ella sabía perfectamente que aquel era su pingüino y, muerta de vergüenza miré al suelo y le dije "no, no lo he visto". "Hace tiempo que lo echo en falta, pero me dejó una nota escrita diciéndome que iba a un sitio mucho más bonito", me contestó. Supe de inmediato que estaba perdonado y olvidado. Y le dí la mano, como cada noche, mientras la luna brillaba en lo más alto del Cerro de Motril y empezaba a oír, a lo lejos, la historia del niño de mil colores.

martes, 18 de febrero de 2014

La mochila de Nintendo

Cuando cambias del colegio al instituto son muchas las dudas que se abren en tu cabeza. La primera, cómo responderán los compañeros. Yo llegaba de un colegio de monjas a un instituto de enseñanza pública y la verdad es que acudía en mis primeros días buscando la protección que me habían dado allí los compañeros y los profesores. Me pillaron con la guardia baja. Menos mal que en clase había algunas de las amigas con las que más relación tenía en el colegio. Uno de los principales problemas fue que mis padres, en un alarde de originalidad, me compraron una mochila de Nintendo. Era aquella la época en la que veían la luz las primeras videoconsolas, las pequeñas y las más grandes. Y a nosotros nos gustaba mucho jugar a Súper Mario. La mochila no era fea. Era llamativa, como se dice en Motril, cantosa. Tenía la palabra Nintendo en mil colores escrita sobre fondo negro y arriba del todo, un letrero mucho más grande en letras blancas y plastificadas. Un alarde de originalidad. Una oda al 'métete conmigo que voy de novata pardilla'.
Y efectivamente. Cuando llegas al instituto, todo es cambiante. Tanto mis compañeros como yo estábamos de nuevas. Cada uno de un colegio diferente, con sus gustos y colores. Y lo que no se puede hacer es ir provocando con una mochila de Nintendo. El paso de la puerta fue el primer trago. Yo tenía en aquellos entonces el pelo cortísimo, estaba un poco gordita (bueno, un poco no exactamente) y era madridista radical, de las que llevaban en la carpeta una fotografía del equipo en lugar de poner a Alejandro Sanz, que era el que más pegaba en las listas de la radio. Ese fue el primer punto. Además, no quería saber nada de los chicos. Estaba resentida con ellos porque en mis clases particulares de inglés en el Centro Británico había uno que se pasaba la hora entera lanzándome trozos de goma de borrar y kikos.
Cuando me senté en mi mesa, en la clase de 1ºF, dejé la mochila en la tabla y empezaron las risas y los "mira a esa con su mochila de Nintendo" que venían de los bancos de atrás. No entiendo qué era lo que tenía para llamar tanto la atención, pero no hay duda de que fue el top ten de las novedades raras que aparecieron en aquella aula. Mis compañeros me miraban, es cierto, continuamente. Ya tenían su blanco perfecto. La novata, gordita, que además estaba un poco cortada porque procedía del cole de las monjas.
Llevé la mochila de Nintendo algo más de una semana. Luego me di cuenta de que me preguntaban por Súper Mario, Luigi y toda su caterva con la risa en los labios. De videojuegos que yo ni conocía. Es cierto que algunas noches, si habíamos hecho los deberes y nos habíamos portado bien con las verduras en la cena, mamá nos dejaba una hora con la consola. Jugábamos mi hermana y yo a menudo a cosas de dos simultáneos y lo pasábamos muy bien.
Claro que eso, ellos no lo sabían. La verdad es que lo pasé un poco mal en el periodo de adaptación del colegio al instituto. Me aferré a mis amigas de siempre, que habían caído en mi misma clase. Poco a poco a ellas empezaron a interesarles los chicos, como era normal, y a intentar quedar con el que más les gustaba de las distintas clases. Yo estaba avergonzada porque no me atrevía a mirar a ninguno a los ojos y mucho menos a hablar con él porque pensaba que en seguida iban a meterse con mi mochila de Nintendo o la foto del Real Madrid que llevaba en la carpeta. Fui haciéndome con un grupo de amigos que más o menos estaban a pie cambiado como yo, por eso han pasado los años y seguimos juntos, siendo los mejores compañeros, aquellos que se conocieron en un aula durante el año de adaptación de la escuela al instituto.