Antes, cuando el 19 de marzo, día de San José, era festivo, en el colegio nos insistían mucho para que los regalos estuvieran perfectos, para que en su elaboración nada interfiriera y llegado el día y tras aguantar una noche y toda la tarde envuelto en papel de regalo, pareciera nuevo, recién sacado de la tienda.
Trabajábamos mucho y duro. Especialmente los que éramos más torpes en la elaboración de manualidades, un estigma que me ha perseguido toda la vida. Siempre he sido un desastre. Cuando son macarrones o pinzas de la ropa lo que manejas no hay problema, pero ya si creces y empiezas con las seguetas y los paneles de madera, la cosa se complica de una manera considerable.
La seño nos colocaba en las sillas, en nuestras pequeñas mesas verdes y cuadradas y nos hacía exponer el muestrario de pasta y legumbres que habíamos traído de casa. Mi madre nos surtía bien de lentejas, garbanzos y macarrones con rayas. Siempre le preguntaba por qué nuestros macarrones eran rayados y los de los compañeros más lisos. Y la respuesta siempre nos dejaba sin palabras. ¿O acaso no nos habíamos dado cuenta de lo originales que éramos?
Poco a poco, los portafotos de mis compañeros empezaban a tomar forma. En el colegio debía de existir una especie de pacto del Día del Padre con la empresa que fabricaba unas estampas relucientes en las que aparecía San José dándole al Niño la vara con florecillas blancas para que jugara.
Todos los años había que enmarcarla con macarrones, lentejas o cualquier idea que se nos ocurriera. No sé cuántas estampas de San José juntó mi padre. Lo que sí sé es que fuera la que fuera o el año que sea las recibía contento. Una vez, cuando mi hermano aún iba a la guardería, le entregó unos zapatos blancos de golf y un guante de esos que se ponen en la mano para darle a la pelota.
Como ya he comentado antes, el día 19 de marzo era festivo y un par de días antes ya teníamos los regalos a punto. Los escondíamos bien y esperábamos nerviosos el momento de la entrega. Normalmente, entre nosotras hablábamos de lo que habíamos hecho. Tampoco era tan complicado. En caso de duda, había que pensar en la estampa de San José con algunos atrezzos que la convirtieran en algo original.
Si nos portábamos mal unos con otros, el agraviado corría a mi padre y le decía lo que el molestón le había hecho, fastidiándole la sorpresa. Aquello era curioso, porque aunque mi hermano no contaba para estos juegos extraños, le encantaba sentarse con mi padre la noche de antes o la anterior y sacarle la conversación. Al final, estábamos convencidos de que lo sabía pero siempre se hacía el loco.
Aquellos Días del Padre no los había inventado el Corte Inglés, ni Carrefour, ni nadie más que nosotros. Éramos la esperanza de un día de sonrisas y buenos ratos. Sólo nosotros. La sorpresa como una fruta mojada en chocolate caliente...
Toda una aventura preparar aquellos regalos, nunca he tenido claro a quién les hacía más ilusión: si a los padres o a nosotros :)
ResponderEliminar...k bonitos recuerdos ,Berti....y sí....kien no ha hecho con toda la ilusión del mundo el regalito para el día del padre?
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