Los Cheetos eran una especie de gusanitos de queso que triunfaban como snack entre los niños y mayores (mi padre se los comía con disimulo, la bolsa escondida entre el pantalón y el brazo del sillón, mientras veía los partidos del Madrid) y a cuyo responsable de publicidad se le ocurrió la genial idea de comparar el producto con los tres mosqueteros de Dumas.
Hasta ahí, todo bien. Incluso debo admitir que me hacía gracia. Había uno largo con los pelos rizados que era el de los gusanitos de color naranja (nunca supe a qué se debía ese color), el otro era más azul y estirado y el más pequeño, una bolita verde con una espada, torpe porque era paticorto, que representaba a los círculos de maíz y queso. Se llamaba Bolicheetos.
Yo por aquella época era bastante redondita. No quiero decir que fuera un globo aerostático a punto de despegar. Ni tampoco que era fuertecita. No estaba fuerte, estaba gordita. Lo admito. Aparte, era bastante enemiga de los pelos largos. Veía como mi hermana Paloma sufría cuando se peinaba porque tenía enredos y decidí que yo más cómoda con el pelo corto ¡dónde íbamos a parar! El problema fue cuando mi destino y el de los ratones del queso se cruzaron.
Estaba terminando los últimos cursos de EGB, lo que ahora se llama Educación Primaria. Mis amigas estaban más pendientes de Alejandro Sanz y sus miradas elegantes y estudiadas que de los juegos que nos habían unido antaño. He de reconocer que llevaba cinco o seis canicas en la mochila, con la vana esperanza de que algún día me dijeran que les apetecía jugar. Pero ellas de decantaban más por esperar sentadas en un banco en el patio a que se cruzara el chico guapo de la otra clase que le daba un aire lejano a Tom Cruise.
Iban ideales de la muerte, repeinadas y empezaban a aprender las miradas de soslayo. Nunca me llamó la atención ser como una de ellas, pero mi comportamiento debía de sorprenderles. Una mañana, durante un recreo, un grupo de chicas de la otra clase jugaban al quema contra los chicos. Les faltaba una. Me preguntaron. ¡Claro que quiero jugar! Duré cinco minutos sin 'matar'. Enseguida me dieron con el balón. Falta de agilidad y de costumbre. (Y un lío que me hice con las piernas, que mi coordinación estaba en números negativos).
Mientras cruzaba al otro campo, uno de los niños gritó:
- ¡Mirad, es como el ratón gordo de los Cheetos!
También suele decirse que durante la infancia, lo que predomina es la crueldad. Entre los mismos compañeros. A mí aquello me dio rabia, pero no dije nada. Desde ese momento, empezaron a llamarme Bolicheetos. No sabía quien era, pero le pregunté a una de mis amigas.
- Pues el que sale en el anuncio, ¿no lo has visto? Son tres, dos delgados y uno más gordo. Pues ese.
Investigué y dí con un ratón que siempre estaba con el culo en el suelo, intentando comerse una bola de queso que tenía trinchada en la punta de la espada. Venga ya, yo no estaba tan redonda... no era posible. Aquella noche decidí que todo iba a cambiar cuando en la ducha miré abajo y no me veía los pies.

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