Hoy hace diez años del día en que despertamos todos a la cruda realidad. A nadie le gusta despertarse con la noticia en la televisión y las radios de que un atentado terrorista había sesgado vidas humanas. Todos conocíamos alguien en Madrid, familiar, amigo, amigo de un amigo, primo del tío de un amigo. Alguien. Historias que eran de cada uno y que sin saber por qué podían verse sesgadas. Fueron miles las personas que llamaron esperando encontrar al otro lado la voz del ser amado, que sólo obtuvieron por respuesta el metálico mensaje del robot: "El teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura..."
No pasa nada, es temprano. Seguro que más tarde lo coge.
Recuerdo que yo caminaba a la Facultad de Periodismo donde me tocaba la primera clase de Fotografía. Algo había escuchado ya en la radio mientras hacía de buena mañana los kilómetros a clase. Como casi siempre, había quedado con mi amiga Sandra para desayunar un café bien cargado y medio mollete de tomate en la Cafetería Belle Epoque. Comentando la gravedad del asunto, apenas nos dimos cuenta de que la hora de entrada se nos pasaba, y llegamos corriendo al aula. La profesora, Fina, estaba apoyada en el pico de la mesa, con la mirada perdida entre los alumnos mientras narraba lo que escuchaba al otro lado del auricular. Llevaba la radio del teléfono móvil puesta y nada nos importaba más que lo que estaba pasando en Madrid.
Aquella mañana las clases quedaron reducidas a la información pura y dura. Las televisiones de la Escuela ofrecían constantemente imágenes de lo que estaba pasando en la capital que por un día era también el epicentro del dolor. Los periódicos intentaban realizar una edición impresa especial y yo miraba a los reporteros que se esforzaban por contener las lágrimas mientras indicaban al cámara el lugar donde grabar.
Las horas pasaban deprisa, y cuanto más corría el reloj más impotencia sentíamos. Hacía poco que había localizado por medio del teléfono a todos mis familiares de Madrid. Estaban bien.
Mis compañeros también habían hecho lo propio con los suyos y volvimos a tomar café a media mañana con mal sabor de boca. Ya empezaban a hacerse públicos los datos y arrancaban las más inverosímiles explicaciones. En un principio, era ETA, luego se abrió una nueva línea de investigación que les alejaba, acercando más la desgracia al terrorismo islamista.
A los tres días se celebraban las elecciones generales y desde hacía un tiempo, mis compañeros y yo habíamos organizado un viaje con algunos profesores para poder ver cómo Urdaci daba los resultados en TVE. A mi madre no le hizo demasiada gracia que fuera, pero yo me moría de ganas por ver el ambiente que se respiraba en Madrid. Cuando pasas por una zona cero, las sensaciones son indescriptibles. Las vallas metálicas que rodeaban Atocha estaban repletas de textos, poesías, algunas flores y peluches. Aunque todos hablaban, había un negro silencio.
Fui testigo de cómo en el programa Estudio Estadio, el capellán del Atlético de Madrid rezaba en directo un Padrenuestro y las lágrimas no le dejaron terminar. Alfredo Urdaci dio los resultados electorales mirando a la cámara con ese cansancio de quien lleva días pegado al teléfono, trabajando las 24 horas. Sufriendo, también, por dentro.
Madrid era un desierto poblado de gente. Sobre el cielo, algunas nubes indicaban que la tarde estaba empezando a caer. No sé si cayeron algunas gotas, pero pudiera ser. Son muchos ángeles llorando al mismo tiempo.
Fueron unos dias muy tristes :(
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