domingo, 9 de marzo de 2014

Doce meses de playa

Mi madre tiene la teoría de que el aire libre es la mejor medicina para los niños. Por eso, desde que tengo uso de razón me recuerdo con las rodillas en la arena, excavando buscando agua marrón que celebraba como si hubiera encontrado petróleo. Cuando llegaban los fines de semana, ella nos cogía de la mano, nos subía en el Seat Ritmo color salmón requemado y nos íbamos a jugar a la playa de Torrenueva o al Puerto de Motril, que por aquel entonces era de entrada libre y de un salto podías estar en el Muelle de Levante sin temor a que el agente de turno de la Policía te dijera que de eso nada, nanai, fuera de allí.
Después de una semana de arduo trabajo escolar, nos sentaba tras la comida del sábado y nos preguntaba si habíamos hecho los deberes. Sabíamos de sobra lo que acarreaba decir sí o no. Si era afirmativa la respuesta, esperaban horas y horas de sol y sal, de arena y cubos de agua. En caso de ser que no, tocaría quedarse en casa al cuidado de la abuela o de mi padre mientras el resto marchaba al Paraíso. Normalmente nos aplicábamos el sábado por la mañana para tenerlo todo listo y presentábamos orgullosas los análisis sintácticos y las cuentas (cada una de ellas a un progenitor) con cierto recelo.
Cuando mi madre nos encontraba un fallo en la redacción o en la sintaxis disfrutaba mucho explicándonos donde estaba la raíz del error. Y cuando hablo de raíz me refiero a que ella arrancaba sus clases magistrales en el origen de los tiempos, en el latín y el griego. Era fascinante.
Al comprobar que todo estaba correcto y que incluso mi hermano Curro había completado con éxito la tarea de colorear sin salirse demasiado de la raya (algo que yo nunca conseguí) nos marchábamos con rumbo definido. Mi madre llevaba siempre el libro que estaba leyendo, que previamente había forrado con papel de regalo o las hojas de un periódico pasado. "No quiero que se me estropee con el salitre del mar", nos decía. Después el resto hemos tomado esa costumbre. Por lo menos, los que nos apasiona leer.
Llegábamos a la playa y empezaba el momento de gloria. Cada uno hacía lo que más le apetecía. Y si no querías hacer nada, te tumbabas en la arena a buscarle forma a las nubes. Julia era capaz de encontrar los animales más inverosímiles entre el azul del cielo. Yo, que por aquel entonces era muy madridista y tremendamente feliz con un escudo que me regaló mi padre y que llevaba en la sudadera sin quitármelo nada más que para dormir por eso de que pinchaba, construía un palacio de arena en el que decía que se alojaban los futbolistas para pasar las horas previas a los partidos. Tenía foso y con algunas plumas de gaviota elaboraba palmeras que se movían si soplaba el viento de Poniente. Hasta que llegaba mi hermano, que era pequeño y muy curioso, y mostraba un especial cariño por el fútbol porque siempre se me sentaba al lado a ver jugar a los blancos, y echaba por tierra (nunca mejor dicho) mi palacio de arena.
Paloma era más de leer a Mortadelo. Cuando lo dejaba, iba a la orilla a mojarse los pies. Nos encantaba sentir cómo el agua fría (especialmente la de los meses de enero) nos calaba hasta los huesos. En este aspecto, mi madre no estaba tan de acuerdo porque tenía pánico a que Curro se resfriara y empezara con los 'pitos y flautas' como decía mi padre cuando le daba asma.
Mi infancia son recuerdos de la playa, del mar, del azul del cielo que se nublaba los días de lluvia dotando al agua de un misterioso color verde. Por eso me gusta decir siempre que la libertad que yo respiré en mis años de infancia, impulsada por el amor incondicional de mi madre a Torrenueva y a todo lo que huela a sal, hizo de nosotros unos niños felices. Cada momento era especial, llenando el calendario de doce meses de playa.
Fotografía: Mi madre con Paloma en la playa de Torrenueva

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