viernes, 7 de marzo de 2014

La rebotica

Si había un sitio en el mundo en el que yo me sintiera a salvo de las visicitudes del tiempo era en el despacho que mi padre tenía en la parte de dentro de la Farmacia. Estaba subiendo por unas escaleras de madera en las que había unos cuadros entre los que se encontraba la orla de ni padre y un anuncio de pastillas para la tos que me hacía mucha gracia. Era lo que hoy se conoce como vintage. En la parte de arriba de las escaleras había un balconcito por el que se veía la parte de abajo, esto es, a mi padre trasteando en la zona donde preparaba las fórmulas magistrales o mientras sacaba algunas cajas de pañales hacia fuera. A veces, cuando era por la tarde y jugaba la Selección Española, ponía una televisión que estaba encima de la mesa y yo podía oírlo desde arriba.
Me gustaba mucho ir a estudiar al despacho de mi padre. Normalmente, en su jornada laboral él no solía subir demasiado, estaba más bien abajo, despachando clientes o recepcionando pedido. Cuando se dio cuenta de que podía echarle una mano colocando las medicinas por orden alfabético me llamaba y me cambiaba una hora de mi tiempo por un colacao con pastel de calabaza en el bar del dueño de Keny. Keny era un perro cazador que siempre tenía cara de cansado y que vivía debajo de uno de los taburetes. Su dueño era amigo de mi padre, de los fanáticos del Real Madrid, y sabía lo que me gustaba el pastel de calabaza.
A la Farmacia me llevaba los libros y el estuche. Allí intentaba concentrarme. Oía de fondo el sonido de la máquina registradora y los pasos acelerados de mi padre y sus auxiliares cuando trasteaban en las estanterías. Yo abría mis libros y empezaba a estudiar. Normalmente me quedaba hasta la hora de cierre, y entonces me volvía con mi padre en la Vespa. Él siempre cargaba con los dos cascos por si acaso me daba por aparecer en la rebotica esa tarde.
Allí preparé algunos exámenes del instituto y sobre todo, los de Selectividad. Me animaron a prepararlos en la Biblioteca e intenté hacerlo una vez porque mis compañeros me decían que estudiar en una Farmacia no era demasiado normal. La única ocasión en la que fui, me dí cuenta de que mis amigos que tanto me habían animado salían de cuando en cuando a fumarse un cigarrillo o sacaban de la máquina una Coca Cola y disfrutaban de ella en sus cinco minutos de descanso que a menudo se convertían en más de una hora. Yo ni fumaba ni me gustaba la Coca Cola, con lo que simplemente salía a hacerles compañía. Y me daba cuenta que así no iba a ninguna parte. Regresé al despacho de mi padre al día siguiente.
Algunas tardes, mi madre pasaba por la Farmacia a echar un ojo a mi padre, por si necesitaba algo, y a mí, que estaba arriba, estudiando. Me hacía mucha gracia.
La rebotica sigue estando en el mismo sitio, y aunque subo de cuando en cuando, siento que ya no es lo mismo. Es el caso típico de que la edad cambia el entorno, trastocando la magia. Me trae muchos recuerdos, muchísimos. La Farmacia en el corazón de Motril, el corazón y centro neurálgico de buena parte de nuestra infancia.

1 comentario:

  1. .....k bonito escribe "señorita".......y k bien y k bonito k tengas tantos y tan buenos recuerdos y los compartas con nosotros!! un besote!!

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