Yo era de las que, como el 99% de los alumnos de mi colegio, estábamos literalmente enganchados a la serie de Campeones, la de Oliver y Benji, vamos. Acababan de llegar las televisiones privadas a Motril y en mi casa no podíamos sintonizar el canal en el que la ponían (no recuerdo bien, pero puede que fuera en Telecinco, que por aquellos años no cotizaba en Sálvame ni Belenes Esteban). Por eso, cuando terminábamos los deberes, íbamos andando al final de la calle donde vivía mi tía Carmen, que a menudo nos sacaba galletas para merendar, y allí veíamos la serie. Luego, al día siguiente, era más divertido comentarla con los amigos a la hora del recreo.
Mi padre no la vio nunca conmigo, porque a esas horas él estaba trabajando, pero sí que notó que me sentaba a su lado bastante a menudo para seguir los partidos de Liga. Él no es que los viese todos, pero a su Real Madrid jamás se lo perdía. Yo empecé a plantarme en su sillón, y le pedía que me explicara cosas como el fuera de juego o el significado de las tarjetas (estuve mucho tiempo creyendo que si te sacaban una de las rojas, el árbitro te daba a elegir entre la falta y la tarjeta. no preguntéis por qué, Yo también lo veo absurdo). Por supuesto que él no me dio opción. Escogí seguir a los blancos y me interesaba por lo que él llamaba 'las jugadas de pizarra' y que en los dibujos animados también salían pero de otro modo. Le pregunté por el tema de la 'Catapulta infernal' "¿Y qué es eso?". "Pues que uno se agacha y llega otro y salta en su espalda y remata de cabeza". Creo que aún está riéndose. "Ahora tienes que ver menos la serie de los Campeones y centrarte conmigo en el fútbol de verdad".
Y tanto me centré que un día le pregunté: "Papá, ¿y en Motril hay algún equipo de fútbol, que esté jugando la Liga que sea?". De este modo terminé una tarde en la puerta del Escribano Castilla, el antiguo, el de tierra. Mi padre y yo solíamos salir a andar azuzados por mi madre por la zona que había detrás de casa. ¡Teníamos que ponernos en forma que el Michelín no es bello!, como decía él. Allí recorría un sendero de piedras con ortigas por los laterales que a él le encantaba y yo odiaba porque siempre acababa con picaduras de planta por las piernas. Una tarde decidimos que no iríamos a ese camino infernal y comenzamos a subir por las calles motrileñas. Sin saber cómo, porque no `pregunté, llegamos a la puerta del campo. Tenía unas rejas y mi padre me dijo "Si te ves capaz, súbete y le echas un vistazo, ahí es donde el Motril CF juega la Liga". Y yo, como buena y obediente hija, trepé un poco, lo que mi barriguita me dejaba y conseguí ver a un hombrecillo entrañable que venía corriendo. "¡Bájate de ahí, chiquilla, ¿no ves que es peligroso y te puedes caer y abrirte la cabeza?! ¡Que la ambulancia sólo viene los días que hay partido!".
El hombrecillo llegó a la puerta y mi padre me dijo: "Mira que te lo he advertido, que no subas por ahí". En medio de este desconcerto paternofilial, decidimos que nos íbamos a abonar. "Tu abuelo fue presidente del club y el primero que dijo eso de Mucho Motril que tanto has escuchado", me contó. Algunas semanas más tarde, yo tenía ya en mi poder el abono. Justo detrás del banquillo, en la segunda fila. El hombre que vino a por mí cuando trepé aquella verja por orden paternal aunque después me desdijera, se llamaba Fausto, era el utillero del club y una de las personas más queridas. Desde mi asiento de abonada ví pasar las temporadas, viví ascensos y descensos. Mi padre quiso hacer creer a un argentino que jugaba en el equipo que yo era su mayor fan y no dejaba de decírselo cada vez que salía a calentar (siempre comenzaba los encuentros en el banquillo) y algo parecido también le aseguró a Sandro, ex del Real Madrid que vino a jugar al Escribano Castilla con su club aunque estaba lesionado y se sentó a nuestro lado. ¡Para quise más! Su ego por las nubes y mi cara como la camiseta del Osasuna.
Supe de la existencia del Motril CFF, vamos, el de las chicas. Entré a formar parte de él pero nunca llegué a debutar en el de fútbol 11 (sí en fútbol sala) porque el entrenador quería que perdiera los kilos que me sobraban a fuerza de correr la banda, para arriba, para abajo. ¡Y lo consiguió! Ahora, que más de fútbol lo que hice fue atletismo puro y duro. Un desengaño.
Los años pasaron y por fin conseguí que mi padre me llevara a un partido al Santiago Bernabéu. Fue el Real Madrid contra el Tenerife, el mismo año que los blancos perdieron la Liga en las islas en la última jornada. Luego también estuve viendo el choque contra el Zaragoza, el debut de Alfonso Pérez que saltó al campo en sustitución de Emilio Butragueño, que era mi ídolo.
Poco a poco me fui desenganchando. Seguramente la culpa la tuvo la marcha de mi padre al reino de los ángeles. Nos mensajeábamos cuando yo estudiaba Educación Física en Granada para decirnos quien había marcado los goles del Madrid. A él le hacía mucha gracia cuando lo conseguía Guti, porque yo profesaba una enorme manía hacia este futbolista y sólo ponía en el texto: "Gol de tu Gutiérrez" y el minuto en que lo hubiera marcado.
Ya no suelo ver fútbol. Antes apenas lo hacía ya. Perdió por completo la gracia de aquellos años, la emoción,el gusanillo en la barriga. Ahora es mi marido el que comenta los partidos en el Carrusel Nacional de Radio Marca. Lo que son las cosas. Conociéndole, seguro que mi padre se cuela en la cabina, se sienta a su lado y no pierde detalle. Especialmente cuando los que saltan al campo son los jugadores de su Madrid.
domingo, 1 de febrero de 2015
viernes, 16 de enero de 2015
La última de la clase
En la pared del gimnasio del instituto había un cartel escrito con rotulador rojo que decía:
"Sólo intentando lo imposible es como se realiza todo lo posible".
Yo era una recién llegada al instituto. Ex de un colegio de monjas, ex gordita, ex líder de mi propio equipo de fútbol femenino que creé yo y que más de un disgusto de ocasionó con las monjas porque ellas no eran partidarias de los partidos que echábamos a los chicos en los que se nos veía continuamente la combinación bajo la falda del uniforme.
Jamás me había depilado aún, apenas me había preocupado por eso en el colegio. Pero era todo distinto ahora. Mis compañeras que antes quería entrar en mi equipo ahora se preocupaban más por si acaso las miraba un chico rubio con ojos azules que había en la clase de al lado. A veces alguna venía maquillada y me decían: "¿pero cómo no te arreglas esas cejas?"
Yo me encogía de hombros. Aquello era un mundo extraño.
Me gustaban los chicos, es cierto. En octavo de EGB bebía los vientos por uno de mis compañeros, el más malo de la clase, que nunca me hizo caso. En primero de BUP pasaba un poco de ellos. Me tomaron como la compañera rara, gordita, tímida, de la que poder reírse un rato entre clase y clase.
Por eso aquel cartel del gimnasio de abrió los ojos. Iba a plantarle cara a los imposibles para hacerlos certeza. Todos los días antes de empezar la clase, me sentaba justo enfrente y lo leía varias veces, para que se me grabara en la memoria. Luego, comenzaba la sesión.
La Educación Física de primero de BUP fue mi caballo de batalla junto al Dibujo Técnico. Con ambas lo pasé fatal y se convirtieron en mi particular valle de lágrimas. Incluso eché de menos las clases con aire militarista de don Salvador, el profesor del colegio. Conocí los aparatos de gimnasia deportiva a la perfección. Quedé clavada en mitad del plinto y del caballo. El potro se me daba bastante bien. Ya cuando hice mis primeras prácticas de Magisterio en el colegio pasaba las horas muertas saltándolo. Incluso llegué a montarlo para mí sola. Suspendía una y otra vez. No me motivaba nada correr, hacer el Test de Cooper se había convertido en un infierno y las carreras de resistencia monte a través empezaban a quitarme el sueño.
Entonces me sentaba y miraba el cartel. Una y otra vez. "Sólo intentando lo imposible es como se realiza todo lo posible". Como una diapositiva dentro de mi cabeza.
Cuando suspendí la primera evaluación, mi madre fue a hablar con el profesor que le dijo que lo mío era un problema de 'pata floja'. Ella, que se tomaba bastante en serio mis malos resultados en las asignaturas de empollar y letras, vino a decirme que no me preocupara, que ya saldría. "¿Dónde ha sido la reunión, madre?", le pregunté. "En el gimnasio". "¿Y has visto el cartel?". "¿De qué cartel me estás hablando?. Supe que no entendió nada.
La segunda evaluación volví a suspenderla, y en la tercera terminé acudiendo a los exámenes de suficiencia, a la 'hora de los malditos' que es como los llamábamos entre nosotros, los compañeros de clase. Viendo que la Selectividad peligraba y sin que yo supiera nada, mi madre fue a hablar con el profesor. "Si ganas sí que le pone, pero es que no le sale nada", le dijo. "Pues le encanta el deporte, de hecho, en el colegio ella solita se encargó de hacer un equipo de fútbol con sus compañeras de clase. Si a usted le parece bien, podría animarla a que propusiera uno igual aquí en el instituto". "Su hija es complicado que haga algo dentro del mundo de la Educación Física, señora".
Años más tarde, me gradué como maestra en Educación Física y comencé a prepararme las pruebas físicas de acceso a INEF, que pasé con buenos resultados dos años más tarde.
Entonces, justo cuando pasaba por la línea de meta de la prueba de los 1.000 metros, con la marca más que superada, apareció difuminado ante mis ojos ese cartel: "Sólo intentando lo imposible es como se realiza lo posible".
"Sólo intentando lo imposible es como se realiza todo lo posible".
Yo era una recién llegada al instituto. Ex de un colegio de monjas, ex gordita, ex líder de mi propio equipo de fútbol femenino que creé yo y que más de un disgusto de ocasionó con las monjas porque ellas no eran partidarias de los partidos que echábamos a los chicos en los que se nos veía continuamente la combinación bajo la falda del uniforme.
Jamás me había depilado aún, apenas me había preocupado por eso en el colegio. Pero era todo distinto ahora. Mis compañeras que antes quería entrar en mi equipo ahora se preocupaban más por si acaso las miraba un chico rubio con ojos azules que había en la clase de al lado. A veces alguna venía maquillada y me decían: "¿pero cómo no te arreglas esas cejas?"
Yo me encogía de hombros. Aquello era un mundo extraño.
Me gustaban los chicos, es cierto. En octavo de EGB bebía los vientos por uno de mis compañeros, el más malo de la clase, que nunca me hizo caso. En primero de BUP pasaba un poco de ellos. Me tomaron como la compañera rara, gordita, tímida, de la que poder reírse un rato entre clase y clase.
Por eso aquel cartel del gimnasio de abrió los ojos. Iba a plantarle cara a los imposibles para hacerlos certeza. Todos los días antes de empezar la clase, me sentaba justo enfrente y lo leía varias veces, para que se me grabara en la memoria. Luego, comenzaba la sesión.
La Educación Física de primero de BUP fue mi caballo de batalla junto al Dibujo Técnico. Con ambas lo pasé fatal y se convirtieron en mi particular valle de lágrimas. Incluso eché de menos las clases con aire militarista de don Salvador, el profesor del colegio. Conocí los aparatos de gimnasia deportiva a la perfección. Quedé clavada en mitad del plinto y del caballo. El potro se me daba bastante bien. Ya cuando hice mis primeras prácticas de Magisterio en el colegio pasaba las horas muertas saltándolo. Incluso llegué a montarlo para mí sola. Suspendía una y otra vez. No me motivaba nada correr, hacer el Test de Cooper se había convertido en un infierno y las carreras de resistencia monte a través empezaban a quitarme el sueño.
Entonces me sentaba y miraba el cartel. Una y otra vez. "Sólo intentando lo imposible es como se realiza todo lo posible". Como una diapositiva dentro de mi cabeza.
Cuando suspendí la primera evaluación, mi madre fue a hablar con el profesor que le dijo que lo mío era un problema de 'pata floja'. Ella, que se tomaba bastante en serio mis malos resultados en las asignaturas de empollar y letras, vino a decirme que no me preocupara, que ya saldría. "¿Dónde ha sido la reunión, madre?", le pregunté. "En el gimnasio". "¿Y has visto el cartel?". "¿De qué cartel me estás hablando?. Supe que no entendió nada.
La segunda evaluación volví a suspenderla, y en la tercera terminé acudiendo a los exámenes de suficiencia, a la 'hora de los malditos' que es como los llamábamos entre nosotros, los compañeros de clase. Viendo que la Selectividad peligraba y sin que yo supiera nada, mi madre fue a hablar con el profesor. "Si ganas sí que le pone, pero es que no le sale nada", le dijo. "Pues le encanta el deporte, de hecho, en el colegio ella solita se encargó de hacer un equipo de fútbol con sus compañeras de clase. Si a usted le parece bien, podría animarla a que propusiera uno igual aquí en el instituto". "Su hija es complicado que haga algo dentro del mundo de la Educación Física, señora".
Años más tarde, me gradué como maestra en Educación Física y comencé a prepararme las pruebas físicas de acceso a INEF, que pasé con buenos resultados dos años más tarde.
Entonces, justo cuando pasaba por la línea de meta de la prueba de los 1.000 metros, con la marca más que superada, apareció difuminado ante mis ojos ese cartel: "Sólo intentando lo imposible es como se realiza lo posible".
lunes, 24 de noviembre de 2014
Carmen y Marta
La llegada del verano era para nosotros un auténtico acontecimiento. No manejábamos calendarios, por lo que no podíamos retintar con Carioca rojo el día en que nos daban las vacaciones y comenzábamos con las maletas. Y es que nos marchábamos a Torrenueva, un pequeño pueblo cercano a Motril pero con toda la magia del mundo para nuestros infantiles ojos. Allí estaba la playa, la abuela, la arena, poder esperar a que papá regresara de la Farmacia sentados en la orilla. La plazoleta, La Fuentecilla, el Maraute, las bicicletas y las escapadas al monte con el abuelo para ver desde lo más alto lo pequeñito que era Motril.
Pero también era el momento de volver a verlas a ellas. Carmen y Marta son dos hermanas cordobesas. Muy rubia una, muy morena la otra, de nuestra edad. Ellas vivían en el tercero con sus hermanos, sus padres y una perrita minúscula llamada Tara a la que, valga la redundancia, le hacíamos auténticas perrerías y que estábamos convencidas que duraría eternamente. Tara, la perra inmortal. No sabíamos casi nada de ellas (tal vez una tarjeta por Navidad, repleta de Santa Claus y copitos de nieve) hasta que el mes de julio asomaba. Puede que en Semana Santa se escaparan a su apartamento, pero era complicado. Córdoba y Torrenueva estaban bastante alejados.
Empezamos nuestra relación de manera casual. Tan casual que no recuerdo cómo, pero poco a poco se convirtieron en parte indispensable de nuestras vidas. Empezamos a echarlas en falta a cada momento, y a las horas más intempestivas subíamos a recogerlas al tercero. No nos importaba para nada que hubiera gente que hiciera la siesta. Nosotras no, y eso era suficiente. Normalmente íbamos a mi casa. Mi padre era la persona con el sueño más profundo que jamás hubiera conocido. Ya podían venir a buscarle los siete jinetes del Apocalipsis que permanecía impasible, ronquido a ronquido, sin inmutarse. Por eso decidimos que los encuentros a la hora de la siesta (porque sólo nos separábamos de ella lo necesario para comer o ducharnos) serían en mi casa. Cuando mi padre despertaba siempre nos decía: "Bienvenidos a la casa de la Misericordia". Nuestro techo estaba siempre dispuesto a albergar a cuantos más niños, mejor.
Con ellas experimentamos en la cocina nuestras primeras galletas, con resultado de bronca por parte de una madre que no entendía qué podía haber fallado si seguíamos las recetas del libro de los Jóvenes Castores. Mi imaginación, que jamás ha conocido límites, ideó un método de quedada. No teníamos móviles, ni falta que nos hacía, y el teléfono fijo de la casa era para uso exclusivo de los mayores. Era mucho más divertido escribir notas en un folio, quemarle los bordes con el mechero de papá (siempre a escondidas aunque luego el olor nos delataba) y meterla en una botella de agua mineral para dejarla posteriormente en la puerta de su casa y llamar al timbre.
Una vez nos enfadamos. Mucho. No recuerdo bien el motivo, pero sí que fueron unos amargos dos días de verano. Decidimos dejar los mensajitos en la botella como muestra de lo indignadas que estábamos. Carmen y Marta llegaron a casa con un libro de Vacaciones Santillana bajo el brazo. A nosotras siempre nos ponía mi madre los deberes, más que nada porque mi hermana era rápida como el rayo y los libros que vendían para el verano se los pulía ella en menos de una semana. Abrieron el libro con una solemnidad inusitada y dijeron:
- Estamos tan enfadadas que hemos borrado vuestros nombres de la línea en la que ponía que escribiéramos el nombre de nuestras mejores amigas.
Sin duda la situación era grave. Cuarenta y ocho horas más tarde ya estábamos lanzando pinzas paracaidistas desde la terraza.
No sé si recordáis los aviones de Nivea que pasaban por la playa lanzando pelotas. Pues había otros que tiraban muñecos en paracaídas. Mi madre nos decía que era peligroso ir nadando hasta tan lejos a por ellos. Y reunidas en cónclave, pensamos que sería igual lanzar una pinza atada con hilo de coser a una bolsa de plástico. Fabricamos paracaidistas y los lanzamos hasta el infinito y más allá.
Hasta que nos pillaron.
Podría estar contando historias de nuestra amistad durante horas, pero creo que este es un buen avance. Unos veinte años más tarde volví a reencontrarme con Carmen en Las Tendillas de Córdoba. Y parecía que habíamos quedado, como siempre, dejándonos una hoja de papel quemado dentro de una botella de agua mineral.
Pero también era el momento de volver a verlas a ellas. Carmen y Marta son dos hermanas cordobesas. Muy rubia una, muy morena la otra, de nuestra edad. Ellas vivían en el tercero con sus hermanos, sus padres y una perrita minúscula llamada Tara a la que, valga la redundancia, le hacíamos auténticas perrerías y que estábamos convencidas que duraría eternamente. Tara, la perra inmortal. No sabíamos casi nada de ellas (tal vez una tarjeta por Navidad, repleta de Santa Claus y copitos de nieve) hasta que el mes de julio asomaba. Puede que en Semana Santa se escaparan a su apartamento, pero era complicado. Córdoba y Torrenueva estaban bastante alejados.
Empezamos nuestra relación de manera casual. Tan casual que no recuerdo cómo, pero poco a poco se convirtieron en parte indispensable de nuestras vidas. Empezamos a echarlas en falta a cada momento, y a las horas más intempestivas subíamos a recogerlas al tercero. No nos importaba para nada que hubiera gente que hiciera la siesta. Nosotras no, y eso era suficiente. Normalmente íbamos a mi casa. Mi padre era la persona con el sueño más profundo que jamás hubiera conocido. Ya podían venir a buscarle los siete jinetes del Apocalipsis que permanecía impasible, ronquido a ronquido, sin inmutarse. Por eso decidimos que los encuentros a la hora de la siesta (porque sólo nos separábamos de ella lo necesario para comer o ducharnos) serían en mi casa. Cuando mi padre despertaba siempre nos decía: "Bienvenidos a la casa de la Misericordia". Nuestro techo estaba siempre dispuesto a albergar a cuantos más niños, mejor.
Con ellas experimentamos en la cocina nuestras primeras galletas, con resultado de bronca por parte de una madre que no entendía qué podía haber fallado si seguíamos las recetas del libro de los Jóvenes Castores. Mi imaginación, que jamás ha conocido límites, ideó un método de quedada. No teníamos móviles, ni falta que nos hacía, y el teléfono fijo de la casa era para uso exclusivo de los mayores. Era mucho más divertido escribir notas en un folio, quemarle los bordes con el mechero de papá (siempre a escondidas aunque luego el olor nos delataba) y meterla en una botella de agua mineral para dejarla posteriormente en la puerta de su casa y llamar al timbre.
Una vez nos enfadamos. Mucho. No recuerdo bien el motivo, pero sí que fueron unos amargos dos días de verano. Decidimos dejar los mensajitos en la botella como muestra de lo indignadas que estábamos. Carmen y Marta llegaron a casa con un libro de Vacaciones Santillana bajo el brazo. A nosotras siempre nos ponía mi madre los deberes, más que nada porque mi hermana era rápida como el rayo y los libros que vendían para el verano se los pulía ella en menos de una semana. Abrieron el libro con una solemnidad inusitada y dijeron:
- Estamos tan enfadadas que hemos borrado vuestros nombres de la línea en la que ponía que escribiéramos el nombre de nuestras mejores amigas.
Sin duda la situación era grave. Cuarenta y ocho horas más tarde ya estábamos lanzando pinzas paracaidistas desde la terraza.
No sé si recordáis los aviones de Nivea que pasaban por la playa lanzando pelotas. Pues había otros que tiraban muñecos en paracaídas. Mi madre nos decía que era peligroso ir nadando hasta tan lejos a por ellos. Y reunidas en cónclave, pensamos que sería igual lanzar una pinza atada con hilo de coser a una bolsa de plástico. Fabricamos paracaidistas y los lanzamos hasta el infinito y más allá.
Hasta que nos pillaron.
Podría estar contando historias de nuestra amistad durante horas, pero creo que este es un buen avance. Unos veinte años más tarde volví a reencontrarme con Carmen en Las Tendillas de Córdoba. Y parecía que habíamos quedado, como siempre, dejándonos una hoja de papel quemado dentro de una botella de agua mineral.
lunes, 10 de noviembre de 2014
¡No te lo esperabas!
Me dicen mis amigos de Motril, los de toda la vida, que igual necesito tomar más café (descafeinado, es sí, para evitar en Adrián el efecto lémur de ojos como platos durante todo el día) con gente de mi edad cuando les cuento el fascinante misterio de compartir las veinticuatro horas del día con un bebé de un mes. Dicen los entendidos que a esta edad únicamente quieren dormir y comer. El mío durante el día duerme poco, aunque afortunadamente, luego por la noche es un bendito.
Lo que pasa es que para dar vida a las horas y pasar el tiempo con él (ya se ríe de cuando en cuando) me invento algunos juegos que son bastante entretenidos y fáciles. Podría ignorarlos, pero creo conveniente hacer alguna que otra mención.
- Eructo por besito. Normalmente jugamos después de comer, cuando Adrián tiene que echar los gases. No sé lo que piensa de este juego, pero siempre me gana. Cuando eructa tengo que darle un besito. Pero como se queda mirándome fijamente con la boca abierta de 'he comido muy bien', pues le doy más y más besos saltándome las normas. Es un problema que tengo cuando juego con él.
- Peíllo por besito. Las bases con fundamentalmente como el anterior, pero en vez de ser eructito, es un peíllo. También pierdo siempre.
- Engué. Este juego le gusta a Adrián pero a mí no. De repente arruga la nariz, se pone colorado y empieza a gritar: "¡Enguéeeee, enguéeeee! Yo lo odio y por eso siempre le digo que si elige ese juego va a tener que hacerlo sólo. Si decide que así sea, hay que hacer todo lo posible para que deje de jugar. Ya sea cogerlo en brazos, darle más besillos (parezco una abuelita de las que estampan besos sonoros sin parar y apenas sin respirar) o intentar convencerle de que 'Engué' es un juego absurdo.
- ¡No te lo esperabas! Esta es mi última creación. Simplemente es darle besos y decir "¡No te lo esperabas, no te lo esperabas! con cada uno de ellos. Por supuesto que no se los espera, y eso le da más magia al juego que al final se convierte algo así como en un monólogo por mi parte.
La verdad es que inventar juegos para un bebé de un mes es toda una aventura. Pero ahora estoy en pleno proceso creativo. Pasar tantas horas al día con él es suficiente para conocerle un poco, saber cuando está contento o cuando quiere jugar a 'Engué'. Prometo firmemente que conforme vaya creando otros juegos os iré informando por aquí. Hay ideas tan valiosas que merecen ser compartidas.
Lo que pasa es que para dar vida a las horas y pasar el tiempo con él (ya se ríe de cuando en cuando) me invento algunos juegos que son bastante entretenidos y fáciles. Podría ignorarlos, pero creo conveniente hacer alguna que otra mención.
- Eructo por besito. Normalmente jugamos después de comer, cuando Adrián tiene que echar los gases. No sé lo que piensa de este juego, pero siempre me gana. Cuando eructa tengo que darle un besito. Pero como se queda mirándome fijamente con la boca abierta de 'he comido muy bien', pues le doy más y más besos saltándome las normas. Es un problema que tengo cuando juego con él.
- Peíllo por besito. Las bases con fundamentalmente como el anterior, pero en vez de ser eructito, es un peíllo. También pierdo siempre.
- Engué. Este juego le gusta a Adrián pero a mí no. De repente arruga la nariz, se pone colorado y empieza a gritar: "¡Enguéeeee, enguéeeee! Yo lo odio y por eso siempre le digo que si elige ese juego va a tener que hacerlo sólo. Si decide que así sea, hay que hacer todo lo posible para que deje de jugar. Ya sea cogerlo en brazos, darle más besillos (parezco una abuelita de las que estampan besos sonoros sin parar y apenas sin respirar) o intentar convencerle de que 'Engué' es un juego absurdo.
- ¡No te lo esperabas! Esta es mi última creación. Simplemente es darle besos y decir "¡No te lo esperabas, no te lo esperabas! con cada uno de ellos. Por supuesto que no se los espera, y eso le da más magia al juego que al final se convierte algo así como en un monólogo por mi parte.
La verdad es que inventar juegos para un bebé de un mes es toda una aventura. Pero ahora estoy en pleno proceso creativo. Pasar tantas horas al día con él es suficiente para conocerle un poco, saber cuando está contento o cuando quiere jugar a 'Engué'. Prometo firmemente que conforme vaya creando otros juegos os iré informando por aquí. Hay ideas tan valiosas que merecen ser compartidas.
martes, 14 de octubre de 2014
Primera toma de contacto
Pues hala. Ahí está. En una cunita de metacrilato mirándome fijamente. Su padre le coge la manita y le dice: "Hola, Adrián... ¡soy papi!" una y otra vez. El bebé se digna a mirar de reojo. ¿Qué está pasando? Hace algunas horas flotaba en un líquido calentito, en el que no tenía que preocuparme por nada. Ahora, de repente, me veo en un espacio en el que respiro, manoteo y no doy contra nada... busco por todos lados algo que llevarme a la boca y la gente se inclina en la cuna y pone voces raras, como deformadas tras aspirar elio de un enorme globo de gas.
El mundo exterior es eso. Y la primera noche, comenzaste dejando tu sello. Yo no podía ni dormir no doblarme hacia ningún lado. Me dolía horrores la cicatriz. Mi hermana me lo dijo: "Pues ¿cómo no va a dolerte? Si es que se llama cesárea pero es una operación". Le ví que empezaba a apretar y avisé a su padre. Su primera caca. Bueno, caca no. Era una cosa negra que se había extendido por su espaldita, trepando por el inmaculado body blanco de bebé.
"No puedo moverme, te toca cambiarle", le dije. Empezó a hacer acopio de toallitas y colocó un cambiador desechable encima de la cama de acompañantes. Adrián estaba un poco confundido, pero no podía dormirse con esa plasta de dimensiones interplanetarias pegada en el culo. Al poco de quitarle el body fuimos conscientes de la realidad. Él más que yo. A mí me la iba radiando. Por algo es locutor de los de micro en mano y onda media. No podía reírme. Se lo decía. Me duele si me río. No te cuento nada para que te rías, es que las cosas son así y nuestro bebé está retozando encima de esta cosa negra como si fuera una croqueta.
Esa cosa negra era el meconio. Hasta el nombre lo tiene feo. Es la primera caca que hacen los bebés nada más nacer y, claro, Adrián no era consciente de nada de eso. Simplemente le gustaba mover las piernecillas con sus enormes pies de nadador profesional al aire, dando patadas a ninguna cosa, buscando con las manos un sitio al que asirse. Al poco, mi marido había terminado ya con los paquetes de toallitas Dodot que el matrón nos había regalado en dos canastillas publicitarias mientras estaba en la sala de dilatación, imagino que para tenernos entretenidas. Luego, comenzó a pedir más toallitas y gastamos parte de las que llevamos a la clínica. Fue una experiencia que viví en segundo plano, allí los protagonistas fueron ellos. Adrián no lloró nada de nada y yo lloré de la risa, por más que me doliera la herida.
Estas primeras experiencias fueron forjando el contacto entre nuestro bebé y su nueva familia. Un niño es más ajetreado que una jornada de elecciones en un periódico. Quien no sea periodista o no conozca el ambiente de trabajo de una redacción, no se hará a la idea de lo que supone el hecho de que cierren urnas o comience el escrutinio. No parar. Pues esto es lo mismo. Bibe, dormir, la madre tiene media hora para ducharse, o arreglarse mínimamente para verse guapa en los espejos de casa porque, por lo menos en mi caso hasta que la cesárea no cierre del todo, la calle la piso poco, luego bibe de nuevo... el ciclo sin fin.
Ahora, eso sí. Es un ciclo que no te da más que alegrías, porque luego cuando le ves acurrucado después de haber llorado por cualquier cosa circunstancial, por el hecho de ser bebé, y se acurruca en tu pecho, hace la ranita, parece que va a despegar... se te olvidan las ojeras, las malas noches y otras visicitudes.
El mundo exterior es eso. Y la primera noche, comenzaste dejando tu sello. Yo no podía ni dormir no doblarme hacia ningún lado. Me dolía horrores la cicatriz. Mi hermana me lo dijo: "Pues ¿cómo no va a dolerte? Si es que se llama cesárea pero es una operación". Le ví que empezaba a apretar y avisé a su padre. Su primera caca. Bueno, caca no. Era una cosa negra que se había extendido por su espaldita, trepando por el inmaculado body blanco de bebé.
"No puedo moverme, te toca cambiarle", le dije. Empezó a hacer acopio de toallitas y colocó un cambiador desechable encima de la cama de acompañantes. Adrián estaba un poco confundido, pero no podía dormirse con esa plasta de dimensiones interplanetarias pegada en el culo. Al poco de quitarle el body fuimos conscientes de la realidad. Él más que yo. A mí me la iba radiando. Por algo es locutor de los de micro en mano y onda media. No podía reírme. Se lo decía. Me duele si me río. No te cuento nada para que te rías, es que las cosas son así y nuestro bebé está retozando encima de esta cosa negra como si fuera una croqueta.
Esa cosa negra era el meconio. Hasta el nombre lo tiene feo. Es la primera caca que hacen los bebés nada más nacer y, claro, Adrián no era consciente de nada de eso. Simplemente le gustaba mover las piernecillas con sus enormes pies de nadador profesional al aire, dando patadas a ninguna cosa, buscando con las manos un sitio al que asirse. Al poco, mi marido había terminado ya con los paquetes de toallitas Dodot que el matrón nos había regalado en dos canastillas publicitarias mientras estaba en la sala de dilatación, imagino que para tenernos entretenidas. Luego, comenzó a pedir más toallitas y gastamos parte de las que llevamos a la clínica. Fue una experiencia que viví en segundo plano, allí los protagonistas fueron ellos. Adrián no lloró nada de nada y yo lloré de la risa, por más que me doliera la herida.
Estas primeras experiencias fueron forjando el contacto entre nuestro bebé y su nueva familia. Un niño es más ajetreado que una jornada de elecciones en un periódico. Quien no sea periodista o no conozca el ambiente de trabajo de una redacción, no se hará a la idea de lo que supone el hecho de que cierren urnas o comience el escrutinio. No parar. Pues esto es lo mismo. Bibe, dormir, la madre tiene media hora para ducharse, o arreglarse mínimamente para verse guapa en los espejos de casa porque, por lo menos en mi caso hasta que la cesárea no cierre del todo, la calle la piso poco, luego bibe de nuevo... el ciclo sin fin.
Ahora, eso sí. Es un ciclo que no te da más que alegrías, porque luego cuando le ves acurrucado después de haber llorado por cualquier cosa circunstancial, por el hecho de ser bebé, y se acurruca en tu pecho, hace la ranita, parece que va a despegar... se te olvidan las ojeras, las malas noches y otras visicitudes.
domingo, 12 de octubre de 2014
Mamá en prácticas
A veces la vida tiene el detalle de sorprenderte de un día para otro. Y no siempre estás preparado. Cuando el médico me dijo que mi pequeño bebé nacería el viernes comenzaron las preguntas a rondar por mi cabeza, a pesar de ello, tengo la cualidad de no ponerme nerviosa ante estas cosas y sí ante aquellas más nimias. Pensé que sería un buen momento para verle su carita, para empezar una nueva vida juntos, aclimatándonos el uno al otro, y sobre todo, conocer en persona al que me había molido a patadas las costillas durante los tres últimos meses de embarazo.
La noche del jueves dormí mucho. No tenía ninguna sensación de miedo, incertidumbre o cualquier sentimiento parecido ante el parto. Supongo que esta tranquilidad se debía a que tenía el convencimiento firme de que todo saldría bien, de que en poco tiempo escucharía el llanto de Adrián por primera vez (ay, la primera de muchas) y podría recostarlo conmigo y acariciarle la cabeza.
Entramos en el Hospital a las ocho de la mañana, bien desayunada porque ya no comería ni bebería nada hasta nueva orden, básicamente hasta el día siguiente. Familiares en la sala de espera y en la distancia (sólo yo sé lo que eché de menos a mi hermano Curro y a Paloma, los dos por motivos laborales más lejos de mí de lo que me gustaría). Pasaron un par de horas en la habitación hasta que se formalizó el ingreso. Ya estábamos empezando el intenso día. Apagué el teléfono. Mis amigos más madrugadores me escribían que tranquila, que no pasaba nada, que todo iría bien. Y yo miraba la pantalla y me encogía de hombros y pensaba; "No se puede estar más tranquila que yo en estos momentos". De cuando en cuando acariciaba la barriga y mi bebé me respondía con sus pequeñas patadas de las ocho de la mañana.
Las ganas de verle la carita aumentaron.
Trajeron uno de esos camisones horribles de hospital. Yo llevaba los míos, perfectamente floreados y cómodos, en la bolsa blanca con lacitos azules. Mi madre se había empeñado en comprar una para la ocasión porque decía que llevar la de deporte de la natación no era serio. Que había que ir a tono con los actos. Así que compré una muy de bebé celeste y blanca, muy suave.
Pero nada. No sirvieron de nada mis caritas de "por favor, este horrible camisón quítalo de mi vista" y mi marido aprendió rápidamente a intentar cerrar con lazos imposibles, los atuendos hospitalarios. Vino a por mí una enfermera. Salimos de la habitación. ¿Llevas el teléfono? Le pregunté. A tope de batería. Podíamos ir informando al personal que quedó en la sala de espera.
Sobre las diez y media de la mañana, ya estaba en la conocida como sala de dilatación, un espacio de color verde y blanco, con fotografías de Anne Gedes de bebés entrañables y algunas revistas del corazón bastante caducadas (admiro a quien puede leer las últimas novedades en el caso Chabelita mientras las contracciones te parten por dentro). El matrón se presentó rápido. Era granadino, como yo, y llevaba en la mano un muy apetecible tarro de gominolas para los acompañantes. "Para tí nada", decía. "Lo tienes prohibido". Mi marido se alimentó aquel día de caramelos. La dieta que todos hemos envidiado alguna vez.
Pasaban las horas y llegó el médico, Nos atendía a las dos, a la chica que había en la habitación de al lado aquello le parecía totalmente rutinario. Estaba embarazada de su tercer hijo, en este caso una niña, y su marido atendía las llamadas de teléfono con total fluidez. Nos enteramos de muchas cosas, de las veces que llamó a su madre y de que su padre estaba en Argentina. A ella le gustaba Luis Fonsi y él no tuvo reparo alguno en ponerle la música en el móvil. Está bien eso, pensé. Y le pedí a mi marido que me pusiera alguna de Ismael Serrano. "No podemos jugárnosla a que me quede sin batería, porque hay que informar a los que están arriba", me contestó serio. Me pareció convincente.
Seguían pasando las horas y él empezó a levantarse para estirar las piernas. El matrón le recomendó que visitara el paritorio. Fantástico emplazamiento para hacer turismo, pensé. Y lo mismo debió de pasarle a él porque enseguida regresó a su butaca azul. Yo no dilataba, las contracciones eran cada vez más fuertes y cuando veía aparecer al matrón por la puerta y acercarse a la máquina de la oxitocina me hacía gracia. ¿Vas a subirla de nuevo?
Fue cesárea. Todo perfecto. Le oí llorar enseguida. Nació en medio de un profundo y fortalecedor llanto y con los ojos abiertos para que no se le escapara detalle de ese nuevo mundo que ahora respiraba. El médico lo mostró por encima de la sábana verde que me tapaba la visión y pude contemplarlo unos segundos antes de que se lo llevara el pediatra.
Al poco rato volvió el matrón. El médico estaba haciendo su particular obra de arte con mi cicatriz. "Estate tranquila, el bebé ya está con su padre". "¿Y está bien?", le pregunté. "Llorando". "¿El hijo o el padre?" ¿Los dos". Fue sin duda uno de los momentos más emocionantes.
En la sala de reanimación tuve a mi pequeño en brazos por primera vez. Con un gorrito azul que le quedaba grande y unas manoplas que no le gustaban nada de nada y que no dudaba en quitarse cada vez que las sentía en las manitas. No lloraba. Estaba bastante cansado. Se apoyaba en mi brazo y yo le cogía la cabecita. Por eso, cuando el matrón me dijo que traían una de las cunas de metacrilato de las que usan en los hospitales estuve a punto de decirle que no, que se dejara de esas cosas y permitiera que mi pequeño estuviese a mi lado un poquito más.
El resultado es que Adrián ya está con nosotros, que es un bebé muy sano y fuerte, y que cada día que pasa estamos más enamorados de él. Aunque, de momento, esta mamá no se ha quitado la L de prácticas...
La noche del jueves dormí mucho. No tenía ninguna sensación de miedo, incertidumbre o cualquier sentimiento parecido ante el parto. Supongo que esta tranquilidad se debía a que tenía el convencimiento firme de que todo saldría bien, de que en poco tiempo escucharía el llanto de Adrián por primera vez (ay, la primera de muchas) y podría recostarlo conmigo y acariciarle la cabeza.
Entramos en el Hospital a las ocho de la mañana, bien desayunada porque ya no comería ni bebería nada hasta nueva orden, básicamente hasta el día siguiente. Familiares en la sala de espera y en la distancia (sólo yo sé lo que eché de menos a mi hermano Curro y a Paloma, los dos por motivos laborales más lejos de mí de lo que me gustaría). Pasaron un par de horas en la habitación hasta que se formalizó el ingreso. Ya estábamos empezando el intenso día. Apagué el teléfono. Mis amigos más madrugadores me escribían que tranquila, que no pasaba nada, que todo iría bien. Y yo miraba la pantalla y me encogía de hombros y pensaba; "No se puede estar más tranquila que yo en estos momentos". De cuando en cuando acariciaba la barriga y mi bebé me respondía con sus pequeñas patadas de las ocho de la mañana.
Las ganas de verle la carita aumentaron.
Trajeron uno de esos camisones horribles de hospital. Yo llevaba los míos, perfectamente floreados y cómodos, en la bolsa blanca con lacitos azules. Mi madre se había empeñado en comprar una para la ocasión porque decía que llevar la de deporte de la natación no era serio. Que había que ir a tono con los actos. Así que compré una muy de bebé celeste y blanca, muy suave.
Pero nada. No sirvieron de nada mis caritas de "por favor, este horrible camisón quítalo de mi vista" y mi marido aprendió rápidamente a intentar cerrar con lazos imposibles, los atuendos hospitalarios. Vino a por mí una enfermera. Salimos de la habitación. ¿Llevas el teléfono? Le pregunté. A tope de batería. Podíamos ir informando al personal que quedó en la sala de espera.
Sobre las diez y media de la mañana, ya estaba en la conocida como sala de dilatación, un espacio de color verde y blanco, con fotografías de Anne Gedes de bebés entrañables y algunas revistas del corazón bastante caducadas (admiro a quien puede leer las últimas novedades en el caso Chabelita mientras las contracciones te parten por dentro). El matrón se presentó rápido. Era granadino, como yo, y llevaba en la mano un muy apetecible tarro de gominolas para los acompañantes. "Para tí nada", decía. "Lo tienes prohibido". Mi marido se alimentó aquel día de caramelos. La dieta que todos hemos envidiado alguna vez.
Pasaban las horas y llegó el médico, Nos atendía a las dos, a la chica que había en la habitación de al lado aquello le parecía totalmente rutinario. Estaba embarazada de su tercer hijo, en este caso una niña, y su marido atendía las llamadas de teléfono con total fluidez. Nos enteramos de muchas cosas, de las veces que llamó a su madre y de que su padre estaba en Argentina. A ella le gustaba Luis Fonsi y él no tuvo reparo alguno en ponerle la música en el móvil. Está bien eso, pensé. Y le pedí a mi marido que me pusiera alguna de Ismael Serrano. "No podemos jugárnosla a que me quede sin batería, porque hay que informar a los que están arriba", me contestó serio. Me pareció convincente.
Seguían pasando las horas y él empezó a levantarse para estirar las piernas. El matrón le recomendó que visitara el paritorio. Fantástico emplazamiento para hacer turismo, pensé. Y lo mismo debió de pasarle a él porque enseguida regresó a su butaca azul. Yo no dilataba, las contracciones eran cada vez más fuertes y cuando veía aparecer al matrón por la puerta y acercarse a la máquina de la oxitocina me hacía gracia. ¿Vas a subirla de nuevo?
Fue cesárea. Todo perfecto. Le oí llorar enseguida. Nació en medio de un profundo y fortalecedor llanto y con los ojos abiertos para que no se le escapara detalle de ese nuevo mundo que ahora respiraba. El médico lo mostró por encima de la sábana verde que me tapaba la visión y pude contemplarlo unos segundos antes de que se lo llevara el pediatra.
Al poco rato volvió el matrón. El médico estaba haciendo su particular obra de arte con mi cicatriz. "Estate tranquila, el bebé ya está con su padre". "¿Y está bien?", le pregunté. "Llorando". "¿El hijo o el padre?" ¿Los dos". Fue sin duda uno de los momentos más emocionantes.
En la sala de reanimación tuve a mi pequeño en brazos por primera vez. Con un gorrito azul que le quedaba grande y unas manoplas que no le gustaban nada de nada y que no dudaba en quitarse cada vez que las sentía en las manitas. No lloraba. Estaba bastante cansado. Se apoyaba en mi brazo y yo le cogía la cabecita. Por eso, cuando el matrón me dijo que traían una de las cunas de metacrilato de las que usan en los hospitales estuve a punto de decirle que no, que se dejara de esas cosas y permitiera que mi pequeño estuviese a mi lado un poquito más.
El resultado es que Adrián ya está con nosotros, que es un bebé muy sano y fuerte, y que cada día que pasa estamos más enamorados de él. Aunque, de momento, esta mamá no se ha quitado la L de prácticas...
jueves, 2 de octubre de 2014
Lluvia y Piocas
Nunca jamás llevé caramelos al colegio con motivo de mi cumpleaños. Puede ser catalogado este hecho entre aquellos traumas infantiles superficiales a los que posteriormente intentas encontrarle una solución. Cumplir años en el mes de agosto era formidable porque en la plazoleta de El Maraute, donde pasábamos las vacaciones (las mejores de mi vida, sin lugar a dudas) nos juntábamos con los primos y los amigos a comer caramelos y bocadillos de atún que nos preparaba mi madre.
Pero, por otro lado, la cara de pena que se me quedaba cada vez que el coro infantil de la clase cantaba aquello de 'Cumpleaños feliz' a alguien que acudía presto con una bolsa enorme de caramelos y luego los repartía haciendo las delicias de sus compañeros así como dudosos nuevos amigos que luego se marchaban cuando se agotaba el dulce, esa cara me acompañó durante todo el periodo escolar.
Me imagino que ya os habréis hecho una idea de la originalidad que ha perlado mi infancia, propiciada entre otras cosas por unos progenitores que fueron (y son) bastante ocurrentes.
Un año en que los piojos habían hecho estragos en las aulas (afortunadamente nunca tuvimos ni mis hermanos ni yo) mi padre tuvo que hacer un pedido extraordinario de lociones, champús y unos peines que eran rarísimos y que se llevaban a los bichos estos arrastrados como si fuera una retroexcavadora de las de las obras en los descampados. Siempre me llamó la atención el funcionamiento de esa cosa que retiraba los cadáveres de los piojos con solemnidad y ante la inmensa alegría de la madre desesperada del anuncio, que acto seguido y desafiando a las leyes de la coherencia, daba un beso en la rubia cabellera del protagonista.
Resulta que en esa ocasión, el representante le prometió una serie de juegos de mesa, llamados Pioca, que eran igual que el de de la oca, pero en vez de aves saltabas casillas de piojo en piojo. Todo muy agradable. "De Pioca a Pioca y tiro porque me toca". Nos llevó uno a casa, y sinceramente, no sé si era por la novedad pero pasamos varias tardes jugando como locas con las fichas de parchís y la Pioca, nos retábamos a ver quién ganaba y el que perdía tenía que pasar pruebas complejas y temerarias.
Una tarde, llegó mi padre a casa con tres bolsas serigrafiadas de la Farmacia, con ese olor a plástico y ese dibujo en azul marino que aún consigo ver en el recuerdo. Estaban llenas de juegos de la Pioca doblados (fuera llovía insistentemente). Todos los juegos iban con su plastiquillo correspondiente, bien sellados, tal y como nos llegó a nosotros el nuestro. Mi padre me dijo que como se acercaban las vacaciones y de nuevo iba a revivir el tema del cumpleaños fuera de clase, sería una buena idea que este año antes de que llegara el día repartiera Piocas entre mis amiguitos. Me hizo mucha ilusión porque estábamos fascinadas en casa con el juego de los piojos y preparé en una de las bolsas 30, mis compañeros y Marilú la profesora a la que seguro que le encantaba la idea de poder jugar en casa también.
Le expliqué mis intenciones después del Padrenuestro mañanero y a ella le sorprendió pero como estaba acostumbrada ya a los temas que rodean a mi familia, me dijo inmediatamente que vale.
Entonces yo empecé, a última hora, con mis gafitas y mi pinta de bolita de chupa chups empollona, a explicarle a mis compañeros que debido a que la fecha de mi cumpleaños caía en agosto (que no era nada extraordinario, sino que pasaba todos los años) en esta ocasión había preparado una sorpresa. En vez de caramelos... ¡un fascinante juego de la Pioca!
Sinceramente, estaban tan excitada que los repartí todos entre mis compañeros, que lo miraron primero extrañados y luego con la certeza de que pasarían un buen rato. O eso me pareció a mí.
Orgullosa, salí del colegio a mediodía, para contar a mis padres que había repartido los juegos y que la gente se los había llevado con mucho gusto a sus casas.
Pero nada más lejos de la realidad. Al salir por la puerta principal, tras el último sonido del timbre de clase, cuando comenzaba la estampida humana, me encontré una sorpresa que me dejó helada. En el suelo estaban las Piocas, pisadas, abiertas, sin el plástico. Pensé que igual habían sido unos cuantos, los 'niños rebeldes' que se sentaban en los últimos bancos de clase, que las lanzaron al suelo. Pero comenzamos a seguir el reguero que llevaba por el camino contiguo del centro. Se ve que el regalo no había hecho mucha gracia a mis compañeros. O eso o que no les cabía en las mochilas, que era otra opción. El caso es que fue una de mis mayores decepciones a nivel escolar. Mi gozo en un pozo, en las miles de Piocas por el suelo. Aunque de primeras fue una decepción enorme, luego aquello me hizo valorar aún más el sentido de la amistad. Estaba claro que no todos los receptores de Piocas habían tirado el tablero al suelo, porque sin duda parecían muchas menos de las que llevaba en la bolsa. De ahí varias cosas claras: los amigos son los que se mantienen en el espacio y en el tiempo... y nunca más se me ocurrió maldecir el calendario porque mi cumpleaños cayera en los meses de verano...
Pero, por otro lado, la cara de pena que se me quedaba cada vez que el coro infantil de la clase cantaba aquello de 'Cumpleaños feliz' a alguien que acudía presto con una bolsa enorme de caramelos y luego los repartía haciendo las delicias de sus compañeros así como dudosos nuevos amigos que luego se marchaban cuando se agotaba el dulce, esa cara me acompañó durante todo el periodo escolar.
Me imagino que ya os habréis hecho una idea de la originalidad que ha perlado mi infancia, propiciada entre otras cosas por unos progenitores que fueron (y son) bastante ocurrentes.
Un año en que los piojos habían hecho estragos en las aulas (afortunadamente nunca tuvimos ni mis hermanos ni yo) mi padre tuvo que hacer un pedido extraordinario de lociones, champús y unos peines que eran rarísimos y que se llevaban a los bichos estos arrastrados como si fuera una retroexcavadora de las de las obras en los descampados. Siempre me llamó la atención el funcionamiento de esa cosa que retiraba los cadáveres de los piojos con solemnidad y ante la inmensa alegría de la madre desesperada del anuncio, que acto seguido y desafiando a las leyes de la coherencia, daba un beso en la rubia cabellera del protagonista.
Resulta que en esa ocasión, el representante le prometió una serie de juegos de mesa, llamados Pioca, que eran igual que el de de la oca, pero en vez de aves saltabas casillas de piojo en piojo. Todo muy agradable. "De Pioca a Pioca y tiro porque me toca". Nos llevó uno a casa, y sinceramente, no sé si era por la novedad pero pasamos varias tardes jugando como locas con las fichas de parchís y la Pioca, nos retábamos a ver quién ganaba y el que perdía tenía que pasar pruebas complejas y temerarias.
Una tarde, llegó mi padre a casa con tres bolsas serigrafiadas de la Farmacia, con ese olor a plástico y ese dibujo en azul marino que aún consigo ver en el recuerdo. Estaban llenas de juegos de la Pioca doblados (fuera llovía insistentemente). Todos los juegos iban con su plastiquillo correspondiente, bien sellados, tal y como nos llegó a nosotros el nuestro. Mi padre me dijo que como se acercaban las vacaciones y de nuevo iba a revivir el tema del cumpleaños fuera de clase, sería una buena idea que este año antes de que llegara el día repartiera Piocas entre mis amiguitos. Me hizo mucha ilusión porque estábamos fascinadas en casa con el juego de los piojos y preparé en una de las bolsas 30, mis compañeros y Marilú la profesora a la que seguro que le encantaba la idea de poder jugar en casa también.
Le expliqué mis intenciones después del Padrenuestro mañanero y a ella le sorprendió pero como estaba acostumbrada ya a los temas que rodean a mi familia, me dijo inmediatamente que vale.
Entonces yo empecé, a última hora, con mis gafitas y mi pinta de bolita de chupa chups empollona, a explicarle a mis compañeros que debido a que la fecha de mi cumpleaños caía en agosto (que no era nada extraordinario, sino que pasaba todos los años) en esta ocasión había preparado una sorpresa. En vez de caramelos... ¡un fascinante juego de la Pioca!
Sinceramente, estaban tan excitada que los repartí todos entre mis compañeros, que lo miraron primero extrañados y luego con la certeza de que pasarían un buen rato. O eso me pareció a mí.
Orgullosa, salí del colegio a mediodía, para contar a mis padres que había repartido los juegos y que la gente se los había llevado con mucho gusto a sus casas.
Pero nada más lejos de la realidad. Al salir por la puerta principal, tras el último sonido del timbre de clase, cuando comenzaba la estampida humana, me encontré una sorpresa que me dejó helada. En el suelo estaban las Piocas, pisadas, abiertas, sin el plástico. Pensé que igual habían sido unos cuantos, los 'niños rebeldes' que se sentaban en los últimos bancos de clase, que las lanzaron al suelo. Pero comenzamos a seguir el reguero que llevaba por el camino contiguo del centro. Se ve que el regalo no había hecho mucha gracia a mis compañeros. O eso o que no les cabía en las mochilas, que era otra opción. El caso es que fue una de mis mayores decepciones a nivel escolar. Mi gozo en un pozo, en las miles de Piocas por el suelo. Aunque de primeras fue una decepción enorme, luego aquello me hizo valorar aún más el sentido de la amistad. Estaba claro que no todos los receptores de Piocas habían tirado el tablero al suelo, porque sin duda parecían muchas menos de las que llevaba en la bolsa. De ahí varias cosas claras: los amigos son los que se mantienen en el espacio y en el tiempo... y nunca más se me ocurrió maldecir el calendario porque mi cumpleaños cayera en los meses de verano...
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