lunes, 28 de abril de 2014

Churros y periódicos

La ventaja de vivir encima de tus abuelos es que éstos perfeccionan al cien por cien los métodos ancestrales de llamada a nietos. Al final terminas entendiéndolos todos y, cuando están lejos, el reloj biológico se despereza a la misma hora que sonaban. Quiero decir con esto que mi abuelo Guillermo, tras levantarse de la cama, de desayunar y justo antes de quitarse su legendario pijama blanco con pinos, se asomaba al jardín de la casa de abajo y silbaba. No era un sonido cualquiera. Ahora mismo no soy capaz de describirlo, pero al cerrar los ojos me parece estar escuchándolo en la distancia. Comenzaba suave, como un árbol que crece lentamente y agudizaba hasta adquirir un tono que hacía que saltaras de la cama sí o sí para que dejara de oírse. Siempre creímos que se transmite por los genes. Mi madre y algunos de mis tíos lo imitan a la perfección. Mendel daría la vuelta a sus leyes de genética y en vez de experimentar con guisantes lo haría con Quintanillas.
El caso es que sonaba el silbido y yo me despertaba con taquicardia, le pedía a mi madre un Cola Cao con un par de tostadas de mantequilla y bajaba corriendo a por mi abuelo. Contaba yo con una bicicleta BH roja que guardaban mis abuelos en el patinillo de la casa y que encontraba como por arte de magia aparcada justo al lado de la puerta cuando ya estaba abajo. Apoyada en la pared, reluciente a veces, más de lo que yo recordaba haberla dejado. Al lado, la suya. Más grande, con la barra alta y las ruedas con yanta blanca. Cuando eres pequeño, aspiras a gobernar la bicicleta tú sólo, quitando las ruedas de apoyo porque así te sientes más mayor.
- ¿Cuándo le quitamos las ruedecillas, abuelo?
- Pues cuando tú me digas, tienes que estar preparada.
Empezamos quitándole una, luego la otra. Pero eso me da para uno o dos post. Fue emocionante.
Una vez en la puerta de la casa, mi abuelo subía a su bicicleta, con las bermudas y una blusa blanca abierta por arriba. Le decía adiós a mi abuela que le recordaba que tenía que ser cauto y esas cosas de madre que siempre recitas como una poesía que llevas de deberes para el colegio. Salíamos rumbo a la iglesia. La iglesia está al final del Paseo Marítimo, a bastantes metros de la casa, no podría calcular los kilómetros porque soy bastante mala con los números. Al principio, me daba un poco de miedo cruzar la carretera. Íbamos a pie, y cuando mi abuelo decía ¡Ya! salíamos los dos corriendo al otro lado. Me sentía una superhéroe universal. Luego, él subía en su bicicleta de un salto y yo, que era un poco más lenta y metódica, le seguía.
- Tienes que poner primero el pie en el pedal derecho, porque ese es el pie que todos tenemos más fuerte, y empezar a pisar con fuerza abajo. No perderás el equilibrio.
Lo que él decía era sagrado para mí. Pedalada, pedalada, pedalada... poco a poco, detrás de él. A veces le veía que se escapaba de mi campo y le llamaba.
- ¡No voy a ir más despacio, tú tienes que esforzarte más!, las cosas se hacen con mucho esfuerzo. Si yo ahora bajo el ritmo, tú irás cómoda... vamos, que tienes que ganarte los churros.
La palabra churro, en Torrenueva, adquiría un significado especial para mí. Era estar los dos sentados en el pollete del Paseo Marítimo, con un papel lleno de aceite y compartiendo un cucurucho de churros. Él aprovechaba para leer con atención el ABC y pasarme la hoja de los pasatiempos para que yo pudiera sentirme como una adulta.
Finiquitado nuestro ritual diario, volvíamos con la gloria en los talones y la sonrisa en la cara. Era feliz, dejando la bicicleta de nuevo en el patinillo, subiendo a casa, contándole a mis padres aquello que habíamos hecho. Coronando de gloria los días cálidos del verano.

jueves, 24 de abril de 2014

BERTITA-84, Como mueren las cometas.

Después de aquella aventura en la que BERTITA-84 terminó en el agua, comenzaron algunos miedos por si acaso la perdía del todo. No me gustaba llevármela yo sola a la zona de la arena de atrás, la que te quema los pies, y siempre buscaba la ayuda de Paolo o mi abuelo. Julia seguía sin sacar demasiado a JULIA-84 porque decía que tenía cosas más importantes que hacer, como ir adelantando los deberes de Vacaciones Santillana. Siempre lo hacía y así, cuando el verano estaba terminando, ella ya había finiquitado el cuaderno y se quedaba un par de semanas sin tener que hacer nada.
Un día de Poniente, bajamos con BERTITA-84 a la playa. Julia vino esta vez, y Paolo. Iba muy ilusionado porque se le había ocurrido una idea guay con la que la cometa sería la más molona de la arena. Incluso más que las que llevaba mi primo Josito, que eran tecnología punta en cuanto a cometología se refiere, y que presumía que estaba hecha por su padre.
- Vamos a ponerla a que haga piruetas. Verás que chulo.
Me entusiasmaba la idea de entrar en los planes de mi tío de ese modo. Quería experimentar nuevas sensaciones con mi cometa y eso me hacía sentir la niña más importante del Universo. Julia nos acompañaba con su funda azul, nueva. Yo la comparaba con la mía, que más que azul era gris de tierra sucia y me daba un poco de reparo no haberla metido en la lavadora aún. ¿Podrán lavarse las cometas?
- Son como Campanilla - me dijo Paolo - si las metes en agua se les va el polvo de las hadas y ya no vuelan.
Obviamente, ante esa lógica aplastante, huyeron de mi cabeza las ideas infaustas de mezclar la tela de mi preciada BERTITA-84 con detergente convencional.
Llegamos a la arena, sí era cierto que había Poniente pero apenas olas. Un día de esos tontos con los que algunas veces se levantan las ciudades de costa. Montamos la cometa, y Julia también la suya. Su cola roja relucía como si estuviera nueva, y no tenía los miles de agujeros que llevaba ya la mía, por donde se metía el aire y se escapaba convirtiéndola en un rabo de lagartija. Paolo me ayudó a poner otro punto para enganchar una cuerda nueva que era la que nos iba a ayudar a darle la dirección a la cometa. Lo miraba tan concentrado que se me pasó por la cabeza preguntarle que si había hecho eso en otras ocasiones, pero enseguida deseché la idea. ¡Preguntarle eso a él, que tenía una tabla con un gato pintado, una vela magnífica y enorme que nunca se le caía y había surcado los siete mares en busca del centro de la tierra de Julio Verne montado en un optimist tenía que saber seguro como montar una cometa! Vaya cosas que tenía.
Mi hermana no precisó de ayuda para que JULIA-84 levantara el vuelo, y lo hiciera tan alto como sus fuerzas le permitían. Era maravilloso. Ondeando a contracorriente, rizando su poderosa y brillante cola roja, contrastando el azul del cielo con su azul marino... impresionaba enseguida.
Luego, derivé la vista. Paolo sujetaba con fuerza los palos de mi cometa, que tantos mensajes había transportado y yo pensaba si es que estaba en mitad de una complicada operación cardíaca.
- ¿Es que se ha roto? - pregunté.
- Tiene un par de cortes en el palo más largo... ¿ves? pero no creo que le pase nada.
Asentí con la cabeza y en poco tiempo ya estaba BERTITA-84 sobrevolando la playa de Torrenueva. Con mucha destreza, cada uno nos hicimos con una de las cuerdas. Pero él se marchó pronto porque unos amigos le requirieron.
- Tienes una complicada misión, que sea la cometa más original de la playa... hazla girar.
Y como una noria, a base de tirones de las dos cuerdas, la antigua y la nueva, BERTITA-84 bailó al ritmo que yo le marqué. Hasta que, de repente, cayó al suelo en picado, herida, como cae un árbol talado.
- ¡Paolo! ¡Paolo! - le llamé.
- Bien, bien, buen vuelo - me contestó.
Es de esas veces que, cuando eres pequeño, entiendes que no te hacen caso porque están en otras cosas. Ni vuelo ni nada, mi cometa había hincado el pico hacía tiempo en la arena del fondo, que encima, era la que quemaba los pies. Julia se quedó mirando.
- ¡La has roto!
- ¡No, yo no, eso ha sido una gaviota asesina!
- Las gaviotas tienen cosas mejores que hacer que romperte la cometa...
El palo que tenía las dos fisuras, el grande, el que aguantaba el grueso de la tela, había cedido ante el envite del viento. ¿Y ahora qué?
Apesadumbrada, regresé a casa con Paolo, mi hermana, y lo que quedaba de la cometa. Mi padre, que solía tener soluciones para todo, volvió a casa aquella noche de la Farmacia con dos palos de madera.
- Son los que llevan dentro los zuecos que vendemos en la Farmacia para que no se deformen. Esta tarde una señora se ha llevado unos y le he preguntado si me daba los palos porque tenía una cometa que arreglar.
Con esparadrapo de tela y los palos de madera, sustituimos los rotos. Quedaba un poco cutre y Paolo puso en duda que aquello diera resultado. Como así fue. Nada más despegar, los palos de madera se marcharon al paraíso perdido de las gaviotas y la cometa volvió al suelo estrellándose en la arena.
La recogí con cuidado y al volver a casa manifesté que no quería saber más nada de operaciones de urgencia para cometas, que había salido mal y ya está y que seguramente la solución fuera guardarla en la funda gris y sucia para que cuando fuera una venerable abuelita con sus nietos pudiera enseñársela.
Aquella noche me quedé muy chafada. BERTITA-84 era algo más que una cometa para mí. Mis padres no salieron corriendo a comprarme una. Imagino que con buen criterio, pensaron que hay que aprender a tener y a perder. Julia vino hacia donde yo estaba y me dio su funda azul, brillante y reluciente.
- Yo sé que te hace mucha ilusión. Apenas voy a la playa a volarla. ¿Por qué no la levantas tú por mí?
A la mañana siguiente, apenas soplaba viento. El temporal había amainado y quedaba en el agua una pequeña señal en forma de espuma. El sol ya estaba llegando a lo más alto y yo, desde la arena me dedicaba a eclipsarlo con los colores verde y azul de JULIA-84.

miércoles, 23 de abril de 2014

BERTITA-84, Tercera parte

Poco a poco fuimos mejorando en el envío de notas al Niño Jesús, porque se ve que a las gaviotas los mensajes en papel perfumado de la papelería de la Plaza de las Palmeras, le traían el pico al pairo. El capó del coche de mi madre seguía amaneciendo con caca de pájaro y mi abuelo había optado por el recurrido método de la funda casera para Talbot a base se sábanas viejas. Mi abuela siempre decía que eran una familia con recursos porque habían sobrevivido a la guerra.
BERTITA-84 seguía siendo la reina del cielo torreño mientras hiciera viento. Cuando no soplaba mucho, todos los intentos de levantar el vuelo eran infructuosos. Mi tío Paolo, incluso, se había atrevido a decirme que cuando la calma chicha fuera nota predominante, mejor dejarla en casa (dicho con otras palabras porque yo a esa edad entendía pocas frases hechas). Esta afirmación desencadenó un mar de contradicciones en mí. ¿Es que no quería jugar más conmigo? ¿Estaba ya un poco harto de las misivas al Niño Jesús que nunca leería porque se quedaban en la parte de arriba de la cometa? ¿Querría irse con su barco o su tabla y su vela a recorrer el océano en busca de un tesoro enorme con el que regalarnos luego miles de Patapalo de limón? Muchas preguntas y pocas respuestas.
El caso es que un día de enorme vendaval, ya en la arena de la playa y enormemente excitados por la velocidad que podría coger la cometa, estábamos mi abuelo y yo disfrutando del viento de Levante que amenazaba con tornarse en Poniente cuando menos lo esperas. Ese día Paolo nos había dado esquinazo porque estaba entusiasmado con la idea de sacar su tabla y su vela y hacer piruetas. También me valía porque yo luego en el colegio fardaba de tío y de sus chulerías. Nadie tenía una familia como la mía. Eso seguro. Y son cosas que aún mantengo.
A mi abuelo le gustaba bañarse con bandera roja, pero cuando estábamos con él evitaba hacerlo para que no aprendiéramos cosas malas, porque él era nuestro ejemplo y ser ejemplo de unos niños es siempre un reto complicado. Aquel día había una bandera roja que casi nos cegaba. Olas y espuma. Le pedí permiso para volar a BERTITA-84.
- ¿Pero tú sabes sola?
- Claro que sí, abuelo, ya soy mayor, ¿no me ves que he crecido? Mi madre nos da mucha lechuga.
- De acuerdo, pero aquí a mi lado que yo te vea.
Obviamente, volar la cometa al lado del chambao era un riesgo porque en cualquier momento podía caer en picado con su gran potencia de vuelo de crucero y hacerle daño a alguien. Me fui a la parte de atrás desoyendo los consejos de mi abuelo que me miró de reojo y no debió enfadarse mucho porque el bigote seguía en su sitio. Tomé una decisión complicada. No le pondría la cola. El que analizaba las circunstancias que podrían llevarme a ponerla o no era Paolo, pero él estaría cogiendo olas "y un resfriado enorme", como diría mi abuela. Yo y mi autonomía infantil decidimos no ponerla. La cometa voló sin problemas, y ahí estaba yo tan feliz cuando, de repente, una ráfaga enorme de viento me arrancó la cuerda de las manos. Sin control ví como se dirigía a una muerte inevitable en el mar. Salí corriendo detrás de ella llamando a mi abuelo como una desesperada. Ágilmente, saltó de la silla, la persiguió como alma que lleva el diablo y como veía que iba a caer en picado en el agua, se lanzó de cabeza al mar. Yo miré la bandera, que seguía siendo roja, y a ese sombrero blanco temerario que avanzaba en busca de una cometa amarilla y negra que ya había tocado agua. Amenazaba con hundirse, pero se mantenía bien. Me coloqué en la orilla, quise lanzarme pero pensaba que sería contraproducente. El sombrero blanco no iba a poder cargar con la cometa de un lado y la niña cabezona a punto de ahogarse en el otro.
Sin demasiado esfuerzo, salió del agua. Llevaba la cometa en la mano y empezó a tirar de la cuerda para que la tuviéramos en poco tiempo, en las manos. Luego me dijo aquello de "te lo advertí, hace mucho viento..." y me ordenó que me sentara en el suelo para empezar a hacer de nuevo el lío con el que se recogen las cuerdas de las cometas.
No dije nada, porque sabia que había sido cosa mía y que mi abuelo se había jugado la vida por salvar a BERTITA-84. Hasta que él se dio cuenta. Los abuelos lo adivinan todo.
- ¿Por qué estás tan seria?
- Es que podrías haberte ahogado por salvar a mi cometa.
- Después de la lata que le hemos dado al Niño Jesús con tanta carta, ¿tú te crees que me iba a dejar en el agua?
Luego sonrió mirando al horizonte y supe que aquella había sido la excusa perfecta para darse un baño con bandera roja sin temor a que luego le regañaran. En algunas ocasiones, los abuelos no son tan distintos de los niños.

lunes, 21 de abril de 2014

BERTITA-84, Segunda parte

Las gaviotas, desafortunadamente, aún no saben leer. Aunque no es descartable que algún día aprendan, las que habitan en Torrenueva son más listas que los ratoncicos coloraos, como diría mi abuela Isabel, y si han averiguado que tras la estela del olor a pescado fresco hay una mamparra, cómo no iban a poder descifrar aquellos jeroglíficos escritos con letra de niña de colegio. A Paolo le pareció bastante bien que le escribiera a las gaviotas siempre defendiendo una buena causa, que era evitar las cacas en el capó del coche de mi madre, pero mi abuelo Guillermo apostó por mandarle mensajes al Niño Jesús.
- ¡No puede ser, abuelo! ¡Mi madre necesita urgentemente que las gaviotas reciban esta nota!
- Pues el Niño Jesús seguro que se la puede leer y además Él siempre es más poderoso que los pájaros. Además de que no se hagan caca en el coche de tu madre, las convencerá para que dejen tranquilo también mi Talbot.
Aquel argumento, de primeras, no me convenció demasiado, pero luego entendí que si a mi abuelo se le llevaba la contraria durante un rato largo, el bigote se le rizaba hacia arriba y podía enfadarse mucho. No creo que le afectara demasiado el tema de mis notas en papel de cuadros, pero sí había otras cosas que le enfurecían mucho, como que no ayudáramos a quitar la mesa o nos peleáramos con los primos por la propiedad de Berjupacu, la barca hinchable con la que esperábamos algún día, llegar hasta la isla de Crusoe.
El primer mensaje que llevamos hasta BERTITA-84 resultó ser un completo desastre. Paolo estaba convencido de que si colocábamos a modo de lazo la nota y dábamos algunos golpecitos secos, llegaría hasta donde estaba la tela que era la cumbre y el atril para que las gaviotas leyeran circunspectas el mensaje. No fue así. A mitad de camino, una ráfaga de aire que en Torrenueva de cuando en cuando corta como cuchillos, la arrancó de su trayecto y se la llevó volando.
- ¡Paolo, que se nos va la nota de las cacas!
- ¡Corre a por ella!
Realmente mi tío no esperaba que yo recuperara la nota, que ya iba casi cien metros más por delante mía, pero creo que le hacía gracia verme correr como una loca, con los brazos abiertos y gritándole al viento para que dejara de soplar ipso-facto (lo de ipso-facto no entendía lo que era, pero salía en algunos tebeos de Zipi y Zape y además a papá le encantaba utilizarlo cuando nos llamaba a filas).
Con los brazos colgando y cara de soldado fracasado regresaba a su lado. Y lejos de estar esperándome con tristeza y pesadumbre por la pérdida de mi tesoro, lo encontraba intentando hacer piruetas con BERTITA-84.
- ¡Mira cómo baja al suelo, y luego sube! ¿Quieres que te enseñe como hinca el pico?
Y yo me aterrorizaba porque la última vez que escuché aquello de'hincar el pico' fue a mi abuela explicándonos por qué había muerto el perro de los vecinos. Me sonaba tétrico y lúgubre y me traía a la cabeza la imagen del perro estúpido y pequeño que siempre nos ladraba al pasar por sus dominios o cerca de sus dueños.
Decidimos recoger a BERTITA-84 y esperar a mi abuelo sentados en el chambao que siempre limpiábamos previamente con el rastrillo. Cuando llegó, le conté el problema que habíamos tenido.
- Eso te pasa por no escribirle al Niño Jesús.
Sacó un bolígrafo de la bolsa que llevaba y me mandó a por un papel a uno de los bares que ya estaban abiertos en el Paseo Marítimo. Rápidamente cambiamos la nota y la colocó él. Subió rápidamente, como si tuviera alas, hasta colocarse justo al lado del cuerpo de mi cometa. Las gaviotas y el emisario Niño Jesús estarían sobre aviso. Nada de cacas en el capó del coche de mi madre.
Mandamos cientos de notas. Unas cuantas todos los días, lentamente le cogí el truco y ya le escribía a todo: a los mosquitos, a los pájaros, a las moscas... a la avispa que le había picado la tarde de antes a mi hermana Paloma... a todo bicho viviente y alado que pululara por el cielo torreño.

domingo, 20 de abril de 2014

BERTITA-84, Primera parte.

Mi tío Paolo, que para nosotras era lo más parecido a la felicidad que rondaba en nuestros días de verano, tomó entre sus manos un rotulador azul de los gordos y nos dijo mirándonos muy fijamente:
- Esto que tengo en las manos es un mágico, de modo que cuando le escriba el nombre a la cometa, ya nada podrá borrarlo.
- ¿Ni las tormentas?
- Ni las tormentas
- ¿Ni un rayo de los que lanza Zeus, ese señor que lee mi madre en los libros de griegos?
- Tampoco, además, creo yo que Zeus ya se ha cansado de lanzar rayos.
- ¿Y no se irá ni cuando se nos caiga al mar?
Aunque lo de agua era una incidencia que no habíamos contemplado, mirábamos con devoción nuestras nuevas cometas tiradas en el suelo de la casa de abajo. Él se agachó y les escribió el nombre en uno de los laterales. En mayúsculas: BERTITA-84, JULIA-84. La mía era de color amarillo y negro y la de ella verde y azul. Yo lo tomé como un tesoro que tenía entre mis manos, ya personalizada, por lo que era única en Torrenueva y nadie podría decir: "¡Yo tengo una como la tuya!". De forma rectangular, llevaba una cola muy larga de color rojo que se hinchaba con el viento.
- Es para estabilizar la cometa, que no se mueva mucho.
No le replicábamos nada a Paolo porque era mayor que nosotras y porque era el tío guay que se sentaba a compartir pipas peladas y nos llevaba a por helados al quiosco del tío Pascualo después de comer. Fuimos a pedirle que nos ayudara en los primeros vuelos. Aunque a mí no me gustaba nada dormir, creo que él aquello no lo comprendía del todo bien. Si nos veía aparecer la abuela por la puerta buscándolo nos recordaba que en aquella casa normalmente se dormía la siesta, pero estábamos dispuestos a esperarle aunque fuera sentadas en una silla en el jardín de la casa de abajo, comiéndonos las uñas o los palos flexibles que usábamos a modo de espadas simulando ser las espadas que blandían Dartacán y sus mosqueperros. Unos años más tarde, Chabela nos enseñó que había flores que se podían chupar por la parte de abajo y que desprendían un líquido transparente que estaba dulce, más que nada para dejar de roer palos y pasar a las flores, que es más hippie.
El primer día de vuelo, Julia prefirió dedicarse a otras cosas que para ella eran más provechosas, pero yo ansiaba ver volar a BERTITA-84 por el cielo de la playa torreña. Fui con Paolo y él me enseñó a levantarla desde la posición cero, tumbada en el suelo. Para esas cosas era bastante metódico. Luego, ya con la cometa arriba, me ayudaba a sujetarla. 
- Ten cuidado que no se vaya a soltar.
Y un día me propuso mandarle mensajes a las gaviotas. Os podréis imaginar mi cara de sorpresa. ¡Mensajes a las gaviotas! Las mismas que se hacían caca en el capó del coche de mamá cuando lo dejaba en la calle. ¿Y qué íbamos a ponerles? ¿Es que acaso saben leer? A Paolo debía hacerle mucha gracia aquello y se inventó que los papeles debían ir anudados a la cuerda y luego, con unos golpecitos rítmicos de la misma, irían subiendo. Emocionada, al día siguiente llevaba algunos mensajes para las gaviotas. Tenía la esperanza firme de que los leerían y encontraría una respuesta lejos del capó del coche de mi madre.

sábado, 12 de abril de 2014

Tosferini

La proximidad de la Semana Santa trae a mi memoria de forma inevitable aquellos días en Motril, en los que para mí lo más importante era hacerme de un cuadernillo con horarios, itinerarios y salidas de las imágenes de sus iglesias para no perderme ni una. Era mantener despierto a mi padre hasta las dos de la mañana para disfrutar con la complicada salida del Gran Poder o intentar que guardara silencio saludando a todos sus conocidos mientras los fieles rezaban el Padrenuestro al paso de la Buena Muerte. Pero también es pensar en los días previos a nuestra primera salida como penitente.
Cuando te enteras de que perteneces a una Hermandad y que serás alguien destacado en la salida procesional, crees que la misma jamás podría desarrollarse sin tí. No sé bien por qué, pero al nacer nos hicieron hermanos de la Virgen de la Esperanza, pero no fue hasta bastante más adelante cuando mi madre consintió en que saliéramos, diciendo que éramos pequeñas y que para ser consciente de la importancia de salir en procesión había que ser más grande. Nosotras contraatacábamos explicando que en todas las procesiones había penitentes de apenas medio metro que caminaban desorientados, buscando como locos a alguien conocido entre la gente. Pero nada.
El año que conseguimos ser lo suficientemente adultas a sus ojos para que nos dejaran salir (mi primo Carletes nos echó una mano, porque él iba con el Cristo y aseguraba que nos cuidaría aunque nos separaran más de mil nazarenos) todo eran nervios. En primer lugar, convenimos que no alquilaríamos los trajes. Queríamos unos propios, con la majestuosa capa que les caracterizaba. El primer año que salimos, la Cofradía del Jueves Santo era la única en la que los penitentes llevaban capa, y de este modo, fuimos a ver a la modista que nos tenía ya las medidas tomadas y nos hizo unos trajes de penitente preciosos. El capirote lo teníamos preparado meses antes, mi tía Chabela nos echó una mano para elaborarlo, convenciéndonos de lo importante que era que llevara agujeritos, por mucho que Julia le dijera que eso era para las cajas con gusanos de seda y que ella nunca había visto a un penitente como el cono como un queso de gruyère.
Con nuestros atuendos nos marchamos a casa cuando quedaban más de dos meses para la llegada de la Semana Santa y mi madre los colgó, tapados por un plástico transparente, en el armario de casa. De cuando en cuando nos asomábamos, incrédulas, porque aquel iba a ser nuestro año.
Un par de semanas antes del día señalado, hubo en el colegio varios alumnos con tos ferina. Esta es una enfermedad parecida al resfriado pero que continuamente estás tosiendo, nunca paras, y es bastante molesta. Cuando se curan los mocos y el dolor de garganta, sigues tosiendo como un perro enfermo. No hay modo de dejarlo. El Domingo de Ramos, Julia estaba bastante mejor que yo, Cuando me daban los ataques de tos insoportables, ella se colocaba delante mía y me llamaba "¡Tosferini!", luego le pasaba a ella pero cualquiera le decía nada.
El día señalado en el calendario, mamá nos sentó a las dos y nos dijo que no estábamos en condiciones de salir, pero nos lo tomamos tan a pecho que aquello estuvo a punto de convertirse en una tragedia griega. Julia decía que apenas le quedaba tos y que si la que estaba mal era yo, que lo dejara para el año que viene. Al final, nos consintió que nos vistiéramos pero con la condición de que poco antes de la carrera oficial teníamos que dejar la procesión. Nos pareció justo.
Fue gracioso, no obstante. Nos dieron un cirio a cada uno que abultaba más que nosotros. Íbamos juntas, ella delante y yo detrás. Mamá y papá nos seguían con la cámara de vídeo entre la gente y paso que dábamos, ellos estaban también allí. Los veíamos moverse entre los espectadores que rezaban y miraban la procesión con ojos humedecidos. La Virgen de la Esperanza tiene muchos fieles en Motril.
Cuando me daba el ataque de tos, el capirote iba y venía, tenía que sujetarlo con cuidado de no meter los dedos en los agujeros y mirando de reojo a Julia para que no se diera cuenta y se volviera y dijera eso de "¡Tosferini!".
Mamá se acercaba. "¿Estáis bien?". Poco antes de la carrera oficial nos salimos, llevamos el cirio a casa. Le dijimos a papá que nos iban a regañar. Pero él dijo que no, que al día siguiente se los llevaba él a la Farmacia y que no pasaba nada.
El resultado de nuestra primera salida procesional fueron dos capirotes que se movían de un lado a otro mientras tosían al mismo tiempo. Aunque no hay duda de una cosa: cuando eres pequeño, las cosas más nimias son las que más feliz te hacen. Y aquella tarde de Jueves Santo, Tosferini y su acompañante fueron plenamente felices.

jueves, 3 de abril de 2014

Matacumbe hijo

Quiero dedicar este post de hoy a mi hermana Paloma. Cuando ella era más pequeña, tanto Julia como yo partíamos con la ventaja de conocernos desde hacía más tiempo. Formábamos el grupo indisoluble de 'Las hermanicas canicas' y admirábamos a Zipi y Zape. Lo pasábamos genial ideando nuevos juegos y cuando Paloma quiso incorporarse nos inventábamos que había que pasar algunas pruebas.
Una de ellas era de teatro. Es decir, había una única función, a modo de juego, que desarrollábamos por la noche antes de irnos a la cama. Nosotras dos dormíamos juntas en el llamado 'cuarto de juegos', en dos camas que se plegaban y se metían dentro de un mueble (con el paso del tiempo empecé a desarrollar una enorme admiración por mi madre, que las colocaba todos los días con el trasiego que eso suponía) y se nos quedaba abierto, en toda su inmensidad, el espacio para los juegos.
Por las noches, con las camas ya desplegadas, comenzábamos a jugar y a replantearnos historias que a menudo necesitaban un malo. Y ahí es donde entraba ella al principio. Si quería formar parte de 'Las hermanicas canicas' debería de pasar una prueba sencilla. Ser Matacumbe hijo.
No sabíamos si Matacumbe hijo existió, tampoco de donde lo sacamos. Lo que sí dejamos claro es que el que interpretara ese papel debería ponerse un plumero en la cabeza y entrar con voz lúgubre al cuarto diciendo:
- ¡Soy Matacumbe hijooooo!
Obviamente, nuestro guión no era complicado. Éramos dos princesas con un padre que era el rey más importante del espacio y del mundo, y que nos había regalado un par de camisones de seda, de color rosa. Exclamábamos contentas:
- ¡Pero qué camisones más bonitos nos ha regalado nuestro padre! - decía una de nosotras.
- ¡Y además fresquitos!
La puerta se abría despacio y a media altura empezaban a moverse las plumas del plumero de la limpieza, seguidas por Paloma que exclamaba:
- ¡Soy Matacumbe hijo!
Y las dos lanzábamos un gritito de princesas asustadas para pasar a desarrollar un sortilegio mágico para el que teníamos una varita mágica hecha con un palo de madera de los que se usaban para mantener los zapatos en condiciones en la caja y una estrella recortada en papel aluminio. Julia solía ser la que manejaba la varita mientras yo me asustaba por la presencia de ese ente coronado por un plumero. Automáticamente, después de las palabras mágicas, se convertía en otra bella princesa que pasaba a ser nuestra hermana, a compartir padre y camisones rosas de seda.
Era uno de nuestros entretenimientos. A menudo nos gustaba mucho dejar volar nuestra imaginación, casi todas las noches inventábamos una historia nueva que terminaban con la presencia de mamá o papá por el marco de la puerta, nos apagaba la luz y nos mandaba a dormir, que a la mañana siguiente había colegio y nos tocaba madrugar.
Matacumbe hijo (que ya era una princesa muy guapa) desaparecía esa noche pero con la incertidumbre siempre de si en algún momento volvería a aparecer en escena.