viernes, 28 de marzo de 2014

Misas y municiones

Ya en primero de EGB triunfaba con mis cuentos inventados que presentaba a modo de redacciones de tema libre. Entre ellos, estaba la historia de una niña que aprendió a tocar el arpa y la habitación se le llenaba mágicamente de flores según la nota que tocara. Lo del arpa no sé de dónde lo saqué y puede que, igualmente, el instrumento elegido hubiera sido un trombón. O un tambor de los de Semana Santa. Pero entonces no tendría tanto 'glamour'. 
Me hice en poco con un grupo de seguidores entre los que estaba la profesora y algunas monjas, que se apresuraron en proponerme para que escribiera los textos que luego alguna compañera leería al comienzo de la Misa en el colegio. Nunca me dejaban leer a mí porque decían que iba demasiado rápido y que había que ser más pausado y calmado. Me llamaban 'marirapidilla'. Me daba un poco de rabia, a qué negarlo, porque siempre andaba buscando el 'yo me lo guiso, yo me lo como' y en los primeros bancos (donde nos colocaban siempre a los que teníamos gafas para que no perdiéramos detalle de lo que pasaba) me enfadaba mucho al escuchar en boca de los otros lo que yo había escrito. "Es que aparte de que lees muy deprisa, si siempre sales tú el Señor y el cura podrían cansarse un poco, ¿no crees?" No me quedaba otra que poner cara de circunstancias y asentir pero, la verdad, leyendo ese breve texto a la entrada no daba margen alguno tampoco a que la gente se agotara auditivamente.
Las monjas llamaban 'Monición' a aquello que escribía. Y yo lo primero que entendía es que decían 'Munición' y me debatía internamente sobre el significado potencial de aquello. Entonces, en uno de esos pensamientos, acudía a mi madre que gramaticalmente todo lo sabía y me sentaba ante ella con paciencia infinita sabiendo que comenzaría con la etimología griega y terminaría, quizás, declinando en latín. "Mamá ¿por qué las monjas llaman 'Munición' a lo que escribo? ¿Eso no son las balas de las pistolas y los cañones?" Ella se reía un poco al principio y me preguntaba si había entendido bien la palabra. "Que sí, que sí, que es 'Munición', como lo de Lucky Luke". Finalmente y tras mucho darle vueltas a la cabeza, llegó a la conclusión de que la palabra no era tal, sino 'Monición'. "Pues puede ser, mamá, de todos modos tampoco sé lo que quiere decir".
Armada de valor y con un diccionario de la RAE en una mano y la enorme enciclopedia GALP en la otra, que nos acompañó durante nuestros años de colegio y sin la que yo ya no sabía trabajar, comenzó a explicarme la procedencia de la palabra y su significado. Ella siempre ha sido de buscar los orígenes de todo. Reconozco que me apasionaban esas clases de lingüística desde que era bien pequeña y ella, sabedora del tema, me regalaba libros constantemente.
El caso es que esos textos que escribía para el comienzo de las Misas en el colegio poco a poco fueron traspasando fronteras y llegaron a la iglesia de la Encarnación, que era el súmum de las iglesias motrileñas porque además era parroquial. El día que debuté con una de ellas fue muy importante. Era la Inmaculada Concepción, Patrona de los farmacéuticos, también llamada la Milagrosa. Una Virgen a la que le salían rayos de las manos y que me encantaba dibujar para que mi padre la colgara en la rebotica. Escribí una monición de entrada muy bonita, engalanada con algunos retales de la Cruz Verde de las farmacias y que encantó a mi profesora. Le pedí, con ojos de gato chantajista, que me dejara leerla e intenté la manipulación emocional diciéndole que a mi padre le haría mucha ilusión porque era farmacéutico y esa Virgen que además estaba en una hornacina en la iglesia, era su Patrona. 
Tras valorarlo y estar más de una semana ensayando en casa y en su despacho una lectura pausada, que me ponía muy nerviosa porque notaba que no era yo sino una pava a la que habían bajado el número de revoluciones. 
Finalmente leí. La iglesia llena con gente hasta en la puerta. Habían venido los alumnos del colegio de San Agustín... Me salté a la torera los ensayos, leí como yo solía hacerlo con mi madre, alto y rápido. No sé si quedó bien o mal, pero fueron mis tres minutos de gloria. Y nunca mejor dicho.

miércoles, 26 de marzo de 2014

Comodidad Deseada

Al mismo tiempo que íbamos creciendo como familia, el Seat Ritmo se nos quedaba pequeño. Aunque era nuestro pequeño palacio en el que los fines de semana acudíamos en tropa a la playa o al Puerto de Motril a ver los barcos, cuando ya éramos uno más y luego otro, y otro, era necesario un cambio.
Los asientos ya no daban para más aunque es cierto que sentíamos un poco de lástima por ese vehículo que nos había acompañado desde nuestros primeros momentos hacia donde fuéramos. Llegó el instante de la reunión y el momento del encuentro en el salón en el que nuestros padres decidieron que era el día adecuado para empezar a mirar coches. A mi padre le gustaba mucho el Nissan Patrol, que por aquella época era una novedad importantísima en las revistas de coches de referencia y en la sección de 'Motor' del Marca ya lo habían destacado en algunas ocasiones. Era un todoterreno que se mostraba en toda su magnificiencia en el escaparate del concesionario que estaba cerca de casa. Fuimos a verlo. Por centro olía mucho a nuevo y a mi madre no es que le convenciera demasiado porque ella quería un concepto más familiar, aunque las cosas han cambiado mucho y no era necesario llevar sillita ajustable en función del tamaño del niño. Allí nos echábamos todos en el asiento y nos íbamos turnando para ir o no con la espalda en el respaldo dejando hueco a los demás.
Después de mucho reflexionar, decidieron seguir desfilando por los distintos concesionarios de Motril. Mi madre, que siempre ha estado enamorada del Seat Ibiza, preguntó por ese modelo, pero a mi padre le conquistó el Audi 100, que dicho sea de paso, era muy bonito. Lo miramos, lo probamos y el vendedor nos aseguró que era una serie limitada que estaba rompiendo en los mercados internacionales porque en vez de casette se le podía poner un disco compacto. "¿Y eso qué es?", le pregunté a mi madre por la tarde buscando su eterna sabiduría. "Pues un nuevo invento para oír música, es como un vinilo pero pequeñito y que si lo miras por la parte de atrás parece un espejo". Esa misma tarde nos llevó a Simago para que pudiéramos ver los primeros entre los que estaba uno de un niño francés de cinco años llamado Jordy que estaba pegando con mucha fuerza en las listas de éxitos cantando en francés lo duro que es ser bebé acompañado por un coro de guardería.
Finalmente, nos llevamos ese coche y el primer estreno fue a un campo en el que jugamos al fútbol y echamos carreras. El Audi era plateado, papá lo dejó aparcado debajo de un árbol para que no le diera el sol pero, en cambio, le cagaron unos cuantos pájaros por lo que terminamos en el lavadero.
No llevábamos ningún cd, ni pensábamos comprarlo porque únicamente podríamos utilizarlos en el coche y no nos traía cuenta. Justo al lado del nombre estaba resplandeciente el número 100 del modelo y en el otro lado las dos detras. CD.
"Comodidad Deseada·, nos aseguró papá cuando le preguntamos. "¿Pero cómo va a ser eso si dices que el coche es de fuera? ¿Es que se dice así en todos los idiomas?", volvimos a insistir. "Pues no sé, pero en Motril lo que significa es Comodidad Deseada, que es que todos vamos a ir muy cómodos en este coche".
Parece lógico, ¿no?

lunes, 24 de marzo de 2014

Cirujanas de plumier

No había nada que me entusiasmara más cuando estaba en el colegio que los artículos de papelería. Tenía decenas de gomas de borrar diferentes guardadas en casa en un cajón a las que les tenía especial cariño y que no podía usar en clase porque era norma en el Santo Rosario que las que empleásemos fuesen Milan Nata de las pequeñitas y nos las daban las monjas. Las compraban a principio de curso con un dinero que empleaban precisamente en eso, en material escolar "para que todo fuese igual para todos y no existiesen diferencias".
Llevaba un estuche de tela, con dos compartimentos en el que había dibujada una muñeca vestida de antigua que portaba en la mano un ramo de flores. La cara no podíamos vérsela porque estaba tapada con los encajes del gorro. Dentro los bolígrafos, goma de borrar, lápices y un tímido portaminas, asomaban cuando empezaban las clases.
Dicen que de casta le viene al galgo y aunque no triunfaba demasiado con los números y las fórmulas de Química, decidí adentrarme a mi modo en el mundo sanitario. Me alié con Luisa, una de mis amigas que de cuando en cuando se dejaba invadir por mis pájaros en la cabeza y el tema era tan sencillo como absurdo.
Con el portaminas, metíamos un trozo de grafito dentro de la goma, que desde ese momento estaba herida de muerte y Houston corremos el riesgo de perderla si no actuamos pronto.
La mesa del pupitre se convertía en un quirófano improvisado en el que actuábamos con rapidez y mucha paciencia. Los capuchones de bolígrafo nos ayudaban en la extracción y sólo si la goma no se partía podía decir que había salvado la vida. Todo ello sin contar con el ojo avizor de la Sor de turno que cuando nos pillaba en medio de una operación a corazón abierto nos regañaba con aquello de cuidar el material y bla bla. Jamás entendió la importancia de salvar vidas gomiles que nos embargaba.
Cuando éramos descubiertas en la clandestinidad de nuestras operaciones, normalmente nos quedábamos sin recreo, lo que quería decir que te tocaba pasar media hora en la clase. En ese tiempo, dependiendo de quién te castigara, o tenías libertad para coger un libro del armario y leerlo en tu mesa tranquilamente o, en cambio, te soltaban un trapo húmedo y te ponían a limpiar la pizarra. Las primeras veces era desastroso y la monja de turno se enfadaba mucho porque en vez de limpiar, la tiza estaba tan restregada que el verde oscuro se tornaba en blanco. Pero con el tiempo, fuimos ganando práctica.
De operar gomas pasamos a intentar salvar la vida a bolígrafos a los que la malvada grapadora les había disparado unas grapas, su valiosa arma de destrucción masiva, para acabar con ellos.
O el caso del folio que quedaba atrapado pinchado por la punta del rotulador azul, lo que necesitaba una urgente intervención.
Han pasado los años y ninguna de las dos hemos sido médicos. Nos conformábamos con poco, la cirugía relajada de plumier y pupitre.

domingo, 23 de marzo de 2014

Derby de mi vida

Antes, cuando veía los partidos de fútbol uno detrás de otro para desesperación de mi madre que siempre prefería encontrarme estudiando Historia en mi cuarto, la semana previa al Real Madrid - Barcelona sentía dentro de mí un enorme gusano en el estómago. Recuerdo ahora y no consigo repetir esa sensación de nerviosismo acuciante que comenzaba un par de horas antes del partido, cuando mi padre empezaba a espabilarse de la siesta y a recomendarme que fuera vistiéndome porque llegaríamos tarde a casa de El Dentista.
El Dentista era un amigo suyo, "más madridista que Ramón Mendoza" como le definía mi progenitor, que tenía una casa en la zona alta de Motril. Fue de los primeros en instalarse el Canal Plus y organizaba encuentros de eruditos hinchas en su casa antes de los partidos importantes. Mi padre y yo (con mi gusanillo a cuestas) solíamos llegar a tiempo, sentarnos con ellos en el salón y comenzar a disertar sobre alineaciones y demás cosas referentes al encuentro con un bol de patatas fritas y un par de latas de Fanta.
Otra opción era ir al Club Naútico, que colocaba una pantalla gigante en el salón de celebración  de bodas. Allí, también unos cuantos, comenzaban a debatir sobre la conveniencia de que saliera al campo tal o cual jugador o lo impresentable del entrenador por dejar en el banquillo a quien fuera.
Uno de esos años, el míster del Real Madrid era Benito Floro. Un señor delgado y con gafas que habían fichado del Albacete. A mi padre lo de las gafas debía de hacerle mucha gracia, porque enseguida hizo la comparativa conmigo y me llamaba Donbe. Incluso delante de sus amigos, lo que a mí me desesperaba un poco. "Es que eres Donbe, de Don Benito, porque siempre quieres ver el fútbol". Él solía decir que le tenía tomada la medida al Barcelona y siempre le ganaba.
Como comenzaba diciendo, el lunes de antes del partido, llegaba él con el Marca debajo del brazo y me lo daba para que leyera las noticias de los futbolistas. Mi hermana era más dela Súper Pop y mi madre decía que a mí lo que debía de gustarme era Sergio Dalma, como a la mayoría de las niñas de mi edad, y que me dejara de tanto futbolista y tanto póster de Paco Buyo en la pared de mi cuarto. En un intento de conversión como Saulo de Tarso, me regaló un casette de La Unión, que estaban bastante de moda, y que le regalé a mi hermana a los pocos días a cambio de que ella me dejara la radio para poder oír desde la cama algunos partidos de la Copa de Europa que comenzaban bastante tarde.
El caso es que el día del encuentro yo ya le había dado al Marca del lunes más de cien vueltas. Porque mi padre sólo me llevaba el del lunes, habida cuenta de que yo debía de leer más a Juan Ramón Jiménez o Enyd Blyton, que siempre tenían más que aportarme, seguramente. Llegaba el día y desde por la mañana todo eran nervios. En el colegio mis compañeros se metían un poco conmigo, aunque todos eran del Madrid (en clase estaba muy mal visto ser del Barcelona y sólo un par de chicas confesaron que eran del club culé).
Pitaba el árbitro y yo dejaba de lado el bol de patatas y las mediasnoches de jamón york y mantequilla que preparábamos antes del momento cumbre del día y el gusano que me mordía por dentro se convertía en una víbora hambrienta que me tenía en vilo todo el partido a no ser que el Madrid se pusiera un par de goles por delante. Mi padre iba comentando las jugadas aunque de cuando en cuando se quedaba dormido. Yo me ponía nerviosa y le daba con el codo y le decía: "¡Pero cómo puedes dormirte en mitad de un derby!" A lo que él siempre respondía que no estaba durmiendo, que sólo tenía los ojos cerrados, parpadeando. Sus cosas.
Si marcaba el Madrid, saltábamos de alegría en el sillón. Si estaba cerca mi abuela Luche nos contaba que el abuelo daba una voltereta al más puro estilo de Hugo Sánchez. Mi padre era menos efusivo. Levantaba los brazos y sonreía. Me miraba con condescendencia si era un jugador que me gustara mucho como fue el caso de Emilio Butragueño e Iván Zamorano o me sonreía con la boca torcida cuando el que hacía diana era Guti, que no me caía nada bien.
Luego, el resultado era lo de menos, aunque si perdíamos me iba a la cama muy enfadada.
Aquellos derbys de mi vida nunca se repetirán. Me falta mi padre en el sillón de al lado, donde ha dejado un hueco enorme. Me falta el Marca del lunes de antes y mi madre diciéndome que vaya a estudiar Historia y me deje de gusanos en el estómago. Mi hermano, con apenas dos años preguntando si había que animar a los de blanco o a los de azul y rojo. Son momentos que no volverán pero que, cada noche que juegan Real Madrid y Barcelona, aparecen ante mis ojos como una eterna película de felicidad.

miércoles, 19 de marzo de 2014

Macarrones y pinzas

Antes, cuando el 19 de marzo, día de San José, era festivo, en el colegio nos insistían mucho para que los regalos estuvieran perfectos, para que en su elaboración nada interfiriera y llegado el día y tras aguantar una noche y toda la tarde envuelto en papel de regalo, pareciera nuevo, recién sacado de la tienda.
Trabajábamos mucho y duro. Especialmente los que éramos más torpes en la elaboración de manualidades, un estigma que me ha perseguido toda la vida. Siempre he sido un desastre. Cuando son macarrones o pinzas de la ropa lo que manejas no hay problema, pero ya si creces y empiezas con las seguetas y los paneles de madera, la cosa se complica de una manera considerable.
La seño nos colocaba en las sillas, en nuestras pequeñas mesas verdes y cuadradas y nos hacía exponer el muestrario de pasta y legumbres que habíamos traído de casa. Mi madre nos surtía bien de lentejas, garbanzos y macarrones con rayas. Siempre le preguntaba por qué nuestros macarrones eran rayados y los de los compañeros más lisos. Y la respuesta siempre nos dejaba sin palabras. ¿O acaso no nos habíamos dado cuenta de lo originales que éramos?
Poco a poco, los portafotos de mis compañeros empezaban a tomar forma. En el colegio debía de existir una especie de pacto del Día del Padre con la empresa que fabricaba unas estampas relucientes en las que aparecía San José dándole al Niño la vara con florecillas blancas para que jugara.
Todos los años había que enmarcarla con macarrones, lentejas o cualquier idea que se nos ocurriera. No sé cuántas estampas de San José juntó mi padre. Lo que sí sé es que fuera la que fuera o el año que sea las recibía contento. Una vez, cuando mi hermano aún iba a la guardería, le entregó unos zapatos blancos de golf y un guante de esos que se ponen en la mano para darle a la pelota.
Como ya he comentado antes, el día 19 de marzo era festivo y un par de días antes ya teníamos los regalos a punto. Los escondíamos bien y esperábamos nerviosos el momento de la entrega. Normalmente, entre nosotras hablábamos de lo que habíamos hecho. Tampoco era tan complicado. En caso de duda, había que pensar en la estampa de San José con algunos atrezzos que la convirtieran en algo original.
Si nos portábamos mal unos con otros, el agraviado corría a mi padre y le decía lo que el molestón le había hecho, fastidiándole la sorpresa. Aquello era curioso, porque aunque mi hermano no contaba para estos juegos extraños, le encantaba sentarse con mi padre la noche de antes o la anterior y sacarle la conversación. Al final, estábamos convencidos de que lo sabía pero siempre se hacía el loco.
Aquellos Días del Padre no los había inventado el Corte Inglés, ni Carrefour, ni nadie más que nosotros. Éramos la esperanza de un día de sonrisas y buenos ratos. Sólo nosotros. La sorpresa como una fruta mojada en chocolate caliente...

lunes, 17 de marzo de 2014

Bolicheetos 2, la eterna suplente en las clases de gimnasia

Ya por aquella época sabía de memoria que había dos tipos de caras. La de todo va bien, voy a comerme el mundo y esa soy yo, la que escribe las 'moniciones' de entrada a la Misa y la otra era la que ponía cuando en clase de Educación Física (que en el cole era gimnasia) alguien escogía a sus compañeros de equipo para jugar a cualquier cosa.
Era Bolicheetos porque de cuando en cuando alguien se encargaba de recordármelo, máxime cuando sacaba de la mochila el sandwich de queso con membrillo que me había preparado mi madre (sí... ¿cuántos niños habéis visto en el cole con bocadillos que queso con membrillo?) y entonces me miraban y decían lo de "Bolicheetos tiene hambreeee". El publicista de las bolsas de patatas que me dieron buenos quebraderos de cabeza en mi más tierna y redondeada infancia.
Antes, claro está, hay que presentar al profesor de gimnasia, la asignatura más odiada por Bolicheetos, que en un  futuro se diplomaría como maestra de Educación Física en la Universidad de Granada. De cuando en cuando, a don Salvador, un señor que siempre acudía impecablemente vestido y peinado su cabello cano, le gustaba ponernos a jugar a cosas. Fútbol para los chicos, baloncesto y voleibol para nosotras. Aunque, para no complicarnos mucho, cuando quedaba poco tiempo, nos colocaba en dos equipos para jugar al 'Quema', un juego de lanzamiento de pelota en el que si te daban ibas al 'Campo de los muertos' desde donde podías atacar también. Yo era de las primeras caídas en combate. A veces por torpe y otras porque alguno de mis amables compañeros de equipo querían quitarme de en medio y sin darse cuenta me daban empujones hacia la línea caliente.
Cuando don Salvador hacía los equipos, siempre seleccionaba a dos alumnos, que normalmente eran los más avezados. Y ellos eran los encargados de escoger a sus compañeros.
Ahí entraba mi cara de gato herido. Primero todo era normal. Yo miraba con mis ojos de buena persona, sin cambiar el rictus pero cuando veía que me estaba quedando para las últimas, incluso por detrás de gente que jamás esperaría empezaba a poner en práctica mi media sonrisa de atleta desgraciada o los ojillos de gatito con el rabo entre las piernas.
Ni caso. Nuevo ataque. Mirada de "si me llevas a tu equipo ganamos seguro" que eran respondidas con un "sí, claro que ganamos, a Bolicheetos en el Campo de los Muertos en la primera jugada". Poco a poco iba viendo como el resto pasaban a un bando y otro y, recuerdo bien, que había momentos en los que los mismos capitanes me ofrecían gratis unos a otros. "Pero quedatela tú para tu equipo, que a mí me da igual". "No, no, mejor con vosotros, que uno más no pasa nada, en serio". Me quedaba la última. Al principio no me afectaba demasiado, luego ya me daba un poco más de rabia. Tampoco era tan mala, o al menos eso creía. Lo peor era que cuando elegía una de mis amigas y daba por hecho que iría de las primeras, pasaba a ser la cuarta o quinta, o la sexta, pero no la segunda.
Poco a poco, con el paso del tiempo y mi afición al fútbol (con la que me gané el respeto de los chicos de mi clase que además eran también del Real Madrid), dejaron de llamarme Bolicheetos. Los ratones seguían apareciendo en la televisión con su cansina cancioncilla, pero ya estaba en otras cosas.

jueves, 13 de marzo de 2014

Bolicheetos I

La infancia suele ser esa época en la que todo son ocupaciones lúdicas, siempre buscando el mejor momento para disfrutar de una tarde de playa o unas carreritas por el monte. Normalmente, todo es amor, quieres a todo el mundo y el sentimiento de odio aún no hace mella en ti. Eres feliz por el mero hecho de ser pequeño y ya está. No recuerdo haberle deseado nada malo a nadie en serio. Puede que maldijera a alguno pero luego se me pasaba. Hasta que llegaron ellos.
Los Cheetos eran una especie de gusanitos de queso que triunfaban como snack entre los niños y mayores (mi padre se los comía con disimulo, la bolsa escondida entre el pantalón y el brazo del sillón, mientras veía los partidos del Madrid) y a cuyo responsable de publicidad se le ocurrió la genial idea de comparar el producto con los tres mosqueteros de Dumas.
Hasta ahí, todo bien. Incluso debo admitir que me hacía gracia. Había uno largo con los pelos rizados que era el de los gusanitos de color naranja (nunca supe a qué se debía ese color), el otro era más azul y estirado y el más pequeño, una bolita verde con una espada, torpe porque era paticorto, que representaba a los círculos de maíz y queso. Se llamaba Bolicheetos.
Yo por aquella época era bastante redondita. No quiero decir que fuera un globo aerostático a punto de despegar. Ni tampoco que era fuertecita. No estaba fuerte, estaba gordita. Lo admito. Aparte, era bastante enemiga de los pelos largos. Veía como mi hermana Paloma sufría cuando se peinaba porque tenía enredos y decidí que yo más cómoda con el pelo corto ¡dónde íbamos a parar! El problema fue cuando mi destino y el de los ratones del queso se cruzaron.
Estaba terminando los últimos cursos de EGB, lo que ahora se llama Educación Primaria. Mis amigas estaban más pendientes de Alejandro Sanz y sus miradas elegantes y estudiadas que de los juegos que nos habían unido antaño. He de reconocer que llevaba cinco o seis canicas en la mochila, con la vana esperanza de que algún día me dijeran que les apetecía jugar. Pero ellas de decantaban más por esperar sentadas en un banco en el patio a que se cruzara el chico guapo de la otra clase que le daba un aire lejano a Tom Cruise. 
Iban ideales de la muerte, repeinadas y empezaban a aprender las miradas de soslayo. Nunca me llamó la atención ser como una de ellas, pero mi comportamiento debía de sorprenderles. Una mañana, durante un recreo, un grupo de chicas de la otra clase jugaban al quema contra los chicos. Les faltaba una. Me preguntaron. ¡Claro que quiero jugar! Duré cinco minutos sin 'matar'. Enseguida me dieron con el balón. Falta de agilidad y de costumbre. (Y un lío que me hice con las piernas, que mi coordinación estaba en números negativos). 
Mientras cruzaba al otro campo, uno de los niños gritó:
- ¡Mirad, es como el ratón gordo de los Cheetos!
También suele decirse que durante la infancia, lo que predomina es la crueldad. Entre los mismos compañeros. A mí aquello me dio rabia, pero no dije nada. Desde ese momento, empezaron a llamarme Bolicheetos. No sabía quien era, pero le pregunté a una de mis amigas. 
- Pues el que sale en el anuncio, ¿no lo has visto? Son tres, dos delgados y uno más gordo. Pues ese.
Investigué y dí con un ratón que siempre estaba con el culo en el suelo, intentando comerse una bola de queso que tenía trinchada en la punta de la espada. Venga ya, yo no estaba tan redonda... no era posible. Aquella noche decidí que todo iba a cambiar cuando en la ducha miré abajo y no me veía los pies. 
- Es normal - me dijo mi madre cuando me vio salir afligida - es que tienes los pies muy pequeños.