Me hice en poco con un grupo de seguidores entre los que estaba la profesora y algunas monjas, que se apresuraron en proponerme para que escribiera los textos que luego alguna compañera leería al comienzo de la Misa en el colegio. Nunca me dejaban leer a mí porque decían que iba demasiado rápido y que había que ser más pausado y calmado. Me llamaban 'marirapidilla'. Me daba un poco de rabia, a qué negarlo, porque siempre andaba buscando el 'yo me lo guiso, yo me lo como' y en los primeros bancos (donde nos colocaban siempre a los que teníamos gafas para que no perdiéramos detalle de lo que pasaba) me enfadaba mucho al escuchar en boca de los otros lo que yo había escrito. "Es que aparte de que lees muy deprisa, si siempre sales tú el Señor y el cura podrían cansarse un poco, ¿no crees?" No me quedaba otra que poner cara de circunstancias y asentir pero, la verdad, leyendo ese breve texto a la entrada no daba margen alguno tampoco a que la gente se agotara auditivamente.
Las monjas llamaban 'Monición' a aquello que escribía. Y yo lo primero que entendía es que decían 'Munición' y me debatía internamente sobre el significado potencial de aquello. Entonces, en uno de esos pensamientos, acudía a mi madre que gramaticalmente todo lo sabía y me sentaba ante ella con paciencia infinita sabiendo que comenzaría con la etimología griega y terminaría, quizás, declinando en latín. "Mamá ¿por qué las monjas llaman 'Munición' a lo que escribo? ¿Eso no son las balas de las pistolas y los cañones?" Ella se reía un poco al principio y me preguntaba si había entendido bien la palabra. "Que sí, que sí, que es 'Munición', como lo de Lucky Luke". Finalmente y tras mucho darle vueltas a la cabeza, llegó a la conclusión de que la palabra no era tal, sino 'Monición'. "Pues puede ser, mamá, de todos modos tampoco sé lo que quiere decir".
Armada de valor y con un diccionario de la RAE en una mano y la enorme enciclopedia GALP en la otra, que nos acompañó durante nuestros años de colegio y sin la que yo ya no sabía trabajar, comenzó a explicarme la procedencia de la palabra y su significado. Ella siempre ha sido de buscar los orígenes de todo. Reconozco que me apasionaban esas clases de lingüística desde que era bien pequeña y ella, sabedora del tema, me regalaba libros constantemente.
El caso es que esos textos que escribía para el comienzo de las Misas en el colegio poco a poco fueron traspasando fronteras y llegaron a la iglesia de la Encarnación, que era el súmum de las iglesias motrileñas porque además era parroquial. El día que debuté con una de ellas fue muy importante. Era la Inmaculada Concepción, Patrona de los farmacéuticos, también llamada la Milagrosa. Una Virgen a la que le salían rayos de las manos y que me encantaba dibujar para que mi padre la colgara en la rebotica. Escribí una monición de entrada muy bonita, engalanada con algunos retales de la Cruz Verde de las farmacias y que encantó a mi profesora. Le pedí, con ojos de gato chantajista, que me dejara leerla e intenté la manipulación emocional diciéndole que a mi padre le haría mucha ilusión porque era farmacéutico y esa Virgen que además estaba en una hornacina en la iglesia, era su Patrona.
Tras valorarlo y estar más de una semana ensayando en casa y en su despacho una lectura pausada, que me ponía muy nerviosa porque notaba que no era yo sino una pava a la que habían bajado el número de revoluciones.
Finalmente leí. La iglesia llena con gente hasta en la puerta. Habían venido los alumnos del colegio de San Agustín... Me salté a la torera los ensayos, leí como yo solía hacerlo con mi madre, alto y rápido. No sé si quedó bien o mal, pero fueron mis tres minutos de gloria. Y nunca mejor dicho.
