jueves, 23 de enero de 2014

Sobre mí y mis circunstancias

Yo nací en Granada, una tarde de agosto. El reloj marcaba las cinco. “Una buena hora, la taurina”, como recordaba mi padre continuamente. Granada es la ciudad más bonita del mundo. Por lo menos de lo poco que conozco. El primer aire que respiré era caliente, como preludio del verano en Granada. Creo que fui periodista desde el primer momento. Si hubiera podido, inmediatamente hubiese retransmitido mi parto. 
Mi madre tuvo antojo de granizado de limón todo el rato. El único que recuerda. Por eso nací con los ojos rasgados. “Pareces chinita” me decían en el colegio. “Eso es porque mi madre bebía limón, y se te pone la cara así”. Y arrugaba la frente.
Algunas de las cosas que rodearon mi nacimiento fueron importantes para mi padre. Destacadas en su cuaderno de bitácora. En aquel momento era lo más parecido a un reportero que había en las inmediaciones del Hospital de Maternidad. El Barcelona había marcado al Sporting de Gijón cuatro goles y mi abuelo mojaba su imponente bigote en chocolate con churros. Paolo se estrenaba como tío con apenas diez años y yo llené mis pulmones de vida.
Las primeras reacciones no se hicieron  esperar. Era como el pequeño regalo que alguien había dejado en el árbol de Navidad, lo que pasa es que en agosto hace mucho más calor, y el árbol de Navidad se hubiese puesto pocho y las agujas de las ramas caerían al suelo despacio, dejando un paisaje desolador.  
Mi madre seguramente tendría miedo. Debe ser una enorme responsabilidad encontrarse de repente con una cosita minúscula, que es capaz de sonreír, de temblar, de agarrarse fuerte al mundo. Cogió algunos kilos y lo más probable es que se viera extraña. Aunque nunca dijo nada. Simplemente me quiso. Desde el primer momento. Ella adora a los niños. “Son lo más inocente que hay", suele decir.
Mi padre estaba orgulloso. Cuando contaba a sus conocidos cómo había sido mi parto, únicamente decía una cosa, “la enfermera me la trajo a mí sin preguntarme ni nada, tiene mi cara enterita”. Y así era, una fotocopia en miniatura de él, que era alto y fuerte. Y de Motril.
De ese momento no recuerdo más, aunque con el paso del tiempo fui recogiendo pareceres. No tenía hermanos y mucho menos la más remota idea de lo que significaba aquello. No sabía qué era jugar. Pero aprendí a reírme con las voces y las canciones que me cantaban mis abuelas. El imponente abuelo Guillermo veía en mí a su futura compañera de pedaladas, y mis tíos se asomaban con curiosidad a la cuna hablando de ese modo que sólo se habla con los bebés. Muchas veces he pensado que, si en algún momento un niño pequeño tuviera uso de razón, se quedaría boquiabierto pensando quién es ese que habla asomado a su micromundo poniendo voces tan extrañas.
Me bautizaron en Torrenueva a los pocos días de nacer. Lo hizo un cura que se llamaba Don José Baldomero y mis padrinos fueron mi abuelo Guillermo y la abuela Isabel. Precisamente de ella heredé el segundo nombre, que aunque apenas utilizo, ahí está para traerme a la memoria su recuerdo.

Luego, en casa, me rebautizaron como La Bella Easo. Era la novedad, recordemos. Nunca antes había habido en la Casa de Abajo un bebé con parentesco directo. Era el debut de mis padres, de mis abuelos y de mis tíos. Por eso, cuando abrían la puerta, cantaban eso de “Paso, paso a la Bella Easo”. Vamos, que estaba entrando o en mi carro o en brazos de alguno. Abriendo los ojos, lo que la herencia del granizado de limón me dejaba, para sorprenderme con esas luces que jugaban a bailar entre la cenefa de la cocina.

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