martes, 28 de enero de 2014

Motril

Acunado por el Mediterráneo y a la sombra de la Virgen de la Cabeza, duerme en la costa de Granada la localidad de Motril. O lo quieres o lo odias, pero nunca deja a nadie indiferente. Conozco sus calles como la palma de mis manos. Cada surco dibujado es una de sus esquinas, de sus escaparates. De la tienda que había al lado del colegio en la que comprábamos las palmeras de chocolate a la salida de las clases de voleibol, esas miradas que nos citaban en la Plaza de las Palmeras o las exposiciones que nadie quería perderse en la casa de la Condesa de Torreisabel. Motril a veces amanecía nublado, y era el mejor momento para ver correr el agua en la calle Nueva, o saltar por los charcos del parque.
Yo vivía en una de las calles principales de la ciudad. Muy noble y leal. Caminando por ella, salías a una zona de campo en la que había algunas cañas de azúcar y el polvo se levantaba al pasar. Por allí solíamos pasear con mi padre algunos sábados por la tarde. Nos asomábamos a la acequia que solía llevar agua a una altura mediana y mis hermanas y yo nos empujábamos hacia la zona donde estaban las ortigas. La Vega de Motril era uno de los mejores planes que a un niño se le podían plantear. Rodillas llenas de polvo, zapatillas arañadas, y flores en la cabeza que llevar de vuelta a casa para que mamá las pusiera en el jarrón de color blanco y azul que había sido regalo en su boda y que tantas veces tiramos al suelo sin darnos cuenta. Hasta que de una de ellas jamás se volvió a arreglar.
Cuando entraba el otoño y volvíamos de paseo, caían sobre nuestras cabezas las pavesas. Eran pequeños soplidos del viento en color negro, que olían a quemado, impregnando el aire de ese aroma que tanto me recuerda ahora a Motril. Huelo a pavesa y me huele a infancia, a camino, a la tarde que cae por detrás del monte de los Almendros. A no tener ganas de volver a casa. 
La Plaza de la Aurora, lo bancos del Tranvía, la subida a la iglesia de la Encarnación, con la mirada perenne del Cardenal Belluga en su pedestal, repleto de palomas que gorgean alrededor.
Motril es Puerto, mar, olor a pescado cuando atracan los barcos, el graznido de las gaviotas que desesperan en torno a la cubierta buscando comida. La piscina del Club Naútico, el muelle de Levante. Caminar por el paseo que termina en el mar, que lame despacio las faldas de la ciudad.
Algunos de los sitios por los que yo paseaba siendo pequeña, siempre de la mano de mis padres. El trayecto hacia el colegio, saber de memoria las baldosas que llevaban a la tienda de mi tío Josito, donde guardaba las piraguas. A menudo saltar entre las baldosas blancas, sorteando las grises. La Sierra que se ve a lo lejos, recortada en el perfil de los edificios que, para mí, siempre han estado allí aunque nunca igual. 
Las losetas que llevaban hasta la Farmacia, que era para mí el corazón que hacía latir la ciudad, donde me gustaba ir cada tarde al dejar de estudiar sólo para que me diera el aire en la cara o me cayera alguna pavesa. La Farmacia está en medio de una de las calles más transitadas, y aunque ha cambiad su apariencia, siempre guarda la misma esencia. La de ese emplazamiento de calma, de mi abuela sentada en el banco antes de ir a tomar café con churros junto a sus amigas. 
Motril sigue durmiendo en el mismo sitio, al pie de la Sierra, hablando con el mar. El verde Mediterráneo colorea la esencia de la ciudad de mi infancia, alumbrando, con esos matices de sol y sombra, los recuerdos que afloran de repente y en los que está presente, como un golpe de nostalgia, las calles gastadas, las gaviotas, los barcos, con la popa bailando suavemente la nana del salitre.

1 comentario:

  1. ....si parece mucho mejor y más bonito de lo k es.....ays...ayss...aysss....¡¡lo k hace el cariño!!......pero tienes razón......tiene un olor especial....dulzón...mezcla de clavel y caña de azucar

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