Cuando tu madre se sienta a tu lado, te mira a los ojos y te dice: "Lo de las redes sociales está muy bien, pero ¿y si dejas de hablar de política y te pones a escribir?" Al principio quieres contestar eso de que la vida es dura, en la calle hace frío, es injusta la situación que están viviendo en el país los menos pudientes, pero luego te das cuenta de que tiene razón. Hay muchos modos de protesta y uno de ellos probablemente sea el de hacer que estés entretenido. 'El jardín de la casa de abajo' es mi modo de contarte una historia. O varias. Las que quieras.
Cuando empecé a interesarme por la lectura me enamoré locamente de D'artagnan y su séquito de mosqueteros. Bueno, primero de mosqueperros, porque antes de pasar al libro yo ya había permanecido inmóvil delante de la tele mientras Pontos, Dogos y Amis iban en busca de su amigo de orejas negras: el inefable Dartacan de Bearn. Uno de los mejores autoregalos que me he hecho en mi vida fue el libro de Alejandro Dumas. Ahí empezó la historia. Investigando (o mejor, leyendo el prólogo de los libros, que es algo que normalmente no hago) supe que la novela antes de ser tal había pasado por las páginas de un periódico a modo de entrega, de fascículos. Me pareció fascinante. ¿Por qué no jugármela e intentar hacer lo mismo? O no, mejor: algo similar. Dumas era muy bueno.
Me llamo Berta Fernández Quintanilla. Nací en Granada, la ciudad más bonita del mundo, y he crecido en Motril. Al lado de este último lugar, hay un pequeño pueblo llamado Torrenueva que para mí significaba el paraíso. Allí teníamos un piso, el primero, en un bloque blanco de la Urbanización El Maraute. Lo mejor estaba al asomarse al balcón. El jardín de la casa de abajo, donde mi abuelo dormía la siesta a diario en una hamaca de mimbre y mi abuela colocaba piedrecitas blancas en la tierra negra para que pudiéramos jugar por las noches. Siempre olía bien. Paolo nos esperaba en el sillón de la entrada para contarnos sus historias de la mili, Chabela se afanaba en la cocina limpiando sartenes mientras la rodeábamos y exclamábamos: ¡Oh, magia! cuando la espuma del lavavajillas tornaba el color blanco en marrón. ¡Soy maga!, decía. Claro que sí.
El jardín de la casa de abajo ha sido testigo de buena parte de mis momentos felices. Los míos y los de mis primos. Todos éramos uno. Y cuando la felicidad colorea de este modo tu infancia no se me ocurre mejor modo para comenzar esta pequeña aventura en la que quiero que me acompañéis.
¿Te atreves a soñar?
Soñemos ;)
ResponderEliminar....dispuesta a seguir tus sueños y si hace falta......¡¡soñar contigo!!
ResponderEliminarSoñemos pues :)
ResponderEliminarSiempre es un placer leerte. Encantada de seguir tu blog.
ResponderEliminarTodo el mundo quiere que sus sueños se hagan realidad, pero lo realmente importante es que la realidad se haga sueño, y tú lo consigues Berta. Cuántos recuerdos y cuántas vivencias!!!. Tus sueños son también mis sueños. Un beso enorme. Paolo.
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