El cielo pintaba de gris la tarde con borregos que pululaban a sus anchas por Granada. En algunas ocasiones hacían un guiño a las circunstancias y comenzaban a llorar. Lágrimas de lluvia que mojaron el Paseo de los Tristes y consiguieron que los viandantes tropezaran para luego maldecir cariñosamente el clima invernal de la ciudad más bonita del mundo. Ella corría despacio. Hay mil maneras de correr. Mirando al cielo por si escampa, buscando refugio o intentando alumbrar el destino con la esencia de unos ojos verdes.
Santa María de la Alhambra acababa de resguardarse en su refugio dentro del Palacio Rojo y ella, ensimismada en sus pensamientos, aprovechaba para rezarle. "Quiero uno de tus puñales, Madre, que son muchos y te duelen en el corazón".
Seguramente sucediera en Gran Vía, pero el 'hombre más guapo' de toda Granada posó sus ojos en ella. No llevaba paraguas, él sí. La brisa empezaba a enfriarse al caer la tarde. ¿Me permite acompañarla? La historia detuvo todos los relojes y su alma comenzó la carrera más inesperada. ¿Su meta? Aquellos ojos verdes.
Un tiempo después Cupido hizo de las suyas, enlazando para siempre dos vidas paralelas y fue el comienzo de la historia de esta que les escribe. Antes ella se llamaba Luz, pero luego, cuando él empezó a tatuar su alma con el fuego del amor pasó a ser Luche. Luche, Luche, Luche... la abuela Luche.
La que nació en la Argentina pero a la que los azares del tiempo trasladaron a Granada, a Tetuán, a Madrid... no importaba si estaba a su lado. Los abuelos son aquellos seres que el destino coloca en tu camino para hacerte feliz.
A mi abuela le gustaba regalarme caramelos de violeta. "Sólamente los venden en Madrid", me decía, "eres una niña muy afortunada por tenerlos". Yo se lo decía a mis amigas y no me los comía. Abría la caja y los olía para trasladarme a Guzmán el Bueno 115, donde el otoño hacía filigranas de hojas caducas en la acera. Un día, una compañera de clase me dijo que sabía un sitio donde vendían mis estimadas flores de violeta. "¡Pues no, que dice mi abuela que sólo hay en Madrid". Unos días más tarde apareció ella con caramelos como los míos. "No son iguales ¿sabes?... ¿a que los tuyos no huelen a Guzmán el Bueno por las mañanas y al Parque del Retiro por la tarde?.
La abuela venía a casa siempre con medias transparentes y mocasines marrones. Lo sé porque lo primero que hacíamos era rebuscar en su maleta a ver si encontrábamos pequeños regalos en forma de chocolatinas o tebeos. Mi hermana se volvía loca con Zipi y Zape. Yo prefería a Mortadelo.
En el Jardín de la Casa de Abajo nos enseñó muchos juegos que trajo de su Argentina. Todos ellos originales y de mucha risa. La abuela podía pasar tardes enteras rodeada por sus nietos. Ella me narró los cuentos más emocionantes y de su mano (con manicura perfecta en color rosa claro) aprendí algunos de los valores con los que me muevo hoy en día. Luche nos contaba el truco para ser feliz con un palo, con cinco piedras blancas o un trozo de papel del que salían las figuras más fantásticas.
Ahora mira a la vida a través de unos ojos que a veces parecen cansados pero en los que siguen durmiendo cientos de historias. Aprende el funcionamiento de las nuevas tecnologías, rebusca con cuidado en los álbumes de fotos y echa de menos. La nostalgia viene a buscarla cuando piensa en aquellos que le faltan. No te preocupes, abuela, que son cometas de luz que cuidan de que no tengas miedo. Ella asiente y sigue pensando. Se levanta y suspira. Nunca pierde la sonrisa. Luche, Luche, Luche...
Santa María de la Alhambra sube rápido por la cuesta del Chapis. Parece que el cielo se pinta de negro. Empieza a llover con la candencia del latido de un corazón enamorado.
....k bonito, Berti,.....la has "retratado" perfectamente........pero lo de Luche fue siempre.......el tío Guillermo fue al único k, de vez en cuando, lo oí llamarla Lúz
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