miércoles, 29 de enero de 2014

El armario empotrado de la calle Sáez

Justo a la entrada de Motril está la calle Sáez. En realidad, ese no es su nombre. Se llama avenida Rodríguez Acosta pero el paso del tiempo y el boca a boca popular que al fin y al cabo es lo que escribe la historia en los pequeños municipios, ha hecho el resto. Yo vivía en un bloque de pisos en la calle Sáez. Para mí y mis hermanos, era el palacio más bonito del mundo porque tenía una terraza enorme con baldosas marrones que limitaba al norte con la Vega y al sur con el salón. Allí ideábamos historias. De repente, éramos hadas, otras veces nos quedábamos con el balón hasta las tantas, preguntándonos qué pasaría si el balón se cayese y tuviéramos que bajar a por él. Nunca perdimos una pelota. Pero el que sí se resbaló fue Simba, un cachorro de bóxer que tuvimos y que terminó en el suelo. Afortunadamente, era un primer piso y no le pasó nada. Un conocido médico de Motril estaba de cañas con sus amigos en el bar de abajo y le practicó los primeros auxilios a nuestra recién estrenada mascota. Era pequeño, le dimos un susto y su terror perruno acabó entre los barrotes del balcón.
Aparte de esa historia, en la terraza de la calle Sáez hicimos un club en el que no todos eran bienvenidos. Tuvimos la genial idea de inaugurarlo (con un programa de actos y todo escritos en rotulador verde) un día de acuciante lluvia. Mamá, la pobre, se llevó las manos a la cabeza. Pusimos una campana atada con una cuerda a la pata del sofá que en un primer instante tenía la sana intención de hacer de timbre. Si alguien quería entrar en el club, no tenía más que tirar de la campana y pasar, si obtenía nuestra aprobación, claro está. Ni que decir tiene que estaban autorizadas únicamente dos salidas para quien se quedara haciendo guardia: la primera, al baño y la segunda a por la merienda para el resto. Normalmente la guardia la hacía Paloma, que era la más pequeña de las tres y todas las propuestas no eran sino ideas para que ella pudiera entrar en el selecto club de las 'Hermanicas canicas' si las iba pasando. Papá se tropezó con la cuerda, se dio un buen golpe contra el suelo y cuando fuimos a abrir sonrientes y pidiendo la contraseña entendimos que la idea genial del timbre de campana atado a la pata del mueble se había terminado radicalmente.
Lo de las 'Hermanicas canicas' fue una de nuestras ideas más geniales. Se nos ocurrió después de leer un tebeo de Zipi y Zape (los preferidos de Julia, como ya dije antes yo era más de Mortadelo). Los gemelos jugaban con unas canicas en el patio del colegio cuando don Pantuflo resbaló con una de ellas. Nos gustó la historia y como ya nos autodenominábamos las 'Hermanicas' pensamos que quizás añadir lo de 'canicas' fuera chachi. Una vez constituidas como tales, quien quisiera entrar a formar parte de nuestro selecto clan tenía que cumplir dos cosas, la primera ser nuestra hermana y la segunda ir pasando una serie de pruebas. Paloma reunía el primer requisito. Del segundo ya nos íbamos encargando.
Ni que decir tiene que la disolución de las 'Hermanicas canicas' llegó cuando nació Curro. Era la hora de buscar algo más neutro.
En la casa de la calle Sáez había un armario empotrado en el pasillo donde mamá guardaba los abrigos, chaquetas y algunas bolsas de ropa de esas que las madres ocultan con el cambio de temporada. Papá tenía perfectamente archivados en los cajones los tebeos de Mafalda. Yo me pirraba por esas viñetas pero él decía que era humor para la gente más mayor, y que además la encuadernación era bastante débil y podría romperse si se trataban mal. "Cuando estés preparada para leerlos, yo te prometo que los saco y los verás todos". A la hora de abrir la Farmacia, cuando él se marchaba, yo aguardaba unos diez minutos en mi cuarto y caminaba con tiento y sigilo hacia el armario empotrado. Abría la puerta y encendía la bombilla. Me acomodaba sobre dos o tres bolsas de ropa y cerraba de nuevo atrancando con un papel. Abría el cajón y ahí estaba Mafalda en todo su esplendor. Podía quedarme toda la tarde, pero cuando empezaba a oír a mamá llamándome y pasos por el pasillo, salía rápidamente y hacía como si nada.
Hay mil historias entre las cuatro paredes de la que fue mi casa de la infancia, y como ahora tengo todo el tiempo del mundo y me sobran las ganas, podemos leerlas juntos. ¿No?

1 comentario:

  1. ...sí....sí...tú sigue contando historias k yo te sigo leyendo.....son la mar de entretenidas!!!

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