lunes, 27 de enero de 2014

Julio Antonio

Vas a permitirme que no coarte al temporal de viento y tormenta que en estos momentos atraviesa mis pupilas de lado a lado amenazando con huracán. Vas a permitirme que hable contigo como si estuvieras sentado en el sillón, con las gafas en claroscuro y 'Sweat' de Inner Cicle sonando en el aparato de música mientras acompañas con un chasquido cada 'A la la la la long'.
En esta atmósfera que me he creado para volver de nuevo a traerte conmigo te veo diciéndome: "Escribe, hazte periodista y demuéstrale al mundo lo que vales". ¿Te acuerdas? Yo viajaba en la Línea 8 de autobuses urbanos de Granada rumbo a la piscina donde me esperaban mis viejecillos para su clase semanal cuando me dijeron que había superado la prueba de acceso, que ya podía hacer realidad mi sueño. Un deseo que ahora, en medio del siglo XXI, del estrés y los teléfonos móviles inteligentes, me ha trasladado a la cola del paro. Saldré pronto. Te lo prometo. Pero vas a tener que ayudarme. Por mi parte, prometo no darte demasiado trabajo...
Espera. ¿Qué más recuerdo de ti? Muchas cosas. La infancia deja tatuado a fuego el recuerdo en el alma, y de ahí nadie ni nada puede borrarlo. ¿Te das cuenta? Nada absolutamente nada puede apartarte de nuestro lado. Ni siquiera la muerte. Esta vez perdió la batalla.
Cuando tu corazón se hizo demasiado grande, abarcó tanto amor que dejó de latir, dejándonos a todos en la cuneta esperándote y abriendo de par en par las puertas del Paraíso. Pero antes...
Me enseñaste a nadar, en la piscina de El Maraute "¡salta, salta, que ya te cojo!", a no tener miedo a las olas, a leer los libros que me regalabas cada dos domingos si había sido buena. A celebrar los festivos comiendo pizza en Happy, a gritar los goles del Motril CF desde mi primera fila de abonada en el Escribano Castilla, pero sobre todo, a pelear por mis sueños. A disfrutar de cada segundo de aire en el Puerto mientras echábamos carreras con nuestros coches teledirigidos Nikkon (sí, uno de los mejores regalos de Reyes Magos que tuve yo en mi infancia).
Ojalá pudieras volver y verme ahora. Escribiendo delante de la pantalla de un ordenador, queriendo y siendo querida, apreciando cada una de las pequeñas cosas que me regala la vida. Echándote de menos cuando las cosas me van mejor, porque a los ángeles es preferible pintarles una sonrisa que cargarles de preocupaciones. Sintiéndote cerca sin tener miedo.
La Casa de Abajo era uno de tus mejores escenarios. Los domingos de verano, cuando aparcabas la moto en la cochera de los abuelos, venías contento y ponías la paellera en el fuego. Habías aprendido perfectamente la receta y era el momento de probar el arroz de papá. Momento ansiado durante toda la semana. Luego, a la playa, a verte caminar pisando el fondo de arena. "¡Papá, que te pican las arañas, que al tío Josito ya le ha picado una!". "Yo tengo sangre motrileña, que es dulce como la caña de azúcar, y esos peces tan feos no pueden disfrutar de ella". Risa, risa, mucha risa.
Vas a permitirme que el temporal de viento huracanado empiece a brotar buscando consuelo en la memoria. "Dejadle dormir la siesta, pobrecito, que viene cansado de trabajar", nos decía la abuela Isabel. Pero nunca lo hacíamos. "Vamos a jugar a Arix en el MSX, ¿ponemos un ratito el partido del Madrid? ¿Nos llevas de paseo a Torrenueva?"
Tengo en la cabeza miles de momentos grabados, como el día de tu cumpleaños en el que nuestro secreto mejor guardado eran unos zapatos blancos para jugar al golf. Cuando yo me sentía la caddie más orgullosa del mundo tirando a duras penas de un carrito lleno de palos Dunlop. "Déjame que lo coja yo", decías. "Que no, que yo soy tu caddie". Cuando acababas los partidos, subiendo y bajando la tarjeta, metiendo siempre bajo par, querías que fuéramos juntos al campo de prácticas. No sé bien la cantidad de tees que rompí. Incluso creo que una de las maderas sufrió un pequeño desperfecto. Por eso, los Reyes Magos me sorprendieron un año con un juego de palos infantil.
Hay tantas cosas que contarte... si estás atento las irás descubriendo porque voy a contarlas todas. No cierres los ojos, que necesito que enciendas la luz. El camino se vuelve oscuro y no encuentro la salida. Pero siempre, siempre, estás al final diciéndome aquello de "Vamos, que puedes con eso y más". Y una media sonrisa, la mano en el pecho para regalarme el corazón más grande del mundo. ¿Contamos las estrellas de nuevo y me enseñas la que ocupas desde que te convertiste en viento?

1 comentario:

  1. ....Berti.......me encantaaaaaaa......k bonito....cuantos recuerdos......parece k estoy viéndolo.....estaba muy orgulloso de ti....decía k valías mucho y k tenías mucho k contar....y mira....¡¡ya lo estas contando!!!

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