Los ojos verdes de mi abuelo fueron el preludio al Mediterráneo y quizás la respuesta más certera a la pregunta de por qué el mar y yo a veces somos una sola cosa. Él y su enorme bigote se convirtieron en una de las razones de infancia, de vida. La Casa de Abajo era para mí un misterio repleto de incógnitas a las que dar respuesta. La primera de ellas: ¿Se peinaría el bigote, tendría que ir al peluquero de bigotes? Mi abuela nos advertía: "No enfadéis al abuelo porque se le sube el bigote para arriba".
Los abuelos vivían en Madrid. Venían de cuando en cuando a vernos a nuestra casa de Motril o nos juntábamos todos en la Casa de Abajo, donde siempre olía bien, para pasar la tarde. El abuelo Guillermo tenía un pijama de pinos y un jersey de cuadros. Y unos pulmones tremendos que le valían para hincharlos de aire de buena mañana (creo que se levantaba antes que Tana, la perra de los porteros) y llamarme por la ventana. "¡Bertita, vamos a por el periódico!". Con legañas en los ojos me despertaba el silbido inconfundible, pero saltaba como un gamo para vestirme rápidamente y poder salir con él. Mi madre me preparaba el Cola Cao y luego mi abuelo me compraba diez duros de churros que devorábamos entre los dos. Era mi héroe. A menudo los héroes no llevan capa. Les basta con un pijama blanco de pinos.
A su lado aprendí a dar pedales sin descansar. Un, dos, un dos... a poner la sombrilla roja cerca de la orilla también muy temprano, porque así tendríamos las mejores vistas y podríamos llevarle directamente las caracolas que pescábamos hasta su silla. Mi abuelo se comía las caracolas crudas. Era uno de nuestros espectáculos preferidos. Teníamos unas gafas de bucear naranjas, enormes, y una barca llamada Berjupa. También dos primos, Guille y Juan, que solían ser bastante más rápidos que nosotros en la captura. Las caracolas estaban en el fondo, donde la arena fina. ("No vayáis a poner el pie en la arena que os lo pican las arañas") nos decía mi madre. Cargábamos el cubo y se las llevábamos. Él estaba con un sombrero blanco y los ojos entornados. Las cogía y se las comía. Nos daba un poquito de asco pero no podíamos dejar de mirarlo. "¿Están buenas?" le preguntábamos. Quería siempre que las probáramos. Nunca le hice caso y tampoco me insistió. Una vez sí se puso cabezón para que me comiera un caracol. Como no quería y le renegué un poco, me lo metió en la boca en un descuido. "La comida no se tira, es el Señor, así que ahora tienes que tragártelo". Concienciadas como estábamos en el cole de la importancia de las acciones solidarias y ese miedo que tienes a que de repente se haga un hoyo en el jardín de la Casa de Abajo y una mano demoníaca te arrastre al averno, deglutí el caracol. Jamás he comido otro.
Las salidas en bicicleta eran mi sueño de la mañana. También las que hacíamos de cuando en cuando al monte, a sitios que mi abuelo llamaba "donde mirar con vista de águila" que básicamente estaban en lo más alto, en la entrada al fin del mundo y donde llegábamos buscando aire a bocanadas mientras él seguía ascendiendo con una sorprendente frescura. Mi primo Guille, con increíble espíritu de cabra saltarina, era el único que le seguía el paso.
Me enseñó a subir en la bicicleta sin ruedecillas. "Te agarro, te agarro, tú pedalea" y cuando dejaba de oírle respirar al lado me volvía. Estaba lejos. "¡Lo estás haciendo!", gritaba. Y yo iba al suelo.
Cuando mi abuelo Guillermo murió, no quise ir al cementerio. Yo ya era una adolescente, o una niña que estaba engañando a la edad adulta jugando al escondite. Mi madre me preguntó si quería acompañarle. "No, mamá", le contesté, "prefiero quedarme en casa, no vaya a ser que me silbe y me pille fuera, que cuando el abuelo se enfada, el bigote se le sube para arriba".

Precioso. ¡Qué gran recuerdo del abuelo y cuántas historias por contar!
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