martes, 14 de octubre de 2014

Primera toma de contacto

Pues hala. Ahí está. En una cunita de metacrilato mirándome fijamente. Su padre le coge la manita y le dice: "Hola, Adrián... ¡soy papi!" una y otra vez. El bebé se digna a mirar de reojo. ¿Qué está pasando? Hace algunas horas flotaba en un líquido calentito, en el que no tenía que preocuparme por nada. Ahora, de repente, me veo en un espacio en el que respiro, manoteo y no doy contra nada... busco por todos lados algo que llevarme a la boca y la gente se inclina en la cuna y pone voces raras, como deformadas tras aspirar elio de un enorme globo de gas.

El mundo exterior es eso. Y la primera noche, comenzaste dejando tu sello. Yo no podía ni dormir no doblarme hacia ningún lado. Me dolía horrores la cicatriz. Mi hermana me lo dijo: "Pues ¿cómo no va a dolerte? Si es que se llama cesárea pero es una operación". Le ví que empezaba a apretar y avisé a su padre. Su primera caca. Bueno, caca no. Era una cosa negra que se había extendido por su espaldita, trepando por el inmaculado body blanco de bebé.

"No puedo moverme, te toca cambiarle", le dije. Empezó a hacer acopio de toallitas y colocó un cambiador desechable encima de la cama de acompañantes. Adrián estaba un poco confundido, pero no podía dormirse con esa plasta de dimensiones interplanetarias pegada en el culo. Al poco de quitarle el body fuimos conscientes de la realidad. Él más que yo. A mí me la iba radiando. Por algo es locutor de los de micro en mano y onda media. No podía reírme. Se lo decía. Me duele si me río. No te cuento nada para que te rías, es que las cosas son así y nuestro bebé está retozando encima de esta cosa negra como si fuera una croqueta.

Esa cosa negra era el meconio. Hasta el nombre lo tiene feo. Es la primera caca que hacen los bebés nada más nacer y, claro, Adrián no era consciente de nada de eso. Simplemente le gustaba mover las piernecillas con sus enormes pies de nadador profesional al aire, dando patadas a ninguna cosa, buscando con las manos un sitio al que asirse. Al poco, mi marido había terminado ya con los paquetes de toallitas Dodot que el matrón nos había regalado en dos canastillas publicitarias mientras estaba en la sala de dilatación, imagino que para tenernos entretenidas. Luego, comenzó a pedir más toallitas y gastamos parte de las que llevamos a la clínica. Fue una experiencia que viví en segundo plano, allí los protagonistas fueron ellos. Adrián no lloró nada de nada y yo lloré de la risa, por más que me doliera la herida.

Estas primeras experiencias fueron forjando el contacto entre nuestro bebé y su nueva familia. Un niño es más ajetreado que una jornada de elecciones en un periódico. Quien no sea periodista o no conozca el ambiente de trabajo de una redacción, no se hará a la idea de lo que supone el hecho de que cierren urnas o comience el escrutinio. No parar. Pues esto es lo mismo. Bibe, dormir, la madre tiene media hora para ducharse, o arreglarse mínimamente para verse guapa en los espejos de casa porque, por lo menos en mi caso hasta que la cesárea no cierre del todo, la calle la piso poco, luego bibe de nuevo... el ciclo sin fin.

Ahora, eso sí. Es un ciclo que no te da más que alegrías, porque luego cuando le ves acurrucado después de haber llorado por cualquier cosa circunstancial, por el hecho de ser bebé, y se acurruca en tu pecho, hace la ranita, parece que va a despegar... se te olvidan las ojeras, las malas noches y otras visicitudes.

domingo, 12 de octubre de 2014

Mamá en prácticas

A veces la vida tiene el detalle de sorprenderte de un día para otro. Y no siempre estás preparado. Cuando el médico me dijo que mi pequeño bebé nacería el viernes comenzaron las preguntas a rondar por mi cabeza, a pesar de ello, tengo la cualidad de no ponerme nerviosa ante estas cosas y sí ante aquellas más nimias. Pensé que sería un buen momento para verle su carita, para empezar una nueva vida juntos, aclimatándonos el uno al otro, y sobre todo, conocer en persona al que me había molido a patadas las costillas durante los tres últimos meses de embarazo.

La noche del jueves dormí mucho. No tenía ninguna sensación de miedo, incertidumbre o cualquier sentimiento parecido ante el parto. Supongo que esta tranquilidad se debía a que tenía el convencimiento firme de que todo saldría bien, de que en poco tiempo escucharía el llanto de Adrián por primera vez (ay, la primera de muchas) y podría recostarlo conmigo y acariciarle la cabeza.

Entramos en el Hospital a las ocho de la mañana, bien desayunada porque ya no comería ni bebería nada hasta nueva orden, básicamente hasta el día siguiente. Familiares en la sala de espera y en la distancia (sólo yo sé lo que eché de menos a mi hermano Curro y a Paloma, los dos por motivos laborales más lejos de mí de lo que me gustaría). Pasaron un par de horas en la habitación hasta que se formalizó el ingreso. Ya estábamos empezando el intenso día. Apagué el teléfono. Mis amigos más madrugadores me escribían que tranquila, que no pasaba nada, que todo iría bien. Y yo miraba la pantalla y me encogía de hombros y pensaba; "No se puede estar más tranquila que yo en estos momentos". De cuando en cuando acariciaba la barriga y mi bebé me respondía con sus pequeñas patadas de las ocho de la mañana.

Las ganas de verle la carita aumentaron.

Trajeron uno de esos camisones horribles de hospital. Yo llevaba los míos, perfectamente floreados y cómodos, en la bolsa blanca con lacitos azules. Mi madre se había empeñado en comprar una para la ocasión porque decía que llevar la de deporte de la natación no era serio. Que había que ir a tono con los actos. Así que compré una muy de bebé celeste y blanca, muy suave.

Pero nada. No sirvieron de nada mis caritas de "por favor, este horrible camisón quítalo de mi vista" y mi marido aprendió rápidamente a intentar cerrar con lazos imposibles, los atuendos hospitalarios. Vino a por mí una enfermera. Salimos de la habitación. ¿Llevas el teléfono? Le pregunté. A tope de batería. Podíamos ir informando al personal que quedó en la sala de espera.

Sobre las diez y media de la mañana, ya estaba en la conocida como sala de dilatación, un espacio de color verde y blanco, con fotografías de Anne Gedes de bebés entrañables y algunas revistas del corazón bastante caducadas (admiro a quien puede leer las últimas novedades en el caso Chabelita mientras las contracciones te parten por dentro). El matrón se presentó rápido. Era granadino, como yo, y llevaba en la mano un muy apetecible tarro de gominolas para los acompañantes. "Para tí nada", decía. "Lo tienes prohibido". Mi marido se alimentó aquel día de caramelos. La dieta que todos hemos envidiado alguna vez.

Pasaban las horas y llegó el médico, Nos atendía a las dos, a la chica que había en la habitación de al lado aquello le parecía totalmente rutinario. Estaba embarazada de su tercer hijo, en este caso una niña, y su marido atendía las llamadas de teléfono con total fluidez. Nos enteramos de muchas cosas, de las veces que llamó a su madre y de que su padre estaba en Argentina. A ella le gustaba Luis Fonsi y él no tuvo reparo alguno en ponerle la música en el móvil. Está bien eso, pensé. Y le pedí a mi marido que me pusiera alguna de Ismael Serrano. "No podemos jugárnosla a que me quede sin batería, porque hay que informar a los que están arriba", me contestó serio. Me pareció convincente.

Seguían pasando las horas y él empezó a levantarse para estirar las piernas. El matrón le recomendó que visitara el paritorio. Fantástico emplazamiento para hacer turismo, pensé. Y lo mismo debió de pasarle a él porque enseguida regresó a su butaca azul. Yo no dilataba, las contracciones eran cada vez más fuertes y cuando veía aparecer al matrón por la puerta y acercarse a la máquina de la oxitocina me hacía gracia. ¿Vas a subirla de nuevo?

Fue cesárea. Todo perfecto. Le oí llorar enseguida. Nació en medio de un profundo y fortalecedor llanto y con los ojos abiertos para que no se le escapara detalle de ese nuevo mundo que ahora respiraba. El médico lo mostró por encima de la sábana verde que me tapaba la visión y pude contemplarlo unos segundos antes de que se lo llevara el pediatra.

Al poco rato volvió el matrón. El médico estaba haciendo su particular obra de arte con mi cicatriz. "Estate tranquila, el bebé ya está con su padre". "¿Y está bien?", le pregunté. "Llorando". "¿El hijo o el padre?" ¿Los dos". Fue sin duda uno de los momentos más emocionantes.

En la sala de reanimación tuve a mi pequeño en brazos por primera vez. Con un gorrito azul que le quedaba grande y unas manoplas que no le gustaban nada de nada y que no dudaba en quitarse cada vez que las sentía en las manitas. No lloraba. Estaba bastante cansado. Se apoyaba en mi brazo y yo le cogía la cabecita. Por eso, cuando el matrón me dijo que traían una de las cunas de metacrilato de las que usan en los hospitales estuve a punto de decirle que no, que se dejara de esas cosas y permitiera que mi pequeño estuviese a mi lado un poquito más.

El resultado es que Adrián ya está con nosotros, que es un bebé muy sano y fuerte, y que cada día que pasa estamos más enamorados de él. Aunque, de momento, esta mamá no se ha quitado la L de prácticas...

jueves, 2 de octubre de 2014

Lluvia y Piocas

Nunca jamás llevé caramelos al colegio con motivo de mi cumpleaños. Puede ser catalogado este hecho entre aquellos traumas infantiles superficiales a los que posteriormente intentas encontrarle una solución. Cumplir años en el mes de agosto era formidable porque en la plazoleta de El Maraute, donde pasábamos las vacaciones (las mejores de mi vida, sin lugar a dudas) nos juntábamos con los primos y los amigos a comer caramelos y bocadillos de atún que nos preparaba mi madre.
Pero, por otro lado, la cara de pena que se me quedaba cada vez que el coro infantil de la clase cantaba aquello de 'Cumpleaños feliz' a alguien que acudía presto con una bolsa enorme de caramelos y luego los repartía haciendo las delicias de sus compañeros así como dudosos nuevos amigos que luego se marchaban cuando se agotaba el dulce, esa cara me acompañó durante todo el periodo escolar.
Me imagino que ya os habréis hecho una idea de la originalidad que ha perlado mi infancia, propiciada entre otras cosas por unos progenitores que fueron (y son) bastante ocurrentes.
Un año en que los piojos habían hecho estragos en las aulas (afortunadamente nunca tuvimos ni mis hermanos ni yo) mi padre tuvo que hacer un pedido extraordinario de lociones, champús y unos peines que eran rarísimos y que se llevaban a los bichos estos arrastrados como si fuera una retroexcavadora de las de las obras en los descampados. Siempre me llamó la atención el funcionamiento de esa cosa que retiraba los cadáveres de los piojos con solemnidad y ante la inmensa alegría de la madre desesperada del anuncio, que acto seguido y desafiando a las leyes de la coherencia, daba un beso en la rubia cabellera del protagonista.
Resulta que en esa ocasión, el representante le prometió una serie de juegos de mesa, llamados Pioca, que eran igual que el de de la oca, pero en vez de aves saltabas casillas de piojo en piojo. Todo muy agradable. "De Pioca a Pioca y tiro porque me toca". Nos llevó uno a casa, y sinceramente, no sé si era por la novedad pero pasamos varias tardes jugando como locas con las fichas de parchís y la Pioca, nos retábamos a ver quién ganaba y el que perdía tenía que pasar pruebas complejas y temerarias.
Una tarde, llegó mi padre a casa con tres bolsas serigrafiadas de la Farmacia, con ese olor a plástico y ese dibujo en azul marino que aún consigo ver en el recuerdo. Estaban llenas de juegos de la Pioca doblados (fuera llovía insistentemente). Todos los juegos iban con su plastiquillo correspondiente, bien sellados, tal y como nos llegó a nosotros el nuestro. Mi padre me dijo que como se acercaban las vacaciones y de nuevo iba a revivir el tema del cumpleaños fuera de clase, sería una buena idea que este año antes de que llegara el día repartiera Piocas entre mis amiguitos. Me hizo mucha ilusión porque estábamos fascinadas en casa con el juego de los piojos y preparé en una de las bolsas 30, mis compañeros y Marilú la profesora a la que seguro que le encantaba la idea de poder jugar en casa también.
Le expliqué mis intenciones después del Padrenuestro mañanero y a ella le sorprendió pero como estaba acostumbrada ya a los temas que rodean a mi familia, me dijo inmediatamente que vale.
Entonces yo empecé, a última hora, con mis gafitas y mi pinta de bolita de chupa chups empollona, a explicarle a mis compañeros que debido a que la fecha de mi cumpleaños caía en agosto (que no era nada extraordinario, sino que pasaba todos los años) en esta ocasión había preparado una sorpresa. En vez de caramelos... ¡un fascinante juego de la Pioca!
Sinceramente, estaban tan excitada que los repartí todos entre mis compañeros, que lo miraron primero extrañados y luego con la certeza de que pasarían un buen rato. O eso me pareció a mí.
Orgullosa, salí del colegio a mediodía, para contar a mis padres que había repartido los juegos y que la gente se los había llevado con mucho gusto a sus casas.
Pero nada más lejos de la realidad. Al salir por la puerta principal, tras el último sonido del timbre de clase, cuando comenzaba la estampida humana, me encontré una sorpresa que me dejó helada. En el suelo estaban las Piocas, pisadas, abiertas, sin el plástico. Pensé que igual habían sido unos cuantos, los 'niños rebeldes' que se sentaban en los últimos bancos de clase, que las lanzaron al suelo. Pero comenzamos a seguir el reguero que llevaba por el camino contiguo del centro. Se ve que el regalo no había hecho mucha gracia a mis compañeros. O eso o que no les cabía en las mochilas, que era otra opción. El caso es que fue una de mis mayores decepciones a nivel escolar. Mi gozo en un pozo, en las miles de Piocas por el suelo. Aunque de primeras fue una decepción enorme, luego aquello me hizo valorar aún más el sentido de la amistad. Estaba claro que no todos los receptores de Piocas habían tirado el tablero al suelo, porque sin duda parecían muchas menos de las que llevaba en la bolsa. De ahí varias cosas claras: los amigos son los que se mantienen en el espacio y en el tiempo... y nunca más se me ocurrió maldecir el calendario porque mi cumpleaños cayera en los meses de verano...

martes, 30 de septiembre de 2014

Farmapick

No recordaba haber llorado de la risa hace algún tiempo, pero el otro día me volvió a pasar recordando la historia del Farmapick. En el colegio, en las televisiones y en la calle, todos los niños hablaban de lo mismo. El verano estaba cerca y en los anuncios sólo se comentaba entre flash y flash de color, la existencia de una nueva pistola de agua mucho más potente y supersónica que lanzaba a una lejanía impensable para aquellos que hemos tenido las de toda la vida. Y aún así, sin forma de pistola. Los nuestros eran elefantitos o pequeños lanzallamas con formas extrañas porque mi madre se negaba a que empuñásemos un arma aunque fuera de plástico. También estaba la variedad de la perilla de sacarle los mocos a los bebés que mi padre nos traía de la Farmacia para que lanzáramos el agua a quien quisiéramos y además, le hiciéramos propaganda.
El Aquapick era un instrumento especial, de colores, que lanzaba el agua a una distancia inimaginable para aquellos que disfrutábamos en la playa o en sus inmediaciones poniéndonos perdidos cada verano. Mis amigos, compañeros y 'los niños mayores', charlaban en el patio y decían que en poco tiempo, cada uno calzaría una de esas y nos íbamos a enterar en cualquier descuido de las monjas quienes no cejaban en su empeño de hacernos ver los malos caminos a los que lleva el materialismo desaforado de estos días.
Viendo que los demás empezaban a llevarlo desarmado metido en las mochilas, buscando cualquier instante de silencio reparador para rellenarlo en las fuentes del patio (especialmente en la que había al lado de la enorme pajarera porque lanzarle agua a los pájaros era lo más y encima estaba medio tapada) y comenzar a fardar delante de los que no teníamos aún el nuestro y ponernos los dientes largos.
Fue entonces cuando comenzamos las negociaciones en casa. Primero lo intentamos diciendo que era lo más barato del mundo, que cuando termináramos el cole con buenas notas ya no tendrían que regalarnos nada, a lo que mi madre nos contestaba siempre seria y sin levantar la vista de lo que estaba haciendo, que sacar buenas notas era nuestra obligación y que no suponía ningún premio porque ¿de qué constan los deberes infantiles sino de estudiar y estudiar para ser alguien el día de mañana? A ella no le convencía. Pasamos al plan B. Mi padre. Le explicamos que el Aquapick era bueno para nuestro desarrollo, porque era triste ver cómo los compañeros del colegio llevaban el suyo plegado en las mochilas, lo sacaban y nos daban envidia. Y que un niño con resquemor luego es un problema en la vida adulta. Él no contestaba nada y por eso lo esperábamos en la puerta las tres todos los días preguntando ¿nos has traído algo? A lo que decía "Os traigo mi presencia, que como el anís de la Asturiana, siempre agrada". Además de empezar a odiar su ingenio, le tomamos cierta manía a ese anuncio de la tele.
Hasta que un día llegó con una bolsa a la casa, y nos dijo que íbamos a poder lanzar el agua más lejana de toda la playa, incluso hasta donde duermen las ballenas. ¿En serio? ¿Tenemos el Acuapick? "No. Mejor aún: os presento el Farmapick".
El Farmapick era una jeringa enorme de esas de vacunar a los caballos (sin aguja, eso sí) y su explicación de lo más convincente del mundo. "Este es el juguete que llevan sólo los hijos de los boticarios, el Farmapick dispara mucho más lejos porque está pensado para que ganéis las competiciones a los usuarios del Acuapick".
Tengo que reconocer que aquella jeringa de vacunar caballos no era nada atractiva. Demasiado gorda y carente de colores llamativos, pero decidimos darle una oportunidad. Ni que decir tiene que la potencia con la que soltaba el agua ganaba mil veces a las de los demás niños del colegio, y que en poco tiempo ideamos pintarla con pintura de dedos cada una de un color. En la playa, era tremendo. Llevábamos en la misma bolsa la perilla de los mocos de bebé y el Farmapick, lo pasamos en grande. Ni televisión ni nada. Lo mejor del mundo es tener unos padres con buenas ideas y tan ingeniosos como los míos.

jueves, 25 de septiembre de 2014

Adrián

No voy a pedirte perdón por lanzarte a un mundo que lentamente se desmorona mientras alimenta las listas del desempleo y la desesperación. Sería cobarde por mi parte omitir detalles como que desde la ventana de casa se oyen cada mañana las sirenas de los barcos que salen del Puerto con rumbo desconocido (podemos jugar a inventarnos mil destinos) o que el salitre del Mediterráneo, cuando cae la tarde, se cuela por las ventanas empañando los cristales de los coches empapados como pequeñas gotitas de diamante.
De hecho, creo que tanta vuelta dentro de mí, buscando un punto de equilibrio, es un modo de decir que quieres que se abra la puerta y ver la luz, disfrutar de esos momentos de intimidad que esa vida que a veces juega al escondite va a regalarte. Eres pequeño pero podrás escuchar la voz de tu padre, de tu familia. La música que llenará de tranquilidad tu pequeño cuerpecito de más de tres kilos mientras comes. Parece mentira, Adrián, que el momento esté tan cerca. Tachando los días del calendario, viendo el camino que hemos recorrido juntos, tan pegados el uno al otro, con ese nexo de unión invisible que crea alguien en torno a este mágico milagro de vida. Comes de mí, respiras conmigo. Protestas cuando dejo de nadar porque quieres seguir meciéndote con el agua. Golpeas incesantemente al llegar la noche. Estoy aquí, colócame la mano encima que sienta el calorcito. Y dile a papá que me diga alguna cosa.
No son palabras de perdón ni de excusas las que oirás cuando vengas. Intentaré hablarte en tu idioma, el de las sensaciones silenciosas, el tacto invisible que rodea esa esencia padres-bebé. Arroparte en tu cunita, mientras miras el mapa de Granada con esos ojos que seguramente aún no distingan entre formas o colores. Es un modo de que te sientas más cerca de mis orígenes. Que son los tuyos también, pequeño corazón de Almeraya.
Hay muchas esperanzas aún puestas en cada amanecer, en las sonrisas de la luna por la noche y en las nubes que pocas veces cubrirán la luz. Esperando a que las disfrutes con esa risa mágica que sólo tienen los bebés. Agitadora, que confunde. No todo van a ser lloros porque tienes hambre, en impaciente exigencia de comida inmediata ante una madre que no sabe a ciencia cierta que pasará justo después de mostrarte la vida, lo que hay fuera.
Lo que vamos a compartir los tres, Adrián, es un mundo mágico. Pequeño y lleno de vida. En el que no usaremos los juguetes materiales en busca de la felicidad. Voy a enseñarte a encontrar la magia que duerme en las pequeñas cosas dela naturaleza, en la arena de la playa y en las páginas coloreadas de los libros. El deporte como modo de vida, porque salva a las personas de la mediocridad de un mundo adolescente que suele dejarse llevar a la deriva. Del que saldrás glorioso, como los corsarios de los cuentos del pirata cojo.
Ya no queda nada, Adrián. Después del miedo inicial, la tormenta interna, llegarás tú. Sonrosado y tranquilo, como si nada hubiera pasado. Los ojos entreabiertos, sorprendido y puede que un poco asustado. Así es la vida, pequeño, un huracán de contrastes.

lunes, 22 de septiembre de 2014

Abu Simbel Profanation

Eran tardes de descubrimientos. La casa estaba algo más vacía porque mi madre viajaba a menudo a Madrid preocupada por el estado de salud de mi abuelo, que se encontraba ingresado en el hospital. La historia tiene esas cosas. Por las tardes, mientras mi padre trabajaba en la Farmacia y nosotras salíamos del colegio, se quedaba mi abuela Isabel al cuidado de los que estábamos pululando por ahí y, claro, los deberes se hacían antes y la merienda superaba en número de galletas de chocolate las que mi madre nos preparaba.
En la mesa del salón, esa máquina extraña que había llegado a nuestra casa. No recuerdo cómo, sinceramente, pero imagino que sería algún regalo que el Rey Melchor le dejó a mi padre en sus zapatos de diario puestos al lado del sofá. Se trataba de un ordenador. Un MSX. Observo con mucha atención el HP que reposa en mis rodillas mientras escribo estas líneas y me traslado a aquellos años.
Había que enchufarle un cassette que era antiguo, con varias tomas para los cables de tres colores. Cuando nos interesa recordar, bien que lo hacemos y yo no puedo olvidarme del manejo que teníamos con las clavijas. Mi abuela se sentaba en el salón, paciente, a rezar el rosario o leer el librito de la Virgen de Fátima y vidas de santos que comprábamos a las monjas misioneras del colegio. A su lado, el teléfono verde que tenía una rueda parecida a la noria de la Feria para marcar los números. No quería despistarse por si acaso a alguna se nos ocurría abrirnos la cabeza contra la esquina de la mesa de camilla, algo insólito.
Ella esperaba la llamada de mi padre preguntando cómo nos iba todo y nosotras nos colocábamos delante de la pantalla, por turnos, a indagar. Recuerdo que una de las primeras cosas que descubrí fue cómo borrar la pantalla escribiendo en una esquina:
A:/ CLS (o algo parecido)
Entonces la pantalla se quedaba en blanco, inmaculada. Vaya entretenimiento, pienso ahora. Pero era un increíble mundo de sensaciones. Ese sonido que hacía el cassete cuando le sacábamos el cable del audio, Sonaba como un chirriar informático extraño. Una mezcla entre Matrix y la realidad inventada.
Había varios juegos que nos tenían totalmente enamoradas. El de la serpiente tragabolas 'Arix' del que mi hermana era una auténtica especialista y el de las pirámides. 'Abu Simbel Profanation' era mi preferido. Había que pensar, andar con mucho ojo. Ahora lo miras y lo comparas con los que se realizan, gráficos y demás y ríes recordando como aquello que era una aventura increíble queda plasmado en la retina de quien se fija con atención. Era una pelota de color rojo con piernas, ojos y brazos, que saltaba y pasaba por debajo de gotas venenosas. Apasionante.
Me vino a la memoria este momento porque cuando en el ordenador aparecía el cartel memorable de FOUND ABU SIMBEL, los latidos se aceleraban. Lo he encontrado para Android, que es el sistema que lleva mi teléfono móvil, y no podía creerlo. Claro que ya no es lo mismo que antes, las cosas cambian y el modo de verlas también, pero tengo que confesar que algo se me remueve por dentro especialmente cuando escucho la música que se repite como un bucle en la memoria y en el terminal. Todo es cambiante y distinto. ahora las cosas son mucho más complicadas. Volver a esos instantes en los que, al fondo del salón, se recortaba la silueta de mi abuela Isabel, con su pelo blanquísimo que al contraluz era casi transparente (no son disgustos, son gustos, solía ella asegurar) parece una misión casi imposible. El olor de las meriendas mientras con sigilo nos acercábamos al ordenador (mi madre nos tenia restringido el horario de juegos informáticos y de televisión) son momentos que ya no volverán. Y el ser consciente de ello es lo que hace los recuerdos mucho más mágicos.

martes, 16 de septiembre de 2014

Disculpen por la tardanza

Lo sé. No tengo perdón. Comenzar algo tan bonito como el recuerdo plasmado, en este caso en la pantalla de mi ordenador portátil y dejarlo de lado me parece imperdonable. Por eso entenderé que en estos momentos estéis leyendo mis líneas con expresión circunspecta y asintiendo en silencio, leves movimientos de cabeza, casi imperceptibles, como quien observa a un político decir cualquier cosa que no le interesa lo más mínimo.
Pedir perdón por la ausencia a mis chicas de Austria, a mis amigos que normalmente me hacían click, a la familia y a quien haya estado esperando. A Adrián, que espero que le interese en algún momento las cosas que pudiera escribir su madre... Ahora mismo está revolviéndose despacio cerca del corazón: Le motiva despertarse pasadas las nueve de la mañana. Se porta bien.
El caso es que intentaré estar presente con más frecuencia y aunque pareciera que no tiene justificación haber estado cerca de dos meses (mucho tiempo, es cierto) fuera de onda, ahora quiero dejar constancia de que escribiré y escribiré para haceros saber esas cosas que van ocurriendo.
De momento, nada nuevo bajo este sol que me ha hecho insoportable el último mes de verano, pero que he disfrutado muchísimo con mi libro, mi sombrilla, la playa y un marido paciente al que jamás le llamó tanto la atención sentarse en la arena a ver las horas pasar escuchando las olas como ahora. Bueno, las horas pasar y las cien mil personas que van rodeándote como en un cruel asedio estival a pesar de que tú madrugas y estás en primero, con la sombrilla clavada en la arena. Seguramente a esto le dedique algún post. Es digno de analizar.
¿Arrancamos de nuevo?