miércoles, 23 de abril de 2014

BERTITA-84, Tercera parte

Poco a poco fuimos mejorando en el envío de notas al Niño Jesús, porque se ve que a las gaviotas los mensajes en papel perfumado de la papelería de la Plaza de las Palmeras, le traían el pico al pairo. El capó del coche de mi madre seguía amaneciendo con caca de pájaro y mi abuelo había optado por el recurrido método de la funda casera para Talbot a base se sábanas viejas. Mi abuela siempre decía que eran una familia con recursos porque habían sobrevivido a la guerra.
BERTITA-84 seguía siendo la reina del cielo torreño mientras hiciera viento. Cuando no soplaba mucho, todos los intentos de levantar el vuelo eran infructuosos. Mi tío Paolo, incluso, se había atrevido a decirme que cuando la calma chicha fuera nota predominante, mejor dejarla en casa (dicho con otras palabras porque yo a esa edad entendía pocas frases hechas). Esta afirmación desencadenó un mar de contradicciones en mí. ¿Es que no quería jugar más conmigo? ¿Estaba ya un poco harto de las misivas al Niño Jesús que nunca leería porque se quedaban en la parte de arriba de la cometa? ¿Querría irse con su barco o su tabla y su vela a recorrer el océano en busca de un tesoro enorme con el que regalarnos luego miles de Patapalo de limón? Muchas preguntas y pocas respuestas.
El caso es que un día de enorme vendaval, ya en la arena de la playa y enormemente excitados por la velocidad que podría coger la cometa, estábamos mi abuelo y yo disfrutando del viento de Levante que amenazaba con tornarse en Poniente cuando menos lo esperas. Ese día Paolo nos había dado esquinazo porque estaba entusiasmado con la idea de sacar su tabla y su vela y hacer piruetas. También me valía porque yo luego en el colegio fardaba de tío y de sus chulerías. Nadie tenía una familia como la mía. Eso seguro. Y son cosas que aún mantengo.
A mi abuelo le gustaba bañarse con bandera roja, pero cuando estábamos con él evitaba hacerlo para que no aprendiéramos cosas malas, porque él era nuestro ejemplo y ser ejemplo de unos niños es siempre un reto complicado. Aquel día había una bandera roja que casi nos cegaba. Olas y espuma. Le pedí permiso para volar a BERTITA-84.
- ¿Pero tú sabes sola?
- Claro que sí, abuelo, ya soy mayor, ¿no me ves que he crecido? Mi madre nos da mucha lechuga.
- De acuerdo, pero aquí a mi lado que yo te vea.
Obviamente, volar la cometa al lado del chambao era un riesgo porque en cualquier momento podía caer en picado con su gran potencia de vuelo de crucero y hacerle daño a alguien. Me fui a la parte de atrás desoyendo los consejos de mi abuelo que me miró de reojo y no debió enfadarse mucho porque el bigote seguía en su sitio. Tomé una decisión complicada. No le pondría la cola. El que analizaba las circunstancias que podrían llevarme a ponerla o no era Paolo, pero él estaría cogiendo olas "y un resfriado enorme", como diría mi abuela. Yo y mi autonomía infantil decidimos no ponerla. La cometa voló sin problemas, y ahí estaba yo tan feliz cuando, de repente, una ráfaga enorme de viento me arrancó la cuerda de las manos. Sin control ví como se dirigía a una muerte inevitable en el mar. Salí corriendo detrás de ella llamando a mi abuelo como una desesperada. Ágilmente, saltó de la silla, la persiguió como alma que lleva el diablo y como veía que iba a caer en picado en el agua, se lanzó de cabeza al mar. Yo miré la bandera, que seguía siendo roja, y a ese sombrero blanco temerario que avanzaba en busca de una cometa amarilla y negra que ya había tocado agua. Amenazaba con hundirse, pero se mantenía bien. Me coloqué en la orilla, quise lanzarme pero pensaba que sería contraproducente. El sombrero blanco no iba a poder cargar con la cometa de un lado y la niña cabezona a punto de ahogarse en el otro.
Sin demasiado esfuerzo, salió del agua. Llevaba la cometa en la mano y empezó a tirar de la cuerda para que la tuviéramos en poco tiempo, en las manos. Luego me dijo aquello de "te lo advertí, hace mucho viento..." y me ordenó que me sentara en el suelo para empezar a hacer de nuevo el lío con el que se recogen las cuerdas de las cometas.
No dije nada, porque sabia que había sido cosa mía y que mi abuelo se había jugado la vida por salvar a BERTITA-84. Hasta que él se dio cuenta. Los abuelos lo adivinan todo.
- ¿Por qué estás tan seria?
- Es que podrías haberte ahogado por salvar a mi cometa.
- Después de la lata que le hemos dado al Niño Jesús con tanta carta, ¿tú te crees que me iba a dejar en el agua?
Luego sonrió mirando al horizonte y supe que aquella había sido la excusa perfecta para darse un baño con bandera roja sin temor a que luego le regañaran. En algunas ocasiones, los abuelos no son tan distintos de los niños.

2 comentarios:

  1. ....me ha encantado , Berti......me parece k lo estoy viendo...con su gorro blanco y mirando al mar....ays...ayss....aysss.....cuantos reuerdos!!

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  2. Este blog, en cierta manera, me hace volver a mi niñez :) Es un regalo para los lectores

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