Recuerdo con nitidez aquellos años en los que dormía. Estaba en un sueño. Algo que perseguí con todo mi énfasis desde los últimos años de instituto. Quise ser periodista, contar historias, que la gente abriese el periódico en los bares y encontrarles con las pupilas posadas en mis páginas. El imposible nexo de unión con alguien que no conozco a través de la magia de las palabras. Fueron años en los que lo más importante para mí era seguir durmiendo constantemente, no despertarme nunca, que jamás dejara de sonar en mi cabeza el tecleo furioso, el golpear las letras con delicada constancia cada mañana, cada tarde.
Los primeros viajes, mi llegada a Ceuta ese día 16 de julio, festividad de la Virgen del Carmen. No conocía a nadie, también salían a la mar algunos hindúes adorando a sus dioses. El mar era diferente a mi Mediterráneo, la silueta de Benzú recortada como un trazo de pluma. Conocer mi primera redacción, a mis primeros compañeros. Dani, Cristina, Gonzalo... gente que consta en mis libros de historia personal. Entonces, yo seguía durmiendo.
Aprendí muchísimo de ellos, y dela Ciudad Autónoma. Ceuta es un compendio de colores y secretos que ir descubriendo. Mis primeras crónicas castrenses y reportajes con los vecinos que se quejaban de las faltas del Ayuntamiento. Lo haces bien, me decían mis jefes. Y yo, con los ojos cerrados y la sonrisa en las nubes, no pensaba despertar.
Echaba de menos a mis hermanos. Enormemente. Tenía en el corazón un vacío inexplicable. Quería estar con ellos, pero siempre sintiéndome feliz, completa. Poniendo junto a mi nombre mi nuevo apellido, 'Periodista'. El Estrecho era el obstáculo que me quedaba por vencer para estar con ellos. Pero amaba Ceuta. Había aprendido a quererla con toda mi alma. Me hicieron una oferta (cuando las empresas aún querían contratar trabajadores) y crucé en un barco las millas que me separaban de mi casa. Llegué a Almería. La Voz de Almería, Diario de Almería... experiencias que me resultaron inolvidables, en las que aprendí, sonreí por mis aciertos y lloré por mis errores. Pero sin abrir los ojos. Era feliz. La felicidad de quien coge con las dos manos el objetivo que ha perseguido desde el pupitre, en las aulas del instituto.
De repente, cayó sobre mi cabeza todo el peso de la realidad, me ví despierta en un mundo de locos. Cerraba los ojos, intentaba quedarme dormida de nuevo, pero la nana que se repetía una y otra vez llevaba las palabras 'crisis, paro, desempleo'. Y tenía forma de carta de despido. No la quería coger, quemaba en las manos y hería mi alma. Nunca un amanecer fue tan doloroso. Costalazo con la realidad, lágrimas que se agolpaban en mis ojos, pero que no querían salir. Un absurdo sentimiento de orgullo que se disfrazó de importencia más tarde.
No he vuelto a dormir. No he cerrado los ojos. De frente ves venir los golpes de la vida. De frente reconoces a tus amigos. Los que van por la espalda no merecen más que una simple indiferencia. Me siento querida, apoyada. Pero sigo alimentando la nostalgia de esos días, de los sueños. De aquello que quise y que ahora ha quedado como la neblina que me impedía ver la Península desde la Ciudad Autónoma, que parecía tan lejana.
Recitar como quien reza, sin pensar en las palabras...
Querer cerrar los ojos y despertar de nuevo frente a un ordenador, con el teléfono ardiendo...
Y Calderón. Y los sueños, sueños son.
Son sueños... son sueños... sueños son....
