martes, 30 de septiembre de 2014

Farmapick

No recordaba haber llorado de la risa hace algún tiempo, pero el otro día me volvió a pasar recordando la historia del Farmapick. En el colegio, en las televisiones y en la calle, todos los niños hablaban de lo mismo. El verano estaba cerca y en los anuncios sólo se comentaba entre flash y flash de color, la existencia de una nueva pistola de agua mucho más potente y supersónica que lanzaba a una lejanía impensable para aquellos que hemos tenido las de toda la vida. Y aún así, sin forma de pistola. Los nuestros eran elefantitos o pequeños lanzallamas con formas extrañas porque mi madre se negaba a que empuñásemos un arma aunque fuera de plástico. También estaba la variedad de la perilla de sacarle los mocos a los bebés que mi padre nos traía de la Farmacia para que lanzáramos el agua a quien quisiéramos y además, le hiciéramos propaganda.
El Aquapick era un instrumento especial, de colores, que lanzaba el agua a una distancia inimaginable para aquellos que disfrutábamos en la playa o en sus inmediaciones poniéndonos perdidos cada verano. Mis amigos, compañeros y 'los niños mayores', charlaban en el patio y decían que en poco tiempo, cada uno calzaría una de esas y nos íbamos a enterar en cualquier descuido de las monjas quienes no cejaban en su empeño de hacernos ver los malos caminos a los que lleva el materialismo desaforado de estos días.
Viendo que los demás empezaban a llevarlo desarmado metido en las mochilas, buscando cualquier instante de silencio reparador para rellenarlo en las fuentes del patio (especialmente en la que había al lado de la enorme pajarera porque lanzarle agua a los pájaros era lo más y encima estaba medio tapada) y comenzar a fardar delante de los que no teníamos aún el nuestro y ponernos los dientes largos.
Fue entonces cuando comenzamos las negociaciones en casa. Primero lo intentamos diciendo que era lo más barato del mundo, que cuando termináramos el cole con buenas notas ya no tendrían que regalarnos nada, a lo que mi madre nos contestaba siempre seria y sin levantar la vista de lo que estaba haciendo, que sacar buenas notas era nuestra obligación y que no suponía ningún premio porque ¿de qué constan los deberes infantiles sino de estudiar y estudiar para ser alguien el día de mañana? A ella no le convencía. Pasamos al plan B. Mi padre. Le explicamos que el Aquapick era bueno para nuestro desarrollo, porque era triste ver cómo los compañeros del colegio llevaban el suyo plegado en las mochilas, lo sacaban y nos daban envidia. Y que un niño con resquemor luego es un problema en la vida adulta. Él no contestaba nada y por eso lo esperábamos en la puerta las tres todos los días preguntando ¿nos has traído algo? A lo que decía "Os traigo mi presencia, que como el anís de la Asturiana, siempre agrada". Además de empezar a odiar su ingenio, le tomamos cierta manía a ese anuncio de la tele.
Hasta que un día llegó con una bolsa a la casa, y nos dijo que íbamos a poder lanzar el agua más lejana de toda la playa, incluso hasta donde duermen las ballenas. ¿En serio? ¿Tenemos el Acuapick? "No. Mejor aún: os presento el Farmapick".
El Farmapick era una jeringa enorme de esas de vacunar a los caballos (sin aguja, eso sí) y su explicación de lo más convincente del mundo. "Este es el juguete que llevan sólo los hijos de los boticarios, el Farmapick dispara mucho más lejos porque está pensado para que ganéis las competiciones a los usuarios del Acuapick".
Tengo que reconocer que aquella jeringa de vacunar caballos no era nada atractiva. Demasiado gorda y carente de colores llamativos, pero decidimos darle una oportunidad. Ni que decir tiene que la potencia con la que soltaba el agua ganaba mil veces a las de los demás niños del colegio, y que en poco tiempo ideamos pintarla con pintura de dedos cada una de un color. En la playa, era tremendo. Llevábamos en la misma bolsa la perilla de los mocos de bebé y el Farmapick, lo pasamos en grande. Ni televisión ni nada. Lo mejor del mundo es tener unos padres con buenas ideas y tan ingeniosos como los míos.

jueves, 25 de septiembre de 2014

Adrián

No voy a pedirte perdón por lanzarte a un mundo que lentamente se desmorona mientras alimenta las listas del desempleo y la desesperación. Sería cobarde por mi parte omitir detalles como que desde la ventana de casa se oyen cada mañana las sirenas de los barcos que salen del Puerto con rumbo desconocido (podemos jugar a inventarnos mil destinos) o que el salitre del Mediterráneo, cuando cae la tarde, se cuela por las ventanas empañando los cristales de los coches empapados como pequeñas gotitas de diamante.
De hecho, creo que tanta vuelta dentro de mí, buscando un punto de equilibrio, es un modo de decir que quieres que se abra la puerta y ver la luz, disfrutar de esos momentos de intimidad que esa vida que a veces juega al escondite va a regalarte. Eres pequeño pero podrás escuchar la voz de tu padre, de tu familia. La música que llenará de tranquilidad tu pequeño cuerpecito de más de tres kilos mientras comes. Parece mentira, Adrián, que el momento esté tan cerca. Tachando los días del calendario, viendo el camino que hemos recorrido juntos, tan pegados el uno al otro, con ese nexo de unión invisible que crea alguien en torno a este mágico milagro de vida. Comes de mí, respiras conmigo. Protestas cuando dejo de nadar porque quieres seguir meciéndote con el agua. Golpeas incesantemente al llegar la noche. Estoy aquí, colócame la mano encima que sienta el calorcito. Y dile a papá que me diga alguna cosa.
No son palabras de perdón ni de excusas las que oirás cuando vengas. Intentaré hablarte en tu idioma, el de las sensaciones silenciosas, el tacto invisible que rodea esa esencia padres-bebé. Arroparte en tu cunita, mientras miras el mapa de Granada con esos ojos que seguramente aún no distingan entre formas o colores. Es un modo de que te sientas más cerca de mis orígenes. Que son los tuyos también, pequeño corazón de Almeraya.
Hay muchas esperanzas aún puestas en cada amanecer, en las sonrisas de la luna por la noche y en las nubes que pocas veces cubrirán la luz. Esperando a que las disfrutes con esa risa mágica que sólo tienen los bebés. Agitadora, que confunde. No todo van a ser lloros porque tienes hambre, en impaciente exigencia de comida inmediata ante una madre que no sabe a ciencia cierta que pasará justo después de mostrarte la vida, lo que hay fuera.
Lo que vamos a compartir los tres, Adrián, es un mundo mágico. Pequeño y lleno de vida. En el que no usaremos los juguetes materiales en busca de la felicidad. Voy a enseñarte a encontrar la magia que duerme en las pequeñas cosas dela naturaleza, en la arena de la playa y en las páginas coloreadas de los libros. El deporte como modo de vida, porque salva a las personas de la mediocridad de un mundo adolescente que suele dejarse llevar a la deriva. Del que saldrás glorioso, como los corsarios de los cuentos del pirata cojo.
Ya no queda nada, Adrián. Después del miedo inicial, la tormenta interna, llegarás tú. Sonrosado y tranquilo, como si nada hubiera pasado. Los ojos entreabiertos, sorprendido y puede que un poco asustado. Así es la vida, pequeño, un huracán de contrastes.

lunes, 22 de septiembre de 2014

Abu Simbel Profanation

Eran tardes de descubrimientos. La casa estaba algo más vacía porque mi madre viajaba a menudo a Madrid preocupada por el estado de salud de mi abuelo, que se encontraba ingresado en el hospital. La historia tiene esas cosas. Por las tardes, mientras mi padre trabajaba en la Farmacia y nosotras salíamos del colegio, se quedaba mi abuela Isabel al cuidado de los que estábamos pululando por ahí y, claro, los deberes se hacían antes y la merienda superaba en número de galletas de chocolate las que mi madre nos preparaba.
En la mesa del salón, esa máquina extraña que había llegado a nuestra casa. No recuerdo cómo, sinceramente, pero imagino que sería algún regalo que el Rey Melchor le dejó a mi padre en sus zapatos de diario puestos al lado del sofá. Se trataba de un ordenador. Un MSX. Observo con mucha atención el HP que reposa en mis rodillas mientras escribo estas líneas y me traslado a aquellos años.
Había que enchufarle un cassette que era antiguo, con varias tomas para los cables de tres colores. Cuando nos interesa recordar, bien que lo hacemos y yo no puedo olvidarme del manejo que teníamos con las clavijas. Mi abuela se sentaba en el salón, paciente, a rezar el rosario o leer el librito de la Virgen de Fátima y vidas de santos que comprábamos a las monjas misioneras del colegio. A su lado, el teléfono verde que tenía una rueda parecida a la noria de la Feria para marcar los números. No quería despistarse por si acaso a alguna se nos ocurría abrirnos la cabeza contra la esquina de la mesa de camilla, algo insólito.
Ella esperaba la llamada de mi padre preguntando cómo nos iba todo y nosotras nos colocábamos delante de la pantalla, por turnos, a indagar. Recuerdo que una de las primeras cosas que descubrí fue cómo borrar la pantalla escribiendo en una esquina:
A:/ CLS (o algo parecido)
Entonces la pantalla se quedaba en blanco, inmaculada. Vaya entretenimiento, pienso ahora. Pero era un increíble mundo de sensaciones. Ese sonido que hacía el cassete cuando le sacábamos el cable del audio, Sonaba como un chirriar informático extraño. Una mezcla entre Matrix y la realidad inventada.
Había varios juegos que nos tenían totalmente enamoradas. El de la serpiente tragabolas 'Arix' del que mi hermana era una auténtica especialista y el de las pirámides. 'Abu Simbel Profanation' era mi preferido. Había que pensar, andar con mucho ojo. Ahora lo miras y lo comparas con los que se realizan, gráficos y demás y ríes recordando como aquello que era una aventura increíble queda plasmado en la retina de quien se fija con atención. Era una pelota de color rojo con piernas, ojos y brazos, que saltaba y pasaba por debajo de gotas venenosas. Apasionante.
Me vino a la memoria este momento porque cuando en el ordenador aparecía el cartel memorable de FOUND ABU SIMBEL, los latidos se aceleraban. Lo he encontrado para Android, que es el sistema que lleva mi teléfono móvil, y no podía creerlo. Claro que ya no es lo mismo que antes, las cosas cambian y el modo de verlas también, pero tengo que confesar que algo se me remueve por dentro especialmente cuando escucho la música que se repite como un bucle en la memoria y en el terminal. Todo es cambiante y distinto. ahora las cosas son mucho más complicadas. Volver a esos instantes en los que, al fondo del salón, se recortaba la silueta de mi abuela Isabel, con su pelo blanquísimo que al contraluz era casi transparente (no son disgustos, son gustos, solía ella asegurar) parece una misión casi imposible. El olor de las meriendas mientras con sigilo nos acercábamos al ordenador (mi madre nos tenia restringido el horario de juegos informáticos y de televisión) son momentos que ya no volverán. Y el ser consciente de ello es lo que hace los recuerdos mucho más mágicos.

martes, 16 de septiembre de 2014

Disculpen por la tardanza

Lo sé. No tengo perdón. Comenzar algo tan bonito como el recuerdo plasmado, en este caso en la pantalla de mi ordenador portátil y dejarlo de lado me parece imperdonable. Por eso entenderé que en estos momentos estéis leyendo mis líneas con expresión circunspecta y asintiendo en silencio, leves movimientos de cabeza, casi imperceptibles, como quien observa a un político decir cualquier cosa que no le interesa lo más mínimo.
Pedir perdón por la ausencia a mis chicas de Austria, a mis amigos que normalmente me hacían click, a la familia y a quien haya estado esperando. A Adrián, que espero que le interese en algún momento las cosas que pudiera escribir su madre... Ahora mismo está revolviéndose despacio cerca del corazón: Le motiva despertarse pasadas las nueve de la mañana. Se porta bien.
El caso es que intentaré estar presente con más frecuencia y aunque pareciera que no tiene justificación haber estado cerca de dos meses (mucho tiempo, es cierto) fuera de onda, ahora quiero dejar constancia de que escribiré y escribiré para haceros saber esas cosas que van ocurriendo.
De momento, nada nuevo bajo este sol que me ha hecho insoportable el último mes de verano, pero que he disfrutado muchísimo con mi libro, mi sombrilla, la playa y un marido paciente al que jamás le llamó tanto la atención sentarse en la arena a ver las horas pasar escuchando las olas como ahora. Bueno, las horas pasar y las cien mil personas que van rodeándote como en un cruel asedio estival a pesar de que tú madrugas y estás en primero, con la sombrilla clavada en la arena. Seguramente a esto le dedique algún post. Es digno de analizar.
¿Arrancamos de nuevo?

jueves, 19 de junio de 2014

La fotografía sobre la repisa

Cuando íbamos a casa de mi abuela, a la de Granada, nos empezó a llamar potencialmente la atención la devoción que ella sentía por sus nietos. Ordenaba una foto de cada uno, que había que actualizarle convenientemente con el paso de los años, bien por voluntad propia o bien para que no la pidiera quinientas mil veces (como las buenas abuelas) hasta que se hiciera realidad. Las colocaba con mucho esmero en lo alto de una repisa de madera que tenía en el salón, al lado de la tele. Cuando la familia comenzó a crecer, irremediablemente, el espacio fue faltando. Y ella que siempre ha sido de rompecabezas y puzzles, siempre se las ingeniaba para no dejar a nadie sin espacio. Bien poniendo marcos más pequeños o escondiendo algunas detrás con soberano cuidado. 

Había una que me llamaba mucho la atención, más que nada porque, de primeras, no sabía que pintaba allí, entre tanto primo junto, de mil posturas distintas: la de la orla del colegio, envueltos en nuestros faldones de Bautismo o con cara de no haber roto jamás un plato mirando de reojo a los gatos de madera que pescaban en los laterales del mueble, cargado de libros y recuerdos. La fotografía a la que me refiero era la de un chico mayor que nosotros, vestido con uniforme, que sonreía a la cámara mirando de lado. Obviamente sabíamos quién era. No había duda alguna. Se trataba del Príncipe Felipe, el hijo del Rey. Lo que no entendíamos es cómo estaba ahí, mezclado entre los nietos, como si por sus venas corriera la misma sangre Quintanilla. Luego lo entendimos. No era esa la sangre que corría por su cuerpo (creíamos, desde que conocimos la historia de la princesa y el guisante, que para los miembros de la realeza era azul como la tinta del bolígrafo del colegio). Lo que sí es cierto es que mi abuela se sentía parte de él hasta el alma. Le profesaba una particular adoración que le había llevado al lugar privilegiado que sólo ocupábamos los nietos. Ahí estaba, a nuestro lado, con una sonrisa blanca, blanquísima, mirándonos como quien no quiere la cosa.

Me llamaba tanto la atención que lo conté en el colegio. Marilú no podía dejar de reír. Y yo empecé a elucubrar en mi cabeza infantil que tal vez la presencia del Príncipe en la casa tuviera un especial significado.

Una tarde, sentadas en la mesa con ella, tapadas hasta casi la nariz porque hacía frío y andábamos buscando el calor del brasero, me fijé de pasada en la fotografía que ya era como una parte más de aquella. casa.
- Abuela, ¿por qué le has pegado encima una cucharilla de helado?
- Pues porque él se comió una tarrina con ella... y aquí está.

Aquello era su trofeo, su pertenencia. Siempre ha soñado con el día en que su protegido se convirtiera en Rey, y deseaba con todas sus fuerzas poder verlo. Como buena abuela, le puso muchas trabas a las chicas con las que se le iba relacionando. Una no le gustaba por una cosa, y la siguiente por otra completamente nueva. Pero a ésta última le dio el visto bueno porque veía que se querían. Para asegurarse, compró todas las revistas del corazón del día de la pedida y observó detalladamente las miradas que se cruzaban. Las abuelas tienen un secreto de adivinación para esto de las miradas de los enamorados. Doy fe. 

Cuando se casaron no quiso perderse la ceremonia en la televisión, con sus comentarios posteriores. No sé cómo aún no la han llevado de comentarista o simplemente de consejera, al lado de los que ofrecen los programas de televisión. Lo que repetía mucho era que no le gustaría marcharse de este mundo sin verle convertido en Rey.

Fue este uno de los motivos por los que la abdicación me dio especial alegría. Ella iba a ver cumplido su sueño. Como una ciudadana más, sintió mucho la lejanía de su casa en la calle Guzmán el Bueno, cuando residían en Madrid, pero sentada en el sofá estaba mimetizada con lo que acontecía en los aledaños del lugar de la celebración. No ha querido perderse ni un sólo momento. Ha aplaudido con devoción cada una de las palabras del nuevo Felipe VI y ahora que las tecnologías están de moda y la distancia de pocos kilómetros no me ha dejado estar a su lado, he sabido localizar el brillo de ilusión en sus ojos gracias a una imagen enviada por Whatsapp. 

Simplemente por eso no voy a hablar hoy más que las emociones. El resto, quien me conoce ya lo sabe. El caso es que el chico que nos miraba vestido de uniforme desde la repisa en la casa de mi abuela ya es el nuevo rey de España. Y mi abuela, por unos momentos, creo que ha sentido orgullo de eso, de abuela. Siempre lo colocó entre todos sus nietos.

lunes, 16 de junio de 2014

Capitán del Ceitil

Regresando a aquellas memorias mías que me llevan al otro lado del Estrecho, me encuentro con mi primer día en El Faro de Ceuta. Era éste un edificio que nos costó algo encontrar, pero que todo el mundo conocía. La puerta se abrió para mí. Dos cristaleras enormes que detrás guardaban el mayor de los secretos, el inicio de una carrera que había conseguido poco a poco, convertirse en una vocación, en algo más que eso, en una aspiración que había sido coartada durante algunos de mis años de instituto. Nací para escribir, es cierto. Pero también me apasioné por el deporte. Ahora faltaba aunar las dos cosas. Porque tiempo para las cosas que se quiere hay siempre.
Entré en la recepción. Una chica me saludó amablemente, le dí mi nombre. Mi madre se quedó allí y yo pasé a una salita que me indicaron, donde había cuatro sillas y un split de aire acondicionado que funcionaba a tope. Por un momento dudé si aquel temblor que me recorría de arriba a abajo era del frío o de los nervios. En aquellos momentos siempre es mejor achacarlo a la temperatura, porque si alimentas a los nervios se convierten en el enorme dragón del pesimismo, que termina por arrasarte y destrozar tu mentalidad positiva.
Estuve en torno a diez minutos. Se abrió la puerta y entró un chico rubio con la camiseta de la selección mejicana de fútbol que se sentó en la butaca de al lado. Le saludé con timidez. No me dijo nada, me hizo un gesto con la cabeza y terminó de mandar un  mensaje de texto en el que estaba concentrado.
- ¿Estás aquí porque te han llamado para trabajar también? - le dije.
Él empezó a reírse y me cayó bien.
- No. Me llamo Gonzalo Testa y soy el redactor jefe del periódico.
Acabas de liarla, me comenté a mí misma. Pero claro, era tan joven que bien podría haber pasado por otro compañero de los que entran en prácticas, o un novato como yo. Entonces ni frío ni nada. Eran los nervios, pero sudores de los que te empapan hasta el alma. Mi primera entrevista de trabajo y estaba sentada con un chico de menos edad que yo que me hacía sentir como si estuviera de cafés con mis amigos y que, en cambio, era mi futuro redactor jefe.
Me preguntó mil cosas. Pero curiosamente, ninguna relacionada directamente con el periodismo hasta casi al final de la charla. Sabía que había estado dando clases de natación en Granada. Quiso saber de mi familia, de la Alhambra, de las cosas que me gustaba hacer en mis ratos libres. Y por fin, me preguntó que por qué me había decidido por Ceuta. Fui sincera. En aquellos momentos tenía otra oferta de La Tribuna de Cuenca pero era menos dinero. Y así se lo expliqué. No iba a mentirle. De esa ciudad no conocía nada de nada. Mi abuela me había hablado de una prima suya de la que tuvo noticias por última vez cuando tenía unos 70 años o así. Y dijo que fue hace tiempo. Creo que en esos momentos la descarté.
El caso es que le hizo gracia tanta sinceridad y me acompañó a la redacción. Pasé a una habitación con cristaleras que daban a la recepción y con cara de no saber qué estaba pasando me encontré a mi madre que tranquilamente hablaba con un señor mayor y bajito al otro lado. Ni me vio.
Gonzalo salió de una especie de pecera, con paredes de cristal, donde había una chica, también bastante joven, que parecía estar peleándose con alguien al teléfono.
"Muy periodístico", pensé. Era la directora. Me encantó el equipo que acababa de conocer. Mis futuros compañeros no levantaban la cabeza del teclado. Anonadada por esa visión, pasé a la enorme habitación acristalada. Ella me dio la bienvenida de manera oficial al periódico. Parecía que el sueño estaba al alcance de la mano. Me dijo que tenía prisa para que me incorporara y el chico joven se ofreció a ayudarme para encontrar casa. Aunque tengo que reconocer que me dio un poco de miedo, supe enseguida que eso era lo que tenía que hacer y punto. Que para algo había estado estudiando tanto tiempo. No iba a dejarme vencer ahora por los fantasmas.
En dos días tendría que volver. Aquello seguramente no sería lo que yo había preparado en la Universidad, pero me hacía mucha ilusión.
Salí a por mi madre, para contarle lo que me habían dicho. En la puerta me la encontré charlando amigablemente con el mismo señor de antes.
- Te presento a un hombre muy amable que se ha ofrecido para ayudarnos a encontrar casa.
- Gracias. - le contesté sin saber bien qué decir, deduje que mi madre tampoco sabía cómo se llamaba.
- De nada. Yo siempre ayudo a las mujeres guapas. Y más si son de Granada. Amo Granada, amo a Lorca... soy Emilio Cózar.
Llevaba en la solapa una moneda antigua a modo de pin. La que comenzó a acuñarse en Ceuta.
Un Ceitil.

lunes, 9 de junio de 2014

El bitxo Karolina

No sé bien por qué le bautizamos así. Ni siquiera el motivo de pronunciar de ese modo su sombre, así rollo pintxo, como si hubiésemos venido del mismo Bilbao en lugar de Motril (muy noble y leal ciudad de). El caso es que un verano apareció por las paredes del dormitorio una pequeña lagartija que corría como alma que lleva el diablo, recorriendo el gotelé para arriba y para abajo, ante la atónita mirada de las tres moradoras del dormitorio. Las tres compartíamos espacio. Mi madre había colocado fuera a mi hermano porque necesitaba su territorio, enseguida equipado con un enorme póster del Real Madrid y el 'futbolín grande con patas' que tantas veces había pedido a los Reyes Magos y que, verano a verano, viajaba con él a pasar unos meses a Torrenueva.
Aquella noche hacía calor. Imagino que el bitxo Karolina entraría por alguna de las ventanas abiertas. Nuestro piso, aparte de dar al jardín de la casa de abajo, también lo hacía a una zona en la que había muchos árboles, uno de los cuales metía una rama enorme en el balcón que a mi padre le servía de sombrilla natural para sus momentos de periódico, Coca Cola y desconexión, y a nosotras para plagarla de muñecos recortables que diseñábamos con ayuda de la tía Chabela. La rama parecía, durante el estío, un colorido árbol antesala del de Navidad.
La primera vez que vimos al bitxo Karolina, acabábamos de apagar la luz. Apenas si entraba la de la farola que alumbraba el pasillo de entrada a la Urbanización, para que nadie se cayera durante la noche por el camino de empedrado torreño (con algunos retales de lo que fue el romano, que quieras o no, siempre es una inspiración). Estaba apoyado en la pared. Lo vimos fugazmente, pero ante la amenaza de que fuera una cucaracha de las rojas voladoras, sonó un grito a tres voces.
- ¡La luz, enciende la luz, hay un bicho!
Ahí estaba. Tan tranquila. Porque decidimos en el acto, que era hembra. Tenía mucho más glamour y sentido que nos visitara una lagartija fémina. Podríamos terminar hablando de nuestras cosas y compartiendo el bote de colonia Chispas. No se movía. Estaba ahí. Simplemente. Posada en la pared, bien agarrada al gotelé, viendo la vida pasar. Nos acercamos. Bueno, me acerqué yo porque la pared en la que estaba pertenecía a mis dominios y mis hermanas relegaron en mí por consiguiente tan ardua tarea de investigación. Ellas dos contemplaban lo que sucedía sentadas en la cama de la otra punta, por si acaso era una lagartija con alas de duende y nos sobrevolaba a todos.
- Es una lagartija, parece. - confirmé.
- Tócala a ver si se mueve.
Esas ya eran palabras mayores, que una sólo interaccionaba continuamente con el campo, los bichos bola y alguna que otra hormiga, durante los meses de verano.
- Yo no la toco. - contesté segura.
- Pues tú verás, porque está en tu lado de la cama y te va a tocar dormir a tí con ella al lado. Mejor saber si está muerta o viva, ¿no?
Razonamiento lógico, por otro lado. Me acerqué con mucho sigilo y un folio doblado y le toqué la cola. Salió corriendo como una pobre lagartija asustada y se metió encima del armario.
- ¡Ya la has liado! Ahora tendremos que dormir sin saber dónde está.
- ¿Pero no queríais que la tocara para ver si estaba viva? ¡Ya veis que sí lo está!
Ante ese razonamiento pesado nos quedamos dormidas. Decidimos llamarla Karolina pero le pusimos delante lo de bitxo para darle más categoría. No sabíamos enmarcar a las lagartijas en su hábitat natural cuando éstas entran sin avisar en los dormitorios.
A la mañana siguiente nos asomamos al armario para ver si la veíamos. No estaba. Seguramente se habría ido por la ventana a medianoche. A la hora de comer, contamos con todo lujo de detalle lo que había pasado. Llenas de orgullo, presumíamos de haberla mandado de vuelta a su medio natural, aunque no contamos que estaba en el armario, vete a saber dónde. Mi hermano no le prestó demasiada importancia. Estaba demasiado ocupado ordenando su calendario de citas: con mi primo para coger semillas, y luego para echar una partida de futbolín. Por la tarde piscina, playa o lo que se tercie. Siempre ha sabido aprovechar muy bien las vacaciones.
Aquella noche, el bitxo Karolina regresó a las paredes del dormitorio. Y de nuevo hubo que echarlo. No sé bien dónde terminó, porque en esta ocasión lo largué con las luces apagadas.
- Si aparece de nuevo lo atrapamos con el bote de Nescafé y lo soltamos en el jardín de la casa de abajo por la mañana.
Nos pareció buena idea y le dimos la enhorabuena a mi hermana Julia, que había demostrado ya en pasadas ocasiones ser una enamorada de los animales y el bitxo Karolina, por más lagartija que fuera, tenía derecho a respirar en libertad y comer moscas o lo que sea que comen ellas.
No volvió más. Imagino que encontraría otro paraíso idílico que en lugar de gotelé tuviera hojas verdes y algunas hormigas que llevarse a la boca. Una tarde, mi padre nos llamó porque en la rama bajo la que solía ponerse a leer había aparecido una lagartija pequeñita.
- ¡Karolina! - gritamos mientras salíamos a contemplarla.
Nos miró con los ojos un poco entornados. Se encogió de hombros y dijo:
- Yo siempre las he llamado lagartijas... o salamandras... ¿Karolina?